Novenario de hombres, santos y difuntos fílmicos

Una crónica triangular sobre la genealogía del 9º Festival Internacional de Cine de Morelia

El novenario del Festival Internacional de Cine de Morelia podría definirse como una reunión de gritos y susurros de fanáticos y cinéfilos en alfombras rojas o salas de cine con momentos de excelsitud o aburrición, dentro y fuera, del complejo cinematográfico Cinépolis Morelia Centro.

I. Novenario de gritos y susurros

Dice el Diccionario de uso del español de María Moliner que novenario es “un conjunto de sufragios y rezos por un difunto que se realizan durante nueve días”; también que “es un conjunto de actos de culto y sermones celebrados durante nueve días en honor de un santo”. El novenario del Festival Internacional de Cine de Morelia —por aquello de que duró nueve días y celebró su novena edición el pasado octubre de 2011— podría definirse como una reunión de gritos y susurros de fanáticos y cinéfilos en alfombras rojas o salas de cine con momentos de excelsitud o aburrición, dentro y fuera, del complejo cinematográfico Cinépolis Morelia Centro (la otra catedral de la capital michoacana, digo, por aquello de las multitudes).

Y ningún personaje, tal vez, provocó tanta expectativa durante esos nueve días del festival (del 15 al 23 de octubre) como las reliquias del papa Juan Pablo II, que arribaron a Morelia esa misma semana. A unos pasos de los cines se podía escuchar los cánticos “infinitos” dedicados a los restos del beato. Ningún evento tuvo tantos espectadores como los que rodearon la catedral rosada y, aún con “sufragios y rezos”, viví la experiencia de mirar en la oscuridad las historias buenas, mediocres o pésimas ahí ofrecidas. Dejar que la experiencia habitara en mí, como si no hubiera otra ocasión para hacerlo —de hecho no la hay—, la mejor opción para que los trayectos cotidianos al cine fueran tan relevantes como cada palabra, imagen o sonido expresado en esos lugares del bajío mexicano. Cada momento, en la pantalla de cine, en mi memoria y en las calles, marcaron las rutas de mi crónica.

II. El cineasta húngaro Béla Tarr en Morelia

Fotograma de la película Werckmeister harmóniák, de los realizadores Béla Tarr y Ágnes Hranitzky.

Dentro de una sala se dijo: “Hay un sol hermoso afuera, y en la pantalla verán que todo es muy frío, menos de diecisiete grados y además blanco y negro, es larga y parece un cuento de hadas. Algo como la eternidad y la vida diaria, algo sobre el ser humano, algo sobre la dignidad; la dignidad de cada ser humano. No es nada gracioso. No es algo que sea de entretenimiento. Es algo que surgió hace once años, porque ésta es una película vieja, y espero que no sientan la edad de esta película, gracias”. Es el invitado de honor de la novena edición del festival, el cineasta húngaro Béla Tarr (Pécs, 1955), quien dijo esas palabras antes de iniciar la proyección del filme codirigido con Agnes Hranitzky, Las armonías de Werckmeister (Hungría, Italia, Alemania, Francia, 2000),historia —basada en la novela de László Krasznahorkai, Melacolía de la resistencia— de un pequeño pueblo húngaro sacudido por el cadáver de una ballena que se exhibe en la plaza central, que acaba siendo el detonante de una revuelta social. Otro día veo El caballo de Turín (Hungría, Francia, Alemania, Suiza, Estados Unidos, 2011), película con la que termina su carrera cinematográfica este 2011, así lo expresa en todos los espacios y a todos sus seguidores, con cierto tufo a santo y a difunto. Algunos, incluso, se sometieron al esfuerzo de mirar Sátántangó (1994), película de 450 minutos y al final Béla Tarr, un apocalíptico que dice adiós frente a los ojos de sus verdaderos espectadores.

III. El recuerdo de los tres: La genealogía del nueve

Fotografía del rodaje de la última película del cineasta Raúl Ruiz, Misterios de Lisboa, 2010.

La novena celebración de este Festival me hizo recordar la primera vez que lo cubrí como periodista. Fue en el año de 2005, cuando escribí una tríada de artículos para Milenio Toluca en mi espacio de los jueves, llamado Cronotopo —convertido hoy en una discreta revista digital sobre periodismo cultural y social que edito mensualmente [www.cronotopo.com.mx]. Mi curiosidad por las coincidencias sobre el número tres en su tercera edición me llevó a titularlos, consecutivamente: “La fuga de los tres” (20 de octubre), “El entierro de los tres” (27 de octubre) y “La historia de los tres” (3 de noviembre).

El primero lo enfoqué en el cineasta Raúl Ruiz, quien asistió en aquella ocasión a Morelia como invitado especial y que falleció este 2011 en París, dejando como gran final de su filmografía una historia de cuatro horas y media titulada Misterios de Lisboa, en la que el amor y la venganza son una espiral polifónica y triangular situada en el siglo XIX. La obra fílmica de ese realizador chileno exiliado en París tras el golpe de Estado contra el presidente Allende está permeada por ese número: Tres tristes tigres (1968), Las tres coronas del marinero (1983) o Tres vidas y una sola muerte (1996) son algunos largometrajes con referencia fehaciente. El hombre alto y de cabello cano —así es como lo recuerdo— explicaba en Morelia, frente a los espectadores, algo acerca de la poética en su cine: “Uno, en toda película la imagen persigue a la narración; dos, que cuando uno ve una película de quinientas tomas, no ve una película de quinientas tomas, ve quinientas películas; tres, una película vale en la medida de qué tanto miras a la película como la película te mira, es decir, la película es un ser que respira”. (Milenio Toluca, 20 de octubre de 2005). Curiosidades aparte, Ruiz tiene una opera postuma que se llama La noche de enfrente (2011);la definición de póstuma en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es francamente cinematográfica: “Que sale a la luz después de la muerte del padre o autor”.

“En el cine y en cualquier parte, el tres es un sinónimo de inteligencia, porque hay toda una idea de los ritmos binarios y los ritmos ternarios. Entonces cuando sólo tienes una bipolaridad es: agua o aceite, blanco o negro; pero cuando tienes un triángulo, puedes construir absolutamente cualquier figura”.

En el entrecruce de personas que esperaban acceder o salir de alguna proyección me encontré con el crítico Jorge Ayala Blanco, quien iba como jurado de documental mexicano. Recuerdo haberle preguntado qué significaba el número tres para el séptimo arte, y antes de responder me comentó que hace tiempo había perdido tres libros a causa de un “virus informático”. Seis años después, la declaración me impacta, pues para quienes somos sus lectores sabemos que es un aventura acuciosa cada uno de sus libros, pero en ese entonces no profundicé en ello. Hoy, en circunstancias diferentes, Ayala Blanco trae bajo el brazo tres libros, uno de ellos digital. El desmontador de películas se encuentra feliz por sus “trillizos” —me presume uno de ellos en el patio central de la ahora Cineteca Nacional que se encuentra en el inicio de un cambio facial. Estos libros son La justeza del cine mexicano; La cartelera cinematográfica 1912-1989 y El cine actual, verbos nucleares.

“En el cine y en cualquier parte, el tres es un sinónimo de inteligencia, porque hay toda una idea de los ritmos binarios y los ritmos ternarios. Entonces cuando sólo tienes una bipolaridad es: agua o aceite, blanco o negro; pero cuando tienes un triángulo, puedes construir absolutamente cualquier figura. La geometría es el último grado de expresión matemática, entonces se puede graficar, por eso el triángulo siempre es la Santísima Trinidad, lo que explica tanto en términos místicos como en términos lógicos. Y en términos cinematográficos hay quien va a manejar la cifra tres por todos lados como Tres vidas y una sola muerte, de Raúl Ruiz”, agrega Ayala Blanco.

Los tres entierros de Melquiades Estrada (Estados Unidos, 2005), realizada por el actor Tommy Lee Jones y con un guión del mexicano Guillermo Arriaga —ambos ahí presentes— muestra la vida de un ranchero-cowboy estadounidense, Pete Perkins, y su amistad entrañable con un mexicano sin documentos, Melquiades, que vivía en Estados Unidos y fue baleado por la policía fronteriza. Fue la película con la que se inauguró ese año el festival.

Finalmente, el documental del mexicano Antonino Isordia 1973 (México, 2005) es la historia de “personajes que encarnaran tres conceptos de origen espeluznantemente humano: el poder, el amor y el odio. Que se pudieran convertir en tres formas de destrucción: la destrucción del orden, la autodestrucción y la destrucción de la familia”, advirtió el realizador al finalizar la exhibición. Que por qué todo esto, el recuerdo del tres en los tres me llevó, en suma, otra vez, al nueve y su genealogía. ®

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Publicado en: Cine, Diciembre 2011

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