OPTIMISMO APOCALÍPTICO

Leibniz, Voltaire, Pangloss y el mundo como un mecanismo perfecto

La autora nos introduce a uno de los personajes clásicos de la literatura, Pangloss, y usa su figura para discurrir sobre dos lecturas opuestas del mundo: el pensamiento optimista y el apocalíptico.

Jefferson Joseph, Dr. Pangloss

1. El año de 1755, cuando el racionalismo iluminista vivía su más espléndido auge, se produjo el famoso terremoto que destruyera Lisboa en gran parte y provocara la muerte de miles de personas. Se estremecía en sus fundamentos la visión de un mundo ordenado que parecía sencillo de describir a través de las ciencias exactas. Entre tanto la razón humana se hallaba claramente desconcertada. Por no prever, no ser capaz de poner remedio, no poder explicar de manera satisfactoria a las víctimas por qué precisamente a ellas les sucedía una desgracia. Como por lo general en esos casos, se comienza a buscar los errores en los argumentos de siempre y por supuesto también algún chivo expiatorio. En el Cándido Voltaire recuerda que, siguiendo a los sabios portugueses, la predicción del futuro terremoto habría evitado la muerte de mucha gente. Como víctima se hallaba —entre otros predestinados— el filósofo Pangloss, adepto del entonces incipiente optimismo de Leibniz. Y aunque el día de la ceremonia lloviese, la muerte envolvió a Pangloss en llamas y éste envidió a los ahorcados por encima de las ruinas de la ciudad. Así colgados, se repetió desde luego mentalmente, vivían en el mejor de los mundos posibles donde todos los eventos están concatenados y cada efecto encuentra su propia causa. Por lo demás, también queda su cosmovisión, ya que la situación se complica; más tarde el encuentro con antiguos amigos al inicio de la narración vendría a ser un elemento importante en la construcción literaria.

Además es necesario reparar en un hecho: un condenado a la horca que se salve no constituye un fiel seguidor de las ideas de Leibniz ni un agudo lector de los escritos de aquel filósofo sino que está repitiendo algunos hallazgos suyos, tesis divulgadas, simplificadas y extendidas. En cierto sentido, Leibniz es responsable de las complicaciones mentales del Siglo de las Luces, como Pangloss del terremoto de Lisboa.

2. Este procedimiento no bastó para disuadir a Pangloss de convicciones filosóficas coherentes. Queda dicho que, de acuerdo con él, en medio de los acontecimientos existe una relación de causa y efecto muy precisa. El mundo es así un mecanismo que funciona a la perfección. ¿Quién creó este mecanismo? A decir verdad, Pangloss no se pronuncia en este rubro, aunque es posible imaginar que el modelo de sus contemporáneos coindice con el autor del pensamiento exacto, el Gran Relojero, el cual completó su obra, la puso en marcha y no se interesó por sus avatares insignificantes. El Dios de Pangloss no sería pues una persona que puede entusiasmarse, respetar, amar o por lo menos pedir lo necesario. Vale la pena observar que a los ricos en el Cándido, aun en los momentos más críticos, no les pasa por la cabeza invocar ayuda divina, pues es necesario igualmente reconocer con justicia que no culpan a Dios de sus fracasos. En resumen, Pangloss estaría más cerca de la religión natural que, sin necesidad de ningunas manifestaciones externas, profesaron aquellos privilegiados quienes habitaron en El Dorado: hay un Dios al cual se le debe gratitud por un mundo perfecto y sus sacerdotes son todas las personas no limitadas por instituciones ni organizaciones. Esa religión es impuesta por la razón y obedece a la moralidad de la sociedad.

Pangloss ilustró el ejemplo clásico del deísta del siglo XVIII. La razón se dirige —y de acuerdo con él— constituye una cosmovisión en la que Dios ocupa un espacio limitado, subordinado, incluso supeditado a otro, si es que así puede decirse. El ser humano es quien ocupa la posición central. Éste es bueno por naturaleza, como los impolutos moradores de la civilización de El Dorado, pues no ha sido tocado por la mancha del pecado original. Tiene naturalmente un defecto y es que en el trato con el prójimo presenta un aspecto más malo que bueno; de él dan expresivo testimonio los lances de los ricos en el Cándido, si bien siempre es posible distinguirlo de las instituciones viciadas de la corona, la iglesia y el capital, pues se halla abocado hacia la razón innata por cuidar de su jardín.

En apariencia nada impide que un hombre individual se erija en autor de su propia fortuna. Es cierto que hasta ahora no ha cosechado en ese campo demasiados éxitos, más aún, no ha sabido sacar el debido provecho de la razón. En realidad, los deístas del siglo XVIII pensaban, al igual que los pelagianos del siglo V de la era cristiana, que la salvación puede alcanzarse de manera limpia, por medio de las fuerzas naturales, sin necesidad de Jesucristo ni la gracia divina. Por otra parte, no tenía sentido implorar esa gracia si se considera que Dios, una vez creado el mundo, ha dejado de interesarse por su suerte.

3. Por encima de los escombros y las ruinas de Lisboa pendía, en suma, la personificación de la más excelsa y prolífica imagen del racionalismo iluminista. La idea misma de cuánta desdicha puede desprenderse de un contrecho cadáver provoca terror. Sin embargo, no hay que buscar refugio en el futuro. Vale la pena más bien preguntarse si en verdad se trata de una concepción apocalíptica, pues aun reprobando estos supuestos ontológicos de a quién se dirigía Pangloss, ¿será posible hablar en general de un mensaje apocalíptico? Si cada imagen de sufrimiento compartido que surge de pronto corresponde al Apocalipsis más célebre, es decir el de Juan.

Todas las degracias, y en particular los desastres que afectan a millares, motivan representaciones. Ésta es naturalmente ocasión para proponer nuevas obras, ideas o soluciones creativas a antiguos problemas, aunque también un momento en que de los escondrijos individuales y de la conciencia colectiva emerjan las más horripilantes pesadillas —reminiscencias siempre actuales y difundidas también a través de la literatura, la iconografía y el cine. A manera de nuevos experimentos trágicos, hay que tratar de aplicar viejos esquemas, pues hallar similitudes afines calma a menudo necesidades emocionales: provoca una sensación tranquilizadora de comunidad con los demás, quienes han padecido antes, abrigado esperanzas de hallar una salida de una situación compleja o bien sublimar —montar en un gran escenario de teatro— una esperanza común, ligada a la condición humana del dolor.

Los textos apocalípticos de la Biblia, sobre todo el más importante de ellos que es la revelación de san Juan, se sirven de manera particular de este tipo de invocaciones. Eso se desprende del carácter de la Biblia, la cual constituye un auténtico documento de cultura así como una fuente de interpretación inagotable de los acontecimientos, y como dicen los malintencionados, contiene pasajes que pueden justificar todos los puntos de vista y las actitudes. No asombra por tanto que indescriptibles desastres naturales, epidemias, guerras, y por último también catástrofes tecnológicas y en las telecomunicaciones, que traen a la memoria de tantos los jinetes del Apocalipsis y, después de este evento, no hay más que esperar el no muy lejano fin del mundo y el Día del Juicio. En tiempos violentos se evoca la figura del dragón que personificará a Satanás, se habla de él en relación con las siete plagas y que estará sentado junto a la Bestia y la gran Ramera. Mas raramente se recuerda que al inicio del Apocalipsis se leen las siguientes palabras: “Ya no temas” (Ap 1, 17) pues, tras el fin, ha de surgir una visión de la Jerusalén celeste.

4. La contemplación del mundo a través del prisma del Apocalipsis inclina, más bien constriñe a juicios escatológicos acerca del fin, la completitud de los tiempos —o por lo menos de cierta edad— y finalmente el sentido de la historia. “Ya nunca será como antes”, se dice cuando acontece algo que rebasa las propias expectativas modificando el ritmo cotidiano. Así concluye un pasaje de una biografía individual y se inicia la etapa siguiente. Trasformaciones similares se suceden, desde luego, en la historia de la humanidad y se observan sobre todo cuando las acompaña un derramamiento de sangre. Sin duda alguna, el antes evocado terremoto de Lisboa pertenecía a este tipo de acontecimientos cruciales.

Hay que volver pues a Pangloss, el filósofo de la Ilustración, y preguntarse si ante desgracias tan monstruosas es posible en general interpretar la realidad mediante categorías apocalípticas. O si para analizar este problema es necesario evocar brevemente algunos principios aún válidos, ocultos en el Apocalipsis. Ante todo, el fin apocalíptico del tiempo no es un final sin más en una cadena de causas y efectos sino más bien es el resultado de la determinación divina, imprevisible para el hombre. “Estad atentos, pues no sabéis qué día ha de llegar vuestro amo” (Mt 24, 42). Dios ante el mundo no es indiferente ni abúlico y por tanto puede esperarse que en el momento justo, al aparecer el Anticristo, rasero absoluto de iniquidad, Él reestablezca el orden y la justicia, actuando de un modo nuevo, distinto de cómo ha sido hasta ahora. En las visiones del Apocalipsis se entrelazan, por así decirlo, dos mundos y dos historias: el mundo terrenal, visible, con su historia profana y el mundo sobrenatural, invisible, con su historia sagrada. Se sabe que el mundo temporal ha sido adulterado por el mal, si bien después de esta vida hay otra en la que habrá un juicio justo, es decir la gloria o la condenación. El fin de los tiempos es sólo la meta final hacia la que se dirige la historia profana. Su coronamiento ha de ser la segunda venida de Jesucristo, el cual vencerá al Anticristo y con él toda forma del mal. Justamente la proclamación del triunfo de Jesucristo y su iglesia constituye un consuelo eterno e igualmente un recordatorio acerca del deber de la incesante vigilancia y solicitud de eso que en el momento de la verdad no es posible hallar entre los condenados.

Mientras tanto el Gran Relojero no influye sobre el destino del mundo. No provoca eso que atormenta al hombre individual ni tampoco actúa domeñando el caos o la condenación universal. Su labor ya ha concluido. Si quisiera hacer cualquier enmienda, si escogiera otra manera de comportarse como hasta ahora, sólo desajustaría ese mecanismo perfecto. No le corresponde esperar la parusía —o segunda venida de Cristo— ni mucho menos el Juicio final. Para un exponente de la Ilustración que pensase como Pangloss sólo existe la historia profana, para la cual es posible suponer muchos cambios pero no por intervención divina.

Observando rigurosamente el razonamiento anterior resulta difícil esperar la venida del Anticristo. Por descontado que algunos personajes históricos puedan hacerse dignos de ese título, reconocido únicamente en sentido metafórico. Aplicando la razón, las personas deben alcanzar la felicidad y salir adelante a pesar de todo el mal, el carácter miserable de los monarcas y otras calamidades históricas. Si la salvación pudiera lograrse únicamente a través de medios naturales no habría necesidad de Jesucristo —incluso la estructura del mundo excluye su función salvadora. Para Pangloss y sus semejantes la única dicha radica en cuidar de su jardín y —de lejos— de las catástrofes universales. Formada en el materialismo mecanicista, la razón no permite confiar en la última victoria del bien o en la milagrosa trasformación de la realidad en la Jerusalén celeste.

5. Casi como escarnio para Voltaire en el Cándido escribe Leibniz: “El triunfo del Dios de la Ilustración, por gracia de la auténtica razón, es simultáneamente el triunfo de la fe y del amor”. La razón leibniziana no es pues autárquica, fiándose solamente de las capacidades humanas, creyendo en su carácter ilimitado y omnipotente como la razón de Pangloss. Para Leibniz la razón es un don divino, gracias al cual el hombre puede colaborar con Dios en el proceso de dar forma al mundo. El pensamiento del filósofo alemán no excluye, por tanto, la función salvífica de Jesucristo ni la perspectiva justa encaminada hacia la felicidad eterna en la Jerusalén celestial.

Resulta igualmente difícil censurar en Leibniz su optimismo irreflexivo, el cual de acuerdo con Voltaire establece, en el delirio de la argumentación, que todo es bueno aunque parezca malo. Este argumento resulta digno de recordarse ya que Leibniz nació en 1646, dos años antes del estallido de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), la cual provocó una fractura de Alemania por varios decenios, reduciéndose su población de 21 a 13 millones, con enormes pérdidas para el campo, daño de la economía y significativo debilitamiento de comerciantes y artesanos. La delicada situación general influyó en las acciones del filósofo alemán quien, por medio de sus empeños filosóficos y religiosos, demostró que la creencia en la perfección del mejor de los mundos posibles no está reñida con la necesidad del dinamisno humano. Leibniz reconoce, desde luego, la existencia del mal y lleva a cabo un análisis sumamente cuidadoso, es decir la esperanza cristiana prevalece en él por encima del terror de su época.

6. Es posible afirmar que el célebre optimismo leibniziano representa cierto género de optimismo apocalíptico, uno que no cierra los ojos ante las desgracias humanas sino las escruta y describe si bien, al mismo tiempo, al término de un arduo camino, acaba mostrándose la Bondad suprema. Este optimismo se funda en la convicción del racional, instituido y de continuo garantizado por Dios, principio del mundo. Ese que dice “Ya no temas” (Ap 1, 17) y más adelante “Soy el alfa y omega, el principio y el fin. De balde doy al sediento de beber del manantial del agua de la vida” (Ap 21, 6).

El optimismo del Apocalipsis se opone, sin lugar a dudas, al optimismo que algunos pintan como remedo de una esperanza contraria a las lágrimas. Pero tiene algo en común con el optimismo del racionalista del siglo XVIII, que finca toda su esperanza en la fuerza de la razón humana y no cambia ni de manera provisoria sus convicciones, incluso en aquella época en que pasaban desgracias que muestran cuán desamparado estaba ante el mal, a pesar de aquellas razones. El racionalismo del Apocalipsis, como hermosamente lo expresara Paul Ricœur, es esa concepción del mundo que permite sufrir, persistir en el deseo de ser y de esforzarse para existir en contra. ®

[Versión directa del polaco: Raúl Olvera Mijares]

Publicado en: Abril 2010, Ensayo

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