NARCOS CONTRA FARANDULEROS

¿Quién era ese Valentín Elizalde, o ese mentado K-Paz de la Sierra?

¿Quién recuerda las primeras noticias que generó el narcotráfico en todo el país allá por los años noventa? ¿Quién se acuerda, por ejemplo, del homicidio del cardenal Posadas en Guadalajara o de las ejecuciones magistrales, impunes, expeditas y sangrientas que le siguieron a lo largo de la década pasada?

Aún recuerdo las imágenes valentonas, fugaces, con todo el efecto del periodismo rojo, de la balacera en el aeropuerto, con policías corriendo de un lado a otro, parapetados tras automóviles, creando la atmósfera que culminaría con el cuadro escandaloso del sacerdote muerto, echado de costado sobre su acompañante adentro de un automóvil bien tupidito de balas y cristales rotos.

Oh, aquellos años donde luego mirarías por televisión los rostros recalcitrantes de una pandilla malencarada de capos adjuntos a la oferta de recompensa por información que lleve a la detención de cualquiera de ellos. Estaba el Chapo Guzmán, los hermanitos Arellano, el Güero Palma e incluso un excomandante de la judicial al que apodaban El Rana y que se había hecho algunas cirugías estéticas más para agradar a las mujeres que para esconderse de la policía.

Uno, tan inocente, asumía que aquellos hombres eran alzadísimos criminales, peligrosísimos asesinos, mafiosos recalcitrantes. Los imaginabas viviendo a cuerpo de rey en partenones tipo Negro Durazo, o encarcelados como La Quina en celdas elevadas a estilos departamentales, televisión y whisky incluidos, y para ampliar cualquier suposición o imagen, la prensa comenzó a detallar quiénes eran, que hacían, que hicieron. Te topabas con personalidades truculentas, humores irascibles, impulsos asesinos, borracheras con sangrita y largas rayas de cocaína decorando las mesas.

Y si vivías en Tijuana, como yo, te tocó ver la matazón rítmica y al aire libre de policías, enemigos, abogados, agentes del ministerio público o de cualquiera que le cayera mal a Ramón Arellano, tan famoso por soltarle un balazo en la cabeza al primero que lo mirara feo en algún bar. Uy, qué miedo, pensabas. Estos criminales no van a tentarse el corazón.

Por supuesto, antes que cultura del narco, era mejor presumir la existencia de arquetipos criminológicos, de atavismos que prefiguraban el comportamiento del mafioso, del cártel organizado en conflicto, y diferenciarlo del cártel postestructural, de la delincuencia que, como en Italia o Estados Unidos, ha culminado por infiltrar las instituciones del Estado y en vez de quebrantar los sistemas de legalidad los manipula y se mece dentro de ellos satisfactoriamente.

En criminología me hablaron sobre la necesidad de estándares clínicos para identificar el yo del narcotraficante, de sus motivaciones y de la diferencia entre ellos y la criminalidad habitual. Me hicieron leer sobre estructuras de Estado criminales y estructuras criminalizadas, sobre esto y lo otro, sobre la voluntad social de quienes se convierten en mafiosos, testaferros o matones, y con toque romántico y esperanzador nos hicieron discutir mil probables soluciones al crimen organizado, especialmente al efecto de impunidad e ilegalidad que a la postre genera y promueve en las bases sociales.

Al final, uno de mis conceptos personales y medio sórdidos que solía compartir con algunos conocidos era el de elevar a los narcotraficantes a guerrilleros, y me entretuve parloteando semejanzas entre unos y otros, hablando sobre sus motivaciones, sobre el efecto que tiene en el Estado y de ejemplos contemporáneos como la guerrilla colombiana, las guerrillas en Vietnam o Camboya o Afganistán, y cómo el tráfico de drogas podía proveer de recursos económicos a movimientos armados en el país. Llegué al paroxismo retórico de afirmar que si el Chapo Guzmán quisiera podría financiar fácilmente un alzamiento revolucionario en Sinaloa o Nayarit.

Ahora, mientras me soplo accidentalmente la programación en televisión he debido avergonzarme de mis pláticas sesudas de borrachos. Estos últimos años, el asesinato mediático de cantantes norteños, de músicos de banda y pasito duranguense han comenzado a mellar mis esperanzas revolucionarias para hacer del narcotráfico una institución menos sangrienta y más funcional como en otros países donde lograron absorber a las organizaciones criminales. Y por favor, no quiero que malinterpreten esto y lo llamen equivocadamente apología del delito. Hay una variopinta teórica y documental que demuestra que en el desarrollo de muchas superpotencias económicas y militares hubo mucho empeño de sus mafias, que terminaron adaptándose camaleónicamente al devenir social para poder sobrevivir y continuar operando. Si nadie habla de las grandes mafias estadounidenses es precisamente porque ya no existen per se. La familia Corleone y El Padrino no son la única muestra no negociable del tema.

Y bueno, más que apología del delito, quiero hacer un llamado al buen gusto. Llámenle vena burguesa, pretensión intelectual o alarde cultural, pero no creo ser el único hastiado de presenciar la insufrible degradación de nuestras instituciones criminales cuando son reseñadas, condenadas, satanizadas y citadas hasta la náusea entre muletillas de alarma y clichés políticamente correctos por comentaristas de tercera y periodistas recién egresados de las carreras de comunicación y periodismo en programas diluidos en colores pasteles, exceso de maquillaje y chismes de farándula.

Porque uno termina preguntándose: ¿Quién es ese Valentín Elizalde, o ese mentado K-Paz de la Sierra, o incluso el fulano ese, vocalista de una tal Explosión Norteña, que han hecho encabronar a los representantes del sindicato mafioso del país? Y lo que es peor, ¿qué hace esa mentecata, capaz de hablar impasiblemente sobre la marca de calzoncillos favoritos de fulana estrella o de la madriza en boga de algún otro farandulero, hablando pestes de la situación sociológica de México y la inseguridad que impera? Personalmente, no me agrada soplarme siquiera comentarios de terceros, venidos en salas de espera o en asientos de autobús, sobre la lamentable muerte del cantante más sexy del pasito duranguense.

Dejémonos de lo que ya sabemos: la delincuencia, la ilegalidad y el desastre político en materia de seguridad pública. El asesinato de todos esos cantantes sólo puede traducirse en lo siguiente: la simplificación del discurso a comentario ramplón en sección de espectáculos. Hago un llamado a todos los capos del país a que recobren su sitio en la opinión pública, a que recuperen la sección del periódico que les corresponde, a que abandonen a Paty Chapoy y recuperen a Ricardo Ravelo. Por el amor de Dios.

¿No ven, acaso, que andar matando a esos artistas les quita, caray, ese misticismo que ha atraído a tanto autorcillo como Pérez Reverte? Personalmente no hallo dignificante hablar de alguien que se encabrona por escuchar sonsonetes de mal gusto que ni siquiera dignifican o hacen honor al habitual corrido y que más que apologías del delito son apoteosis de la redundancia y la cacofonía. Añadan a todo eso la parvada nueva de periodistas congojados frente al féretro del ídolo caído, ensalzando a icono universal su legado musical.

Y sin embargo, si insisten, es recomendable pues que se hagan de asesores artísticos y apadrinen talentos: buenas voces, mejores compositores, mejores arreglistas, letristas sesudos, productores con nervio, músicos con arraigo y golpe. Ustedes tienen el dinero. Nada les cuesta. ®

Publicado origimalmente en Replicante no. 14, “La sociedad del espectáculo”, invierno-primavera de 2008.
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Publicado en: Hemeroteca, Mayo 2010


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