My last patriotic heartbreak

“Tengo un dolor aquí, en la memoria colectiva” (pancarta)

Parece que pasaran a presentar sus respetos finales a un difunto. No sirve para nada: es sólo para despedirse. Quienes vivimos en Uruguay creíamos haber recuperado cierta dignidad en materia de derechos humanos luego de la dictadura. Pero no. Casilla cero.

Marcha del silencio, Montevideo, 2006. Foto: Ricardo Antúnez

Marcha del silencio, Montevideo, 2006. Foto: Ricardo Antúnez

Desde que me bajo del autobús el vallado me impacta. La calle San José está desierta, el tránsito cortado, y sin embargo esas vallas de metal pintado de amarillo cierran el paso a las hipotéticas multitudes que podrían pretender abrirse paso rumbo a la Suprema Corte de Justicia. Pero no: no hay nadie allí.

Detrás de la barrera de choque contra la que nadie choca, varios policías. Sus uniformes azules me duelen, como le dolería a un niño estudioso ser vigilado por la maestra durante un examen. “Los uniformes podrían ser verdes y sería peor…”, pienso sin pensar, pero semejante escena ya me parece en sí misma inverosímil. Ciencia ficción. Western. Épica con olor a naftalina.

La plaza Libertad y sus calles aledañas están llenas de gente. Uruguayos: están presentes, es cierto, porque no están de acuerdo. Ganan por cansancio y perseverancia, o al menos ésa es la tendencia, perseverar. Pero eso sirve para un partido de futbol: hay que aguantar, hay que esperar, hay que seguir, hay que sostenerse, hay que ver hacia adelante, hay que pensar que todavía no sonó el pitazo final. Sí, hay que soportar sin darse por vencido. A corto plazo, eso se llama garra charrúa (ya lo decía yo: épica con olor a naftalina). Pero llevado a la historia entera de un país, esa perseverancia sin cierre y con la tibieza del mate que se pasa en una ronda de amigos hoy me parece tristísima, inoperante. Claro, igual protestamos. No es eso.

Me paseo conmocionada por el costado del café Tribunales, donde a menudo trabajo y escribo; está cercado y lleno de policías en sus puestos (la Suprema Corte de Justicia queda a un lado). Ya no estoy acostumbrada a estas cosas; camino de ida y vuelta como un lobo preso, mirando hacia el otro lado de la jaula.

El 15 de febrero, sorpresivamente y sin que mediara explicación alguna, se traslada a la jueza Mariana Mota del ámbito penal al civil. Con esta maniobra, su medio centenar de investigaciones en curso sobre crímenes de la dictadura quedarán trabadas.

El 22 de febrero, la Suprema Corte de Justicia declara inconstitucional la ley interpretativa de la caducidad (ley 18.831, aprobada en octubre del 2011 y que restablecía la capacidad del Estado para investigar y castigar los delitos cometidos en la dictadura), en el entendido de que esos delitos prescribieron. La ley (derogada por 4 votos en 5 de los magistrados) los consideraba delitos de lesa humanidad, como también los consideran los acuerdos internacionales firmados por Uruguay en la materia.

Las vallas están puestas para ser tiradas, imagino. Me paseo conmocionada por el costado del café Tribunales, donde a menudo trabajo y escribo; está cercado y lleno de policías en sus puestos (la Suprema Corte de Justicia queda a un lado). Ya no estoy acostumbrada a estas cosas; camino de ida y vuelta como un lobo preso, mirando hacia el otro lado de la jaula. Pero los policías que tengo enfrente ni siquiera son los malos. No hay malos: es política. Un juego que simplemente no entiendo, en el que también participa un gobierno que se dice de izquierda pero que no le dio importancia a lo más importante.

Democracy is the art and science of running the circus from the monkey cage.
—H. L. Mencken

Suena el himno nacional. En estos momentos lo detesto. No puedo creer estar parada en el mismo escenario físico de hace diez, veinte, treinta años, protestando por lo mismo, subiendo el volumen al cantar la frase “¡Tiranos, temblad!” Me siento como Bill Murray, atrapada en El día de la marmota: la escena repetida de la pesadilla, los horrores de la dictadura que ya no se esclarecerán, la vuelta de tuerca de Brian de Palma al final del la película.

Marcha en Montevideo, 2009.

Marcha en Montevideo, 2009.

Aplausos. Aplausos. Larguísimos. Menos mal. La gente rompe una y otra vez la consigna del silencio con el que algunos sectores sociales y políticos —incluyendo, paradójicamente, al partido de gobierno— convocaron esta marcha que no se mueve rumbo a lugar alguno; esta concentración que consiste en cientos, miles de personas que circulan a deshora. Parece que pasaran a presentar sus respetos finales a un difunto. No sirve para nada: es sólo para despedirse. Quienes vivimos en Uruguay creíamos haber recuperado cierta dignidad en materia de derechos humanos luego de la dictadura. Pero no. Casilla cero.

Entre la concurrencia, por azar veo pasar a Daniel Viglietti. Por supuesto, nadie se acerca a importunarlo con autógrafos, fotos o comentarios. Los uruguayos somos así. Decimos: “Ahí va Viglietti” y nos mantenemos al margen. Ninguna estrella o figura pública necesita vallas amarillas en Uruguay; ni siquiera Mujica, el presidente de la república, a quien cada dos por tres se lo ve comiendo en los bares del centro de Montevideo. “No soy verdugo de ancianos”, declaró hace poco, como si él no lo fuera, y aun así con su enorme fortaleza. El presidente, como cualquiera, tiene todo el derecho a adoptar la postura que se le antoje frente a su historia personal. Pero como dirigente de un país, no: no tiene derecho. Esos ancianos eran de mediana edad, como yo ahora, cuando nuestros gobernantes empezaron a eludir su deber de juzgarlos y de deslindar responsabilidades. Ahora los criminales impunes son desvalidos ancianitos. Qué vergüenza.

Ninguna estrella o figura pública necesita vallas amarillas en Uruguay; ni siquiera Mujica, el presidente de la república, a quien cada dos por tres se lo ve comiendo en los bares del centro de Montevideo. “No soy verdugo de ancianos”, declaró hace poco, como si él no lo fuera, y aun así con su enorme fortaleza. El presidente, como cualquiera, tiene todo el derecho a adoptar la postura que se le antoje frente a su historia personal. Pero como dirigente de un país, no: no tiene derecho.

No sé mucho para qué, pero sigo caminando entre la gente y, a los pocos metros, me topo con Galeano dando una entrevista. Me hace gracia, luego de haberme encontrado a Viglietti, porque no hay acto o manifestación en la que no aparezcan ambos, al menos en las fotos; son nuestros “¿Dónde está Wally?” No sé qué pasará cuando se mueran, aunque para entonces también los criminales del terrorismo de Estado estarán todos muertos.

Estoy llorando y no entiendo cómo no llora todo el mundo. “Es un alivio llorar; las penas se desahogan y son arrastradas por las lágrimas”, dijo Ovidio, y él sí que sabía de corazones rotos. Llorar no sirve para nada, pero algo es algo. A los apolíneos uruguayos no nos sale destrozar todo, generar guerras civiles, incendiar barricadas, apedrear vidrieras, como a nuestros a menudo denostados pares argentinos. Es verdad que el traslado de la jueza Mota llegó a provocar una pequeña, si bien respetuosa, toma de la Bastilla en el ahora custodiado edificio de la Suprema Corte. Pero aquí la indignación tiene una breve efervescencia, y luego sólo se queda envenenando el alma. Permanece clandestina durante diez, veinte, treinta años. Impunidad. Imponer. Impune. Impío. Imperioso. Implacable. Imposible.

Los policías de azul y las vallas amarillas siguen esperando desmanes que, por supuesto, jamás llegan; en un rato desarmarán sin pena ni gloria toda esta preventiva contención, los veré pasar cargando todo, como si recogieran los tiliches de un circo que ahora debe enfilar hacia el próximo pueblo. La multitud se va retirando de la avenida, como si se estuviera deshilachando poco a poco. Yo también me voy. ®

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Publicado en: El otro monte, Marzo 2013

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