Otros días, otros años

Recuerdo de Tlatelolco, 1968

En la novela–testimonio Otros días, otros años Luis González de Alba ofrece un relato agudo y sereno de la tarde del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, en el que no hay encono ni radicalismo.

La crónica continúa.

La crónica continúa.

A partir de las conversaciones que Luis González de Alba tiene con su amigo Pepe Mijares en la prisión de Lecumberri y que plasma en su novela Otros días, otros años podemos tener un acercamiento de lo que aconteció la tarde del 2 de octubre de 1968 en la unidad habitacional de Tlatelolco, donde un operativo con una mala planeación causó la muerte de 38 personas.

La novela Otros días, otros años (Planeta, 2008) es importante para ayudar a eliminar el radicalismo de activistas insatisfechos con los avances democráticos de nuestro país, pues olvidan que el contexto político y social en el que viven no tiene nada que ver con el de la generación de 1968. Por tal motivo, el autor recuerda que en sus años de universitario no existían partidos de oposición con posibilidades de competir en elecciones que generaran incertidumbre entre los votantes.

A partir del recuento que realiza Luis González de Alba podemos darnos cuenta de que después de tres años preso en la cárcel de Lecumberri su vida no giró en torno a ningún sentimiento de rencor o frustración, pues en el aspecto profesional puede presumir su desempeño como profesor universitario, divulgador científico, ensayista y escritor.

“A mi regreso de aquel exilio no oficial”, escribe González de Alba, “pues habíamos salido como turistas, busqué a Pepe en Lecumberri. Fue una emoción indefinible ver al viejo y sombrío edificio desde afuera… imaginé las crujías, las celdas, mi celda. Pero no se trató de miedo ni repulsión. Quizá una de esas miradas que dirigimos al ser querido cuando aceptamos la herida que nos infligió y que ya le hemos perdonado” (p. 150).

Despolitizados y a la moda

Con la finalidad de que las nuevas generaciones cuenten con información que les permita entender el contexto en el que surgió el movimiento estudiantil de 1968, Luis González de Alba explica que no fue el descontento por la “situación política”, como tampoco “la caridad por el prójimo” las circunstancias que causaron la huelga en la UNAM: “No fue eso, ni el cristianismo ni el socialismo, quienes produjeron las movilizaciones del 68, fue la fiesta, el carnaval contra la cuaresma obligada de México durante los últimos 50 años, contra el mural que nos pintaba una sociedad estática mientras el mundo se transformaba” (p. 103).

González de Alba señala que la mayoría de los jóvenes de la década de los sesenta del siglo pasado no se encontraban completamente politizados, y al igual que los estudiantes de estos tiempos, una de sus mayores preocupaciones era la de vestir a la moda. Aspecto que podemos constatar al leer su ensayo personal No hubo barco para mí (Cal y Arena, 2013), donde narra que al ser estudiante de la licenciatura en Psicología decide asistir a clases en el turno vespertino y se sorprende del nuevo ambiente con el que se encuentra: “… muchachas con botas y minifaldas de colores estridentes, alumnos ¡con huaraches!, barbas, pelos largos y sebosos, «periódicos murales» contra la guerra de Vietnam llenos de fotografías de aldeas incendiadas; en fin, la izquierda que yo no conocía” (p. 201).

A pesar de estar en contacto con compañeros que apoyaban el gobierno comunista en Cuba y mostraban oposición a las políticas intervencionistas de Estados Unidos, González de Alba especifica que antes de las movilizaciones estudiantiles de 1968 era difícil encontrar respaldo para alguna causa política de alumnos que no fueran de Derecho o Economía. Recuerda cuando en una ocasión caminaba rumbo a la cafetería de la Facultad de Ciencias Políticas y se encontró el jardín acordonado con cartulinas llenas de proclamas en contra de la burguesía, la guerra de Vietnam y en “¡Huelga de hambre en solidaridad del compañero Demetrio Vallejo!”;1 al acercarse reconoció a Romeo González Medrano, en ese entonces presidente del Comité Ejecutivo de Ciencias Políticas, y sin darse cuenta alguien alzó el cordón y lo empujó para que formara parte en una protesta que contó con la participación de no más de quince estudiantes.

A pesar de estar en contacto con compañeros que apoyaban el gobierno comunista en Cuba y mostraban oposición a las políticas intervencionistas de Estados Unidos, González de Alba especifica que antes de las movilizaciones estudiantiles de 1968 era difícil encontrar respaldo para alguna causa política de alumnos que no fueran de Derecho o Economía.

La política estudiantil se concentraba casi por completo en el ala de Humanidades, sobre todo en Ciencias Políticas, Economía y la cantera más fiel del priismo: la Facultad de Derecho, llena de aprendices de diputado. En Filosofía y Letras un pequeño grupo, el “Miguel Hernández”, llenaba los pasillos con periódicos murales contra la guerra de Vietnam y programaba actos que, “suponíamos, debían interesar a los estudiantes: una mesa redonda (aún no se llamaban paneles y un panel era una división vertical que aislaba un escritorio de otro en una oficina, o un panel de instrumentos), un recital poético, otro de música…, en fin, lo que la imaginación y el calendario de centenarios diera” (p. 45).

Asimismo, rememora el autor dos acontecimientos que antecedieron a las movilizaciones estudiantiles de 1968 en nuestro país. Uno de ellos fue el Congreso Estudiantil Revolucionario que se organizó en ese mismo año en la UNAM y donde debatieron puntos de vista sobre la manera en la que se debería orientar una revolución, ya fuera de corriente maoísta o trotskista. Ese congreso quedó en el olvido cuando el 26 de julio estudiantes del Instituto Politécnico Nacional protestaron por la forma violenta en la que la policía trató de poner orden en una trifulca callejera que se originó durante un partido de futbol, en donde participaron alumnos de una vocacional del Politécnico; ese mismo día miembros del Partido Comunista marcharon para conmemorar una aniversario más del inicio de la Revolución cubana. Ambos contingentes se encontraron en la Alameda y un sector de los participantes intentó continuar hasta el Centro Histórico, pero un grupo de granaderos se los impidió: “Algunos propusieron seguir hasta el Zócalo: el corazón de México reservado entonces para el PRI y sus muestras de apoyo al Señor presidente en turno y que hoy cualquier grupo, grande o minúsculo, ocupa por miles de razones hasta con tiendas de campaña y anafres para guisar. Imposible llegar aquella tarde del 26 de julio: aparecieron camiones de granaderos y apalearon a los que ya se encaminaban por 5 de Mayo y por Madero” (p. 58).

Asimismo, en aquella época era impensable que existieran periodistas con una línea editorial como la de Carmen Lira, directora de La Jornada, o Carmen Aristegui, titular del portal de noticias con su nombre, porque “toda la prensa era idéntica porque repetía simplemente los boletines oficiales de cada dependencia, así que ni siquiera la redacción de la misma noticia variaba mucho; la vida cultural era asfixiante: la censura ejercía su poder absoluto en el cine, donde seguía enlatada un película inocua, como La sombra del caudillo; […] un terremoto político sacudió al Fondo de Cultura Económica y su director debió renunciar por el pecado contra la patria de haber publicado el estudio sociológico Los hijos de Sánchez, donde se demostraba que los mexicanos eran pobres (pp. 89-90).

Un amigo en Lecumberri

La novela Otros días, otros años narra la manera como Luis González de Alba fue escribiendo su crónica Los días y los años (Era, 1971),el surgimiento de su amistad con Pepe Mijares, aspectos alegres de la vida del autor —como cuando viajó por primera vez a Francia y conoció a nuevos camaradas—, pero también describe momentos tristes, comolos relacionados con la aparición del VIH.

El primer contacto entre González de Alba y Pepe Mijares fue un fraternal apretón de manos seguido de la frase: “Estoy contigo”. Esa expresión en un principio le pareció una muestra de apoyo al movimiento estudiantil, y por el cual se encontraba preso en Lecumberri, aunque tal interpretación no lo convencía. Al volver a escuchar esas dos palabras cuando se encontraron de manera inesperada en la avenida de los Insurgentes confirmó que tenía razón al dudar sobre su connotación política.

En una charla González de Alba le informa a Pepe Mijares que el movimiento estudiantil no buscaba generar una revolución, sino el simple cumplimiento de las seis demandas de su pliego petitorio,2 y que con el paso de los años se volvió crítico de los puntos en relación con la desaparición de los cuerpos de granaderos, como lo escribe en “1968. La fiesta y la tragedia” (Nexos, septiembre de 1993).

De esta forma, mientras transcurría la estancia de Luis González de Alba en la prisión, su crónica Los días y los años comenzaba a adquirir forma, pero había algunos acontecimientos que no sabía cómo abordarlos debido a que no contaba con la suficiente información. Uno de ellos correspondía a lo que comentaban sus amigos sobre la manera en como actuó el ejército la tarde del 2 de octubre de 1968, ya que algunos contaban que los soldados los ayudaron a salir de la Plaza de las Tres Culturas cuando comenzaron los balazos, y su vez les informaban que quienes disparaban eran sus compañeros que se encontraban en el tercer piso del edificio Chihuahua.

Luis González de Alba.

Luis González de Alba.

González de Alba explica que la confusión sobre los acontecimientos de la tarde del 2 de octubre de 1968 pudo tener origen en la información que algunos periodistas comunicaron, como fue el caso de la reportera italiana Oriana Fallaci, quien aseguraba que hubo miles de muertos, pero esa cifra lo hacía dudar pues ninguno de sus amigos falleció o fue herido; además, en aquel mitin, de acuerdo con sus cálculos, no había más de cuatro mil personas.

El ejército, encargado de cercar al mitin para buscar dirigentes, vio los fogonazos desde la tribuna del edificio Chihuahua, y supuso que eran “los estudiantes” los que le disparaban y respondió el fuego. “Los muertos esa tarde fueron decenas. Nunca hemos tenido un número exacto, pero la investigación realizada a los 25 años de estos hechos dio un cifra similar a la publicada entonces: 36 civiles y dos soldados” (p. 94).

También narra el autor la falta de coordinación entre el Batallón Olimpia y los miembros del ejército, situación que pudo observar desde el tercer piso del edificio Chihuahua en el momento en que un helicóptero lanzó una bengala y dio inicio a la confusión que culminó con los hechos sangrientos.

El gobierno del presidente Díaz Ordaz dio esta explicación de la matanza ocurrida en Tlatelolco ese 2 de octubre: “La fracción de los líderes estudiantiles se armó y, con el fin avieso de levantar el movimiento, que iba en descenso, disparó fríamente sobre la multitud de sus propios partidarios. «Ya tienen sus muertitos», comentó Díaz Ordaz al conocer el parte militar” (p. 125).

A la versión oficial de los hechos se opone el relato de González de Alba y las preguntas que se hace: ¿Por qué el comando vestido de civil y con corte militar se sorprendió de los disparos que lanzó el ejército hacia el edificio Chihuahua? ¿Por qué gritaban Batallón Olimpia, no disparen? ¿Por qué los hombres de guante blanco en la mano izquierda pedían camillas para los heridos? ¿Quién dio la orden para que un miembro del Batallón Olimpia disparara ante los asistentes del mitin, los cuales eran dirigidos por el coronel Ernesto Gómez Tagle? ¿Por qué los soldados que avanzaban en la explanada bajo las órdenes del general José Hernández Toledo, quien resultó herido en aquella tarde, no estaban enterados de la presencia del Batallón Olimpia?

La posibilidad de haber evitado las muertes se encuentra en la apertura al diálogo que ofreció el gobierno y que los integrantes del Consejo Nacional de Huelga rechazaron porque consideraron que una llamada de las oficinas de Gobernación no era una invitación pública para discutir la manera de solucionar el conflicto.

Es necesario saber que había otra salida al movimiento estudiantil, lo cual no justifica la acción del ejército y del Batallón Olimpia la tarde del 2 de octubre, ni mucho menos la responsabilidad del secretario de Gobernación y del presidente. La posibilidad de haber evitado las muertes se encuentra en la apertura al diálogo que ofreció el gobierno y que los integrantes del Consejo Nacional de Huelga rechazaron porque consideraron que una llamada de las oficinas de Gobernación no era una invitación pública para discutir la manera de solucionar el conflicto. De igual forma rechazaron la invitación que Jorge Saldaña les ofreció en su programa de televisión para que explicaran sus demandas. “Pero si tuviéramos la opción de retroceder a los momentos en que algunos funcionarios nos llamaban, por las razones que tuvieran; si pudiéramos elegir entre la tragedia plena de gloria y la solución mediocre que fue posible en agosto, la única respuesta moral habría sido la vida: salvar las vidas perdidas en esos meses, en esa tarde. Se dirá que el solo planteamiento es absurdo, retórico, pues no hay máquinas del tiempo” (p. 122).

¡2 de octubre sí se olvida!

¿Tiene sentido golpear a policías con el pretexto de conmemorar un aniversario luctuoso del 2 de octubre de 1968? Al parecer los activistas se quedaron sin ideas; quienes nacimos en la segunda mitad de la década de los ochenta crecimos acompañados de un proceso de reformas electorales que en 1996 se tradujeron a escala federal en un Poder Legislativo plural, donde por primera vez el PRI perdió la mayoría absoluta, mientras que en el año 2000 se logró lo que los jóvenes de 1968 creyeron imposible: un presidente de un partido distinto al de la Revolución Institucional.

Por este motivo, al contar los ciudadanos mexicanos con libertad de expresión y para manifestarse, ¿por qué mantener la cultura política autoritaria que se formó durante los gobiernos herederos de la revolución mexicana? Por otra parte, es lamentable la banalización que se le da al término “presos políticos”, pues en la actualidad cualquiera puede serlo, basta golpear a un policía, escribir consignas anticapitalistas en los cristales de McDonalds o Starbucks o destruir su mobiliario y ser detenidos por estas acciones.

Otros días, otros años tiene una gran importancia en la actualidad para los estudiante que quieran informarse sobre el movimiento estudiantil de 1968. Finalmente, quienes quieran conmemoran un aniversario más de esa trágica tarde donde perdieron la vida 38 personas, deben recordar que muchos de los líderes del Consejo Nacional de Huelga, con el paso del tiempo, lograron ocupar puestos importantes de representación popular y otros optaron por la academia, el periodismo y la literatura, lo cual muestra que fue una generación que no tuvo como único destino el fracaso. ®

Notas

1 Demetrio Vallejo Martínez y Valentín Campa Salazar fueron encarcelados en 1959 por organizar junto con los trabajadores de Ferrocarriles Nacionales de México una huelga que demandaba un aumento salarial. Recuerda Luis González de Alba que en la juntas del Consejo Nacional de Huelga tenían que pasar horas para explicar a sus compañeros por qué pedían la liberación de estos presos políticos.

2 Los seis puntos del pliego petitorio del movimiento estudiantil eran: Disolución del cuerpo de granaderos; Indemnización de los heridos; Destitución de los jefes policiacos; Libertad para los detenidos durante las marchas que se iniciaron el 26 de julio de 1968; Libertad de presos políticos y derogación de los artículos 145 y 145 Bis del Código Penal Federal correspondiente al delito de disolución social.

Publicado en: Libros y autores

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