Monster Mom vs Mummy Pig

Devenir maternal y biopolítica

La familia Pig.

Madres del mundo: agarren su rebozo (hoy fular), amárrense a sus mocosos (y mocosas) y llévenselos lo mismo al trabajo que al cine que a la oficina que a las reuniones de vecinos que al gimnasio.

Si una tiene hijas e hijos pequeños habrá tenido que ver en repetidas ocasiones y cada vez con más fastidio a Peppa Pig. Allí vemos a Mummy Pig, la mamá de Peppa, reaccionar de forma absurda a las rabietas e impertinencias de la cerdita que oscila entre la mocosa insoportable y la niña segura que todas quisiéramos ver en nuestras hijas. La Mummy Pig —de quien jamás sabemos su nombre pues ella se define por este papel estoico y abarcador— no se enoja nunca, y puede interrumpir su sesudo trabajo (en casa) sin muecas ni ojos volteados cuando la cerdita o su hermano George la interrumpen porque… pues porque así son las niñas —y los niños. El Daddy Pig es igual. Es una fuente inagotable de paciencia y aguanta risueño las pesadeces de sus cerditos y las bromas socarronas de su esposa acerca de su panza descomunal. Los abuelos, Grandma y Grandpa Pig, padres de Mummy Pig, son abuelos salidos de canciones de Cri Cri, pero con mucha energía.

Disfuncionales.

La parsimonia y buena onda de la familia Pig contrasta con la disfuncionalidad y carisma de la familia Watterson en The Amazing World of Gumball, encabezada por la matriarca, Nicole, quien simplemente es de otro mundo. Pasar de Discovery Kids a Cartoon Network sí implica un cambio cualitativo en la proyección de la maternidad. Es un cambio radical porque, para empezar, Nicole trabaja fuera de su casa y no sólo se enoja, sino que se enoja de tal forma que encarna a una Monster Mom.

Gumball es un niño neurótico y egocéntrico como cualquier escuincle de su edad y vive sus aventuras junto con su hermano Darwin. Darwin es un pez con pies (el evolucionado Darwin, guiño total), lo que sugiere que es adoptado porque la mitad de la familia son gatos —Gumball y su mamá— y la otra mitad conejos —Richard, el papá, y Anais, la hermanita pequeña, adorable y brillante, siempre destacando lo bobo de sus hermanos. O puede ser simplemente una alegoría del hermano de en medio, el que no es consentido de nadie ni se parece necesariamente a nadie, pero allí va, creciendo y transformándose en él mismo. Pero en realidad no se sabe.

Lo cierto es que Nicole es una mamá… promedio. Trabaja todo el día y con frecuencia se encuentra arreando a Richard, quien no logra sostener un trabajo serio ni por largo tiempo, y se consuela en su consola de videojuegos y en seguir a sus hijos en sus puntadas infantiles. Nicole se asegura de que Gumball y Darwin saquen la basura y vigila que todos coman como se debe. Si esto no ocurre Nicole se enoja. Y mal.

Los productores y autores de Gumball se encargan de destacar el temperamento de Nicole en diversas ocasiones pero muy especialmente en el capítulo Monster Mom, en el que llega al límite de su paciencia y se convierte en una especie de Jack Nicholson en The Shining y la mamá de Carrie en Carrie. Es totalmente hilarante. Y más allá de eso, es una proyección empática y con humor del estrés de las madres trabajadoras que frecuentemente tienen que lidiar con un marido tan infantil e irresponsable como sus propios hijos. Pero, sobre todo, y dentro de las proporciones del caso, es más cercana a las mamás normales, promedio, que lo que puede ser la siempre bondadosa Mummy Pig.

Y dirán: Nop. Las mamás, sobre todo las mamás que se han alineado al backlash de las madres independientes de los setenta que se negaron a quedarse en casa, a amamantar y a limpiar mocos y cacas hasta el hastío, aspiran a ser Mummy Pig: paciencia inagotable, la Marga López de nuestros tiempos. Las mamás que se han alineado a diversas formas de maternidades new agematernidad con apego sobre todo— decidieron —y bien por el acto de decisión— llevar su maternidad a cada rincón de su vida y a entregarse en cuerpo y corazón a sus hijos sin abandonar sus labores profesionales. Estas mamás son súper mamás porque están decididas a hacerlo todo, y frecuentemente lo logran. Eso sí, quedan exhaustas y lejos de perder paciencia se recargan con dosis de tés orgánicos, yoga (con bebés), matronatación, etcétera. Hacen lo mismo que Nicole pero a diferencia de ella no explotan, no son Monster Mom sino más bien Mummy Pig. Sin escarnio ni ironía alguna digo: ¡qué bueno!

El problema es que la legión de Mummy Pigs están a nada de mandar a la hoguera o cocinar en aceite (orgánico) a las legiones de Nicoles que explotan secretamente en el baño, la terraza, su trabajo, con sus compañeros de escuela, con la pareja. Pasamos del elogio total de La Chanclaal juicio sumario de la mamá que muestra migajas de humanidad cuando el cansancio la transforma en lo que convierte a cualquiera que no duerme, que trabaja mucho, que ayuda en las tareas y además la hace de bailarina y chofer para los hijos (e hijas).

Las contradicciones retratadas magistralmente en estos dos personajes maternales nos hablan de la biopolítica de la maternidad contemporánea. La maternidad que renunció al terror de La Chancla para inmolarse estoicamente por su/s hijo/s es un dispositivo regulador de la vida de las mujeres en su papel de madres, en función ya no sólo de la productividad económica sino de la renuncia del Estado (otrora de bienestar) a liderar el cuidado infantil. Madres del mundo: agarren su rebozo (hoy fular), amárrense a sus mocosos (y mocosas) y llévenselos lo mismo al trabajo que al cine que a la oficina que a las reuniones de vecinos que al gimnasio. Hagan eso y háganlo con amor y ganas porque su entrega desinteresada, su cansancio extremo, la pérdida de paciencia que se entierra en su corazón como depresión y ansiedad (si me enojo seguro soy mala mamá) permite no sólo la reproducción de mercados de la maternidad buena onda sino que las guarderías y otros cuidados de orden público se vean progresivamente obsoletos y chafas.

La biopolítica, dijo Foucault, es la política del Estado y la iniciativa privada encaminada a fabricar necesidades, mercados y autocuidados para disminuir el gasto estatal y enriquecer a los pocos conglomerados que se benefician. Claro que pueden entrar los artesanos y diseñadores, esos clasemedieros no desechables —tienen buen capital social e individual— que participan de la construcción del branding y otras prácticas que permiten elevar la plusvalía de productos anodinos.

La biopolítica hace parecer la maternidad humana una monstruosidad, y lo mismo pasará con este mismísimo artículo que usted lee: seguramente la línea editorial le parece ya una apología de la violencia familiar o, peor aún, de la infantil. Pero no. Muy lejos de eso. Es una apología de la humanidad de las mujeres que, como cualquier hombre o mujer sin hijos, se enoja y explota porque es normal perder la paciencia cuando está tratando de repeler esa normalización brutal sobre el cuerpo cansado. No es un llamado a que regrese La Chancla, sino a que las mujeres busquemos herramientas, soluciones y posibilidades realistas que nos permitan vivir una maternidad sin culpas y sin violencia hacia una misma con la posibilidad de acudir a cualquier círculo social y a otras mamás para que le digan a una: “Ven, te doy un abrazo”, y no “Aguántate, que tus hijos no te vean enojada”. Porque la maternidad con apego no permite que la individualidad interfiera en ese proyecto magnánimo y totalizador que son los hijos (e hijas) como base de la población, así como el mercado de productos buena onda que le ayudan a hacerlo. Es un llamado a comprender a Monster Mom y a leer entre líneas: “Monster Mom es la mamá resistiendo la biopolítica de la maternidad”. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas


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