Monterrey, fantasía en el desierto

Entre sueños, contrastes y recuerdos

“Monterrey es un macho macho, dueño de caballos, cervecero, con pelo en pecho, fumador de puros, dominador, déspota y mujeriego, y tal vez sí, sea poeta, pero de versos más misóginos y arrogantes, como los de Octavio Paz o José Emilio Pacheco.”

Monterrey

I

Monterrey es tierra de orden, negocios lucrativos, vida cómoda y condiciones comerciales seguras, pero su ayer es de fundidoras y mi imaginación se aferra en recrear una y otra vez esa ciudad brutal de acero, martillos y fuego.

Nuevos rascacielos para oficinas comparten escenario con hornos, crisoles y antiguas chimeneas; ante el Cerro de la Silla, esculpido en el sur sobre su pétreo caballo salvaje, la práctica modernidad al servicio del dinero se despinta en vigorosas imágenes evocativas del realismo socialista, de los cuadros de Léger, de un pasado que anuncia: En estos regios empresarios corre sangre orgullosa y trágica.

Entonces Francisco Linares, próspero vendedor de pieles, deja de hablar de su vida diaria (dólares que fluyen, políticas solventes, rápidas y precisas decisiones mercantiles), cierra los ojos y esconde tras su espalda la mano izquierda envuelta en un guante de gamuza negra. “Era algo sublime y terrible”, en su voz hay respeto, también miedo.

Estamos en un navío sobre el Paseo Santa Lucía, un río artificial de 2.5 kilómetros que une al Parque Fundidora con el centro de la ciudad. El barco avanza lentamente sobre agua roja, que absorbe el crepúsculo y distorsiona nubes y árboles en formas extravagantes y graciosas; un grupo de jóvenes porristas practica acrobacias en la orilla; empieza diciembre y resplandecen en los matorrales luces de Navidad amarillas, blancas y verdes.

Cuando Estados Unidos se quedó sin metal en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Monterrey satisfizo esa urgencia y su industria siderúrgica empleó a miles y miles de trabajadores norteños, entre ellos al padre de Francisco, que llegó de Chihuahua para meterse en un horno y hacer lingotes desde las cinco de la madrugada hasta las ocho de la noche durante cuatro décadas. Una tarde a finales de 1984 se murió de un infarto a la hora de la comida, dentro del merendero de la fundidora, y el trabajo lo heredó su hijo.

Ahora la embarcación atraviesa por el barrio antiguo, de callejas empedradas, inclinadas, estrechas, y casas coloniales con gruesos muros de metro y medio y ostentosos balcones barrocos pletóricos de adornos dorados (ninfas y faunos; nereidas y tritones) tan pegados que, de uno a otro, dos amantes podrían susurrarse versos de afecto y acariciarse los dedos. Oscurece, suena a lo lejos un concerto grosso de Arcangelo Corelli y las urracas levantan vuelo al intuir la proximidad de las estrellas.

Atrás, sentado en una butaca de popa, Francisco es ajeno a las formas urbanas, al viento frío, a la corriente suave, a la templanza cromática del ocaso que anuncia un invierno inminente; él recuerda cuando a los veinte años reveló a su padre en el horno para hacer lingotes.

La fundidora le daba casa, alimento, hospital, gimnasio y un equipo de beisbol en el que jugó la primera base. En las regaderas comunes vio los cuerpos cubiertos de cicatrices y amputaciones de muchos obreros.

Monterrey-1

Influenciado por la pintura de Diego Rivera, Francisco entendía el peligro como un elemento inherente a la grandeza de un hombre enfrentado contra máquinas gigantescas y violentas en aras de la libertad y el progreso. Por eso se resignó sin ira ni desdicha cuando una fuga de arrabio ardiente le disolvió anular e índice de la mano izquierda. La fundidora cerró poco después del accidente para abrir otra sucursal en Monclova y Francisco se quedó en Monterrey perplejo y sin trabajo.

“¡Mira!, es El beso robado”, Francisco regresa repentinamente de su pasado y me señala un mural situado en la ladera del río, poco antes de la salida del Parque, que muestra un amor destinado al fracaso: en un abrazo tierno chocan búsquedas contrarias; él cierra los ojos, la rodea con sus brazos y aprieta contra su cuerpo; ella acepta el juego, incluso acaricia el musculado pecho de su compañero, pero mira fijamente el horizonte con fiereza, abstracción y anhelo.

Cuando abrió el Paseo Santa Lucía, en 2007, el arte en Monterrey, que hasta entonces estaba encerrado en museos y costaba, salió a las calles con ánimo reproductivo y gratuito; enmarcando el cauce se instalaron esculturas y murales de importantes autores nacionales (como Guillermo Ceniceros y Francisco Toledo) e internacionales (como Fernando Botero). Pero El beso robado, obra de Gerardo Cantú (egresado de la Universidad de Nuevo León), es el mayor misterio del río; su contemplación transmite una íntima tristeza porque propone una inminente tragedia: ella se irá para buscar aventuras, derrumbes, otros brazos, y él permanecerá atónito, desgastado, esperando por siempre su regreso.

La noche y este pensamiento se han instalado sobre Monterrey como un nimbo de trágico romanticismo que las montañas aprisionan, intensificando su triste influjo, concentrando su lúgubre color. Y es que sólo hay montañas al final de todo horizonte en esta ciudad de dioses de piedra (la Sierra Madre Oriental y los cerros de la Mitra y la Silla en primer plano), donde Francisco, hace un cuarto de siglo, encontró en la frase tonta de un conocido (Necesito que vendas mis botas”) un inesperado camino.

De obrero se convirtió en vendedor de artículos de piel; dejó el martillo y el esfuerzo físico, desarrolló labia y una encantadora sonrisa. Comenzó a vender bien y poco a poco, sin darse cuenta, dejó de ser el mismo; todo fue cambiando: preocupaciones, hogar, poder adquisitivo, noción del tiempo, lenguaje, ropa e intereses. Compró guantes para no asustar a sus clientes, pero su mano sin dos dedos es una marca indeleble de su pasado siderúrgico en el horno.

A un costado del Palacio de Gobierno, tras 25 minutos de recorrido, el río termina y el navío tira anclas frente “La lagartijera”, monumental escultura acuática de Francisco Toledo que muestra una cobriza isla espinosa llena de cocodrilos dormidos.

Santa Lucía

Son las siete y el zócalo es un mercado interminable; toldos blancos colocados en hileras serpenteantes trazan un laberinto de puestos de comida, librerías, tiendas de artesanías y licores que desemboca en un pino de seis metros construido con prismas lumínicos de donde cuelgan renos, duendes, hadas y retratos de niños exultantes.

Francisco sale del barco y se va a dormir a su casa; mañana debe entrevistarse con proveedores desde muy temprano. La luna marca en Monterrey el cambio de guardia; ésta que se lleva a Francisco a la cama, pequeña, tenue, de brillo intermitente, trae en su lugar a Cassandra Celio, regia trigueña de 25 años y grandes ojos negros, que al final del Paseo Santa Lucía me recibe en su coche con el corazón herido, “Otra vez me engañó, después de tanto tiempo… ¡nunca voy a entenderlo!”

II

Nos dirigimos al Main Entrance, un exclusivo corredor de restaurantes y bares abierto hace un año en el barrio San Pedro Garza, cuyos habitantes tienen el mayor ingreso per cápita en América Latina. Para llegar desde el centro Cassandra elige la ruta más corta: atravesar la colonia Independencia, conocida por brava, colorida y desenfadada.

Tres hombres sin camisa beben sentados en la banqueta sendas caguamas Carta Blanca; frente a ellos una mujer con un basilisco negro tatuado en el antebrazo baila música de El Gran Silencio con movimientos de caderas amplios, vertiginosos, felinos, y cerca de ella ocho niños juegan futbol en la calle (porterías y líneas de fuera marcadas con sudaderas) alumbrados por candiles que a lo lejos descubren callejones empedraros flanqueados por casas de lámina pintada con amarillos, rosas y naranjas.

A cien metros de esta cascarita callejera de chicos humildes cruzamos una colina y dos calles después, en el bulevar Batallón de San Patricio, el departamento más barato cuesta un millón de dólares y el techo de cada edificio está diseñado para estacionar helicópteros.

Aquí viven los empresarios más importantes de México y la zona está plagada de espionaje y seguridad inteligente, ésa que no se ve, donde los agentes visten de civiles, se mezclan entre los comensales, sin armas visibles, hablan sin abrir los labios y tienen pegados diminutos micrófonos en las comisuras.

Aquí viven los empresarios más importantes de México y la zona está plagada de espionaje y seguridad inteligente, ésa que no se ve, donde los agentes visten de civiles, se mezclan entre los comensales, sin armas visibles, hablan sin abrir los labios y tienen pegados diminutos micrófonos en las comisuras.

A Cassandra le importa poco el contraste. Está furiosa y repite amarga: “¡Nunca voy a entenderlo!, ¡nunca voy a entenderlo!” Lleva un vestido rojo nochebuena, ceñido, sin tirantes, que descubre sus ligeros hombros, espalda alta y largas piernas esbeltas, pero Monterrey, tan soleado y cálido por la mañana, se ha endurecido de noche, con constantes rachas de aire frío y amenazas de agua.

Lo que confunde a Cassandra es por qué Monterrey no puede ser constante, quedarse quieto, ser legible, estar tranquilo y sereno. Es una ciudad veleidosa, de caprichos y cambiantes humores; indomable e insumisa, ignora meses y estaciones; puede en marzo ser gélida, en otoño veraniega, en un domingo de diciembre parecer primavera y al día siguiente sacar gordas y negrísimas nubes de nieve. También son indescifrables sus soles: poderosos y secos, húmedos y esquivos o macilentos y sin vida, todos rotan alrededor del año sin regla o dirección, en giros azarosos y enigmáticos.

De malas y con frío Cassandra se baja del coche a la entrada del Main Entrance y la sigo hasta La Embajada, el establecimiento más nuevo del complejo, con una carta experimental de inspiración mexicana cuyos platillos (pizzas de tlayudas o tamales de queso de cabra) podrían ofender a puristas culinarios, pero nosotros venimos a beber mojitos, vampiros, mezcal, ginebra y cerveza que por recomendación del cantinero, experto en cuestiones de alcohol y fiesta, acompañamos con estofado de tuétanos y chiles serranos, la especialidad de la cocina.

Resulta sencillo achacar el alma inconstante de Monterrey a un instinto coqueto de hacer repelar a hermosas muchachas, pero sería ignorar la existencia del Río Santa Catarina y su interminable cauce seco que atraviesa de punta a punta la ciudad como una cicatriz dolorosa. Ahí donde debería haber barcos, muelles, pescadores y faros hay tierra, sequedad y piedras. Es la herida de un soñador geográfico que a través de la nostálgica imagen de un río sin agua proyecta hacia sus extremos insólitas fantasías de trópico y desierto.

En el sur, sobre la Carretera Nacional, Monterrey tiene palmeras, calor húmedo, moscas, colinas exuberantes y visos de selva donde viven osos, gatos salvajes y panteras; incluso las casas abandonan la rigidez y monomanía de la estética progresista y adquieren esencias de la costa, como fachadas de madera, hamacas y techos de palma.

En el norte, sobre la Carretera hacia Saltillo, Monterrey tiene áridas extensiones que son liza de liebres y correcaminos, zorros y serpientes; panoramas de vías de tren, gallineros abandonados y cactos que sobre montes chatos levantan sus figuras flacas, cubiertas de espinas, tenebrosas, que expresan soledad y falta de alegría.

En La Embajada las parejas baila y le digo a Cassandra: “En el coche, cuando me recibiste, pensé que reclamabas una traición a un amante, no a tu ciudad” y ella propone un juego: “Si Monterrey fuera un hombre, ¿cómo sería?”

Lo imagino nocturno, delicado, distante y silencioso, sufriente y poeta, con una poesía imposible, de ilusiones y excentricidades, como la de Carlos Pellicer o Gilberto Owen.

“Eso es lo más disparatado que he escuchado en mi vida”, dice Cassandra entre carcajadas, “se nota que apenas lo conoces… Monterrey es un macho macho, dueño de caballos, cervecero, con pelo en pecho, fumador de puros, dominador, déspota y mujeriego, y tal vez sí, sea poeta, pero de versos más misóginos y arrogantes, como los de Octavio Paz o José Emilio Pacheco”.

Cassandra apura su cerveza, se levanta de la mesa, me llena el vaso de ginebra, propone un nuevo brindis y declara un poco borracha: “Aunque me suele traicionar y eso le divierte, sé que le gusto y cuando muera, Monterrey querrá tener mi cuerpo en sus entrañas”. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Febrero 2013


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