Monet o la densidad

Monet. Breve condición del paisaje, de Mario Sampaolesi

La última novela de Mario Sampaolesi, Monet. Breve condición del paisaje, publicada recientemente por Libros del Zorzal, lleva una sugestiva aclaración en la portadilla: “novela–haikú”. Si bien la apuesta por la escritura fragmentaria está claramente decidida por el autor, escritura que Maurice Blanchot situaba entre las más altas a las que podía aspirar el ser humano (Nietzsche y Novalis son algunos de sus ejemplos), la dirección hacia la que marchan estos “haikús” podría describirse como la de un paisaje impregnado de impresiones y actos sutiles, horrores, también de un erotismo devastador.

El largo epígrafe que precede a la novela es un fragmento de la obra de Soseki Almohadón de hierbas, elaborada hace más de un siglo, que ayuda a entender el método de composición de un libro que está decidido a escapar de las convenciones de los géneros. “Al empezar una novela por el principio, uno está forzado a leer hasta el final”, asegura uno de los personajes de Soseki. Sin embargo, en este caso, su poderoso comienzo, donde el Alemán “con la lengua acaricia esos pliegues labiales rosados rozadamente enrojecidos por la pasión”, logra que el lector se instale de inmediato no sólo en la descripción de un cunnilingus ejecutado con sabiduría, sino en esa dimensión donde el cuerpo de Emma accede simultáneamente al placer como al horror cósmico.

Este texto de algo más de doscientas páginas, con varios capítulos extremadamente breves, se las ha ingeniado para tejer varias historias que se entremezclan, a través de intertextos, pero sobre todo a través de una fina mirada donde los desplazamientos de hechos están asentados en una sólida estructura, lo cual permite leer esta novela también como un relato policial. La contratapa sintetiza con claridad el argumento: “Octavio Vianna emprende un viaje [a Bariloche] tras la pista de un frasco donde el gran Leonardo, supuestamente, vertió sus lágrimas junto a las de su amada Gioconda”.

La trama, sintetizada así, omite el movimiento semejante al de un abanico que tiene este texto donde se narra, en tercera o primera persona, la intensa relación de Emma con el buscador del lagrimal Octavio Vianna, fotógrafo aficionado que a su regreso ha sufrido una transmutación, integrado al equilibrio de lo que es, sintiendo o comprendiendo ya que no es sólo un pasajero que regresa a Buenos Aires, sino “el sol, la nube que por un momento lo oculta, una cometa escarlata, la luz, […], el lago, unas palabras de amor susurradas en un sexo, aulladas en una cueva: otra breve condición del paisaje”. El recurso enumerativo, que Borges llevó a la maestría en “Otro poema de los dones” o en su clásico “Funes, el memorioso”, es uno de los tantos recursos que Sampaolesi utiliza para abrir el abanico y contener algo del caleidoscopio que es el mundo.

El mundo del hombre, sin duda, no sería mundo sin el horror que se despliega en él. Las escenas de sadismo y tortura, la fisura y trepanación que el Alemán le provoca a Emma, como otras situaciones, requieren de nuevos términos, adverbios y adjetivos, de tal modo que el autor no ha dudado en utilizar neologismos e, incluso, procedimientos de configuración sígnica como materialización de un eco (páginas recubiertas por unas pocas letras, casi al estilo del frustrado escritor de The Shining). Hay además dos interpolaciones que se adecuan a la perfección a esta novela que más que polifónica es heteróclita y que por momentos adopta la forma de un collage, para que el whisky y el salmón naden a la perfección en estas aguas paradojales.

Mario Sampaolesi es el director de la revista Barataria, que se ha caracterizado por publicar textos exquisitos, orientales o no, de tal modo que se vuelve imposible ignorar la meticulosa construcción de esta gran novela, cruzada por Raymond Chandler como por Los papeles de Aspern de Henri James, por “El perjurio de la nieve” como por las cartas de Monet que le otorgan al texto un clima onírico y abisal. Aparecen en esta novela fragmentaria poemas inconclusos o truncos, el follaje y la montaña como un marco metafísico más que geográfico: “Giro en redondo y miro: todo lo que ya no es me rodea”. La ausencia sienta sus reales en esta obra densa por su concentración, pero de una lectura que es en sí misma una invitación al mundo del arte.

Desde hace algo más de un siglo, tanto la literatura de denuncia social, muchas veces devenida en propaganda, como la destinada al consumo de las grandes masas, exactamente igual que un producto fabricado en serie, por diktak de la tiranía del presunto mercado, han vuelto cada vez más extendida la peregrina idea de que la escritura literaria no tiene nada que ver con el arte. Monet es de esas novelas que nos recuerda que las palabras pueden seguir perteneciendo a lo más profundo de la creación artística. ®

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Publicado en: Abril 2012, Libros y autores


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