Notas de un fotógrafo del sur

Escribir no solamente con luz

“La fotografía tiene relación directa con la melancolía”, dice el fotógrafo argentino Marcos López. “Con la muerte. Es una frase hecha. Estaba evitando decirla pero se tipeó casi sola”. A propósito de la galería que presentamos en esta edición de este extraordinario fotógrafo hemos decidido publicar también varios de sus textos que han acompañado sus series fotográficas. Puede verse más de su obra en marcoslopez.com

Pacto de silencio

Un manto de olvido cubre el pacto de silencio. El manto es un envoltorio. Gomoso, elástico, como esas microtelas de film poliéster que se usan para guardar comidas en el freezer. El pacto, en realidad, son muchos pactos: matrimonios que conviven sin amor, traiciones de mayor o menor calibre, frustraciones, complicidades… Como un tejido molecular, la suma de los pactos conforma una red, un grupo social. La mismísima patria. El plástico los envuelve como si fueran sándwiches de miga y terminan siendo un pegote: el jamón se funde con el pan y con el queso.

Uno negocia. Pero el miedo y la culpa se incrementan. Aparecen materializados en sensaciones corporales: un gusto ácido en la garganta, como a bilis, que de repente baja y se instala en un ardor en el estómago. Luego sube y se transforma en una molestia punzante en el pecho. Pesadillas. Persecuciones. No está claro a quién se traiciona, pero uno está seguro de ser un traidor. No lo leí, pero me parece que Crimen y castigo tiene que ver con esto.

Yo creo que a esta altura del partido no es necesario hacer doscientas fotos en el oeste americano, como hizo Richard Avedon, para decir lo que hay que decir. Con hacer algunos pocos retratos, bien hechos, que hablen de dos o tres sentimientos básicos, centrales, alcanza.

Así es la cosa con los textos. Las palabras, mientras sean sinceras y suenen bien, con armonía, con musicalidad, pueden ir y venir. Hay cierto margen de ambigüedad. Existen los sinónimos. Si una palabra no funciona se pone otra. La imagen es otra cosa. Sobre todo si se trata de retratos. No hay espacio para andar dando vueltas ni se pueden poner adjetivos. El secreto es estar alerta cuando se presenta un encuentro. Prestar atención a la intensidad de la mirada, los gestos, la posición de las manos.

Yo creo que a esta altura del partido no es necesario hacer doscientas fotos en el oeste americano, como hizo Richard Avedon, para decir lo que hay que decir. Con hacer algunos pocos retratos, bien hechos, que hablen de dos o tres sentimientos básicos, centrales, alcanza.

Los objetos ayudan formalmente en la composición, pero también simbolizan cosas. Por ejemplo, en el retrato de Rogerio, el avión es un avión, pero también es una ofrenda, un objeto de deseo y un misil. El yugo en el cuello ya se sabe lo que significa. Y en cuanto al color, el rojo del fondo tiene la contundencia de los clásicos. Se potencian mutuamente con el color de la piel del modelo: negro violáceo. Bemba colorá. Carioca transpirado. Yoruba profundo. Cubano auténtico. Haitiano verde oscuro. Marimba. Katinga. Kilombo. Candomblé.

Las puestas en escena ­—por los menos las que hago yo— no son más que retratos teatralizados de personas. Los siete hombres que están caracterizados de médicos, enfermeros y el perito balístico que está a la derecha en la foto de la autopsia, miran a cámara con la emoción de estar allí, a treinta centímetros de una hermosa joven desnuda, maquillada, mutilada. Inaccesible. Y también está esa cuestión del aquí y ahora tan propio de la fotografía misma. Generar un clima para captar la emoción de ese momento es uno de los secretos para hacer una buena foto: solamente hay que decirle a los modelos que no hagan nada, que no actúen, que no respiren y que se queden quietos. No son actores. Seguramente es la primera vez en sus vidas que están en una situación así. Aceptan el juego de cumplir un rol. El disfraz (el vestuario) es un recurso para desentrañar los sentimientos más profundos. Son mozos de bar, taxistas, plomeros, un profesor de la universidad, un par de artistas plásticos. Da lo mismo. Cuando miran a cámara, todo se deshace. Se desintegra el personaje y sus ojos hablan de lo único que se puede hablar en este paso por la vida. Nada nuevo. Lo mismo que repiten todas las letras de tango: la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

Otra cosa importante es el contexto. El momento y el lugar donde sucede todo. La realidad. La escena, la emoción que aflora en la mirada y los gestos del grupo en cuestión, sucede en mi estudio de la calle Finochietto, en el barrio de Barracas. En un tiempo de post-producción digital donde puedo usar —casi— la misma tecnología que en el Norte pero con caballos flacos, tirando carros que juntan botellas, metales y cartones, pasando por la puerta. A diez minutos de taxi de la Casa Rosada, y a poco más de diez cuadras de Puerto Madero, donde está el pretencioso e inútilmente aerodinámico puente Calatrava.

Todo sea por la cultura y el progreso. El problema es que he visto —con mis propios ojos y muchas veces— en la vereda de los coquetos restoranes que están uno al lado del otro al lado a los costados de ese mismo puente, a familias enteras, con niños, disputándose comida de la basura, apurándose antes de que la retire el camión recolector.

Me enojo porque estoy convencido de que así no se puede. Si no se reparte un poco, no se puede. Siempre agradezco cuando paro en los semáforos de la Avenida 9 de Julio, que en vez de pedirme una moneda por limpiarme el parabrisas delantero, los muchachos no me degüellen, me coman el hígado y se lleven el auto con mi esposa adentro como cautiva, hacia las villas miseria de la periferia. El otro Buenos Aires. Y encima los muchachos te dicen: “Gracias, que Dios lo bendiga”.

Autopsia. Buenos Aires, 2005

Entonces, en el fondo, “La autopsia” es un documento. Por más adornos, cambios, retoques digitales, ensayos, pruebas, errores, las citas a Rembrandt, a la foto del Che muerto en Bolivia… “La muerta es la patria joven”, me dijo Carlos Masoch, el que actúa de cirujano, cuando le mostré la foto terminada. Las ilusiones de un país que no pudo ser. Una generación quebrada. Cercenada. Una autopsia mal hecha de una muerte evitable. Una autopsia inútil, trucha, clandestina, perversa, desalmada.

Y la sangre ni siquiera es sangre. La sangre es tinta roja. Un maquillaje. Un simulacro. La puesta en escena del dolor. Una ceremonia que me permite materializar en una imagen los sentimientos más íntimos. Entonces, por una sumatoria de trabajo, magia, fe, voluntad y alquimia, la tinta roja se convierte en la sangre de todas las sangres. La sangre del enfermo que cura al enfermero. La sangre de Liliana Maresca. La sangre de mi hermano que no pudo vivir y la sangre de Violeta que no pudo nacer.

Y también la sangre derramada en la franja de Gazaque vi una vez en la tapa del diario Clarín, en un bar cerca de mi casa.Un error técnico, decía el epígrafe. Así de simple. Está escrito en el diario.

Miro la cara, el gesto del padre, enarbolando ese bebé envuelto en trapos, en la foto de Gaza. Los gritos congelados por el clic de la foto. El sentimiento se vuelve insostenible. Me pido otro Fernet Branca con soda y hielo con absoluta conciencia de que lo hago para evadirme, que es inútil, que no me hace bien, pero lo pido igual y me pongo a mirar para afuera. Llueve. Más bien garúa. Estoy en la mejor mesa para mirar al Parque Lezama. Siento que me da lo mismo que quieran cerrar el histórico Bar Británico que está enfrente. Desde mucho antes, yo ya venía a este bar, El Hipopótamo. Me da un poco de lástima por Horacio González y por Eduardo Grossman que tanto les gustaba El Británico; pero a mí, la verdad, me da lo mismo. Además, me gusta más la vista que hay del parque desde este lado, en diagonal.

Los gritos congelados por el clic de la foto. El sentimiento se vuelve insostenible. Me pido otro Fernet Branca con soda y hielo con absoluta conciencia de que lo hago para evadirme, que es inútil, que no me hace bien, pero lo pido igual y me pongo a mirar para afuera. Llueve. Más bien garúa. Estoy en la mejor mesa para mirar al Parque Lezama. Siento que me da lo mismo que quieran cerrar el histórico Bar Británico que está enfrente.

Miro a la gente. Los turistas. Los cartoneros. Todo interacciona con calma y en equilibrio. Los problemas del mundo están más lejos. Ya estoy medio en pedo y automáticamente aparecen imágenes de cosas lindas. Es el atardecer, casi de noche. Recuerdo canciones: los travestis que van y vienen por la esquina de Ipiranga y la avenida São João. Me acuerdo del año pasado, cuando fuimos con Lena y los niños a La Habana, a visitar a mis suegros que no tienen lugar en la casa para hospedarnos, y por eso nos quedamos en el Hotel Riviera, en una habitación de un piso bien alto, con grandes ventanales que daban al malecón. Un día me pasé un rato largo mirando un plano secuencia sin sonido; algo maravilloso que el cine nunca jamás podrá conseguir, ni soñar, ni imitar, ni lograr. Esa emoción máxima que es la realidad misma fluyendo en tiempo real: las olas cayendo sobre la vereda y la calle, el mar, el horizonte, los carros Lada yendo y viniendo a la misma velocidad, algunas motos con sidecar, una chica sola, morena, con un cabello largo y ondulado que a la distancia y con el viento se ve maravilloso, mirando el mar por un tiempo increíblemente largo y un grupete de turistas jóvenes, tontos, que la interrumpen, tratan de seducirla, se hacen los graciosos y quiebran ese momento sagrado.

Una manga de estúpidos. Como dice mi amigo Roberto Fernández: “El rey está desnudo”. Todo está a la vista y todo termina siendo un juego de palabras. Y como dijo Vinicius de Moraes: “Casémonos, pero después de carnaval”.

Por eso a mí me gusta acá. Latinoamérica. Buenos Aires. Me gusta lo cercano. Tengo mis bares, mi casa, mi barrio, y por suerte no tengo que hablar inglés. Y hago lo que me da la gana. Reescribo las memorias del subdesarrollo. Me apropio de la poesía ajena. Me puedo desdoblar: soy el río, la jangada, las aguas de marzo. El personaje de Horacio Quiroga, que delira moribundo tirado en el piso de la canoa que deriva por el alto Paraná. El hombre que le ruega al río Manzanares que lo deje pasar porque su madre enferma lo mandó a llamar. La piragua de Guillermo Cubillos, que impasible desafiaba la tormenta, y en las noches a los remos arrancaban un melódico rugir de hermosa cumbia.

[Buenos Aires, 2006]

Blanco y negro

Mi tía Delia, que se crió en el campo, contaba que sus padres a los doce años la mandaron en un tren, sola, a estudiar pupila a un colegio de monjas y hasta la Navidad siguiente no la vieron. Así estuvo, hasta que se recibió de maestra, a los dieciocho años.

Mi madre se quedo huérfana cuando tenía seis años. No podía entender por qué su mamá se había muerto, en un cuarto que ella recuerda como muy grande, blanco, soleado, cuando le habían contado el dicho popular: “Donde entra el sol no entra el médico”. Es muy emocionante escucharla contar ese relato. Lo cuenta como algo natural. Con asombro. Sin tristeza. Luego la criaron dos tías solteras, su tía Juana y su tía Lola, hermanas de mi abuelo José Rodríguez. Inmigrantes españoles que llegaron a América desde Galicia a principios de siglo XX. Juana se casó ya grande con un sobreviviente de los campos de exterminio de la Alemania nazi, Denny Lichtenstein. Lola se quedó soltera. Mi abuela paterna también llegó de España. María Bezos. Modista. Enviudó cuando mi papá tenía cinco. Apenas llegó se casó con un criollo, de tez aceitunada y pelo lacio renegrido. Pedro López. Cartero. Oriundo de Santa Fe. Mi abuela era una modista que llegó a tener diecisiete oficiales —así se les decía a las ayudantes—, y les hacía los vestidos de fiesta a las mujeres de la alta sociedad santafecina. Trabajaba de sol a sol. Nunca se volvió a casar. Ya de vieja, en los años sesenta, a mis primas les hacía un vestido largo, de fiesta, en una tarde. Las chicas compraban la tela el viernes, para la fiesta del sábado a la noche. Dice mi padre que mi abuela cortaba la tela sin molde. A ojo. Casi sin tomar las medidas.

Estas escenas están en mí. Soy eso. Las marcas a fuego de las más íntimas emociones personales se conjugan con el devenir de un pueblo y así se forma lo que llamamos identidad cultural. Entre las grandes “causas” y el llanto contenido de una joven en la soledad infinita de un claustro de monjas, añorando un abrazo materno, un domingo a la noche.

Estas escenas están en mí. Soy eso. Las marcas a fuego de las más íntimas emociones personales se conjugan con el devenir de un pueblo y así se forma lo que llamamos identidad cultural. Entre las grandes “causas” y el llanto contenido de una joven en la soledad infinita de un claustro de monjas, añorando un abrazo materno, un domingo a la noche.

Así somos. Nietos mestizos de criollos con gallegos, tanos, judíos rusos, polacos, que a fuerza de la prepotencia del trabajo se empeñaron en construir un país en estas salvajes pampas, donde el gauchaje estaba acostumbrado a matar una vaca para comerse un par de bifes y dejar el resto a los caranchos. A mí no me gusta la prepotencia. Ni del trabajo ni de nada. Tampoco me gustan los gauchos sabelotodo, que miran de reojo y se ríen si uno se sube al caballo con la pierna equivocada. Yo soy zurdo. Y estoy seguro de que al caballo le da lo mismo. Me gusta perder tiempo. Buscar refugio en la escritura. Que nadie me moleste y así poder estar en paz comulgando con mis ancestros, con mis otros yo. Con mis muertos. Con los amores que no han sido, con los que están y con los que no serán. Recordar mi juventud en Santa Fe: salgo a caminar después del almuerzo desde mi casa de la calle Güemes, bajando por Balcarce hacia el puente colgante, cortando camino por abajo de la autopista, un día de otoño húmedo, con cielo gris, con las olas de la laguna que rompen pegando sobre la baranda, salpicando agua, haciendo el clima insoportablemente pegajoso. Me quedo un rato largo. Me apropio de ese lugar de nadie para poder ser libre. La fotografía tiene relación directa con la melancolía. Con la muerte. Es una frase hecha. Estaba evitando decirla pero se tipeó casi sola.

Años más tarde tuve la misma sensación en Cuba. Me identifiqué con la gente que se sienta a mirar el mar en el malecón de La Habana. Parejas, niños, viejitos, gente sola. Algo complejo, de mucha belleza. La misma sensación melancólica de lejanía, de desear otra cosa… La ilusión de sentir que esa laguna marrón llena de camalotes estancados, que estaba a cuatro cuadras de mi casa, que sin mucho esfuerzo, y aunque hubiera bruma, dejaba ver nítidamente la otra costa, era el mar. El inmenso mar. Todos los mares. La vida por delante: Esparta, Atenas, Troya, Ulises, los barcos negreros de esclavos africanos llegando al norte de Brasil, los barcos piratas del Caribe, la balsa KonTiki desafiando las tormentas del Pacífico Sur, los conquistadores, los vikingos, yo mismo reencarnado en la figura de Fernando de Magallanes, desaforado, dando órdenes, sofocando motines, loco de hambre y de pasión, embriagado de vanidad y de estúpido poder, cruzando glorioso las aguas del estrecho y descubriendo, sin saber, Tierra del Fuego.

[Buenos Aires, 2008]

Vuelo de Cabotaje

A mí me gusta acá. Gualeguaychú, Guaminí, Ramona Galarza… Me gusta más ir por la ruta del costado que por la autopista. Voy parando, pierdo tiempo, me tomo una cerveza con un salame en un bar de la ruta…

Miro. Me gusta hablar de lo de acá. Universalizar la textura emocional de los recuerdos, las escenas de infancia, mezclarlos con lo que técnicamente se llama “color local” y sentir, creerme que estoy haciendo una crónica socio-política de la época, aunque esté pensando en el olor de la maestra de primer grado.

La fotografía, finalmente, es una buena herramienta.

Como no me animo a cantar, a lanzar el grito que se transforma en llanto, luego en protesta, en orgasmo, en locura y en muerte… tengo que recurrir a las imágenes. Me aguanto depender de la tecnología, cuando en realidad lo que más me gusta es pintar. Pintar al óleo paisajitos con caballete. Me gustaría ser indio. Cabalgar sin montura, robarle la mujer al primer blanco que se me cruce en el camino y luego degollarlo sin que me tiemble el pulso. El salvaje no siente culpa. Y no necesita representantes, críticos, periodistas, buenos modales, página web, club de fans ni galeristas.

Asumo y reconozco que parte de esa violencia corre por mis venas, aunque trato de disimularla. No creo que sea conveniente largarla del todo. El color también es un simulacro: la sangre, en realidad, es tinta roja, y lo que se ve en las fotos es puesta en escena. No me animo a afrontar la realidad cara a cara. It’s too much. La figura y el fondo son estrategias de composición. Aunque no es tan simple, porque el fondo, además, tiene que decir algo. Es la base. Lo importante. Lo que subyace.

Miro. Me gusta hablar de lo de acá. Universalizar la textura emocional de los recuerdos, las escenas de infancia, mezclarlos con lo que técnicamente se llama “color local” y sentir, creerme que estoy haciendo una crónica socio-política de la época, aunque esté pensando en el olor de la maestra de primer grado.

Y en el fondo —en mi fondo— hay una constante emocional que tiene que ver con algo trágico. Nadie está preparado para una muerte tan temprana sobre el acero inoxidable de un sanatorio tan precario. Un viaje de estudios de séptimo grado al Túnel Subfluvial donde un ingeniero nos explica que los tubos se alinearon con rayos láser. Un pueblo dividido por una vía. Un hotel alojamiento con nombre de un volcán que hay en las islas Fidji. El olor a desinfectante. Un chiflete de viento frío que se filtra por debajo de la puerta de chapa. El ladrido de los perros en la noche. El miedo. Los espejos en el techo y lo asqueroso de la sobrecama. El camino de tierra. Los chistes del colegio de curas: como hermana no tengo, con la tuya me entretengo. Formosa. La periferia de la periferia. La avenida de circunvalación. La Fiesta de la Cerveza de San Carlos Centro y la fiesta de egresados en la discoteca cinco estrellas del Hotel Mayorazgo: los varones de traje y las chicas con vestido largo y sandalias de corcho con plataforma.

Inmediatamente después, al día siguiente, tomé la decisión de irme.

Salir en busca de América Latina: Santa Fe, Rosario, Retiro, Chile, Atacama y un vuelo de cabotaje desde Tacna a Arequipa. Una lista de espera escrita con birome en una servilleta. El mismo empleado que hace el check in es el que sube las maletas, el ayudante de abordo y el que te recibe en el aeropuerto de llegada.

Pido disculpas si cuento demasiado, pero tengo la certeza de que para no enfermarse hay que dejar salir.

La fotografía es una excusa para exorcizar el dolor. Transformar en poesía la resaca de un tequila de segunda marca.

Por eso me gustan los mariachis. Se les paga cuando llegan, cantan poco y se retiran sin saludar. Uno los contrata para que muestren que la alegría es posible. Por lo menos quince minutos. Lo demás ya se sabe. Cuando los grandes se emborrachan, cuando en la mesa hay desperdicios de pollo frito mezclados con pastel de crema, cuando llega la noche del domingo, la fiesta se tiñe de amargura. Siempre.

[Buenos Aires, agosto de 2009]

Constitución

A mí me gusta acá. Fotografiar lo que está cerca. Pintar mi aldea y ser universal. Me gusta la obviedad; las frases hechas: mi barrio es mi mundo.

De hecho, vivo a cuadro cuadras de esta esquina. Paso por esta misma calle cuando llevo a los niños a la escuela, cuando voy al centro, cuando voy a Palermo. Me invento el camino para tener que pasar por Constitución. Me energiza. Me nutre. Me revitaliza la música en vivo que sale los fines de semana por la puerta de la discoteca paraguaya Mburucuyá que está a la vuelta de la estación.

El sonido de la selva guaraní suena remixado en Constitución. El color terracota profundo de la América altiplana cambió por el celeste eléctrico de la camiseta del Manchester United con el nombre de Carlos Tévez y el número diez grabado en azul fosforescente en la espalda. El color local de la Argentina está en estas calles, en estos bares, en estos mercados.

Constitución es la puerta de entrada a la ciudad. Un escenario donde el fondo es más importante que la figura, el contenido es la forma, y la civilización, finalmente, sabiamente, toma la forma y la textura de la barbarie. Constitución es el epicentro de la gran América: mestiza, cobriza, negra, altiplana, gringa, aymara, quechua, cumbianchera, transexual, peronista, sanmartiniana, boliviana y bolivariana.
A mí me gustan los excesos. Siempre quiero más. Me gusta agregar para llegar al equilibrio estético. A Dalma Nerea le sumo Giannina Dinorah. Mi objetivo es ordenar el caos. Afinar el instrumento en el mismo tono con que suena una banda de vallenato colombiano en un bar de Barranquilla.

Darle a mis imágenes la misma presencia del grito de guerra del malón que viene degollando. Me gusta desdoblarme. Ser el cacique y la cautiva al mismo tiempo.

Respirar hondo hasta conectarme con mi propia ternura y poder cantarle una plegaria al niño que está siempre dormido los domingos a la noche en la puerta de la farmacia de la esquina de la 9 de Julio y avenida Caseros.

Ser él. Oler su Poxiran.

En cuanto a la fotografía, creo que ya está demostrado que el clic es el sonido de la muerte, y que el momento preciso y el instante decisivo se cambiaron por un iPhone 4 que filma, saca fotos y tiene jueguitos para no aburrirse en los aviones. No hay retorno.

Total… ¿A quién le importa la verdad? ¿Quién se atreve a decirme cuál es la realidad?

¿Cuál es el sueño de la mulata-morena-aceitunada-regordeta de calzas ajustadas rosa chicle que siempre está parada en la misma esquina de Brasil y Salta, y me atraviesa el corazón y el alma cuando clava sus ojos en mis ojos?

Ella sí es la verdad. La historia de América se cuenta en esos treinta interminables segundos que dura la luz roja del semáforo. Somos sangre de la misma sangre. Somos hijos de los mismos orishás y tenemos el mismo babalao. Le prendemos velas a la misma Virgen a la que le reza todos los días mi madre. El resto es cuento. Metáfora. Arte. Teatro. Puesta en escena. Encuestas. Estadísticas. Ofertas. Horas pico. Coca y pancho. Campañas políticas. Motochorros. Planes de acción. Noticieros. Buses

amarillos con turistas…

La nada de la nada.

[Buenos Aires, febrero de 2011]

Tinta Roja (un simulacro del dolor)

¿Dónde estará mi arrabal? ¿Quién se robó mi niñez?
¿En qué rincón, luna mía, volcás, como entonces, tu clara alegría?… [del tango “Tinta roja”, letra de Cátulo Castillo y música de Sebastián Piana, 1941]

Reina de la Chatarra. Buenos Aires, 2007

Con tinta roja pinto los cuerpos de mis modelos para hacer un simulacro de la sangre.

Con esa misma tinta, remarco la sangre sobre las copias pintadas a mano.

Trabajar en el cruce de lo analógico, lo digital, lo documental, lo teatral y lo pictórico.

Poner en escena imágenes que son el producto de reelaborar mi propio dolor, mi propia melancolía, dándoles forma en la textura y el color de la periferia.

Reciclar influencias desde el Sur. Ser el Sur. Dejar que aflore el mestizaje. Que el resentimiento se transforme en un hecho poético. Que la ironía no empañe la ternura. ®

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