Naturaleza de las lenguas mesoamericanas

Las primeras gramáticas del Nuevo Mundo, de Miguel León-Portilla y Ascensión Hernández

Miguel León-Portilla y su mujer Ascensión Hernández sacan a la luz un opúsculo cuidadoso, bien escrito e informado, bajo el título Las primeras gramáticas del Nuevo Mundo, el cual viene a echar nuevas luces en torno de un discurso iniciado en el siglo XVIII en Europa.

En fecha tan temprana como 1547, tan sólo veintiséis años después de la conquista de México Tenochtitlán, un minorita, para más señas un fraile de la orden de san Francisco, da colofón a la que se considera la primera gramática del náhuatl. Ars grammatica era el nombre que los autores latinos daban a la técnica descubierta por los helenos para estudiar cómo es que se combinan las letras o grammata. El Arte de la lengua mexicana de fray Andrés de Olmos (1485-1571), oriundo de la villa de Oña, en Burgos, llegado en 1528 con el vizcaíno fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México, se distinguió como uno de los fundadores del convento de Tepeculco en Hidalgo. Basado en una experiencia de veinte años en el trato con los naturales y en los primeros esbozos de carácter descriptivo de fray Francisco Ximénez y fray Alonso Rengel, según el testimonio de fray Gerónimo de Mendieta en su Historia eclesiástica indiana (edición de Joaquín García Icazbalceta, 1870), sumado a la deuda que el mismo autor reconoce con Elio Antonio de Nebrija (1444-1552), quien como se sabe no sólo fue el autor de la primera Gramática castellana (1492), aparecida el mismo año del descubrimiento de América, sino de las Institutiones latinae (1481), obra compuesta al regreso de su viaje a Italia, nación adonde se había dirigido para perfeccionar sus conocimientos de latín clásico, el propio de los humanistas en el Renacimiento. Sus pioneros trabajos con el romance de Castilla son paralelos a los que realizaran Lorenzo Valla (1407-1457), Pier Francesco Giambullari (1495-1555), Robert Estienne (1503-1559), Louis Maigret (1510-1558), Pierre de la Ramée (1515-1572), Jan de Spauter (1406-1520) y Fernando de Oliveira (1507-1581).

Nebrija o Lebrija, aún se disputa la recta escritura de su apelativo, pues nació en la villa de Lebrija, provincia de Sevilla, dividió en cinco libros sus Institutiones latinae, que luego refundiría como Introducciones latinas contrapuesto el romance al latín (1488) y finalmente como Introductiones in latinam grammaticam (1523), con fundamento entre otras obras en De lingua latina de Marco Terencio Varrón (116 a.C.-27), De institutione oratoria de Marco Fabio Quintiliano (30-98), el Ars maior (350) de Elio Donato, las Institutiones grammaticae (500) de Prisciano Cesarense. El primer libro de las Institutiones comprende las declinaciones de los nombres y las conjugaciones de los verbos. El segundo aborda la formación, derivación y composición de los nombres y los verbos. El tercero está dedicado a la ortografía o recta escritura y la etimología, entendida como el estudio de las ocho partes fundamentales de la oración, lo que hoy se llama morfología. El cuarto libro está consagrado al estudio de la constructio latina, eso que los griegos habían bautizado antes como sintaxis. El quinto libro cubre aspectos más bien complementarios de prosodia, versificación y figuras retóricas. Fray Andrés habrá de reducir estos libros a tres, prescindiendo de nociones inaplicables en el caso del náhuatl, como son las declinaciones, los supinos, la cantidad silábica, y llevando a cabo una fusión entre el estudio de las distintas formas y cómo se juntan unas con otras. En vez de constructio o sintaxis fray Andrés apela al concepto de composición dentro de la estructura de la palabra-frase. Este enfoque no es otro que el de la moderna morfosintaxis. Otra novedad del arte de Olmos es que incorpora en su libro tercero y último las maneras de decir de los antiguos, los huehuetlahtolli, con el fin de presentar los paradigmas de la lengua más culta, los modelos a imitar.

Se sabe que los primeros lingüistas en Norteamérica se abocaron al estudio de las lenguas amerindias desde principios del siglo XX, bajo el poderoso influjo de antropólogos como Franz Boas, maestro de Edward Sapir, a su vez maestro de Leonard Bloomfield, quien incorporó el aspecto behaviorista, cuyo discípulo Noam Chomsky, integrando conceptos de la lógica simbólica, habría de revolucionar la disciplina.

Se sabe que los primeros lingüistas en Norteamérica se abocaron al estudio de las lenguas amerindias desde principios del siglo XX, bajo el poderoso influjo de antropólogos como Franz Boas, maestro de Edward Sapir, a su vez maestro de Leonard Bloomfield, quien incorporó el aspecto behaviorista, cuyo discípulo Noam Chomsky, integrando conceptos de la lógica simbólica, habría de revolucionar la disciplina. Las primeras descripciones de lenguas profundamente distintas de las indoeuropeas las llevarían a cabo misioneros de expresión española, aunque no siempre de aquella nación. La primera gramática que imprimió Juan Pablos en México el año de 1558 fue el Arte de la lengua de Michoacán de fray Maturino Gilberti (1498-1585), nacido en Tolosa, Aquitania, al sur de Francia, arribado en aquella barcada franciscana en compañía de Jacobo de Testera, coterráneo suyo, en 1542, con destino al convento de Tzintzuntzan, sede entonces de una de las comunidades tarascas o purépechas de más antigua prosapia. La evangelización de los tarascos dio inicio a partir de 1530, cuando fray Jerónimo Alcalá fundara la misión. Después del pueblo mexica, el purépecha era uno de los principales que ocupaban el centro de México. Como sede del obispado se erigió Pátzcuaro, con don Vasco de Quiroga como su titular, quien primero vio con buenos ojos los desvelos filológicos y el celo evangelizador del tolosano, lo mismo que el virrey, don Luis de Velasco, y el segundo arzobispo de México, don Alonso de Montúfar, de la orden de predicadores, si bien más tarde todos ellos habrían de volverse en su contra. La pluma de Gilberti fue copiosa y en pocos años (la invención de los tipos móviles y la difusión de la imprenta no era cosa que tuviera mucho tiempo en Europa) produjo el Thesoro spiritual en lengua de Michoacán (1558), el Diálogo sobre doctrina christiana en lengua de Michoacán (1559) y el Vocabulario en lengua de Mechoacán (1559). El impacto y la envidia que motivó la aparición de estas obras pronto conduciría a acusaciones y censuras. Fray Maturino en su Diálogo se metía en enredadas cuestiones doctrinales como la salvación de las almas de los niños no bautizados, la adoración de las imágenes de los santos, las buenas obras hechas por pecadores y explicaciones que a sus propósitos generales parecieron heréticas y malsonantes en torno de la Trinidad. Evidentemente el clima de desconfianza y beligerancia suscitado con la Reforma provocó que aquellos celosos teólogos e inquisidores españoles vieran con malos ojos las tentativas de simplificar la doctrina y alentar una serie de creencias sincréticas en relación con las antiguas costumbres de los naturales. El mismo soberano, Felipe II, llegó a tomar cartas en el asunto, con dos cédulas reales que reflejan el clima adverso al fraile y a la vez un cambio de actitud con ciertas consideraciones especiales hacia el final. En la primera, con fecha de marzo de 1571, se declara sobre el mismo que “además de ser de nación francés, no se tiene satisfacción de su vida y ejemplo, por lo que ordena proveer cómo luego salgan [Maturino y Jacobo de Testera, muy probablemente] de la dicha Nueva España”. En la segunda, fechada en mayo de 1572, un año después, dice el rey: “Porque se nos ha hecho relación que el dicho Maturino hará falta en esta tierra por ser hombre de buena vida y lengua y de mucha opinión entre los indios viejos, y muy antiguo entre ellos, yo quiero ser informado de la calidad y bondad, vida y costumbres del dicho fray Maturino”. Al final acabaron por dejarlo en paz. Terminaría sus días en el convento de Tzintzuntzan, no sin antes publicar dos obras fundamentales, el Thesoro espiritual de pobres (1578) y la Grammatica Maturini (1574), dada a la imprenta por Antonio de Espinosa, esta última era un tratado de gramática latina para uso principalmente de los indios que quisieran instruirse en aquella lengua, que seguía siendo la única de expresión culta para un hombre civilizado.

El doctor León-Portilla destaca, entre las distintas aportaciones del Arte de la lengua mexicana de fray Andrés de Olmos, “el proceso de ayuntarse nombres, pronombres y verbos, más determinadas partículas entre sí y formar nuevas palabras, casi siempre con pérdida de letras.

Miguel León-Portilla y su mujer Ascensión Hernández sacan a la luz un opúsculo cuidadoso, bien escrito e informado, bajo el título Las primeras gramáticas del Nuevo Mundo [México: FCE, 2009], el cual viene a echar nuevas luces en torno de un discurso iniciado en el siglo XVIII en Europa, abierto con el estudio del hebreo, el árabe y más tarde el sánscrito, por quien don Marcelino Menéndez y Pelayo designaría como el padre de la gramática comparada, Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1767), autor del Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas y numeración, división y clases de éstas, según la diversidad de sus idiomas y dialectos, si este título ya resulta apabullante, la extensión de la obra en seis nutridos volúmenes causa aún mayor asombro, publicada en Madrid el año 1800. Una visión que más tarde Wilhelm von Humboldt (1747-1835) vendría a ampliar con ideas de una gran riqueza filosófica sobre la estructura de una lengua que sería la que determina la concepción del mundo al interior de un grupo cultural. El doctor León-Portilla destaca, entre las distintas aportaciones del Arte de la lengua mexicana de fray Andrés de Olmos, “el proceso de ayuntarse nombres, pronombres y verbos, más determinadas partículas entre sí y formar nuevas palabras, casi siempre con pérdida de letras. En este proceso se entretejen morfología y sintaxis, dando como resultado una nueva estructura sintáctica, la palabra-frase, que da identidad a las lenguas americanas”. En esta naturaleza incorporante de las lenguas habladas en Mesoamérica radica buena parte de su originalidad, muy similar a la de aquellas que August Schleicher (1821-1868) incluyera en su clasificación como lenguas aglutinantes, como son la mayor parte de las lenguas finougrias, uraloaltaicas y otras, como el japonés, el coreano y el inuit.

El papel de las preposiciones es fundamental, pues se fusionan como afijos tenidos por partículas y “no se hallan por sí solos sino ayuntadas a los pronombres y algunas de ellas se anteponen y posponen a los nombres”, dice fray Andrés de Olmos. Por su parte, fray Maturino Gilberti afirma “que por sí solas no significan nada […] pero juntas a los pronombres dan a entender algún affecto […] las quales, antepuestas o pospuestas al verbo, expresan cuatro affectos del ánima: humildad, enojo, benignidad y asperidad”. Las semejanzas y las diferencias entre fray Andrés y fray Maturino son notables: sus respectivas artes se hallan divididas en tres libros, donde el primero contempla los nombres y los verbos, el segundo la composición de la palabra-frase, estructura fundamental del análisis, y el tercero el modus dicendi que resulta característico de la lengua en cuestión. Fray Maturino, por influjo de los gramáticos latinos, quiere hallar todavía declinaciones en los nombres purépechas, lo cual es privativo de las que más tarde se llamarán lenguas flexivas de carácter sintético, como son el griego, el latín, el sánscrito, el ruso, el albanés, el lituano, el alemán, más tarde cambia de idea y afirma que sólo existe el nominativo y el acusativo, pero este último sólo con seres animados. Ambos autores se detienen en los verbos con sus aspectos activos, neutros, compulsivos, reverenciales y causativos. En particular con el náhuatl donde las partículas reverenciales o afectivas son más socorridas, un dominio de especialización, donde Ángel María Garibay, a quien se halla dedicada esta obra, iniciara a Miguel León-Portilla, autor entre otros libros de La filosofía náhuatl, Toltecáyotl, Visión de los vencidos y Literaturas indígenas de México, miembro del Colegio Nacional. Ascensión Hernández de León Portilla, al igual que su marido, forma parte del Instituto de Investigaciones Históricas y el Instituto de Investigaciones Filológicas, autora de Tepuztlahcuilolli. Impresos en náhuatl. Historia y Bibliografía (Universidad Nacional, 1982) en dos volúmenes. En cuanto al purépecha, y sobre todo la gran contribución efectuada por fray Maturino Gilberti, habría que recordar al experto en ese campo, el historiador estadounidense Benedict Warren, maestro por más de quince años en la Universidad de Michoacán. ®

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Publicado en: Libros y autores, Septiembre 2011


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