Narrativa

El dilema

Residencia

Cada tanto había fiestas en el gran salón, pero nunca me invitaron. Por eso tampoco puedo decir quiénes asistían. Yo me limitaba a tratar de dormir, porque, eso sí, cuando los patrones se enfiestaban era para largo. Desde temprano comenzaban a llegar chicas. Sus perfumes las delataban. También llegaban hombres, claro. Todo lo iba adivinando a partir de los sonidos y aromas que llegaban hasta la jaula.

¿Hay delfines violadores?

nu-aux-dauphins

Quizá iba en la cuarta camisa planchada cuando lo entendí por completo. Una sensación de calma adusta, de tranquilidad y de confianza. Incluso sentí que podía dedicarme a planchar ropa ajena sin sentir amargura.

El secuestro de la garota

Garotas

Pese a mi condición de estudiante, aguardaba el final de aquel verano como agua de mayo, en parte por dejar atrás los rigores del estío a orillas del Ebro, que ese agosto se hicieron particularmente insoportables, y en parte porque llegara Fabiana, la estudiante brasileña de la que sería mentor al inicio del curso próximo.

Dynamo

Nuclear submarine

Un minuto después, la oscuridad y el frío polar reinarían para siempre al interior de la enorme máquina de guerra. Sólo unas luces giratorias ámbar de emergencia y el ulular de las bocinas de desastre de los compartimentos sin inundar transmitían algo de la otrora rutilante vida energética del submarino

Piedra caliza

Tumba

Lo cargó hasta el patio de la casa. Quería enterrarlo donde sembraron palmeras, buganvilias, cedros y pequeños rosales. Sabía que lo que había visto esa mañana era algo personal. El estado del cuerpo no se debía a un accidente, las partes mutiladas eran la huella del asesino, se distinguía la brutalidad del impacto.

Amanda

Planta

Al principio no la quería ni mirar. Caminamos rumbo a casa y el silencio, como un fuego negro, había dorado las palabras para que éstas asomen en la escena ya cocidas, indefectibles.

El beso

Mar

Otto subió con el bebé en brazos y le perturbó que los pasajeros lo miraran. No era la primera vez que le ocurría, era habitual que llamara la atención por su aspecto físico: alto, robusto, de cejas pobladas, barba negra que contrastaba con la blancura de su piel y sobre todo por sus ojos gigantes de búho, que parecían no tener fondo.

El ex espectador

Tijuana shanty town © Nathan Gibbs

La gente se abalanzó sobre la garita fronteriza, abandonada por los gringos, y tras romper barrotes y portones, miles intentaron una huida absurda hacia el desastre; durante un par de semanas fue posible sentarse en el puente México para verles manejar sus autos o caminar como bestias ridículas hacia la incandescencia del fuego y las tinieblas temblorosas de los humos.

El sello de agua

Hotel

>También abandonaron juntos el hotel. Aún había tiempo de alcanzar el tren rápido. Todavía se entretuvieron en una esquina a intercambiar datos, propósitos y promesas. A escuchar revelaciones familiares, conflictos con la pareja y un fondo de soledad e insatisfacción persistentes. Viene luego la despedida y la separación. Cerca hay un bar a donde entra en busca del sanitario. Luego de cuatro cervezas se va al hotel. Solo.

Piedras a la luna

espejo

El frío me lo dio una niña; flavo vestido, nariz arrebolada; ¡era hermosa!, ojos zarcos y pálido rostro cano. Me había detenido en la hierba crecida de una alta loma a reposar mis huesos, caterva de frágiles viejos cansados de sostener carne fresca, y con aire puro anegar mis bolsas arrugadas.

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