Narrativa televisiva en la era digital

Una experiencia chilena

Estuvimos una semana en canales y universidades de Chile para analizar la narrativa televisiva. El futuro de la reina de los medios de cara a la revolución digital. Compartimos siete días con docentes, productores y especialistas de medios trasandinos.

© Peter Franck

Cada vez que regreso a Santiago siento que la capital chilena posee una cuota más de maquillaje. La ciudad en pose late en un ritmo interno de vértigo planificado. Más subtes, que unen los puntos más extremos en coordinación con el Transantiago como método interurbano de transporte, los tibios reclamos por más bicisendas y el impulso del hiperconsumo en megatiendas superpobladas son un termómetro parcial que a los ojos del turista pintan la urbe como una potencia latina. La pose de Santiago contrasta con la honestidad de Valparaíso. El gris versus el multicolor. Lo nuevo versus lo viejo. Futuro versus pasado en puro presente. De todos modos son pocos días para debatir, pensar y proyectar el futuro de los medios en un par de universidades. Para el visitante será difícil vencer los prejuicios. El viaje comienza, como siempre, con un pisco y pancitos con pébere —algo así como nuestra salsa criolla pero con más ají. Uno ve lo que quiere ver. Aunque la ciudad se comunique con sus símbolos, sus signos, sus sabores y los afectos de siempre.

Primer encuentro

El pacto con el público es implícito. Ellos saben que los realizadores están allí, contando historias de personas que sobresalen por sus contrastes. Sin golpes bajos, pero con un ritmo vertiginoso, el formato es original, un híbrido interesante que no posee punto de comparación con la TV vernácula. Vampiresas, militares, millonarios en decadencia y ermitaños que abandonaron el vil metal conviven el 90 minutos de aire.

Domingo a la tardecita. Francisco Flores es director y realizador del ciclo Cara y Sello del canal Mega. Una especie de docu-reality que se emite hace cinco años en horario central. El envío narra, en cada programa, la historia de vida de dos personajes que se caracterizan por sus antagonismos. El secreto del programa es la convivencia con cada protagonista. El equipo realizador ha llegado a convivir durante meses con los entrevistados logrando que ellos se olviden de la presencia intimidante de la cámara y se suelten. El resultado: espontaneidad pura. Juntos vemos un par de capítulos. En el primero el contraste es entre un ex millonario que abandonó todo y se fue a vivir a la montaña como un ermitaño y un descendiente de una familia acomodada que se fundió por sus gustos caros y vive en la fantasía de un supuesto entorno de riqueza. El segundo envío es más desafiante. Y más morboso. El equipo de producción partió con la siguiente pregunta: ¿Qué pasa que dos mujeres de una misma edad toman caminos tan opuestos como vivir como una vampiresa y la otra como una ruda militar? Y se dedicaron a narrar la historia de Montserrat, una cantante que bebe sangre en sus performances y la joven teniente Parra.

Francisco pondera lo espontáneo. Resigna todo menos la naturalidad de los entrevistados. Y sostiene que no importa tanto “lo que digan” sino lo que hagan. Personajes en acción. La realización de Cara y Sello es fresca. Por momento el boom del micrófono entra en escena pero eso no importa. El pacto con el público es implícito. Ellos saben que los realizadores están allí, contando historias de personas que sobresalen por sus contrastes. Sin golpes bajos, pero con un ritmo vertiginoso, el formato es original, un híbrido interesante que no posee punto de comparación con la TV vernácula. Vampiresas, militares, millonarios en decadencia y ermitaños que abandonaron el vil metal conviven el 90 minutos de aire.

Segundo encuentro

Hablo sobre el “periodismo preventivo”, en medio de tanta miseria, nosotros no contamos historias con final feliz sino que ponemos el acento en la superación de un obstáculo. Y para cada ser humano los obstáculos son diferentes. Los periodistas chilenos siguen su camino de televisión de electroshock y diseñan una nueva idea.

Lunes a la mañana. Muy temprano en la Avenida Grecia a la altura de Peñalolén el taxista me advierte que “ya hay taco”. El congestionamiento del tránsito es típico a las siete de la mañana. En la ciudad se movilizan millones de trabajadores y estudiantes cada día. El recorrido que debo hacer hasta la Universidad Diego Portales es extenso, casi veinte kilómetros. El traslado comienza lento. En la Facultad de Comunicación me espera Ximena Planella, conductora del programa Aquí en Vivo y docente de Periodismo Televisivo. Junto a ella está Juan Luis Martínez, su camarógrafo, conocido en el ambiente como “el Pollo”. Juntos trabajan en el programa de investigación periodística que posee un estilo incisivo y directo. Llego apenas quince minutos más tarde luego de la carrera a tranco lento. El espacio es el estudio televisivo de la universidad, los interlocutores, estudiantes del segundo año de la Licenciatura en Periodismo. El debate arranca y el formato irrumpe.

En 2008 el programa estuvo en todos los diarios chilenos porque una mujer agredida por su esposo aceptó que se ingresara una cámara oculta a su departamento para que quedara grabada in situ la violencia psicológica y física a la que era sometida por años. En aquella oportunidad, Planella aseguró: “Esta vez no vamos a escuchar ni a imaginar ni a leer, sino que vamos a ser testigos directos de cómo ocurre la violencia intrafamiliar en un casa de una chilena cualquiera. Las imágenes son duras, son impactantes, los abusos físicos a los que se ve sometida esta persona son realmente brutales”. Esa es la forma de trabajo. Colarse en la intimidad, en los escándalos y traducirlo en un formato televisivo.

Con Ximena y el Pollo nos llevamos muy bien; será tal vez por los contrastes de nuestras producciones. En la universidad mostramos el capítulo “Tiburones en el Paraná” de Sustancias Elementales (Canal Encuentro), donde un grupo de pibes con capacidades diferentes cruzan el río Paraná guiados por su profesor Patricio Huerga. Una historia de superación. Hablo sobre el “periodismo preventivo”, en medio de tanta miseria, nosotros no contamos historias con final feliz sino que ponemos el acento en la superación de un obstáculo. Y para cada ser humano los obstáculos son diferentes. Los periodistas chilenos siguen su camino de televisión de electroshock y diseñan una nueva idea. El Pollo estuvo viviendo un par de semanas en una favela de Río de Janeiro y presentó un piloto bajo la premisa: “Los diez lugares a donde no te irías de vacaciones”. La idea es desmitificar ciertos espacios estigmatizados por la TV. Una especie de programa antiturístico. Ximena y el Pollo saben que su valor agregado es el riesgo. Convivir en la miseria para obtener una buena historia. Develar verdades que conviven debajo del velo de una ciudad con “harto maquillaje”.

Tercer encuentro

Para llegar a la estación de ómnibus es necesario sumergirse a las entrañas del metro de Santiago. Cada subte pasa —en hora pico— en menos de dos minutos. Casi no hay espera y el tren se agolpa de cientos de pasajeros que, paradójicamente, no empujan. El metro permite atravesar la capital chilena de punta a punta. Es necesario llegar a la terminal para partir a la ciudad costera más prestigiosa. Los buses a Viña del Mar salen cada quince minutos. Debo llegar a las once a la Universidad del Mar. En la Escuela de Comunicación me espera César Pincheira, docente de Periodismo Digital, comunicador social, fundador del primer sitio de fotoperiodismo de Chile: Huella Digital. El viaje es tranquilo. Antes de partir me sorprende el conductor del micro que dice: “Señores pasajeros, me presento, yo soy su chofer. A partir de hoy rige la ley de obligatoriedad del uso del cinturón de seguridad en buses interurbanos. Esto significa que todos los pasajeros tendrán que usarlo. Caso contrario podrían enfrentar multas. Cualquier duda, me avisan”. La postal del conductor presentándose me pareció extraña. Y desmedida. Pero, por las dudas, me coloqué el cinturón. A pocos kilómetros, en medio de una autopista donde todos circulan a cien kilómetros por hora como máximo, pasamos por un control. Allí se subió un carabinero. A un pasajero que estaba justo detrás de mí el policía verificó que no llevaba el cinturón. En voz alta y firme (para que lo escuchen todos) le advirtió que la próxima vez pagaría una multa y que debía ir a tribunales. Parecía Alemania. Pero estábamos en Chile.

Un puñado de alumnos en una universidad hiperconectada. Un docente fanático de la fotografía digital que hace algún tiempo en la charla “Crónicas fotográficas: Mirando la realidad desde otro ángulo” motivó a los jóvenes a desempeñarse en otras áreas del periodismo, enfatizando en la posibilidad que da la profesión de explorar otros espacios de difusión. “A mí me gusta provocar”, me dice antes de arrancar la clase el creador de Huelladigital.cl. Pincheira siempre destaca los cambios que han provocado los formatos digitales al periodismo y en eso coincidimos. “A su juicio se evidencia un cambio en la forma de reportear, en las pautas de trabajo, en el contacto con la fuente”, aseguró en una entrevista al portal de la Universidad Católica. Y ese trabajo se puede ver en su sitio con sede en Valparaíso. Viejos con oficios anacrónicos, perros ladrando en la madrugada, espejos retrovisores que evidencian que el pasado nos persigue. A pesar del blanco y negro, el multicolor porteño y costero se evidencia. César Pincheira inició en el año 2000 el proyecto Huella Digital, primer sitio web dedicado completamente al fotoperiodismo.

Tres espacios. Tres miradas. TV, narrativa y soportes digitales para seguir contando una historia en tiempo presente. Puro periodismo que busca desempolvar los viejos escritorios de una paleotelevisión rosarina que atiende detrás de mostradores que parecen salidos de viejos almacenes. ®

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