Monsiváis ensayista literario

Escribir por ejemplo. De los inventores de la tradición, de Carlos Monsiváis

La objeción capital para el lector de ensayo literario es la perpetuación de opiniones consuetudinarias respecto de Reyes, Torri, Yáñez o Monterroso, y el tono de impostada militancia comunista que se percibe en el autor cuando se detiene con morosidad sobre la accidentada existencia de José Revueltas o bien la franca explosión hormonal con la poesía de Sabines.

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Una multitud de voces y de géneros —casi legión— pueblan la variada y variopinta obra de Carlos Monsiváis (1938-2010). Sus inclinaciones como ensayista se orientaron hacia las artes populares, el cine nacional en su época de oro, la historia política de México y, desde luego, también los libros y autores que conformaron el canon de las letras a lo largo de buena parte del siglo XX, en flashback aun más allá, hasta penetrar en el alma misma del poeta decimonónico o bien la novelística de la Revolución, algo posterior si bien conservando cierta sensibilidad nacional y romántica, aunque también en flashforward ciertos atisbos del siglo XXI, por lo menos, de la primera década, bastante movida y violenta en México, barruntos nada halagüeños del incierto porvenir.

Figura importante para la historia de México, el periodismo, la antropología nacional y la tradición cinematográfica reciente, Carlos Monsiváis era fundamentalmente escritor, una naturaleza que él mismo se empeñara en velar con su inmersión total en la actualidad noticiosa —como cronista y articulista— y la defensa en ocasiones denodada de las ideas de izquierda, la sexualidad alternativa y el deslumbramiento con la cultura estadounidense contemporánea. Como hombre de letras, la vena más prolija y más alta fue aquélla consagrada al análisis y compartir su pasión y gusto por ciertos autores de literatura. A diferencia de las columnas de grilla política, los ensayos se caracterizan por una elaborada factura —a veces se pasa de tueste— y un gran trabajo de edición (cancelar aquello que no convenía e incluir lo que hacía falta). Se ve que Monsiváis cuidaba a conciencia de sus libros, sobre todo en los últimos tiempos cuando, ante su inminente desaparición, editoriales de gran prestigio y otras más bien comerciales demandaban un flujo casi incesante de su copiosa y en ocasiones caótica producción, eso sin mencionar los tupidos compromisos con los periódicos. Algunos dicen por ahí que sirviéndose de una serie de plumas alquiladas, verdadero taller de artista del Renacimiento, o bien duchos en la redacción que por lo menos alisaran lo pergeñado a vuelapluma, o tan sólo maliciado en lo recóndito del subconsciente y apenas expreso, dada la estrecha familiaridad que tenían con él quienes lo asistían en estos menesteres adivinándole casi el pensamiento.

Figura importante para la historia de México, el periodismo, la antropología nacional y la tradición cinematográfica reciente, Carlos Monsiváis era fundamentalmente escritor, una naturaleza que él mismo se empeñara en velar con su inmersión total en la actualidad noticiosa —como cronista y articulista— y la defensa en ocasiones denodada de las ideas de izquierda, la sexualidad alternativa y el deslumbramiento con la cultura estadounidense contemporánea.
Carlos Monsiváis en el Museo de Cera de la Ciudad de México.

Carlos Monsiváis en el Museo de Cera de la Ciudad de México.

Uno de los últimos volúmenes —hay otros que apenas merecen mención aquí, como Pedro Infante. Las leyes del querer, salido igualmente el 2008— fue publicado por el Fondo de Cultura Económica, bajo el título de Escribir por ejemplo. De los inventores de la tradición, donde se aborda la vida y la obra de diez autores de México, desde maestros indiscutibles del estilo —los dos primeros igualmente de las brevedades— como Julio Torri, Augusto Monterroso y Alfonso Reyes, pasando por narradores de la talla de Agustín Yáñez, Juan Rulfo, José Revueltas y Carlos Fuentes, hasta recalar en los poetas Ramón López Velarde, Jaime Sabines y Rosario Castellanos (único nombre femenino de la selección). Dos son crónicas, aclara el autor en un breve prólogo, la de Revueltas y la de Sabines, el resto son ensayos; todos los textos bien provistos de copiosas citas e ilustraciones con el sello característico de cada autor. De extensión y profundidad variables, los textos de mayor aliento serían los de López Velarde, Reyes, Revueltas y Yáñez.

Particular esmero en el fraseo, la ágil puntuación, la sabia alternancia y buen tono de las nutridas citas, cualidades todas que delatan en Monsiváis a un magnífico editor de sus propios textos (porque mayores correcciones por parte de otros creo que no merecieron). Los latines del egregio cronista y articulista andaban algo verdes, sin embargo. Es curioso comprobar cómo se van cosas de poca monta, pecata minuta o mejor peccata minuta, para ponerse a tono con lo que viene a continuación. Monsiváis era de confesión presbiteriana, acérrimo crítico del catolicismo y no muy conocedor de la antigua lengua litúrgica, como se verá. La primera y desprevenida víctima es Julio Torri con su texto “Beati que [qui] perdunt…!” (p. 134), además de Aloysius Bartrand [Bertrand] (p. 140) en ese mismo texto; enseguida Yáñez, quien cursó estudios en seminarios y fue simpatizante de la causa cristera, en expresiones como Pecavi [Peccavi], Domine, miserere mei, réquiem aeternum [aeternam] (p. 173), cambiando el género del sustantivo femenino requies, o bien en el ensayo consagrado a López Velarde donde se va George [Georges] Rodenbach (p. 45).

Citando siempre las autoridades de rigor en la materia, en el caso de Torri, Serge I. Zaitzeff [Zaïtzeff] y con López Velarde a Guillermo Sheridan, quien en la correspondencia del poeta con Eduardo Correa escribió, en referencia a la provincia mexicana, un territorio que Sheridan conoció por la permanencia de años en Monterrey y en Saltillo: “Se trata más bien de unos centros culturales vivos y alertas a lo que pasa en el mundo, integrados por personalidades interesantes y dotados de una singular autonomía”. El carácter positivo de la cita contrasta con el espíritu adusto del crítico, más tendente a señalar los defectos que las virtudes provincianas, como en su acre opúsculo Frontera norte y otros extremos (1988).

Con los nombres eslavos surge una serie de consideraciones: Karel Capek [Čapek] (p. 272), Stanislaw [Stanisław] Jerzy Lec, Trotsky [Trotski] (p. 198). “Los [Las] hetairas, esas ‘consabidas náyades arteras’, que en otra dimensión del lenguaje son las prostitutas” (p. 18), aparece en una cita de López Velarde. Más que en estas minucias, si se quiere sin importancia, más otras como éstas en un texto de Rosario Castellanos, “con tzeltales, tzotziles, choles, chamulas” (p. 303). Un cierto traslape se da entre el término chamulas, tzotziles, tzeltales, choles, ya que chamula es un gentilicio que designa precisamente a esas etnias mayenses, más otras más como tojolabales y choles. Eso, por lo menos, el insigne cronista que se encaminó a los Altos de Chiapas, en tiempos del levantamiento armado, debía saberlo o bien es para preguntarse cómo distraía sus ocios durante su permanencia por aquellos lares.

La objeción capital para el lector de ensayo literario es la perpetuación de opiniones consuetudinarias respecto de Reyes, Torri, Yáñez o Monterroso, y el tono de impostada militancia comunista que se percibe en el autor cuando se detiene con morosidad sobre la accidentada existencia de José Revueltas o bien la franca explosión hormonal con la poesía de Sabines.

La objeción capital para el lector de ensayo literario es la perpetuación de opiniones consuetudinarias respecto de Reyes, Torri, Yáñez o Monterroso, y el tono de impostada militancia comunista que se percibe en el autor cuando se detiene con morosidad sobre la accidentada existencia de José Revueltas o bien la franca explosión hormonal con la poesía de Sabines. Cada quien puede quedarse con lo que le plazca. En lo personal, aprecio algunas observaciones sobre Reyes, cuyo proverbial estilo en el ensayo todos nos hemos empeñado en seguir, si bien de lejos, cada cual en sus alcances, o bien las impresiones acerca de Rosario Castellanos, quien “muere en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974, a resultas de un accidente doméstico” (p. 308), el cual con otro nombre se conoció por suicidio; en fin, que cada quien se quede con la versión de su preferencia, la oficial, como el autor, o bien la alternativa.

Consigno —para concluir— un hecho curioso. Este volumen lo recibí en mano como obsequio, no una novedad por cierto (aparecido en el 2008), al inaugurarse de manera solemne en presencia de autoridades federales y locales, la librería Carlos Monsiváis en Saltillo, el 9 de noviembre de 2012. El periodista y escritor visitó en algunas ocasiones la ciudad, en una de sus últimas giras tuve ocasión de conocerlo y comenzarlo a tratar por un breve periodo, del cual conservo la correspondencia cruzada entre ambos. Precisamente Monsiváis me instaba siempre a abandonar mi lugar natal en aras de establecerme en la capital, donde se forja la verdadera vida cultural y académica del país. Aunque en la provincia también puede haber “centros culturales vivos y alertas a lo que pasa en el mundo”, como apuntaba Sheridan. Carlos Monsiváis estaría un par de veces en Saltillo, aventuro que no más de media docena en toda su vida. Su obra tiene que ver casi nada con el norte de México, Coahuila o mi ciudad, pero ahora la principal librería local ostenta su flamante nombre, el cual integra el rico catálogo de los autores del Fondo de Cultura Económica. Con congoja y no poca desazón ante el porvenir veo que el nombre de Julio Torri, que antes bautizara la principal librería aquí, ha quedado prácticamente en el olvido. Julio Torri es un autor que —tanto como escritor de primera línea que como coahuilense— vale francamente más que Carlos Monsiváis, con toda la guasa y la grilla de que en ocasiones solía hacer gala. ®

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Publicado en: Febrero 2013, Libros y autores


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