Misterio en la Villa Serbelloni

© Philippe Halsman

En la habitación frente al lago los investigadores encontraron un diario forrado en piel de matriz de foca núbil. Aunque ignoraban la singularidad de semejante objeto perteneciente a una era previa a la vulgaridad nuevo rica empeñada en redefinir el lujo, apreciaron su extraordinaria suavidad al pasárselo por las mejillas hirsutas y lo celebraron con un chascarrillo pedófilo acerca de las nalgas de los bebés.

Llevaron al inspector el diario, que por estar escrito en inglés se salvó de su curiosidad.

El inspector lo tomó displicentemente y lo abrió al azar.

Dos años después de morir mi madre abandoné toda reticencia. Durante su enfermedad ya había ensayado liberaciones intermitentes pero una vez que reposó en la urna no pude ignorar el deseo. Aun así pasaron dos años durante los cuales conservé la urna de alabastro sobre la repisa de la chimenea del salón exactamente bajo su retrato hasta que mi tía la abrió para depositar en ella las cenizas de su cigarrillo. Observando mi expresión dióse cuenta de lo que había hecho y apurando su Tom Collins declaró solemnemente:

—Esto sí que no puede ser.

Tal cláusula reavivó mi deseo y la imaginé diciéndome lo mismo pero tendida en el sofá desnuda mientras se hundía una mano entre las piernas sosteniéndome la mirada y sin más que la cubriera que unas medias oscuras tensas sobre los muslos.”

El inspector se pasó un pañuelo por el cebollón de la calva que empezaba a perlarse de sudor, y continuó la lectura.

“La historia de mi vida es una frase contradictoria que al afirmar, niega: ‘Esto sí que no’. Estoy seguro de que cualquiera que haya sobrevivido a semejante violencia simbólica me entenderá.

“Hasta entonces había imaginado a mi tía descubriéndose las tetas que amenazaban ahogarla sobre todo en cenas formales, apartando el chifón que al velarlas hacía más evidente su formidable abundancia, pero jamás me había atrevido a representármela desnuda ni masturbándose frente a mí.”

“—Si será hijo de puta —murmuró, agitada la respiración, la sangre empezando a correr a raudales.

“—¿Por qué? —me atreví a objetar.

“—Porque es insano.

“Y apoderándose de la urna se apresuró a introducirla en su bolso. Todavía no me recupero. Así fui testigo de la segunda y final partida de mi madre. Bamboleando sus enormes melones pálidos, mi tía se acercó y apretándome contra sí hundió mi rostro en su escote que despedía un aroma enervante, y me dijo:

—La llevaré a la cripta familiar para que descanse.

“Soltándome alzó el bolso y sosteniéndolo con ambas manos como si fuera el rostro de mi madre dijo:

—¿Verdad que sí, baby?”

El inspector arrojó al otro extremo del escritorio el diario, molesto al notarse una erección que lo obligó a cambiar de postura.

—¿A quién puede interesarle semejantes ensoñaciones puercas?

—Éste.

—El coral inefable.

—¿Y éste, Laetizia?

—La berenjena cuyo secreto ha sido revelado en pálidas carnosidades. Y el higo que se desangra en miel oscura.

—¿Aquél?

—El cielo divino.

—¿Y el mar?

—Turquesa.

—¿Y todo esto?

—Sublime, Paolo, sublime.

“¿Dónde está?” —pensó, sintiéndose agobiado.

“Hasta entonces había imaginado a mi tía descubriéndose las tetas que amenazaban ahogarla sobre todo en cenas formales, apartando el chifón que al velarlas hacía más evidente su formidable abundancia, pero jamás me había atrevido a representármela desnuda ni masturbándose frente a mí.”

Los sesentones comprobaban ya sin tristeza sus ilusiones enterradas por el tiempo y disimulaban su árida resignación abismándose sobre los lienzos que parecían flotar sobre las paredes. Se daban cuenta de que como cualquier festejo, la recepción celebraba el tránsito aunque a su edadver hacia adelante era vislumbrar la muerte, cuyo pensamiento procuraban desechar con el mismo miedo experimentado cuando de niños escucharan los cuentos que contaban las criadas.

Pero nada de esto le preocupaba a Babe, quien ya pensaba en su próxima exposición en Lugano mientras en el centro de un coro de admiradores contaba un chiste.

—¿Saben el del chico blanco que ve al negro en la ducha? Se asombra del tamaño, ¿verdad? Y después de un momento se atreve a preguntarle cómo le hizo para tenerlo de ese tamaño. Ah, le contesta el chico negro, muy fácil: desde que era pequeño mi mamá me amarró un lazo con una pesa. Una semana después vuelven a encontrarse en la ducha y al verlo el chico negro pregunta qué le pasó. Ah, dice el chico blanco, no me ha crecido pero ya se me puso negro.

El vernissage era fundamentalmente una cita de amor, el único, el que podía llamarse amor sin enrojecer. Ni Londres ni el trabajo se abandonan gratuitamente. Pero Karl Babe con sus mocasines de ante azul y sus pantalones color salmón era tan querido que jamás hubiera dudado de ir a donde lo convocara.

Además su presencia era imprescindible no sólo por los entrañables lazos de amistad, que se adelgazan conforme transcurre el tiempo desplegando sus horrorosas traiciones, sino también por la indudable importancia de Babe, cuya obra figuraba en todas las colecciones públicas y privadas de nota y ésta era especialmente importante. Sólo se realizaba anualmente y ocupaba la galería más importante del norte de Italia, adosada a una villa que abría sus jardines de rosas pálidas y sus terrazas al lago.

El anfitrión se tomaba muy en serio su papel de coleccionista porque el arte es asunto tan serio como la bolsa y los hoteles distribuidos en torno del lago y más allá. Ponderó las ventajas de la geografía.

—Sólo el norte. El sur es distinto. Destartalado y marrullero, como en todo el mundo. En el norte se pueden hacer aún descubrimientos. Identificar puntualmente a un artista siempre es emocionante, ser el primero en advertir el genio. Es como adivinar el futuro y en cierta forma, crearlo. El arte es mensajero del porvenir. Y además una excelente inversión, incluso en estos tiempos.

Había en todos los señores una amable gravedad ensayada durante muchas décadas, un tono patricio determinado por la parsimonia. Nada alteraba la lentitud premeditada de sus desplazamientos ni la forma pausada de beber, como si cada gesto fuera resultado de una cuidadosa ponderación.

—Yo no entiendo nada de esto pero sí te puedo asegurar que lo verdaderamente bueno está más allá de las fluctuaciones financieras. Ah, pero sólo si lo puedes reconocer.

La escalera tenía el aspecto de una pajarera en la que se habían congregado las aves más brillantes y más naturalmente desinhibidas, en parte porque todas se conocían pero también porque el aplomo es la piedra de toque de una buena educación. La gente que no está a gusto dentro de su propia piel no vale la pena. Cada una evaluaba el éxito de las otras en mantenerse bellas.

—¡Laetizia! ¡La única, la única!

La aludida ascendió los peldaños que la separaban del descanso envuelta en un aura de seda fucsia, las perlas enhebradas por un listón que resbalaba detonante descendiendo en espirales por la espalda sinuosa.

Había en todos los señores una amable gravedad ensayada durante muchas décadas, un tono patricio determinado por la parsimonia. Nada alteraba la lentitud premeditada de sus desplazamientos ni la forma pausada de beber, como si cada gesto fuera resultado de una cuidadosa ponderación.

El gran Leonardo, que diera el paisaje de la región como fondo a su célebre retrato habría dudado definir la ropa de esas damas. Todas brillaban, pero ¿eran lume o lustro, luz difusa o foco que irradia su propio esplendor? El brillo lechoso de las perlas, la brillantez de los hilos de oro, el reflejo más duro de los metales preciosos o el que irradiaban los ángulos agudos de los diamantes que centelleaban en lóbulos y cuellos, luz que arde desde dentro, telas opulentas que dejaban tras de sí un instante la huella de la riqueza de sus tramas en las paredes súbitamente transformadas en melocotones o en sombrías uvas o en pálidos albaricoques, la liquidez de las grandes aguamarinas, las gotas de sangre coagulada de los rubíes y el fuego verde de las esmeraldas, luces centelleantes que bajo los candelabros diseñados para la villa con una estudiada sencillez que nadie asociaría con Murano, combatían desigualmente contra el fulgor de los cuerpos incandescentes.

Los lienzos flotan. Cada uno montado en bastidores recortados en ángulos que huyen de tal forma que resulta imposible distinguir con exactitud el punto del que se sostienen. Cada uno despliega la sutileza aparentemente monocroma ante quienes imaginan alguno colgado en casa.

—Yo quiero ése para mi casa nueva. Es el color exacto.

—Pero ¿ves cómo Gianni los despliega dándoles mucha distancia intermedia? Estos cuadros quieren estar solos.

Cada lienzo la esencia de un color, una luz en tránsito cuyas transformaciones habían sido atrapadas mediante la alternancia entre vetas mate y refulgentes, casi espejeantes, que como estanques ocultos en lo más apretado del bosque reflejan la inestabilidad del cielo. Los colores más suaves y a la vez de una notable intensidad ofrecían un abanico que parecía haber sido robado de los arrecifes de coral de los mares del sur, encandilando y al mismo tiempo sosteniendo la mirada en una bahía de luz y silencio. Luz cuajada.

—Ideales, ideales.

—Perfectos.

—Suscitan la ensoñación.

—Y la reflexión.

© André Kertész

Cuadros ajenos a toda historia porque nada hay en ellos, ningún referente que el espectador reconozca y sitúe dentro de una trama, de tal forma que su hermosura no es inocua. Espejos ciegos, intervienen el espacio en el que se despliegan ingrávidos pero cercenando toda posibilidad de comentario que domestique manchando con una historia pueril su belleza remota y suavemente áspera, indiferente como los astros a las reacciones que suscitan, completamente recogidos en sí mismos.

Se prometió comprar uno. Ya se lo diría a Gianni. Y con este pensamiento reconfortante al imaginar el que quería flotando en el salón de su departamento en Kensington se abandonó al placer del reconocimiento entre iguales y a disfrutar las sonrisas pintadas y las exclamaciones que fingen impecablemente la sorpresa. Al besar a la condesa Borgho di Concue se preguntó si la atmósfera de Londres no enturbiaría la cualidad radiante del lienzo que había elegido.

Aunque la había postergado justificándose con pesquisas más prometedoras, el inspector volvió a la lectura del diario que abrió sus tapas con la suavidad perfumada de un abrazo. Esperaba hallar otras confesiones tanto o más escabrosas que la fantasía incestuosa con la señora de las grandes tetas o con varias otras que habían retozado entre plumas y sogas en ese salón libertino previo a toda revolución.

“Los ricos son perversos —se dijo repantigándose en la silla—porque si han heredado la fortuna con ella han recibido las taras. Y si su riqueza la deben a sus esfuerzos, algo muy gordo habrán hecho: drogas, banca, iglesia o armas. O todo junto.”

Y mientras se acomodaba —malditas almorranas— pensó en la prostitución. Las chicas polacas o checas eran importadas con la promesa de un empleo decente bien remunerado y terminaban deslizándose sobre tubos niquelados abriéndose como filetes mariposa.

“Recuerdo la pequeña plaza abierta en medio de aquel amasijo de casas medievales de piedra amarilla y aleros de oscuras tejas y en el centro y a los costados troncos escuálidos y ennegrecidos de árboles despojados de su follaje. Y la pálida luz sobre las escasas mesas que habían sido dispuestas al lado derecho según se situara uno frente a la vetusta iglesia.

“Su boca: los labios que se abrían sobre dientes inmaculados y perfectamente asentados sobre encías de coral mate. Una boca frutal, de agua que descendía de la montaña o que surgía fresca como el primer manantial. Y recuerdo cuánto quise morder sus labios. Cuánto quiero morderlos ahora. Cuánto los he mordido y masticado sin haberme saciado jamás. Creo que es el único “nunca” que puedo asumir: sus labios.

“Pero no recuerdo su nombre, aunque a diferencia de las que dejaron guantes y medias deperdigados en el salón donde mi madre recibiera a sus amistades, aquella muchacha marcó mi identidad. Acaso sepa quién soy por ella.”

¡Menos mal, menos mal!

“Uno cree que ‘recuerda’. Pero en realidad la memoria tiene que ver con los sentidos: olores, imágenes, sonidos, texturas. Para mí, en ese orden. Y entonces diré que recuerdo la peste acre e inmunda, y veo la plasta informe sobre las baldosas, la mierda infecta de un perro embarrada allí mismo, al lado, en la esquina de nuestra mesa bajo la luz pálida de un invierno benigno.

“Inmediatamente volvimos al coche —¿Alfa? Sí, lo recuerdo porque se llamaba como mi madre y era rojo. Todavía hoy al ver un rábano recuerdo ese “spider”. Lindo. Los sesenta fueron el telón final de las mujeres bien vestidas y de los coches deportivos. Nada huele igual en estas épocas “políticamente correctas” ¡Ni el dinero!”

—Pero qué tal la caca de perro, ¿eh? —acota el inspector, feliz por la revancha canina.

“Su boca: los labios que se abrían sobre dientes inmaculados y perfectamente asentados sobre encías de coral mate. Una boca frutal, de agua que descendía de la montaña o que surgía fresca como el primer manantial. Y recuerdo cuánto quise morder sus labios. Cuánto quiero morderlos ahora. Cuánto los he mordido y masticado sin haberme saciado jamás. Creo que es el único “nunca” que puedo asumir: sus labios.

“Debo mi amor a Francia por esa muchacha que no era francesa, sino una auténtica rosa inglesa. Juntos decidimos escapar y durante esa tarde fuimos Adán y Eva en un paraíso medieval. La hubiera amado hasta el fin de mis días de no haber sido por el tufo insoportable de la mierda de perro. Los sentidos son implacables, ¿no es cierto? La gana de besarla y asociar su boca frutal con la mierda del perro.

“¿Por qué no pude amarla?”

—Buena pregunta, ¿eh?

El inspector cierra el diario, impaciente al comprobar cuán insignificantes son esos recuerdos que no revelan otra cosa que una vida dilapidada. Él busca pruebas. Él persigue la verdad.

Pensó en su vida y lo abrumó un panorama desolador hecho de sospecha, desconfianza, sordidez.

—Y malos olores.

Por una milésima de segundo se identificó con el hombre que consignaba sus impresiones sin ningún pudor.

Sus ojos revelaban lo que no había podido ser.

Hacer, había hecho mucho. Sus casas habían sido documentadas primero por revistas frívolas, interesadas en sus clientes que además eran fotografiados intermitentemente en las secciones de sociales y cuyos nombres eran susurrados con veneración. Magnates de la construcción, terratenientes aristocráticos que mediante buenos matrimonios habían conservado la fortuna, chicas entusiastas a quienes las fiestas habían deparado maridos con valores sólidos y banqueros que habían dejado en la calle a generaciones enteras, todos favorecían su cruzada modernista contra el ornato que con el tiempo había evolucionado creando una arquitectura transparente.

Sus casas eran inmediatamente identificables: parecían flotar, aisladas en una burbuja de luz. Poco a poco había alterado los hábitos de sus clientes, haciendo público lo que antes fuera privado y transformando los baños en auténticos escaparates que trazaban la diferencia entre la inercia y una vida exaltada. Ese era el lujo, además de salones desnudos rodeados de paredes de vidrio y techumbres que no parecían requerir ninguna columna, sostenidos en cambio como los puentes por tensores invisibles.

A las casas habían sucedido las oficinas y a éstas los edificios públicos y luego los proyectos mayúsculos que puntuaban el mundo como referencias que ya pertenecían a la historia.

La Bienal dedicaba un pabellón a su obra en la que figuraban dibujos y bocetos, fotografías y maquetas y una extensa y prolija selección de comentarios. El curador había sudado la gota gorda para lograr un equilibrio y sobre todo para tratar con él, cuyo perfil le recordaba el del divino marqués ya viejo. La suya, sin embargo, había sido una vida contenida a pesar de sus despliegues de humor, que se había cobrado su represión a través del alcohol.

“La gota que agota” —pensó.

Brillante hasta antes de los postres. Imposible después de la medianoche. Los ojos oscuros que había heredado de su madre tenían la inesperada movilidad de los de una iguana y contrastaban como botones contra la piel extremadamente pálida.

Todos los esfuerzos de la condesa Borgho di Concue habían sido inútiles y acaso debido a este fracaso lo había sustituido por una cadena inagotable de sobrinos que a veces exhibía en Harry’s Bar. Era un hombre sellado, cuyos anhelos más íntimos habían descendido con una urna de alabastro a la cripta familiar. Esa losa se había cerrado sobre él sin que adivinara su suerte pero aterrorizado por su inminencia. Tal sensación lo ensombrecía y le daba a su mirada la ansiedad frenética de la pieza que huye de sus perseguidores cuyo aliento siente ya en los talones. Ahora arrastran la losa de mármol y al golpe final sigue un silencio insoportable.

“¡Imbécil! ¡Eres un imbécil!” —se clavó los dientes en el dorso de la mano izquierda.

Estaba muerto. Era, como quería el poeta, tumba de sí mismo.

“¡Cómo se te ocurre! ¡Peor que bestia!”

Para espantar el hedor que lo hacía revisar sus camisas recién enviadas a la tintorería y olerlas antes de seleccionar una, las asperjaba con lavanda y limón porque aún le parecía percibir el ramalazo fétido que casi lo había hecho desmayarse al acercarse al ataúd para despedir a su padre.

Allí estaba transigiendo benévolamente con sus caprichos sin aleccionarlo, seguro de que encontraría algo esencial de lo cual aferrarse. Su padre, reticente en el trato con todos pero de una pieza una vez que había aceptado la amistad de alguien. Y lo mismo con sus amigos, por quienes sentía afecto sólo porque adivinaba en ellos el que profesaban a su hijo.

Había amado a su padre. Y ese amor lo había impulsado a aproximarse a la carroza para tocar el ataúd ilusionado con ese último contacto que le aseguraría estar cerca de él en el futuro que ya se abría revelando su vacío incolmable. Un golpe. El olor de la carroña penetró sus fosas nasales hundiéndose en el paladar como si fuera una navaja y desde allí al cerebro alojándose en el occipital y expandiéndose en reverberaciones pútridas se alojó en la garganta y el resto de la cabeza, fetidez que lo saturó sellándolo.

Su ama de llaves transigía con lo que consideraba sus “caprichos”. Nadie tenía camisas más crujientes en su almidonada blancura ni ropa más limpia ni más fragante que él, pero Rosario había aprendido a distinguir que tal obsesión no se refería a su trabajo.

“¡Qué vergüenza!”

Al final la pastilla lo ayudó a conciliar el sueño y pensó en Babe, que era como le hubiese gustado ser, libre y despreocupado, un verdadero artista que no se ha desprendido de su condición infantil. Oírlo era quererlo.

“Diáfano” —pensó antes de dormirse arrullado por el viento y el chasquido de las lengüetas plateadas del lago que pulían los escalones de la terraza de la Villa Serbelloni esa noche emisaria del verano.

Un par de horas después se despertó pero entretuvo las ganas hasta que ya no le fue posible contenerse. ¿Desde hacía cuándo no dormía toda la noche de un tirón? Imposible recordarlo, habiéndose acostumbrado a un sueño intermitente y precario que retornaba avasalladoramente, pródigo en imágenes perturbadoras que a veces lo despertaban todavía llorando. Monstruos engendrados por el sueño de una razón que nunca había tenido.

Una pequeña araña se suspendía ante sus ojos empañados. Abrió las manos y las juntó en un aplauso que resonó con ecos de mármol mate en el cuarto de baño. Había aprendido a ser paciente con sus intestinos que funcionaban demasiado aprisa, pero siempre reservándole sorpresas, o por el contrario, con una lentitud exasperante. Era el lugar en el que por lo tanto leía, entretenía las culpas, imaginaba proyectos y a veces, muy espaciadamente, lograba pensar.

Una serie de sonidos reverberantes anunció la inminencia y relajándose anheló la liberación que sin embargo lo evadió. Allí estaba padeciendo los latigazos agudos que le cortaban la respiración, jurando de nuevo que no volvería a beber.

Babe le había revelado las indudables ventajas medicinales de una mezcla de brandy con oporto que en verdad lograba conjurar los avances de la muerte y el demonio juntos. Las bebidas son un universo. Las hay que aflojan las rótulas, otras que sueltan las amarras, las que suben, las que descienden, las que conservan al genio maléfico o no, según quien se tenga enfrente, otras que son moradas del demonio azul, las que mantienen, las que se precipitan, las que por el contrario se coagulan, las reconstituyentes y las terapéuticas.

—El secreto es saber combinarlas cuando una te satura el organismo. El veneno y su antídoto —le dijo Babe con su risa contagiosa.

Se concentró en el esfuerzo. Y la cascada de sonidos desembocó en un alivio parcial.

“Cagar es un placer” —pensó recordando las ocasiones en las que la paciencia lo había recompensado con una liberación tal que pareciera que nada había quedado en las circunvoluciones de su atribulada tripa.

Cuando quiso incorporarse notó que algo lo retenía. Como cuando era pequeño y Sabina lo despegaba del asiento, las piernas entumecidas y no del todo convencido de abandonar la lectura de Andersen o Esopo. Al segundo esfuerzo logró zafarse del abrazo perfecto del inodoro que ahora abandonaba boquiabierto y hambriento, deseoso de recibirlo de nuevo. Era cosa de esperar.

Entonces oyó un ruido que no provenía de la tubería ahora silenciada, algo en verdad extraordinario, la huella de una voz tan grave que era imposible descifrar.

—Rrresppetaaaatuppadre —pareció decir.

Se acabó de secar las manos tratando de controlar la agitación creciente y al apagar la luz captó con el rabillo del ojo su mirada que desde el enorme espejo reflejaba un acceso de pánico.

Y algo más que no se atrevió a considerar.

Cuando quiso incorporarse notó que algo lo retenía. Como cuando era pequeño y Sabina lo despegaba del asiento, las piernas entumecidas y no del todo convencido de abandonar la lectura de Andersen o Esopo. Al segundo esfuerzo logró zafarse del abrazo perfecto del inodoro que ahora abandonaba boquiabierto y hambriento, deseoso de recibirlo de nuevo. Era cosa de esperar.

La mañana inundó de luz el vasto salón comedor cuyos ventanales se abren al lago y a los jardines. Las mesas cubiertas por manteles de lino almidonado desplegaban cornucopias de frutos y platones de cerámica que tenían la cualidad de la porcelana, pletóricos de quesos, embutidos y salmón, panecillos crujientes o suaves, almibarados o rellenos de crema, y fuentes de plata labrada. Las omellette y frittàti y los huevos Benedict y las crepas, y para los norteamericanos los hot-cakes que serían bañados en jarabe de maple y las mermeladas y cereales. Abundancia capaz de rivalizar con las imágenes que decoraban el techo abovedado sostenido por columnas de acantos dorados, en el que Ceres y Pomona distribuían liberalmente sus bienes.

Los meseros circulaban por el salón como bailarines bajo la vigilancia paternal del mâitre. Eran afables pero no serviles y atentos sin ser atosigantes. Además eran guapos pero sin que su aspecto incomodara a los jerarcas que pertenecían a una sociedad en la que la democracia era una farsa inventada por los griegos para excluir del gobierno a los esclavos.

Industriales, banqueros, dueños de constructoras, y sus esposas invariablemente rubias a quienes sus cirujanos plásticos habían prohibido sonreír, rumiaban sus alimentos como si se tratara de un sacrificio. Las hijas, algunas muy hermosas, se imponían la disciplina que duraría toda su vida y entre ellas había ya alguna víctima que paseaba su palidez por salones en penumbra convencida de que aún le sobraba peso aunque no hubiese ya de dónde perderlo.

No faltaba tampoco el huésped que desplegaba un estilo abrupto pero cuya fortuna era igualmente bienvenida.

—No me gustan las sorpresas, ni buenas ni malas —comentaba uno de sus huéspedes ilustres, Tito el Demonio, habiéndose sacado del ombligo un sebo inmundo que había obligado primero a oler y luego a tragar a su entonces favorita.

Babe y la condesa estaban por levantarse porque después de todo el mediodía era ya hora del aperitivo y la luminosidad los invitaba a la terraza, pero entonces lo vieron entrar, el paso desigual. Con dificultad se sentó entre ambos en un silencio glacial que ninguno interrumpió.

Karl Babe, fresco como si no hubieran despachado innumerables botellas de Sassicaia, sonreía como favorito de las diosas, y la condesa daba trocitos de jamón al Chihuahua instalado en su regazo. Ninguno mencionó que Nora, la mujer a la que había arrastrado al suelo al tratar de incorporarse para saludar, estaba en el hospital en Milán con la clavícula y una costilla rotas.

—Marcello me adora —comenta la condesa dándole trocitos de jamón. Con decirles que las raras ocasiones que uso bragas, cuando me las quito las lame con tal fruición que ya no es necesario lavarlas.

Nunca se presentó en la Bienal que señalaba la cima de su fama. Los últimos que lo vieron habían prometido viajar a Venecia para brindar con él en la fiesta que organizara en su honor en el Cipriani la condesa Borgho di Concue.

Hacia la noche estaba hecho un guiñapo y hubo que llamar a dos empleados para que ayudaran a Babe a llevarlo a su habitación.

De nuevo en el salón desierto, Babe se reunió con la condesa para darle el parte médico.

—Bebe por el Reino Unido.

—Cuando aún era imperio —agregó la condesa.

Primero durmió profundamente, sin huellas de sueños ni pesadillas ni fragmentos de voces. Nada. La oscuridad total había desterrado todo collage indiscreto. No era más que un cuerpo yacente y desierto. Pero poco a poco el ruido volvió a habitarlo, el murmullo de voces familiares y ajenas, el crepitar del fuego, el chasquido de puertas que se cierran una detrás de la otra anunciando el retorno de los demonios, risas, llantos, el sonido del metal que se arrastra muy rápidamente sobre el pavimento, las ventanas que se rompen en añicos.

Estaba en su habitación y por la ventana entraba la luz de la luna que amenazaba tragarse el cielo. Recordó a sus padres y pensó cuán inútil era todo sufrimiento. Lo imposible que resultaba definirlo mediante palabras que sólo lograban banalizarlo. Esto lo consoló. Se sintió liberado de un deber que se había impuesto durante cincuenta años y volvió a dormir como cuando era pequeño.

—Olvidarlo todo —murmuró antes de hundirse en la inconciencia.

Horas después se encontró atornillado al inodoro, como si fuera parte del mueble. La luz en el baño era tan brillante que lo enceguecía, todavía adormilado y seguramente aún ebrio. Entonces le pareció ver en el gran espejo cómo su cuerpo se fundía con la taza, como si su torso emergiera de ella. No veía sus piernas pero sí en cambio un tubo que semejaba una cola. Todavía aturdido por el alcohol le hizo gracia que esta metamorfosis no hubiera sido narrada por Ovidio, pero el humor lo abandonó cuando la visión de sí mismo transformado en inodoro no se desvaneciera como tantas imágenes perturbadoras se esfuman al tallarse los ojos.

Quiso incorporarse pero fue imposible. Literalmente se había integrado al mueble. Ni siquiera podía alcanzar el teléfono. Quiso gritar, pedir auxilio, pero a cambio le fue dado ver cómo la línea de su visión descendía al nivel del borde de la tina y el techo se alejaba. Veía todo desde otra perspectiva. Se había encogido y ahora tendría la estatura de un niño o de un enano y el lavabo se alzaba imponente hacia alturas inaccesibles y las luces enceguecedoras brillaban muy alto. Las toallas colgaban fuera de su alcance e incluso el papel higiénico parecía muy lejano. Le pareció que el bidet era el único objeto amable, un camarada con el que hubiese pasado la vida en grata compañía.

—Basta —dijo dominando las oleadas de terror que le transformaban la voz en agua corriendo entre tuberías.

El inspector volvió a la lectura del diario aunque con seguridad estaría lleno de puerilidades inútiles. Lo abrió en las últimas páginas. La letra era apresurada y desigual.

“Sé que si contara lo que vi incluso Babe me tomaría por loco. O víctima de delirium tremens, lo cual, después de todo, es muy posible. Pero estoy convencido de que en efecto vi lo que vi. Me estremece pensarlo aunque me digo que bien puede ser que por fin me ha llegado la hora en la que el organismo me está pasando la cuenta. Era una sombra que no parecía ser proyectada por nada visible, una sombra que se alzaba detrás del inodoro y crecía hasta esparcirse por el techo, hasta donde llegaba adquiriendo cierta corporeidad, una sombra que crecía encarnando como si los objetos en el baño estuvieran derritiéndose en una masa gelatinosa y supurante que avanzaba hacia mí bañada por una luz cuya intensidad lo magnificaba todo, como si la luz misma fuera ya una lente de aumento. Esa sombra encarnada casi me rozó, paralizado como estaba por el terror, y sentí su textura fría como dicen que es la de las serpientes y ese mínimo contacto era pegajoso.”

—Típico de los ingleses y de toda esa gente que bebe demasiado. ¡Pobres!

“Su contacto me heló de terror y fui incapaz de moverme. Sentí que gruesas lágrimas resbalaban por mis mejillas a medida que aquella sombra carnosa se aproximaba renovando su contacto gélido. Y más: pude ver, porque por una extraña razón a pesar de mis esfuerzos para cerrar los ojos éstos permanecían desmesuradamente abiertos, cómo la sombra adquiría un cuerpo mejor definido y era el de un hombre pegado al techo y que lentamente daba la vuelta girando sobre sí, los pies en el aire. Primero me mostró su rostro, pálido como debe serlo la muerte; siguió girando lentamente como si lo hiciera a partir de la cabeza, sobre la que, en el aire, se sostenía el resto del cuerpo libre de toda gravedad que lo recompusiera. Y entonces alargó la mano señalando el inodoro con el dedo índice obligándome a avanzar y a sentarme. Extendió luego los brazos hacia mí, las piernas detrás aún encogidas pero a punto de resortear contra el techo y entonces cayó sobre mí. Helado pero a la vez bañado en lágrimas y en un sudor pegajoso, me resigné a su contacto viscoso y sentí cómo la carne se me endurecía y el corazón dejaba de bombear sangre. Noté exactamente cuando el pulso cesó y cómo me fundía en una pieza cuya superficie perfectamente lisa reemplazaba mi piel. El corazón se me desbocó ahogándome.

“Sé que es imposible pero también que es cierto.”

El inspector cerró de golpe el diario. Como buen hipocondríaco había comenzado a sentir síntomas similares. Volteó a derecha e izquierda reconociendo su oficina y aunque nada había alterado su familiaridad cotidiana, al mirar la sombra que proyectaba el perchero no pudo evitar un calosfrío.

El diario seguía pero la letra era indescifrable en tramos y las palabras aisladas carecían de sentido. Asistía a un proceso de desintegración, pero eso ya lo sabía. Lo que le interesaba era averiguar qué había sucedido con el hombre, no lo que era evidente.

Con ese propósito se dirigió por última vez al hotel y subió hasta la recámara que permanecería sellada mientras durara la pesquisa. A todos les interesaba resolver el misterio.

Se le veía imperioso cuando entró al baño, casi alto. Visto desde abajo adquiría una dignidad insospechada. Pero era sordo a sus ruegos porque no podía escuchar más que aquellos ruidos de tubería descompuesta, esas regurgitaciones que avanzaban entre ecos inarticulados pero para él en cambio elocuentes. Trató de explicarle lo que sucedía. Decirle que no había desaparecido, que era imprescindible hacer algo, que allí estaba detrás de él mientras se desabotonaba los pantalones y bajándoselos le mostraba las nalgas escuálidas y amarillas que ahora se le acercaban, almorranas en primer plano hasta oscurecerlo todo.

—¿Señor?

—Escriba.

—A sus órdenes señor.

—El día… Siendo… ¿Qué fecha es hoy?

El asistente dudó un instante entre el 19 y el 23 y consultó su directorio. Luego contestó satisfecho.

—Estamos a 23, señor.

—Siendo 23 de julio el caso de… ¿Cómo se llamaba?

El asistente permaneció suspenso e inmediatamente comenzó a sentir un calor insoportable. ¿A quién se refería el inspector Torponi?

—Ya sabe, ése que nunca pudimos saber lo que pasó. Para mí que se escapó, aunque no tiene sentido. No tenía razón para hacerlo. Ningún asunto de faldas agraviadas. Mucho dinero. ¿Vio el quatroporte color berenjena con interiores de piel amarilla? ¡Qué carrazo! Pero si no se escapó, ¿qué diablos pasó con el cuerpo?

A punto de cerrar el caso y hacerlo constar en actas, hoy como ayer todo es preguntas sin respuesta. Misterio insoluble. La policía invirtió años y recursos en tratar de aclararlo sin atravesar el umbral de la perplejidad. Los más expertos buceadores habían explorado el fondo del lago de costa a costa y desde Italia a Suiza sin haber encontrado la menor huella. El hombre había desaparecido. Así. Prácticamente a la vista de todos porque el Gran Hotel Villa Serbelloni era de los que nadie puede entrar ni salir sin ser percibido por porteros y guardias cuyo trabajo es precisamente evitar sorpresas a sus huéspedes.

—Un misterio —concluyó el Inspector—, el misterio de la Villa Serbelloni. ®

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Publicado en: Narrativa, Noviembre 2011


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