Navegar los abismos interiores

El diario íntimo en la literatura

El diario íntimo como género literario jamás se le habría hecho posible a Aristóteles, su auge es prácticamente nuevo. Y es poco probable que antes de André Gide los escritores se plantearan sus diarios como material publicable. Escribir un diario con la intención de publicarlo es una contradicción fascinante…

Ésta no es mi vida.
—Anaïs Nin, Diarios

André Gide

En una de sus estremecedoras cartas a su amante Sophie Volland, Denise Diderot escribió: “¿Cómo? Un astrónomo pasa treinta años de su vida en lo alto de un observatorio, con el ojo aplicado día y noche al extremo de un telescopio para determinar el movimiento de un astro, ¿y nadie va a estudiarse a sí mismo, nadie tendrá el valor de llevar un registro exacto de todos los pensamientos de su espíritu?” Ese sujeto que vive consagrado a la contemplación de sus constelaciones interiores es el diarista. Son muchos y muy heterogéneos los escritores que se han entregado a la tarea de inventariar sus pensamientos y sensaciones cotidianos, desde Lord Byron y León Tolstoi hasta Robert Musil y Franz Kafka. El diario íntimo como género literario jamás se le habría hecho posible a Aristóteles, su auge es prácticamente nuevo. Y es poco probable que antes de André Gide los escritores se plantearan sus diarios como material publicable. Escribir un diario con la intención de publicarlo es una contradicción fascinante que Gombrowicz reconoce en el suyo propio: “Escribo este diario con desgano, su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién escribo? Si es para mí mismo, ¿por qué lo mando a la imprenta? Y si es para el lector, ¿por qué hago como si hablara conmigo mismo?”

El lector de un diario íntimo asiste a un banquete exquisito en el que dialogan el morbo y la impudicia, la angustia y el deseo, el tedio y el asombro, el más fácil sentimentalismo y las reflexiones más agudas. Quizá por ello Merleau Ponty apunta que hasta antes de la incursión del discurso diarístico pareciera que los objetivos que perseguían la literatura y la filosofía estaban demasiado apartados. Sin embargo, la reflexión cotidiana que realiza el diarista lo convierte en el verdadero ontólogo, un navegante metafísico al encuentro de los mundos que lo habitan. El diarista es en principio un discípulo de aquella consigna del oráculo de Delfos sobre la que se construye toda la filosofía de occidente: Conócete a ti mismo.

En su diario, publicado póstumamente como El oficio de vivir, Cesare Pavese anota el 10 de abril de 1936: “Cuando un hombre está en mi situación sólo le queda examinar su conciencia”, y unos días después: “El único modo de escapar al abismo es mirarlo, medirlo, sondearlo y descender a él”. Así, a través de la escritura de un diario el poeta pretende explorar los piélagos de su conciencia porque comprende que la única forma de no ahogarse en las aguas abisales de sí mismo es abandonándose a ellas.

Por su parte, Pavese, cuyo diario está poblado de reflexiones acerca de la muerte y el suicidio y en cada una de ellas concluye asegurando que jamás lo llevará a cabo, termina quitándose la vida en una habitación de Turín.

Hurgar en el propio espíritu cotidianamente no atiende nada más a saciar el deseo de autoconocimiento. Si acudimos a Fréderic Amiel, el diarista paradigmático, un diario es también una manera de escapar al olvido del mundo: “¿Durará mi nombre un día más que yo y significará algo para alguien?” Un diarista es un hombre que se enfrenta a cada momento con la inmensidad de su interior en constante oposición con la insignificancia de su exterior. Quizá la escritura nunca logre conquistar la memoria, pero la historia le pertenece. Escribirse es una manera de asir el instante de la existencia, de reclamarlo como propio, de perdurar a través de las palabras. Un diario es un bastión contra el tiempo que todo lo desmiembra y lo devora. En su Diario en migajas Eugene Ionesco narra un terrible sueño de angustia y concluye el apunte de ese día con las siguientes palabras: “No disolverse; sobre todo no disolverse. Permanecer, resistir, ser todavía…” La palabra hace frente a las aguas del Leteo pero también a la terrible fuerza que insiste en desintegrarnos, hilvana delicadamente los fragmentos del ser, lo dimensiona. La labor de un diario es también intentar construir un ente compacto. Ya lo dijo Emile Benveniste: el sujeto se constituye al enunciarse, el Yo es en principio un Yo lingüístico. Entregarse cada noche a la escritura es participar de un ritual que permite preservar el mito del sujeto unitario.

Pero Heráclito esboza una sonrisa desde las sombras primigenias, nada ha de permanecer idéntico a sí mismo. Amiel, que durante años ha escarbado en sus adentros en busca de la raíz que lo sostiene, descubre un día al releer su diario que no reconoce al hombre que ha escrito todo aquello, que no recuerda las sensaciones tan minuciosamente descritas y lo asombran algunas vehementes afirmaciones con las que sin duda hoy no concuerda. El faro de su búsqueda lo ha traicionado, donde debía mostrarle un hombre completo que ha logrado vencer el extravío le ha revelado retazos de una identidad astillada e inabarcable.

Por su parte, Pavese, cuyo diario está poblado de reflexiones acerca de la muerte y el suicidio y en cada una de ellas concluye asegurando que jamás lo llevará a cabo, termina quitándose la vida en una habitación de Turín. “Basta de palabras, un ademán. No escribiré más” es la frase con la que finaliza un diario en el que siempre afirmó que no se suicidaría, garabateada tan sólo una noche antes de tomar una sobredosis de somníferos. Con su último acto Pavese no cae en la incongruencia, se libera de la palabra escrita en la que ha pretendido aprisionar su ser.

Ionesco va más allá e interrumpe su búsqueda para preguntarse: “¿Hay algo que conocer, o alguien?” Ionesco deja de preguntarse quién es él para preguntarse si acaso él es posible, si no será solamente, como afirma el título que lleva su diario, un puñado de tierra desgranada, las migajas de un hombre. Porque al final de cuentas, y quizá ahora más que nunca, un diario íntimo es el testimonio escrito de que arderemos tan sólo un instante y cualquier intento por retenerlo no dejará tras de sí más que un cardumen de cenizas que lentamente se disuelven en el aire. ®

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Publicado en: (Paréntesis), Septiembre 2012


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