Orígenes, parricidio y nacimiento de un nuevo clásico

Prometeo, de Ridley Scott

La crítica más repetida a Prometeo es que no responde las preguntas que plantea. Nadie ahora diría que el monolito de Kubrick no responde a las preguntas que plantea. Esta acusación refleja una incapacidad de deleite estético y una especie de rencor contra un cineasta multifacético que no encaja en el molde del autor hollywoodense.

Fan fiction

Antes de que Ridley Scott filmara un solo fotograma de la que sería la secuela de su propia cinta clásica y de culto, Alien (1979), sabía que la controversia que se cocinaba alcanzaba niveles preocupantes y ponía en evidencia que el filme tendría que confrontar montañas de prejuicios. Así, la historia se convirtió en algo distinto: en una reflexión en torno al origen de nuestra especie en donde los xenomorfos (la especie extraterrestre biológica endoparasitoide que se ha convertido en un poderoso icono cultural en las últimas décadas) son hasta cierto punto una amenaza marginal. La crítica más repetida respecto de Prometeo es que no responde las preguntas que plantea. Nadie ahora diría que el monolito de Kubrick no responde a las preguntas que plantea. Esta acusación-mantra refleja una incapacidad de deleite estético y una especie de rencor contra un cineasta multifacético que no sabe encajar —ni le interesa— en el molde del autor, así como una reacción pavloviana a la maquinaria comercial hollywoodense.

Es cierto que hay razones para la desconfianza; basta considerar cómo se ha explotado la imaginería alien concebida originalmente por H. R. Giger, cómo se ha ridiculizado al ser cuasirreptiliano con doble mandíbula al volverlo una caricatura multiuso o al hacerlo oponente del Depredador (McTiernan, 1987, Hopkins, 90, Antal 2010), en la cada vez más inefable serie Alien vs. Predator (Anderson, 2004, Strause, 2007). Ahora bien, Scott no se convirtió en el director vivo más relevante de ciencia ficción por vender mercancía o explotar clichés, sino porque en sólo dos filmes de este género (Alien y Blade Runner, 82) creó historias seminales, inventó personajes emblemáticos de nuestra era, ambientaciones que han marcado nuestra imaginación y puso en escena hitos cinematográficos que han impactado la Zeitgeist, como la explosión-parto del pecho que sufre John Hurt o la despedida del replicante Roy Batty en la azotea del edificio Bradbury. Pocos filmes tienen fanáticos más devotos y feroces que esas dos cintas, por lo que cualquier incursión en ese terreno inevitablemente se encontrará con críticas y elogios apasionados y a veces desmedidos.

Amenazas e inquietudes

La crítica más repetida respecto de Prometeo es que no responde las preguntas que plantea. Nadie ahora diría que el monolito de Kubrick no responde a las preguntas que plantea. Esta acusación-mantra refleja una incapacidad de deleite estético y una especie de rencor contra un cineasta multifacético que no sabe encajar —ni le interesa— en el molde del autor, así como una reacción pavloviana a la maquinaria comercial hollywoodense.

Prometeo es un retorno a la narrativa claustrofóbica paranoica del primer Alien y a la previsible matanza de la tripulación de una nave espacial. En ella reconocemos elementos convencionales: una heroína voluntariosa —en el molde de Ellen Ripley (Sigourney Weaver) y Sarah Connor (Linda Hamilton) de la saga de Terminator— que, tras perderlo todo, se sacrifica para tratar de eliminar la amenaza planetaria, Weyland Corp, una gran corporación diabólica-mefistofélica (“Mundos mejores comienzan con nosotros”), un cyborg traicionero y numerosas persecuciones por los laberínticos pasillos de la nave y por la extraña pirámide del misterioso planeta visitado. Con estos elementos Scott demuestra un inmenso talento para manejar el terror, la tensión y la acción; asimismo, su escrupuloso y maníaco control de la producción se traduce una vez más en imágenes poderosas, deslumbrantes y cargadas de significados. Pero la cinta va mucho más allá y los laberintos físicos conectan las ansiedades de la tripulación con las inquietudes del realizador. El ejemplo más obvio es David (Fassbender), el androide-replicante con aspecto ario que establece de inmediato un vínculo con Blade Runner al confesar su deseo de matar al padre, algo que hizo Roy Batty (Rutger Hauer). Asimismo, Weyland Corp no pertenece a oscuros inversionistas sino al megamagnate faraónico Peter Weyland (Guy Pearce con kilos de maquillaje), quien a la manera de Eldon Tyrrell (Joe Turkel) en Blade Runner sueña emplear su poder monetario para “cambiar al mundo” (como declara en su conferencia en Ted, véase en YouTube): Tyrrell crea una “raza” de esclavos, Weyland quiere visitar al creador.

Origen

En la secuencia inicial vemos a un humanoide, un titán con piel de mármol blanquísimo (que obviamente evoca las estatuas griegas) que en una especie de paraíso, al que ha descendido de una nave, parece sacrificarse bebiendo una sustancia que literalmente lo desintegra. Ésta es una obvia referencia al Prometeo mitológico, pero en vez de entregarnos el fuego nos cede su ADN para dar origen a la vida en la Tierra. Milenios más tarde, en 2087, un par de antropólogos, Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y su amante Charles Holloway (Logan Marshall-Green) convencen a la corporación Weyland de que aquella vieja hipótesis de que la raza humana fue creada por extraterrestres, denominados aquí simplemente como los Ingenieros, puede demostrarse viajando al satélite de un planeta remoto al que hacen referencia numerosas civilizaciones antiguas como el origen de todo. Por su desobediencia Prometeo fue condenado por Zeus a que un águila le devorara las entrañas eternamente. Por su osadía, la nave Prometeo se aventura a una catástrofe.

Nombres reveladores

La nave de la primera película de la serie Alien se llamaba Nostromo, en referencia a la novela del mismo nombre de Joseph Conrad, en donde Nostromo (nostro uomo) es un exiliado italiano en el país ficticio de Costaguana que trabaja como capataz de cargadores del puerto de Sulaco (que es el nombre de la nave usada por los marines de la cinta Aliens; asimismo la cápsula de escape se llama Narciso en referencia a otra novela de Conrad, El negro de Narciso). Nostromo es respetado, estoico, temido y aparentemente incorruptible, pero es despreciado por la alta burguesía local. Ante la amenaza de una revuelta se le comisiona para que esconda un cargamento de plata y, por primera vez guiado por la ambición o el rencor, Nostromo decide conservar la plata aunque muere trágicamente en el intento. De la misma manera, la nave Nostromo es destruida porque el androide Ash (Ian Holm en Alien), bajo órdenes de la corporación Weyland-Yutani, intenta conservar y llevar a tierra al alien, el brutal xenomorfo, para reciclarlo como arma de destrucción masiva. La tripulación de esa primera nave consiste de seis trabajadores sindicalizados (y el gato Jones) que recorren el universo por un salario y los modestos beneficios que ofrece la corporación. Décadas antes, la nave Prometeo, con una convencional tripulación multicultural, pintoresca, hip de exploradores espaciales, científicos y técnicos al servicio de la corporación Weyland (Yutani aún no figura), se embarca en una misión aparentemente no comercial para descubrir los orígenes de la especie. Independientemente de la obvia referencia mitológica a Prometeo, la cinta también evoca a El moderno Prometeo, el subtítulo de Frankenstein, de Mary Shelley, el doctor que da vida a un monstruo, collage de cadáveres, sólo para arrepentirse de su creación. La obsesión por el conocimiento será aquí también motivo de arrepentimiento.

Religión

Una secuencia muy reveladora del carácter de este androide es aquélla en que lo vemos hablando con pantallas, recorriendo la nave mientras todos duermen, andando en bicicleta, comiendo (¿necesita un androide comer o beber?) y anotando canastas imposibles que nadie va a celebrar. Estos actos juguetones y gratuitos no parecen ser producto de una mente robotizada.

Elizabeth Shaw (Rapace) destaca entre la tripulación por ser la única que tiene una especie de fe. Cuando le piden pruebas de que el darwinismo es un error ella sólo responde: “He elegido creer”. Esta hija de misioneros que creció viendo pobreza e injusticia luce una cruz en el cuello que, más que representar devoción cristiana, es un símbolo de su curiosidad por lo que representa la religación con lo divino. La prueba de que su fe no sigue dogma alguno es que no cuestiona la urgencia de cometer pecado mortal, como al practicarse un aborto (en una de las escenas más impresionantes y brutales del cine reciente) o en su deseo de visitar y quizás desafiar a los Ingenieros de la humanidad que súbitamente cambiaron de opinión y decidieron eliminarnos. Para exacerbar la ironía Prometeo llega a su encuentro con los Ingenieros de nuestra especie precisamente en Navidad.

Parricidio e infanticidio

Así, del infanticidio que quieren cometer los Ingenieros pasamos al tema del parricidio, que domina la narrativa. El androide David, el hijo pródigo de Weyland, declara: “¿No es cierto que todo hijo quiere matar a sus padres?” David no tiene que recorrer el universo para encontrarse con su creador y sabe que su existencia no responde a ningún concepto metafísico, sino que fue manufacturado como sirviente, porque existía la tecnología para hacerlo. En su viaje cósmico los tripulantes humanos del Prometeo van a confrontar a un creador que no sólo no ofrece respuestas, sino que nos desprecia y nos considera desechables. Sabemos que los xenomorfos son fabricados in vitro y manipulados como armas de destrucción masiva; queda por descubrir cuál es nuestra función en el plan maestro de los Ingenieros.

Orígenes sórdidos

No sabemos qué le ha sucedido a la civilización de los Ingenieros, pero cuando Prometeo llega a su destino descubre montones de cadáveres y, dado que en milenios nadie fue a recoger a los muertos, a reconstruir y volver a echar a andar sus proyectos suspendidos, podemos imaginar que sucedió una catástrofe mayor. Es de imaginar que ellos mismos sucumbieron a la maldición de Prometeo y en su empresa de diseminar su ADN por el universo algo salió terriblemente mal y que de alguna forma acaso nosotros fuimos culpables. Esta visión oscura de nuestros orígenes es muy distinta de aquella imaginada en Misión a Marte (Brian de Palma, 2000) e incluso en 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 1968). Prometeo no nace en un vacío sino en una era de capitalismo zombi (como lo ha llamado Krugman), de gigantescas desgracias que se suceden apenas dando un respiro (calentamiento global, tsunamis, terremotos, catástrofes atómicas, derrames petroleros y guerra sin fin) y ese malestar se refleja la idea de que una especie superior quiere eliminarnos.

El solitario superdotado

Ahora el enfoque ha cambiado y los intereses corporativos parecen superfluos comparados con la necesidad de responder a las preguntas esenciales: ¿Qué somos, de dónde venimos y por qué estamos aquí? Scott y sus guionistas aventuran una narrativa que juega con esas preguntas, pero responderlas no es su tarea; nadie que no sea un dogmático, un demagogo o un profeta puede atreverse a responderlas.

El androide David (Fassbender), quien tiene el mismo nombre del astronauta de 2001: Odisea del espacio y fue creado a imagen y semejanza del hombre para que sus colegas humanos lo aceptaran como uno de ellos, es uno de los cyborgs más complejos de la historia del cine; no es un villano como Ash (Ian Holm, en Alien) ni un héroe sacrificado como Bishop (Lance Henriksen en Aliens); tampoco está atormentado por una misión redentora como la de Batty, a quien no le interesa saber por qué fue creado y sólo quiere más tiempo para vivir. David obedece a Weyland y mantiene una agenda secreta que parece ser la misma que tenía Ash, mientras hace creer que sirve a la responsable de la nave, la gélida Meredith Vickers (Charlize Theron), una comandante sospechosamente similar a Ripley (Weaver). Incluso antes de convertir a Charles en un vehículo para inseminar a Elizabeth con un xenomorfo le pregunta: “¿Qué harías para obtener las respuestas que viniste a buscar?” A lo que él responde con un comprometedor: “Todo y cualquier cosa”, que puede ser imaginado como la autorización que requiere David para llevar a cabo su cruel plan. Éste es un androide vanidoso que se identifica con Peter O’Toole en Lawrence de Arabia (Lean, 1962), tanto en su apariencia como en su posición como outsider, como intermediario entre culturas. Su comportamiento dual evoca a Hal 9000 de 2001: Odisea del espacio, su destreza física recuerda a la Ripley híbrida humano-xenomorfa de Alien Resurrection (Jeunet, 1997), pero además tiene una actitud de sutil desafío y desprecio que no parece ser resultado de su programación. La breve conversación que mantiene con el Ingeniero sobreviviente es un misterio y será por años motivo de debate: ¿provocó su ira deliberadamente?, ¿trató de manipularlo?, ¿fracasó? Debido a sus habilidades cognitivas, así como a su capacidad para especular, David parece ser más humano que lo humano; sin embargo, su creador y padre putativo, Weyland, declara (frente a su hija sanguínea): “David es lo más parecido a un hijo mío, pero nunca morirá y nunca tendrá un alma”. Es claro que David (que en hebreo significa el elegido de Dios) sirve como nuestro reflejo, por tanto nos obliga a preguntarnos qué es el alma, y si es ése el fuego que Prometeo robó para nosotros. La frase que David memoriza de Lawrence de Arabia es: “El truco es no darle importancia al dolor”, lo cual parece ser su estrategia para soportar su condición de esclavitud. Una secuencia muy reveladora del carácter de este androide es aquélla en que lo vemos hablando con pantallas, recorriendo la nave mientras todos duermen, andando en bicicleta, comiendo (¿necesita un androide comer o beber?) y anotando canastas imposibles que nadie va a celebrar. Estos actos juguetones y gratuitos no parecen ser producto de una mente robotizada.

Preguntas y secuelas

Ésta es una saga extremadamente ambiciosa, construida a partir de mensajes a través del tiempo; desde los grabados hechos por civilizaciones antiguas hasta la despedida de la bitácora de Shaw, pasando por el llamado de auxilio al que responde el Nostromo, son mensajes en una botella tirados al infinito océano cósmico. Prometeo, como el monstruo de Frankenstein, por momentos parece un collage fílmico, un metafilme compuesto de una diversidad de imágenes cinematográficas, homenajes, citas, paráfrasis y contrapuntos que van desde Kubrick hasta la pornografía tentacular japonesa. Es una cinta compleja, un filme-rompecabezas que exige verse varias veces y para el que Scott y sus guionistas Damon Lindelof y Jon Spaihts han inventado un universo amplio y deliberadamente han dejado docenas de hilos sueltos para extender las posibilidades narrativas y de la imaginación. El simple hecho de que Scott haya reclutado a Guy Pearce para interpretar a Weyland (en vez de haber elegido a un actor anciano) y que esté circulando en YouTube el video de la conferencia de Pearce, en el papel de un Peter Weyland joven en un futuro foro Ted, nos anuncia que este personaje tomará mayor relevancia en los episodios posteriores.

Preguntas proverbiales

En sus orígenes Alien era un filme en el que el mal radicaba en una gigantesca corporación que explotaba minas en la galaxia, producía armas y sacrificaba a quien le estorbara. Ahora el enfoque ha cambiado y los intereses corporativos parecen superfluos comparados con la necesidad de responder a las preguntas esenciales: ¿Qué somos, de dónde venimos y por qué estamos aquí? Scott y sus guionistas aventuran una narrativa que juega con esas preguntas, pero responderlas no es su tarea; nadie que no sea un dogmático, un demagogo o un profeta puede atreverse a responderlas. ®

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Publicado en: Agosto 2012, Cine

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