No mates al mensajero, encarcélalo…

Censura o información

El hecho de que el nuevo gobierno haya decidido no hacer show cada vez que logra dar un paso hacia adelante no significa que no deba de informarnos, que al final es un derecho que tiene todo ciudadano.

Julián Barón, de su libro Censura. www.dalpine.com/es/libro/censura

Julián Barón, de su libro Censura. www.dalpine.com/es/libro/censura

¿Ante el peligro de informar deberíamos o no censurarnos? Expertos en comunicación y periodistas seguramente afirmarían que “no”, que mientras más libre sea el acceso a la información, que mientras mejor informados estemos podemos hacer frente de manera más certera a los problemas de violencia que nos aquejan. Ahora bien, muchos otros dirían, incluso con argumentos duros y válidos, que la violencia que causa el narcotráfico, aunque documentada y estudiada, no debería de hacerse pública o al menos no toda. Es aquí en donde algunas pláticas con un buen amigo que vive en Canadá se me vienen a la mente. Este compañero en algún momento me comentó que cuando una persona decide robar un banco en Vancouver, las autoridades deciden informar del hecho pero no mostrarlo en televisión ni mucho menos describir la forma en que sucedió ese acto delictivo. Este ejemplo viene a cobrar relevancia porque al menos hoy en México los medios de comunicación han decidido sólo informar mas no describir.

Mucho hemos escuchado o leído que la estrategia de esta administración ante la ola de violencia que nos aqueja es no informar, y que simplemente no hay solución. Esta estrategia de filtración de información (“censura” la llamarán otros) ha sido de mucha ayuda tanto en Colombia como en Italia, en donde los mafiosos confiaban en el seguimiento que los medios de comunicación harían de sus barbaridades para sembrar terror (lo cual no es sinónimo de terrorismo), o para enviar un mensaje o un statement.

Recordemos el desafiante homicidio del juez Giovanni Falcone, al cual hicieron estallar cuando lo trasladaban por la autopista que une al aeropuerto de Palermo con la capital italiana; en ese atentado fallecieron él, su esposa y sus escoltas. La Cosa Nostra decidió dinamitar no una parte sino todo el camino que sabían iba a ser utilizado por Falcone. El hecho y la forma en que fue comunicado sembró terror en Italia como nunca antes había sucedido.

También hagamos memoria del uso indiscriminado de autos-bomba por parte de Pablo Escobar Gaviria en Colombia: se cree que al menos el uso de 250 de estos artefactos se le puede atribuir directamente a él y a su grupo delictivo. Algunos medios de comunicación decidieron no darle publicidad a sus mensajes y descarnada lucha contra el gobierno colombiano, que legítimamente lo perseguía.

La administración calderonista nos acostumbró a ser receptores indirectos de tales mensajes, a ver la pasarela irresponsable en donde los capos de moda eran expuestos ante las cámaras para que nosotros, los ciudadanos, los conociéramos, supiéramos de su vida y de sus alcances reales.

En un ejemplo más local, sólo falta recordar el uso de narcomantas o de narcomensajes. Las primeras, menos dañinas, son mantas que algunos deciden colgar en un puente o edificación en donde sean visibles, aunque las autoridades después las retiren; los segundos son escritos directos o en clave que se unen al cuerpo inerte de algún enemigo ya sea con un cuchillo o con un picahielos. En ambos casos la finalidad es dar un mensaje.

La administración calderonista nos acostumbró a ser receptores indirectos de tales mensajes, a ver la pasarela irresponsable en donde los capos de moda eran expuestos ante las cámaras para que nosotros, los ciudadanos, los conociéramos, supiéramos de su vida y de sus alcances reales.

¿Es eso algo de lo cual los ciudadanos nos debemos de enterar? Sinceramente me parece que no. Los medios de comunicación y el “círculo rojo” (llamado así el grupo de hombres y mujeres cuya actividad principal es la de pensar, analizar y proponer temas en la agenda de coyuntura) simplemente han puesto el grito en el cielo, y argumentan que la nueva administración no sólo esconde sino que eso le permite maquillar cifras reales en la estrategia contra la delincuencia.

Insisto, después de seis años de abusos en la comunicación de la “guerra contra el narcotráfico” (bautizada así por el ex presidente Calderón) nos quedamos acostumbrados al show, a las luces, a la pasarela, a la seducción que nos causan vidas como las de la Barbie, La Reyna del Pacífico, El Barbas o El Z3. Los humanos somos adictos al morbo. Cada vez que pasamos ante un atropellado o un choque de automóviles no podemos dejar de mirar…

Sin embargo, el hecho de que el nuevo gobierno haya decidido no hacer show cada vez que logra dar un paso hacia adelante no significa que no deba de informarnos, que al final es un derecho que tiene todo ciudadano. Tal parece que hoy por hoy la administración del presidente Enrique Peña Nieto ha decido no esconder nada, siempre y cuando los ciudadanos hagamos uso de los canales de transparencia adecuados al momento de querer enterarnos, de querer saber que pasó y cómo pasó. Es obvio: tenemos que tocar las puertas de las unidades de transparencia de las dependencias públicas, es lo correcto.

No quiero que maten al mensajero, ni tampoco quiero conocer su cara ni su vida; deseo fervientemente que lo encarcelen, que me informen y, dado el caso, que me permitan estudiarlo.

Prefiero ser un ciudadano para que el gobierno me informe de sus éxitos y sus estrategias, siempre y cuando éstas sean públicas, a que cada tercer día me presenten a un nuevo antihéroe. No quiero que maten al mensajero, ni tampoco quiero conocer su cara ni su vida; deseo fervientemente que lo encarcelen, que me informen y, dado el caso, que me permitan estudiarlo. Soy un ciudadano y no un receptor.

Prudencia no significa ni renuncia a nuestros derechos, ni negación de la realidad. ®

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Publicado en: Junio 2013, Periodismo y violencia


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