NERVAL, EL DESDICHADO

El sol negro de la melancolía

La literatura de Nerval no fue creada por el “loco sublime”, sino por el hombre estropeado que conquistó la victoria por encima de las tinieblas que amenazaron su razón, que “supo dar al combate con el demonio la nobleza de la lucha con el Ángel”.

Quizás la última locura que me quede sea creerme poeta.
—Gérard de Nerval

Nerval

No es la fantasiosa escena de Gérard de Nerval paseando a una langosta por los jardines del Palais Royal, ni las arriesgadas respuestas que ante las miradas inquisidoras por tal aparición el escritor argentino Abelardo Castillo le atribuye en su novela El que tiene sed lo que ilustra más nítidamente la enfermedad melancólica del autor de Aurelia. (“¿En qué es más ridículo este animal que un perro, que un gato, que una gacela, que un león o que otra bestia de las que hay costumbre de hacerse seguir? Me gustan las langostas que son tranquilas, serias, saben los secretos del mar, no ladran…”; A. C. Emilia Pardo Bazán le atribuyó una respuesta similar: “¿Por qué ha de ser más ridículo un lobagante que un perro o un gato? Los lobagantes no ladran y son formales y discretos”.)

Pero sí es Aurelia el espacio narrativo sobre el cual el poeta decide plasmar el itinerario de su “descenso a los infiernos”. Su memorable frase “el sueño es una segunda vida” quiere ejemplificar el mundo dual en el que se ve sumergido: locura y cordura; delirio y lucidez; fantasía y realidad. Como dice el escritor peruano Alonso Cueto en su artículo “Nerval bajo el sol negro de la melancolía”, al leerla “sentimos que asistimos al proceso de la locura, oímos la voz de un reportero que va narrando apasionadamente su propio descenso, unido a los lectores por los hilos inciertos de su lucidez”.

En Aurelia y en buena parte de su producción literaria el poeta consigna sus tormentos y alucinaciones. Muchos coinciden en que fue un precursor de Freud en el desentrañamiento de los sueños (como lo fue del surrealismo) pues intentó acercarse a sus leyes y comportamientos y a la relación y el impacto que tienen sobre lo que llamamos vida real. Basándose en Aurelia y en Silvia, otra de sus novelas, para Ítalo Calvino Nerval fue el creador de un nuevo género: el “cuento sueño”.

Muchos coinciden en que fue un precursor de Freud en el desentrañamiento de los sueños (como lo fue del surrealismo) pues intentó acercarse a sus leyes y comportamientos y a la relación y el impacto que tienen sobre lo que llamamos vida real.

Éstas, que parecerían ser meras alusiones al desarrollo literario del escritor, tienen una estrecha relación con la complejidad y el suplicio de su vida psíquica. Su amigo Théophile Gautier vio en su tendencia a mezclar los planos diurno y nocturno y en el desvanecimiento de la línea que separa a lo quimérico de lo real en su vida y en su literatura la puerta que lo llevó a pasar de “la razón a eso que los hombres llaman locura, y que no es acaso sino un estado en que el alma, más exaltada y sutil, percibe relaciones invisibles, coincidencias inadvertidas, y goza de espectáculos que escapan a los ojos del cuerpo”. Sobre la locura Todorov enfatiza esa idea a propósito de Aurelia y se pregunta si la locura no es en realidad una razón superior.

En su prólogo a Aurelia, titulado “El Romanticismo y el sueño”, Xavier Villaurrutia retoma el tema: “Curar al hombre de sus neurosis, curar al poeta de sus visiones, de sus delirios, de sus obsesiones y de sus sueños parece ser la pretensión del psicoanalista, cuando precisamente Edgar Allan Poe, Baudelaire y más tarde los sobrerrealistas no han dudado en enfermarlo más profundamente. Porque, ¿no han pensado los psicoanalistas —si parafraseamos la afirmación de Nerval—, que la enfermedad es nuestra segunda salud, del mismo modo que el sueño es nuestra segunda vida?”

Para el psiquiatra Jean Delay (según su hija Florence en el libro Llamado Nerval), la literatura de Nerval no fue creada por el “loco sublime”, sino por el hombre estropeado que conquistó la victoria por encima de las tinieblas que amenazaron su razón, que “supo dar al combate con el demonio la nobleza de la lucha con el Ángel”.

Así, desde su lúcida locura, Nerval construye una obra tan inquietante como el sol negro de su melancolía.

Desde pequeño, la vida de Nerval estuvo invadida por el dolor y privada de vitales presencias. Su madre, Marie-Antoinette Laurent, murió cuando él tenía dos años. Nunca la conoció, ni siquiera llegó a ver su retrato. Sólo le quedaron como recuerdo las palabras de algunas de sus cartas escritas en lugares lejanos. Cuando tenía siete años su padre, el doctor Étienne Labrunie, se presentó frente a él y hasta entonces comenzó a tomarlo a su cuidado. En la forma de añoranza, de culpa, de remordimiento, de vacío, de duelo o de complejo edípico, ambas figuras rebullirán siempre en los territorios de su vida y de su literatura.

A contracorriente, pues su padre despreciaba la actividad literaria, se hace escritor, por lo cual siempre cree tener una deuda con él, y sus relaciones amorosas (sobre todo con la actriz Jenny Colon, en quien se supone se inspiró al escribir Aurelia) parecen estar vinculadas todas a la pérdida de la madre. La fractura de los lazos familiares primarios marcará su existencia.

En 1841 registra, aparentemente, una primera crisis nerviosa, lo que motiva un primer internamiento en la clínica del doctor Esprit Blanche, emblemático recinto ubicado inicialmente en Montmartre y posteriormente en Passy (antiguo palacete de la princesa de Lamballe, sobre la Rue Berton) que asilará también a otros artistas y escritores como Guy de Maupassant y Antoni Deschamps. Era considerada una especie de residencia familiar, en donde el doctor convivía estrecha y amistosamente con sus pacientes, de quienes era “amigo tanto como médico, como un padre trata a su hijo”, refiere Jules Janin. Como si se tratara de una charla de amigos, hacía narrar sus experiencias y fantasías a los internos. Blanche fue también precursor de la utilización de dibujos y escritos con fines terapéuticos. Sobre la experiencia de su internamiento, en una carta que dirige a madame de Girardin el 27 de abril de 1841 Nerval dice: “Temo estar en una casa de cuerdos y que los locos estén fuera”.

Ilustración de William Blake

En la clínica del doctor Blanche se le diagnostica “manía aguda, probablemente curable”, pero meses después se cataloga el padecimiento como “incurable”. Se trataba efectivamente de clásicos accesos de manía, caracterizados por el desbordamiento de la vitalidad y de la alegría, agilidad de pensamiento y argumentos, discurso delirante, vanidad incontrolada y sentimientos de triunfo y de grandeza: “Me parecía que me había vuelto muy grande y que, inundado de fuerzas eléctricas, haría caer todo lo que se me acercase”. Comienzan a aparecer alucinaciones acordes con esos sentimientos de grandeza, mezclados con delirios místicos. Se dice que antes de su internamiento la policía lo detuvo desnudo y cantando “caminando hacia una estrella”. (Como la escena de la langosta y esta última, se tejerán algunas otras que no sabemos hasta qué punto se aproximan a la realidad o son fruto de una imaginación inspirada en la locura del poeta.)

En cumplimiento de la naturaleza cíclica de su trastorno, después del periodo de manía vino uno de depresión durante el invierno de 1842, que seguramente tuvo relación con el fallecimiento de Jenny Colon en junio de ese año. Se ha dicho que uno de sus más memorables sonetos, “El desdichado”, fue escrito poco después de la muerte de la actriz: Yo soy el tenebroso —el viudo— el desolado,/ Príncipe de Aquitania de la torre hoy baldía,/ Murió mi sola estrella —mi laúd constelado/ Ostenta el negro Sol de la Melancolía”. En esa primera crisis de locura se han datado también los sonetos de Las Quimeras.

En 1843 viaja a Oriente. En Egipto, además de comprar una casa en el Viejo Cairo, la leyenda dice que compra en el mercado de esclavas a una joven llamada Zmb (Zeynab, le llaman otros), quien un día se convierte en personaje de una horrenda alucinación: la ve convertida en monstruo, una especie de escarabajo con mandíbulas inmensas en forma de cizallas que percuten. Su reacción es huir de ahí. Visita otros lugares y en una iglesia de Capadocia, detrás de la figura pintada de san Jorge, ve la imagen de la mujer-escarabajo de la esclava Zmb, y algo parecido se repite tiempo después con “Juana Jemma” en Roma (“Gerard de Nerval y el monstruo de ZMB”, documento sin autor basado en indagaciones de Eduardo Aunós).

Incansable viajero, además de Oriente (Egipto, Siria, Rodas, Chipre, Turquía) recorrió Italia, Bélgica, Alemania, Suiza, Austria y Holanda. Los viajes eran parte del tratamiento indicado por el doctor Blanche, que además incluía caminatas, curas de mar y baños fríos.

En términos médicos, el paciente padecía una psicosis periódica caracterizada por accesos de excitación y de depresión con intervalos de equilibrio del humor y “lucidez de juicio”.

A partir de 1849 los accesos maniacos y melancólicos se multiplican. Basada en el diagnóstico del profesor Juan Delay, Florence Delay registra el desbordamiento de su humor melancólico que “entrañaba brotes de onirismo centrado en ‘ideas negras’ —indignidad, decadencia y, sobre todo, culpabilidad— que sumían al pobre Gérard en los suplicios del dolor moral y la tentación de la muerte. El sentimiento de sus ‘faltas’, cualquiera que fuese el objeto o pretexto, alcanzaba entonces un paroxismo angustioso”. En términos médicos, el paciente padecía una psicosis periódica caracterizada por accesos de excitación y de depresión con intervalos de equilibrio del humor y “lucidez de juicio”. Hace hincapié en la “intensidad de su onirismo, al cual le predisponía su complexión de soñador”, que no le permitía distinguir la vida real de la soñada.

Conmueve la descripción de los “regresos” de sus crisis, “tan amable y feliz como antes, minimizándolas, llegando incluso a calificarlas de ‘sueño divertido’ ante la señora Dumas, y de extraña exaltación nerviosa ante su padre”. Es la esperanza que resurge después del descenso al abismo, el breve optimismo que da el retorno de la locura.

Son memorables sus correrías por bares, tabernas y cafés, que muchas veces culminaban en breves estancias en la cárcel. Le gustaba la sidra, la perada espumosa, las cervezas rubias, la absenta, los claretes y las pitarras. Con Théophile Gautier, Alejandro Dumas, Victor Hugo, Baudelaire, Delacroix y Moreau, entre otros artistas, conforma el Club des Haschischiens, que adopta al hachís como droga, al lado del opio y el dawamesk. Se reúnen en el Hotel Pimodan (llamado después Lauzun), en la isla de San Luis. Sumidos en la experimentación y las extravagancias, sus amigos, según relata Gautier, no distinguían en Nerval los límites de la cordura y la locura, pues las rarezas y exaltaciones de todos hacían muy difícil que alguno se distinguiese como acechado por la “verdadera” locura. “Todo delirio parecía plausible, y el más razonable de todos nosotros se parecía como destinado al manicomio” (citado por Pardo Bazán).

Las imágenes del poeta que algunos dejaron plasmadas, previas a su muerte, varían entre haberlo encontrado en un café de Montmartre tirando su dinero al aire, entregando un ramo de margaritas en la casa de su padre y después en el zoológico contemplando a un hipopótamo; verlo internado de nuevo en la casa del doctor Blanche, poseído por el alma de Napoleón, que le hacía escribir signos cabalísticos en las paredes, y haberlo visto en estado deplorable mostrando a sus amigos un cordón que atribuía a veces a Madame de Maintenon y otras a la Reina de Saba (sobre la cual escribió una narración en su libro Viaje a Oriente).

Lo encuentran muerto el 26 de enero de 1855 a las siete de la mañana.

Dice Gautier: “Con las primeras luces de un alba fría y gris un cuerpo había sido hallado en la calle de la Vieille-Lanterne, colgado de los barrotes de un tragaluz, ante la reja de un albañal, sobre los peldaños de una escalera donde brincaba lúgubremente un cuervo familiar que parecía graznar, como el cuervo de Edgar Poe: Never, oh, never more! Ese cuerpo era el de Gérard de Nerval, mi amigo de la niñez y del colegio, mi colaborador en La Presse y el fiel compañero de mis buenos y aún más de mis malos días, a quien tuve que ir a reconocer, incrédulo, llenos de lágrimas los ojos, sobre el pavimento viscoso de los fondos de la Morgue”. ®

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Publicado en: Ensayo, Octubre 2010

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