Misterios

Para leer en Semana Santa

Capítulo I. Los Gozosos


1º. La encarnación
Intempestivamente llegó Ángel, serían más o menos las once de la mañana, José ya se había marchado al taller. Como cada vez, Ángel se le fue encima, y luego, con torpeza lujuriosa trastabillaron hasta el escritorio que José, esmeradamente, había tallado. Pasaron una mañana exquisita. María sabía lo que hacía, era el momento idóneo.


2º. La visitación
María dejó pasar un tiempo antes de confirmar la noticia. Entonces, fue a ver a su prima Isabel, quien se encontraba lavando unos manteles ajenos. Curiosamente, al decirle la buena nueva, el feto hizo un movimiento que emocionó a las dos mujeres. Isabel posó su mano sobre el vientre estriado de María y sintió cómo la carne se revolvía.


3º. El nacimiento
Finalmente, llegó el día. A José se le ocurrió que era mejor ir a una clínica de la ciudad. Pero la urgencia se anticipó. Después de vanos intentos por lograr que alguna posada abriera sus puertas a las tres de la madrugada, María, en condiciones deplorables y antihigiénicas, dio a luz en un cuchitril abandonado.


4º. La presentación
Dos días después, tras recibir algunas visitas de vagabundos inverosímiles, la humilde pareja y el neonato concluyeron su camino y llegaron a Jerusalén. Se dirigieron al templo. De camino pasaron por el mercadillo para comprar un par de pichones con los que sobornaron al encargado en turno para que los atendiera de inmediato.


5º. Jesús perdido y hallado
La infancia de Jesús fue esencialmente aburrida e irrelevante. El niño continuó ignorando sus orígenes adúlteros provocados por la crónica impotencia de su padre. Cuando tuvo doce años y su madre por fin lo dejó salir, Jesús se fue de fiesta. El niño no llegó a dormir la primera noche ni la segunda. Desesperados, María y José, fueron al templo a rezar por el destino de su hijo. Enorme fue su sorpresa cuando hallaron al mozalbete con un grupo de doctores que hacían recomendaciones mientras revisaban su desgastado estado físico.

Capítulo II. Los Dolorosos


1º. Jesús en el huerto
La adolescencia de Jesús transcurrió, básicamente, entre copas. Su gusto por el alcohol se desbordó y lo siguió como un fantasma durante el transcurso de su vida.
Una noche, después de varias de borrachera ininterrumpida, mientras vomitaba en una loma, Jesús vio de frente un fantasma. Sin dudar y sudando, Jesús imploró a aquel espectro deslumbrante que lo librara de sus problemas etílicos.


2º. Jesús flagelado
Pero el problema, simplemente, no cesó. Jesús continuó y continuó. Una tarde fue descubierto robando una botella de aguardiente. El patrón, entonces, lo detuvo de los pelos y le amarró las manos. Tras gritarle toda clase de improperios ordenó a sus hijastros que le propinaran una zurra memorable.


3º. Jesús coronado
No conformes con eso, los hijastros llamaron a sus amigos más ociosos y decidieron celebrar. Cuando la pandilla se hubo reunido, desnudaron a Jesús y le colocaron una rueda de alambre con puntas en la cabeza. Luego le pusieron la bata blanca de la tía Rosario que, a la postre, se tiñó de rojo por la sangre del infortunado beodo. La fiesta fue en grande.


4º. Jesús con la cruz
Después de aquella cavernícola escena, Jesús cayó y quedó inconsciente. Con el cuerpo ensangrentado y el cerebro exprimido no se podía esperar otra cosa que no fueran terribles pesadillas. En ellas se veía a sí mismo arrastrando un objeto de madera enorme, que su propio padre habría tallado. Mientras avanzaba con dificultad por las calles su madre y su tía Isabel lloriqueaban lastimosamente al ver que su desdichado esqueleto era azotado por los hijastros y sus sádicos secuaces.


5º. Jesús en la cruz
En el pináculo de su delirio, Jesús se veía clavado en aquellos palos de madera que, de manera transversal, formaban una cruz. Su madre, su tía y su amiga Magdalena, una puta veterana y muy bella, que Jesús había conocido a profundidad hacía un par de años en una de sus parrandas, lloraban desconsoladas a sus pies.

Capítulo III. Los Gloriosos


1º. La resurrección
Pasó un tiempo antes de que Jesús decidiera volver a las calles. La tremenda golpiza propinada por los hijastros del patrón lo habían dejado marcado. Un buen día, después de un larguísimo letargo, Jesús despertó y decidió aventurarse nuevamente en las calles de Jerusalén. Sin embargo, tanto trajín lo había llevado a olvidarse del agua, es decir, el nazareno llevaba ya varias semanas sin darse un baño. Así fue que Jesús anduvo por las calles con tremendo tufo. El agrio hedor provocaba que el mundo se abriera a su paso. No conforme con eso, el muy bellaco extendía sus lánguidos brazos para calentarse con la luz solar, esto, como es de suponer, ahuyentaba aún más a sus víctimas con el vaho pestilente que abandonaba sus sobacos.


2º. La ascensión
Ante tal situación María, su madrecita santa, acudió en su ayuda. En el clímax de la tortura odorífica que Jesús propinaba a los que osasen aproximársele, María lo llamó y le sugirió imperativamente que se diese un baño. A estas alturas, los olores de Jesús eran ya nauseabundos, pues los efluvios no sólo provenían de sus poros, sino prácticamente de todos los orificios que su cuerpo hallaba para desintoxicarse. Fue entonces que Jesús decidió subir a bañarse.


3º. La venida
La venida de Jesús, después del baño, generó una gran expectativa entre amigos y familiares. Todos se reunieron en el salón bajo una extraña lámpara de palomita que José había comprado en el tianguis de chácharas. Mientras tanto María les contaba cómo había sido Jesusito cuando era un chiquitín y cómo lamentaba que hubiese cambiado tanto. Por momentos todos hablaban a la vez y sólo se distinguía un murmullo generalizado e ininteligible.


4º. La asunción
Al término de la tan esperada ablución, Jesús llamó a su madre para presumirle sus renovados aromas. El halo que cubría al otrora desaliñado Jesusito era en verdad deslumbrante. Los vapores que escapaban del cuarto de baño eran azulados, a su vez frescos y espesos. Los niños, los gritones e insoportables hijos de los vecinos, jugueteaban entre la neblina que se esparcía por todo el rededor. Jesús agradeció a su madre y prometió por enésima ocasión no descarrilarse más, ser un buen muchacho y, por supuesto, hacer a un lado el alcohol y sus derivados.


5º. La coronación de María
Fue así como la tercia familiar se reencontró con la felicidad. Entre todos, vecinos, amigos y familiares decidieron dar un premio a la dulce María. Bajo la luz que lograba emitir la palomita rascuache de la sala, la comunidad celebró una fiesta en la que, ambos, padre e hijo, regalaron corona y escoba a esa bondadosa mujer, ejemplo de abnegación y perseverancia. La fiesta concluyó en buena forma, Jesús tomó pura agüita de horchata. Todos se fueron a la cama con una gran sonrisa. Ya calientitos entre sábanas y cobertores, ante una luna esplendorosa cada uno comenzó a darle vueltas a sus más íntimas cuestiones:
José: ¿Cómo había podido María concebir a Jesusito a pesar de su impotencia?
Jesús: ¿Podría sobrellevar la existencia sin que cada mañana buscara desesperadamente un trago sobre su buró?
María: ¿Volvería Ángel algún día? Y si así fuera, ¿removería éste todo el polvo de amor y lascivia cuidadosamente guardado bajo la alfombra? ®

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Publicado en: Abril 2011, Narrativa

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