Normalidad electoral

Las campañas y por qué son como son

La mentira más común en una contienda electoral es la de decir —y repetir hasta el cansancio— que el candidato propio es un dechado de virtudes, y que los contrincantes son algo así como un estuche de porquerías.

Las personas que se quejan por el bajo nivel de las campañas electorales en curso suelen olvidarse de que, salvo honrosas excepciones, lo normal en las contiendas de este tipo son las promesas desmesuradas, las descalificaciones recíprocas entre los contendientes, incluidas algunas cenagosas zambullidas en su vida privada, los rumores insidiosos, las verdades a medias y los embustes enteros.

Y esta normalidad en las campañas políticas, normalidad que rara vez puede ser calificada de limpia, no es algo privativo de nuestro país, pues también se acostumbra —y no de ahora, sino desde hace mucho tiempo— en naciones desarrolladas y con una vida democrática más añeja y consolidada.

Hacia fines del siglo XIX el primer ministro de Alemania Otto von Bismarck, el famoso Canciller de Hierro, decía algo que sigue teniendo vigencia: “Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”.

Dejando de lado a los cazadores que fanfarronean y en ocasiones se ven obligados a pedir disculpas, como recientemente lo hizo el rey de España, Juan Carlos de Borbón, y dejando de lado también los tendenciosos partes de guerra, que únicamente reportan derrotas (supuestas o reales) del bando enemigo, aquí y en Alemania, lo normal en una campaña política es que la propaganda electoral cubra de virtudes a equis candidato a un puesto de elección popular, y soslaye o niegue todo aquello que le pudiere ser perjudicial, por más evidentes y manifiestas que sean sus fallas y limitaciones.

De este modo, la mentira más común en una contienda electoral es la de decir —y repetir hasta el cansancio— que el candidato propio es un dechado de virtudes, y que los contrincantes son algo así como un estuche de porquerías.

Por supuesto que lo deseable sería que las campañas fueran de otro modo: que así como los duelistas de esgrima exhiben, limpiamente y sin jugar sucio, sus habilidades para que jueces y espectadores determinen quién es el mejor, de igual forma con los candidatos en compaña se esperaría que éstos se esforzaran por demostrar —con hechos y no sólo con dichos— que son mejores que sus adversarios.

De este modo, la mentira más común en una contienda electoral es la de decir —y repetir hasta el cansancio— que el candidato propio es un dechado de virtudes, y que los contrincantes son algo así como un estuche de porquerías.

Primero, comprobando que han tenido un buen desempeño en sus cargos anteriores. Y, después, con un diagnóstico correcto de los problemas sociales, y con un programa de gobierno bien razonado para resolver esos problemas.

Y todo ello con el propósito de persuadir a los electores, quienes están llamados a ser los jueces que, en su momento, determinen en las urnas qué personas son, según su parecer, las más aptas para estar al frente de equis cargo público.

Pero ¿por qué las cosas no ocurren así en las campañas? Probablemente porque los candidatos, en su mayoría, tienen un pasado poco presumible, y aun cuando algunos de ellos entiendan cuáles son las principales carencias y necesidades de la sociedad, en su fuero interno no se sienten muy seguros de poder convencer a la ciudadanía, con argumentos sólidos y persuasivos, de que son una mejor opción que sus adversarios.

Luego, cuando escasean los argumentos, lo que abundan son las descalificaciones del oponente: un candidato acusa a otro de “mentiroso” o de ser “un peligro” para la sociedad, o de ser sospechoso de estar relacionado con un cártel de la droga o con una banda de delincuentes. Y todo ello con la esperanza de poder ver cumplida, en beneficio de quien descalifica, la frase insidiosa que recomienda calumniar, por aquello de que de la calumnia siempre algo queda.

También es común que tal candidato recurra a cantantes, actores y otras figuras de la farándula, apreciadas o al menos conocidas por la gente… Esto con el fin de tratar de subsanar el poco entusiasmo que suelen despertar las campañas políticas.

Hace poco más de medio siglo, en los Estados Unidos, Frank Sinatra hizo proselitismo a favor del candidato presidencial demócrata John F. Kennedy, quien terminó ganándole las elecciones, por un estrecho margen, al republicano Richard Nixon.

Esta modalidad tampoco ha sido ajena en los comicios de nuestro país. Para tratar de congraciarse con ciertos sectores de la población, en 1934 Lázaro Cárdenas, candidato presidencial por el Partido Nacional Revolucionario (el ancestro más antiguo del PRI), se hizo acompañar, en varios de sus actos de campaña, del Mariachi Vargas y también del Mariachi de Cirilo Marmolejo.

En su libro de memorias el gran fotógrafo cinematográfico mexicano Gabriel Figueroa —primo hermano, por cierto, de Adolfo López Mateos— cuenta cómo, en 1946, ante el poco entusiasmo que despertaba la campaña presidencial de Miguel Alemán, el candidato del entonces partido oficial tuvo que recurrir al recién formado sindicato de actores (la famosa ANDA), algo que providencialmente vino a levantar la alicaída campaña de Alemán, como sucedió, según recuerda el mismo Gabriel Figueroa, en varias ciudades de la región del Bajío, donde Cantinflas apareció en su faceta de torero bufo y, particularmente, en Guadalajara, donde cantó Jorge Negrete.

Moraleja, según Perogrullo: las campañas electorales son como son y no como debieran ser. ®

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Publicado en: Mayo 2012, Política y sociedad


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