Nosotros “los progres”

De Cinépolis Capitol a los espacios alternativos

Los espacios de verdadera creación que no se someten al destajo de la exhibición son aquellos que nada tienen que ver con Cinépolis Capitol ni con las clases de civismo del profesor Loret de Mola, que en afán ridículo intenta reivindicar su posición de “periodista-investigador” amparándose en el género del documental con ¡De panzazo!, que no es más que el video institucional de Mexicanos Primero.

Pedro Infante

A la pregunta de si otro cine es posible brota el cuestionamiento sugerente de vincularlo íntimamente a la sociedad de la cual forma parte, es decir, cine y sociedad no pueden percibirse como dos entes distintos y autónomos; por el contrario, llevan en sí una inercia condicionante y dependiente el uno del otro alimentándose de manera simultánea, en reciprocidad y representatividad —esta última aunque sea sintomática.

¿Qué relación guarda el cine mexicano con nuestra sociedad abigarrada, de gustos tendenciosos hacia lo nostálgico que la hacen añorar a don Pedro Infante, el inmortal, cantándole al oído y haciéndola pasar por su Chorreada?

Y es que en el imaginario colectivo no es difícil identificar el dejo de melancolía, cuando se habla de la llamada “Época de Oro del cine mexicano”, etapa posrevolucionaria donde había que construir ideales que forjaran de nuevo los sentimientos de la nación, pero que sobretodo se encargara de diferenciar, definir y discriminar en positivo o negativo, según sea el caso, a las clases sociales, por aquello de la división del trabajo para “reconstruir” al país y dejar bien claro las características de a dónde pertenece cada quien.

Es entonces cuando emanan las figuras míticas arquetípicas de nuestro rancho grande, la industria del cine nacional se posesiona y se posiciona en un lugar privilegiado, cual alquimista mesopotámico vertiendo fórmulas instrumentales, tan actuales hasta el día de hoy, que no más hay que echarle un ojo a las mañanitas anuales de la virgen María —no de la actriz María Rojo, sino de Guadalupe—, morena y amorosa también, estandarte fidedigno que sirve a toda causa o razón social A.C.

El hacendado abusivo, el caporal generoso, el compadre “parlanchín”, la serenata, duelo de coplas, la cantina, la virginidad como bien económico, la afirmación de la virilidad a través del sexo, la feminidad concebida, tal cual, desde la maternidad, la abnegación y el sufrimiento, como garantía de “respetabilidad”, pero sobre todo el final feliz que hicieron que en el año 2000, recién estrenado milenio, encumbráramos a nuestro “charro-cantor, botas de charol” desde el símbolo angelical de la independencia y libertad, al unísono, clamando: “No nos falles”, haciéndonos saber así que la comedia ranchera sigue vigente.

Situarse en la comedia para definir a la sociedad mexicana y su “filmografía representativa” es el contenido manifiesto de una demanda colectiva que busca por sobre todo olvidarse de sus prácticas sociales que la han llevado a una realidad fallida y amnésica, imposibilitada para rememorar y hacer de su cine un almanaque vital que registre sus procesos conformadores e identitarios, prefiriendo presenciar eventos monotemáticos que provoquen risa y alivien su malestar a través de unos buenos chistes montados en un lenguaje polisémico, “muy creativo”, desde donde se alberga el albur, digno representante de nuestro folclor mexicano, personificado en el género conocido como cine de ficheras o sexicomedias tan propio de esta mexicanidad, con la que muchos connacionales estarán en absoluto desacuerdo dejándose de identificar con “esa clase de cine” ofensivo que atenta contra la clase ilustrada de nómina cinéfila, pírrica toda ella.

El cine nacional —nos guste o no— está infestado, en su mayoría, de elementos chapuceros y predecibles que poco o nada incitan a la reflexión colectiva, su función de comunicación se reduce a la mera expresión de clanes y no como un medio provocador que incite a la introspección de nuestra vida comunal concebida como herramienta de referencia especular de una sociedad a la que le urge resignificarse, volverse a decir quién es.

¿Qué relación guarda el cine mexicano con nuestra sociedad abigarrada, de gustos tendenciosos hacia lo nostálgico que la hacen añorar a don Pedro Infante, el inmortal, cantándole al oído y haciéndola pasar por su Chorreada?

Sus contenidos más representativos son recetas preescritas y aprobadas que se inscriben e instalan en una industria perenne, dada de una vez y para siempre, sin dejar lugar a espacios más creativos y libres desde donde podamos construir un nuevo imaginario colectivo, alternativo y pensante que nos dé una visión renovada en general, con la cual podamos reorientarnos para renovarnos y reconstruir los elementos visibles más “progres” que nos ofrece la cartelera comercial; nos vienen heredados de nuestros dos tipos de cuidado muy re-conocidos Diego-Gael y su compañía junto con su festival, donde si bien se les reconoce el esfuerzo de apuntalar hacia “la producción latinoamericana y apoyar a los nuevos realizadores” (descripción con la que se define Canana en la página del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, sección del sistema de información cultural) se antoja imposible que por más entusiastas, carismáticos y emprendedores que nos resulten nuestros muchachos de oro puedan contribuir enfáticamente a la problemática del cine en nuestro país que responde a un conflicto estructural de competencia desleal, clientelismos y compadrazgos —de los cuales nuestros chicos guapos terminan formando parte. Basta recordar el uso actual de las estructuras del Estado para rendir pleitesía a los jóvenes, sinónimo de éxito y buena taquilla, que al menos a mí me lo pareció la vez que en la Cineteca Nacional se tendió una alfombra roja, aderezada de mucho glamour, que cabe destacar no había visto antes y que dio paso a la Opera prima del director Michel Franco, Daniel y Ana, con los actores Marimar Vega y Darío Yazbek Bernal. Si al lector le suena el apellido Bernal no es casualidad, es parte de la cultura mexicana que se nos dé la familiaridad, y no es que poner alfombras rojas en la Cineteca Nacional sea algo que a la que escribe le desagrade, por el contrario, creo que es un ejercicio que deberíamos llevar a cabo más seguido en este tipo de recintos, siempre y cuando el presupuesto de Bartola nos alcance, sólo que me llama la atención el detalle del abolengo.

Resignificar es poder acceder a la posibilidad de adquirir un significado nuevo y a México le urge ser otro, aunque los espacios de verdadera creación que no se someten al destajo de la exhibición son aquellos que nada tienen que ver con Cinépolis Capitol ni con las clases de civismo del profesor Loret de Mola, que en afán ridículo intenta reivindicar su posición de “periodista-investigador” amparándose en el género del documental con ¡De panzazo!, que no es más que el reportaje-video institucional de Mexicanos Primero, que sirve convenientemente para una recaudación que a ningún organismo civil le viene mal y más si tiene entre sus directivos al dueño de la exhibidora que promueve su mismo video —es decir, el negocio es redondo para Alejandro Ramírez Magaña, quien ya encontró la fórmula después de Presunto Culpable en la apuesta a los temas sociales. Sin embargo, en ¡De panzazo! cae en la novatada “filantrópica” de ubicar el tema de educación en la institución nada más, es decir en la escuela, invisibilizando, por completo y muy convenientemente, a otros espacios alternativos de formación como la televisión y sus contenidos, en donde sin pensarlo mucho su emisor andante de una mejor educación no saldría tan bien librado.

La reconstrucción de conceptos propone una forma distinta de hacer historia, a partir de la interpretación, mediante la posibilidad de entrelazar la retórica y la memoria, para dar paso a una nueva narrativa; la posibilidad-promesa de un nuevo cine no se dará desde la industria preñada de intereses específicos y particulares que busquen en sí la producción de historietas ficticias.

Volver la mirada a donde se experimenta y se inspecciona nuevas formas de hacer crónicas puede ser una ruta que nos conduzca a la transformación de espacios donde veamos retratadas las realidades de colectivos que se reflejen en la pantalla a modo particular, partiendo desde la aparente simpleza de una historia o un personaje que logre atravesar un espectro simbólico en el que todos nos sintamos parte, aunque la anécdota no nos corresponda directamente.

Pensar el cine desde espacios alternativos lleva en sí mismo una promesa opcional para ser visto como herramienta de documentación que materialice nuestra complejidad y las diferentes formas de manifestarnos.

Definir nuevamente sus estructuras es replantear nuestros lugares como observadores o consumidores y decidir en qué lado se quiere estar; ambas son opciones, situarnos en un plano contemplativo puede llevar implícita la sorpresa de descubrirnos en la mirada de un otro que en su momento pudimos considerar inexistente. Otro cine posible es pensar en lo imposible, en un cine para ciegos, que nos suene a radio-novela, un laboratorio de video comunitario que sepa a denuncia y propuesta o un espacio en nuestras agendas al cine hecho desde “el espacio procomún, ese que no vemos hasta que desaparece porque es de todos y no es de nadie”, como dice Elías Brossoise, cineasta independiente, outsider del cine. ®

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