OTRO ESTADIO DE LA TRADICIÓN

Terapia para los técnicos nacionales

Una vez pitado el final del encuentro en Rustemburgo, quedó claro que la derrota nacional en aquella ciudad sudafricana se había bifurcado. México perdió con Uruguay en la cancha. Y Aguirre con Doménech en su particularísimo Mundial de la estulticia.

Algún sociólogo, acaso con estudios complementarios en psicología lacaniana, debería hacer un estudio del temperamento nacional a partir de los desvaríos tácticos de sus directores técnicos en Mundiales. En la época moderna, podríamos trazar el origen de esta genealogía del despropósito hasta México 86. En el último mundial en que el Tricolor fungió como anfitrión, Bora  Milutinovic reencarnó ejemplarmente el estoicismo de Séneca al negarse a abandonar su esquema de cinco mediocampistas y un solo delantero y, sobre todo, enfureció a los aficionados de la República al preservar a El Abuelo Cruz en una suplencia permanente. De allí, la historiografía nos lleva a repasar la excentricidad del ideario de Mejía Barón en Estados Unidos 94: la titularidad inaugural de El Cadáver Valdéz, el “par de narices” que jamás se dilataron bajo la canícula de New Jersey, la inmovilidad para variar mientras una Bulgaria fundida oraba por llegar a los penales.

La sucesión de desvaríos ofrece más motivos para las lágrimas. Lapuente incrustando a Rodrigo Lara como defensa central en Francia 98, sólo para favorecer el instinto goleador de Jürgen Klinsmann. Aguirre sustituyendo a Ramón Morales, su jugador más incisivo, para consolidar la reedición de la Batalla del Álamo contra Estados Unidos en Japón/Corea 2002. Acaso la excepción sea Ricardo Lavolpe, que demostró la necedad desde antes del inicio del certamen, al dejar fuera del equipo a Cuauhtémoc Blanco e incluir, iniciando una cadena de eventos desafortunados, al Guille Franco, quien lo único que parece haber madurado en cuatro años es su dislexia balompédica.

Lo sucedido ayer en la tierra de Mandela corrobora que la raza de entrenadores forjados al amparo de la “Liga de las Américas” sufre de una especie de síndrome cuadrienal cuyo síntoma más importante es, sin lugar a dudas, la acumulación de decisiones oblicuas, al menos desde la perspectiva hermenéutica más rudimentaria. Escarbando en aquellas zonas insondables de la personalidad que Gombrowicz llamaba “patios traseros”, podría aventurarse que, en abono directo de nuestra más honda raíz melodramática, nuestros entrenadores prefieren someter a la colectividad al flagelo del victimismo. Imposible ganar y convencer, impensable cumplir el objetivo sin el signo del sobresalto; se ha de avanzar mediante la puesta en acción del titubeo y el abandono sumiso a las espirales de la complicación. Para qué ganar a Uruguay y esperar a Corea del Sur cuando se puede perder sin miramientos, sembrar hectáreas con dudas y enfilarse al matadero contra Argentina, auténtica némesis que despierta en el equipo tantos temores como tendencias, casi siempre frustradas, a la épica de bolsillo.

Cierto es que la sintomatología de nuestra mediocridad futbolística, como la falta de profundidad, la ausencia absoluta de contundencia o la ciclotimia, no se remediarán con un par de decisiones tácticas, pero lo sucedido la tarde de ayer en la patria de las vuvuzelas confirma a Aguirre como un contribuyente significativo a esa estela histórica de necedad. La inclusión desde el inicio de Blanco, que a sus 37 años fue sometido a un previsible arrastre lento por parte de la defensa uruguaya; la sustitución en el entretiempo de Guardado, el único jugador que causó algún peligro en la primera parte, y, sobre todo, su aferramiento a las cuestionables capacidades de Franco, que hasta ahora se han limitado a encolerizar a la turba y a poner a todo un país en su contra. Ahora habrá que intentar corregir todo sobre las rodillas para encarar a un rival evidentemente superior. Lo más probable es que, de acuerdo al sino invariable de nuestra identidad futbolística, el equipo vuelva a jugar como nunca y a perder como siempre. Ese el escenario optimista. Del pesimista mejor ni hablar mucho. Aunque el hecho de que en el otro banquillo se siente Maradona, campeón mundial vitalicio de las contradicciones, habilita el remozamiento de nuestro pírrico camino de ilusiones, amparado bajo la desesperante consigna de “sí se puede”. ®

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Publicado en: Barra brava, Junio 2010


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