OTRO MUNDO

Cuaderno de viaje: Perú

Al viajar uno se lleva sus 206 huesos y todos sus gustos y repulsas.
—Juan Villoro

Viajar no sólo es conocer otras formas de existir, sino existir de otras maneras. Saber que hay una vida más allá de nuestras narices. Y muchas vidas simultáneas poblando el mundo.

El periplo se prolonga harto tiempo después de volver a casa. En ese estado alterado de la realidad cuyo efecto no sé si terminará algún día leí Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán, libro de viaje de Juan Villoro. Disfrutable e inspirador. Inspirador, sin embargo, no significa que coincido en todo con el autor. De hecho, tengo unas objeciones.

Villoro dice (terminó de escribirlo en los noventa): “Hasta entonces yo entretenía la esperanza de que no fuera una extranjera, ¿pero puede haber algo más irreal que una mexicana de viaje sola? La soledad es un caso de alarma para las mexicanas…” Por lo general los prejuicios son el resultado de una experiencia vivida más de una vez, pero las afirmaciones basadas en ellos dejan de lado otras posibilidades, aunque sean pequeñitas.

El caso es que decidí viajar sola a cuatro países de Sudamérica durante dos meses (no con el afán de demostrarle a Villoro lo contrario a su afirmación, pues el libro lo leí a la vuelta de mi viaje, sino por un placer personal).

Compré boleto de avión Guadalajara-Ciudad de México-Lima con la intención de conocer también Bolivia, Argentina y Uruguay.

Entiendo por qué Villoro dice lo que dice, porque durante mi viaje sudamericano no encontré jamás una mexicana viajando sola. Pero tampoco encontré una mexicana viajando acompañada ni un mexicano viajando solo ni acompañado. Vi a un tapatío conocido mío que vive en Cochabamba y a una mexicana querida amiga mía viviendo en Buenos Aires. Ese fue mi contacto con mexicanos en dos meses.

Pedí un taxi, me despedí de mi madre que se haría cargo de mi gata Guillermina y comenzó el viaje. No recuerdo bien qué le respondí al taxista que había hecho la pregunta de rutina: “¿De trabajo o de placer?”

Marc Auge (Poitiers, 1935) dice que cualquier aeropuerto (o McDonald’s, supermercado, autopista, la habitación de un hotel o un Starbucks) es un no-where, un no-lugar, es decir, un sitio que podría estar en cualquier parte del mundo y da lo mismo, pues son espacios transitorios que no tienen la suficiente importancia para considerarse lugares.

Pero lo maravilloso de un no-where como el aeropuerto es que es ideal para mirar e imaginar historias: ¿A dónde irán esas dos rubias despampanantes que acompañan a ese viejo elegante de cara manchada? ¿Qué habrá detrás de la apariencia feliz de esa familia que parece que va a Disney? Él es guapo, de seguro un hombre de negocios. Y un mujeriego. Esa pareja de cincuentones que documentan cajas de cartón amarradas con mecates, unos paisanos que vuelven después de 25 años. ¿Y qué tal si ella también va de mochilera a Perú?

Paisaje aéreo

Los volcanes del Valle de México

Desde el avión el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl se veían hermosos, como si estuvieran allí sólo para dejarse ver (nunca he entendido cómo la gente es capaz de desperdiciar el paisaje tras la ventanilla de los aviones cerrándola, durmiendo o leyendo artículos turísticos). Luego aparecieron los fraccionamientos de interés social, como chips de computadoras y Tinacolandia.

La guía de viaje advertía tener cuidado con los taxistas peruanos, pero no me salvé de ellos, a pesar de haber pagado 25 dólares por el servicio en el aeropuerto.

Llegamos a la dirección que les pedí, el hostal Home Perú en Miraflores, uno de los distritos fresas de Lima, pero me impidieron bajarme del taxi argumentando que estábamos en un barrio peligroso lleno de prostitutas y monstruos. No les creí y aun así me llevaron al hostal que les dio la gana, que no estaba bien ni estaba mal, aunque sí caro (porque el cliente paga la comisión de los taxistas), a unas cuadras de la playa en Larcomar. Dormí y a la mañana siguiente decidí que ningún otro taxista me iba a ver la cara de turista.

Tomé el primero de 52 desayunos continentales (a saber: pan, café ralo salvo honrosas excepciones, como el de Home Perú, a veces jugo, mantequilla y mermelada), pagué la cuenta con sentimiento de coraje, tomé mi mochila y me largué.

A diferencia de la noche anterior el taxista me cobró sólo ocho soles y me dejó amablemente en la puerta del Home Perú, en avenida Arequipa. Me di cuenta de que los limeños son bastante hospitalarios y sus hombres en particular muy coquetos, me llegaban a sonrojar.

Me recibió amorosamente Kalúa, una perra criolla y racista. La pobre odia a los peruanos porque de pequeña fue maltratada por uno de ellos, luego la adoptó una extranjera y se la llevó a vivir a un hostal internacional, rodeada siempre de fuereños. Pero Kalúa reconoce el acento peruano y guarda rencor, así que cuando algún local llega hay que encerrarla.

Pagué por una cama en dormitorio compartido mixto, me ajusté la bolsita cangurera y salí a la vida limeña, ¡uyuyuy!

—¡Nasca, Tacna, Nasca, Tacna, Nasca, Tacna, Nasca, Tacnaaaaaaaaaaaa!— gritaba el chofer del colectivo que me llevaría al centro.

En ese momento decidí poner cara de limeña y comencé a disfrutar de la alegría de la ciudad, la vida cotidiana en los colectivos, con música guapachosa y hombres que gritan las rutas como cantando un trabalenguas e invitan a la gente a subir (con más énfasis a las muchachas).

Los microbuses de Lima son viejos, echan un humo espantoso, la gente va colgando en la puerta, no hay preferencias en las calles y por eso algunos viajeros consideran que esta ciudad tiene el peor transporte del mundo. Pero dicen eso porque no han venido a Guadalajara. En Lima por lo menos los choferes se preocupan por subir a la gente.

Caminé por el centro de Lima, entre las palmeras, delante de sus edificios coloniales con balcones de madera; un patrimonio bien conservado. Conocí el museo de la Inquisición. ¡Sí, el museo de la inquisición, con hombres de plástico escenificando torturas! ¡Qué ilustrativo! Después visité las catacumbas del convento de San Francisco, donde no tuve otro remedio que controlar mi claustrofobia y tratar de respirar profundo en ese espacio húmedo. Lo verdaderamente fascinante fueron los esqueletos y cráneos dispuestos en forma circular en la fosa más grande.

Después de unas cuantas horas tanto escenario tétrico me dio hambre.

El ceviche perfecto

A toda costa evité cualquier restaurant turístico. Iba en busca del ceviche perfecto, ese que según yo debían apreciar los limeños. Di con un lugarcito donde probé el manjar más fabuloso de mi vida: el ceviche, antecedido por una copita de leche de tigre (jugo de ceviche, vino blanco, ají, o sea chile, sal, pimienta…), que dizque afrodisíaco.

Para empezar el ceviche limeño no tiene nada que ver con ningún ceviche mexicano. Es otro platillo. Se sirve en trozos grandes de pescado, acompañado de cebollas, rocoto (un chile rojo y picante), granos de choclo (maíz), camote y algas. Cada sabor era para mí absolutamente nuevo. Y delicioso.

Allí hice mis primeras amigas limeñas que me invitaron a su mesa luego de que a cada bocado les preguntaba qué cosa era aquello. Madre e hija, Isabel e Ingrid, dedicadas a la música y estudiante de arquitectura, respectivamente, amorosas y hospitalarias las dos, una noche me invitaron a cenar a su casa en el tradicional distrito de Barrancos: una cena preparada por el chef de la familia, hijo de Isabel, pisco sour incluido.

Volví al hostal en un taxi. Había dos chicos más en la habitación y por un segundo me salió lo provinciana al saber que iba a compartir cuarto con dos varones, ¡uy! Luego dormí profundamente y sin sobresaltos hasta que salió el sol y un poco más. Los chicos ya no estaban.

Me levanté emocionada (tomé mi desayuno continental con buen café y jugo natural de papaya) y caminé por toda la avenida Arequipa hasta la playa, visité Larcomar, miré un rato a los surfistas y me cubrí del sol en un café.

Pedí expreso y helado de lúcuma. Comencé a planear mi viaje a Nasca, siempre lo había querido hacer y esta vez lo haría al día siguiente. Pero mi viaje se frustró porque hubo huelga de transportistas que tomaron el camino a Nasca.

Cusco desde Sacsayhuamán

Decidí irme a Cusco, aunque antes me comí un delicioso ají de gallina que viene a ser un mole en cuanto a consistencia, aunque en sabor no se parece a ninguno.

Esa tarde los meseros que supieron que era mexicana se desvivieron en hacerme probar su típica y deliciosa comida. Allí conocí la chicha morada, una refrescante bebida de maíz, piña, manzana, canela y azúcar y me enteré de que no conocen la jamaica. Me dieron a probar también una receta extraordinaria: papa a la huancaína (en Perú hay ocho especies y unas 2,300 variedades de papa).

Los meseros me contaron lo que ya sabía: todo Sudamérica creció y sigue creciendo con El Chavo del 8 y les enternece que el chavito quiera siempre una torta de jamón, aunque no tienen la menor idea de lo que es.

La verdad estaba nerviosa en el avión rumbo a Cusco, pues era un modelo pequeño de Star Perú, de ésos que se mueven con el puro pensamiento del piloto. Además había turbulencia.

Mate de hojas de coca

Le pedí un mate de coca (té de hojas de coca) a la azafata, estaba ansiosa por probarlo y quería prevenir el famoso soroche o mal de altura al llegar a Cusco. Pasaron unos minutos y el brebaje comenzó a relajarme: escribí en mi Moleskine: “El paisaje de nubes desde el avión es hipnótico, ¿tendrá algo que ver el mate de coca?”

El taxi me llevó del aeropuerto al hostal Pakcha Real, ubicado en la calle Tandapata, pero antes pasamos por el monumento a Pachacútec, el primer inca histórico y representante de una nueva época para el gran imperio del Tahuantinsuyo, hijo y sucesor de Viracocha inca.

El Pakcha Real era cálido y renté una habitación para mí sola durante una semana. Hacía un frío que calaba hondo, así que me abrigué con la chompa (suéter) andina por encima y los térmicos por debajo, bufanda, medias de lana, botas y chuyo (gorro peruano con orejeras). Salí a caminar para ver cómo se sentía mi cuerpo en esa nueva altura a tres mil 400 m.s.n.m.

Frío y altura bajo control, sólo tenía que moderarme en la caminata para evitar la pérdida de aire. La antigua ciudad en forma de jaguar comenzó a maravillarme: los edificios virreinales de techos de teja, muros de adobe y ventanas alargadas cortaban abruptamente con los cimientos de grandes piedras incas sobrepuestas, antiguas construcciones de aquella civilización poderosa y desaparecida. Me compré un choclo con queso (un elote cocido de granos gruesos con una rebanada de queso encima) a la vuelta de la calle más visitada, Hatun Rumiyuq, donde se erigió alguna vez el palacio de Inca Roca, custodiado en la actualidad por un hombre disfrazado de Inca Roca que además de hacer el ridículo pide dinero si lo tocan y hasta si lo miran.

Cayó un tormentón repentino y me resguardé en un café donde pedí otro mate de coca. Veía la lluvia por la ventana mojando el piso de piedra, el sonido era relajante, hasta que llegó a turbar la paz una flota de argentinos porteños que de turistas en Perú siempre se distinguían por ser gritones e insoportables.

De vuelta al Pakcha Real conocí a dos chicas chilenas que comían mango y me ofrecieron. Fue curioso, pero hicimos clic inmediatamente y compartimos el resto del viaje hasta que ellas volvieron a Santiago y yo continué viajando sola. Teníamos intenciones similares: no socializar con cualquier turista y conocer más a la gente local, evitar los tours en la medida de lo posible y conocer esos lugares por la libre.

Al trío viajero se unió Vero, la recepcionista del hostal, orgullosamente cusqueña (la mayoría de los cusqueños se sienten orgullosos de su pasado inca y de hablar la lengua quechua, además de español e inglés, por lo menos). Fue una maravilla conocerla porque eso significó la posibilidad de evitar esos tours para gringos jubilados.

Al calor de la Cusqueña (la cerveza) las cuatro nuevas amigas comenzamos a planear el viaje al destino de nuestros sueños (de las chilenas y míos): Machu Picchu.

Ir en tren era muy caro, además, nosotras queríamos hacer el camino del inca, un trekking de cuatro días, pero la cusqueña sabía que no era recomendable con esas lluvias extemporáneas que caían cada cuatro minutos sobre el antiguo reino del Tahuantinsuyo.

Estaba decidido: iríamos en bus hasta Aguas Calientes y luego caminaríamos en la madrugada hasta Wayna Picchu, la montaña más alta, para ver el amanecer. Me imaginaba derramando una lagrimita ante el vibrante espectáculo unificador del hombre con la naturaleza.

Decidimos ir el lunes o martes para toparnos con la menor cantidad de turistas posible, el fin de semana lo aprovecharíamos para hacer el obligado city tour y la visita a museos.

Otra cerveza Cusqueña y allí fue cuando Vero nos contó que se ha descubierto un nuevo Machu Picchu, que dentro de unos años gozará de tanta o más fama que éste. Se trata de Choquequirao, que en realidad es otra ciudad que se enlaza con Machu Picchu por el camino inca. Nos deslumbró la idea de ser una especie de exploradoras, de que nuestros ojos vieran el lugar antes que muchos otros ojos. Con esta idea nos fuimos a dormir.

El amenazador cielo de Cusco

Como decía, Cusco antigua tiene forma de jaguar. Fue diseñada así por los incas. Sus dientes, por ejemplo, son la ciudad angular de Sacsayhuamán, una fortaleza ubicada a una altura desde la que se mira entero el centro de Cusco. No fue un sueño, sino el city tour que hice yo sola a la mañana siguiente, con un guía insoportable y malhumorado que nos abandonó a mi nueva amiga de bus argentina (de Rosario) y a mí en las alturas de Sacsayhuamán: cuando bajamos el bus ya había partido y tuvimos que conseguir un taxi en la carretera que nos llevó hasta el siguiente destino: Tambomachay. En el taxi, compartido y destartalado, una lugareña nos advirtió que no era buena idea ir a Machu Picchu ni a Choquequirao, pues las lluvias estaban demasiado fuertes.

Alcanzamos al sinvergüenza en Tambomachay, un lugar considerado “el baño sagrado de los incas”, ya que dos de sus acueductos de tiempos incaicos originales confluyen allí y manan agua limpia todo el año. El guía puso cualquier pretexto absurdo y más tarde la agencia de viajes lo justificó. Así es en Cusco. Pero el agua que corre desde tiempos incas seguía corriendo sin que nada le preocupara.

Visitamos luego Koricancha o templo del sol, un recinto que en época inca fue uno de los más importantes, revestido con láminas de oro donde era venerado Inti, el Sol (los españoles lo desmantelaron y construyeron encima el convento de Santo Domingo), más tarde conocimos la construcción “militar” de los incas, Puca Pucara y terminamos en Qenko, un “templo” para ceremonias públicas en las que la chicha era importantísima, durante el incanato.

El Valle Sagrado de los incas es muy hermoso. Lleno de montañas que sobrepasan las nubes, una gama deliciosa de verdes, azules, rojos y morados. Miradores espectaculares. El pueblito de Colca, el valle de Urubamba, Ollantaytambo (donde se puede tomar café en un Inca Bucks), Quillabamba y Chincheros son lugares para quedarse algunas semanas por lo menos. Además los chiquillos de la región son encantadores.

Las cholitas (así se autodenominan las indígenas quechuas) de Chincheros nos mostraron en un patio dispuesto para ello cómo hacen los hilos con los que tejen chompas, chuyos, mitones y calcetas, desde que cortan la lana de las llamas, alpacas y ovejas, la lavan con una raíz del cerro y la tiñen con pigmentos de la tierra. Son simpáticas y bonitas, usan faltas muy rojas y cabellos muy largos.

Seguíamos viviendo Cusco y sus alrededores esperando el gran momento de conocer Machu Picchu y, si todo salía a la perfección, Choquequirao, para volver a nuestras tierras con la buena nueva de un lugar prácticamente descubierto por nosotras.

Pero nuestros planes de exploradoras —y aun los de turistas más convencionales— se vinieron abajo cuando cayó el diluvio sobre tierras incas. Machu Picchu se convirtió en una alta isla, pues la trayectoria del tren, puentes, carreteras y terracerías quedaron destrozadas y unos dos mil visitantes de todas nacionalidades atrapados en la cima.

La noticia llegó rápidamente a México y a todo el mundo y los viajeros comenzamos a recibir mensajes preocupados de familiares y amigos. El caso más sonado fue el de la joven argentina y un guía peruano que murieron en medio de un deslave mientras dormían en sus carpas (casas de campaña), hacían el camino del inca. El asunto había tomado dimensiones mayores, era ya una emergencia nacional. En la plaza de armas de Cusco había un centro de acopio para los damnificados.

Durante dos días los cuatro helicópteros que envió el gobierno peruano iban y venían a Cusco rescatando primero a los niños y a las mujeres, sin importar su nacionalidad, o al menos eso decían las noticias. Se respiraba un aire tenso y en la televisión comenzaba a hablarse de escasez de alimentos y bebestibles.

Tres días después llegó un argentino rollizo caminando desde Machu Picchu hasta el Pakcha Real, mochila al hombro. En ese trayecto había hecho todo el ejercicio de su vida, me confesó al calor de un mate de coca; luego detalló cómo el camino se desbarataba debajo de sus pies con la fuerza del agua y él y otros aventureros forzados tuvieron que subir a la montaña en repetidas ocasiones con el peligro latente de ser picados por algún animal ponzoñoso.

El argentino contó también que los turistas con más dinero coimaron (sobornaron) a los pilotos para ser rescatados antes que el resto. Los gobiernos de Chile y otros países enviaron ayuda económica y naves aéreas para recoger a sus paisanos. Aun así la operación continuaba con lujo de lentitud.

No creo que el gobierno de mi país hubiera mandado ayuda para dos o tres mexicanos (o una sola) que estábamos allí, ¿o sí? De todos modos lamenté no haber ido antes a Machu Picchu para vivir la aventura de la exploradora perdida y atrapada por las fuerzas de la naturaleza.

Ante la desilusión el universo nos recompensó con una sorpresa: el último paseo por los confines de Cusco resultó el más maravilloso de todos. Y por si fuera poco nos cayeron desde Chile unas sabias palabras de alguien que no conozco (y es mejor así): “No se perdieron de nada en Machu Picchu, yo fui una vez y no vale la pena, son puras piedras paradas”.

Las chilenas y yo logramos evadir el tour con agencia de viajes a los centros arqueológicos de Tipón y Pikillacta, gracias a que nuestra amiga Vero, la orgullosa cusqueña, decidió gastar su día libre en el hostal en llevarnos. Una gran guía turística sin fines de lucro que nos mostró cosas que no hubiéramos visto en grupo.

Lo que queda de Pikillacta es una especie de gran laberinto. Se sabe de ella que es una ciudad preinca y que fue habitada por los wari entre los siglos VI y XIII d.C., antes de que los hijos del sol formaran un imperio. Pikilacta en quechua significa “pueblo de pulgas” o “pueblo de piojosos” (nombre que se le dio al inicio de la colonia, claro).

Pero además de las piedras paradas nos mostró plantas y animales endémicos. Allí supimos que esa flor tan bonita en realidad es una mata de quinua real, un rico y nutritivo “seudocereal” similar a nuestro amaranto, con el que se preparan desde sopas hasta barritas integrales.

Ingeniería hidráulica en Tipón

Tipón está construida en la cima de una montaña. Para llegar tomamos un taxi que giraba por hermosos precipicios. El lugar nos pareció deslumbrante: una exhibición de ingeniería hidráulica de la época de esplendor de los incas; un sistema de terrazas horizontales y canales de riego verticales que dio como resultado un centro de producción agrícola importante, donde cultivaban hermosas flores para los templos y las casas.

Y el agua es, en este caso, el hilo conductor de la vida desde los incas hasta los quechuas que viven hoy en día en sus alrededores y siguen sembrando allí y en miles de terrazas más que les heredaron sus antepasados. Desde el siglo XIII y hasta nuestros días el agua ha fluido por los mismos canales.

Cansadas, nos tiramos en una de las terrazas a mirar el cielo, las hermosas montañas siempre aderezadas de nubes, la arquitectura de una civilización desaparecida y a escuchar el mismo sonido del agua correr que oían los incas.

El hambre nos asaltó y aún dudábamos en bajar. Lo hicimos al fin porque Vero aseguró que teníamos que probar el cuy, sí, el cuyo, la rata que comen en la zona, y nos dirigimos a buscar la mejor cuyería de la carretera.

Comenzó a llover y nos topamos de frente con el arcoiris de la cuyería donde pedimos un roedor dividido en tres partes (una de las chilenas no lo probaría) y una cerveza Huari gigantesca, para compartir. Nos sentamos cerca del horno de ladrillo, pues comenzaba a arreciar el frío. Las mujeres nos sirvieron una comida riquísima en carbohidratos: cuy (con todo y sus ojitos de no me comas), pasta y papa, y le chupamos al animalejo hasta los huesitos, sobretodo por vivir la experiencia, pero también por hambre y valentía. Fue una tarde inolvidable, las cuatro (Sole, Elisa, Vero y yo) consolidamos nuestra amistad de viajeras.

Regresamos por la noche a Cusco, cuando ya todo comenzaba a oler a encerrado. Los caminos a Puno, Arequipa, Ollantaytambo, Lima y cualquier otro destino en Perú estaban cerrados por la emergencia. La única posibilidad era seguir a Bolivia y parece que todos los visitantes que nos sentíamos medio asfixiados en la belleza de excesivo turismo de Cusco la tomamos.

Despedirnos de la encantadora Vero fue triste, pero Sole, Elisa y yo seguimos nuestro camino esa misma noche.

La terminal de buses en Cusco estaba llenísima. Gente durmiendo en los pasillos, como gatos recién nacidos acurrucados con su mamá.

En el baño de la estación de autobuses

En el baño un letrero nos hizo cagarnos de risa: “Prohibido lavarse cabeza, axilas y pies”, y debajo la gente se lavaba la cabeza, las axilas, los pies y otras partes del cuerpo. Semanas más tarde, cuando viajé en un bus de tres días desde Puerto de Iguazú, Argentina, hasta Lima, Perú, entendí la imperiosa necesidad de asearse donde fuera, y lo mejor que se pudiera.

La Vero se quedó sosteniendo sus 206 huesos en un hostal donde su jefe (también cusqueño) la trataba mal. Sole, Elisa y yo los llevamos a cuestas hacia Copacabana, Bolivia, por el gusto de seguir el viaje, en un bus de trece horas con escala de 240 minutos en la central de Puno: el absurdo boliviano comenzaba a hacerse presente, lo cual alcanzaba a caber en mi corta lista de repulsas.

Y ahora que lo pienso, cuatro mujeres terminamos reunidas en un momento de mi viaje a Sudamérica en 2010. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2010


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  • liana

    Yo conocí Machu Picchu en 1990, creo que éramos 100 turistas en total y me pareció impresionante.