Paisaje con sicarios

Periodismo caliente

La violencia que mantiene en vilo a muchos, quizá demasiados, pueblos de México, ha causado también “daños colaterales” en el periodismo, esto es, ha derivado en una especie de periodismo experimental en donde se conjugan poesía, narrativa, crónica y testimonio.

cero

Quizá en un afán por elaborar una polifonía de voces de seres anónimos que carecen de voz para contar, de fe para denunciar o de valor para cobrar(se) venganza o de recursos narrativos para escribirlo, han surgido plumas y estilos de cronicar el aquí y ahora, de “medir” la temperatura a la violencia. Un ejemplo de este periodismo caliente se encuentra on line, en la revista Gatopardo correspondiente a julio de 2011, cuyo autor, Alejandro Almazán, redactó la Carta desde Durango, de donde se han tomado algunos pasajes para la elaboración de esta crónica. Crónica que se redondea con la descripción de una escena encontrada en una obra de Haruki Murakami y con una pincelada de ficción.

uno

Juan se acomodaba de costado. Con los ojos cerrados se imaginaba una fila de vacas que esperaban turno en el bebedero ese mediodía soleado de junio, cuando ya la temporada de aguas debía estar aquí. Pero la intensidad del sol le espantaba el sueño. Fue cuando se tapó la cabeza con la almohada. Ya tenía meses con el insomnio y con aquella historia que bullía en la cabeza: “Su padre fue secuestrado en Santiago Papasquiaro, su pueblo, y él se vino a Durango para pagar el rescate. Les habían pedido cien mil pesos y hasta las dos vacas que tenían. Dio con los secuestradores, pero éstos ya habían matado a su padre. Efraín todavía habló con su mamá, sólo para despedirse y, ya luego, por lo que vio el forense, lo torturaron, le arrancaron las uñas de las manos y lo asfixiaron. Tenía treinta y un años”.* Juan se levantó y a tientas buscó los cerillos para encender el quinqué. Luego alcanzó el cuaderno de apuntes de sus insomnios, el que había rotulado “Libreta uno”. Pasó y pasó las páginas escritas hasta que dio con la hoja blanca a rayas. Empezó por el título: ¡Diles que no me maten!

dos

Al parecer el asesino había diseccionado los órganos y se los había llevado, probablemente en bolsas de plástico. La cabeza había sido separada del tronco y colocada sobre la tapa del excusado mirando al frente. La cara mostraba multitud de cortes de cuchillo.

Su marido fue asesinado a finales de 1975. Nutmeg tenía entonces cuarenta años, su hijo, Cinnamon, once. Lo encontraron descuartizado en la habitación de un hotel en Akasaka. A las once de la mañana, la camarera había entrado en la habitación con la llave maestra y halló el cadáver. El cuarto de baño se había convertido en un lago de sangre. Toda la sangre del cuerpo se había derramado y el corazón, el estómago, el hígado, los dos riñones y el páncreas habían desaparecido. Al parecer el asesino había diseccionado los órganos y se los había llevado, probablemente en bolsas de plástico. La cabeza había sido separada del tronco y colocada sobre la tapa del excusado mirando al frente. La cara mostraba multitud de cortes de cuchillo. Al parecer, el asesino lo había degollado, luego había cercenado la cabeza y, por fin, había extraído las vísceras.**

tres

Las moscas que atraen los doscientos treinta y ocho cadáveres vuelan alrededor de nuestros rostros. El forense las maldice e intenta ahuyentarlas. Falla. Están hambrientas y no dejarán pasar aquel festín de carne podrida. Frente al olor tampoco lograremos mucho. Parece no haber tapabocas que contengan esa miasma que espanta, que desfonda. En algún momento le diré al forense que me siento pesado como si fuera uno de esos muertos que, desde abril, empezaron a brotar del subsuelo, quizá buscando su nombre, quizá buscando quién les rece un rosario. Él, con esa cara trabajada de quien ha asumido que la vida y la muerte no están en sus manos, apenas hace un guiño y se trepa a una de las dos cajas refrigeradas de tráiler donde la policía arrumbó a los difuntos como reses en carnicería. “Orita van a venir por éste”, me dice y abre ligeramente el costal. Yo sólo veo un esqueleto pelado por los gusanos.

Más tarde, por el forense y un pariente del difunto, sabré que era sicario, que lo reconocieron por el trozo de tatuaje que seguía aferrado a los restos de espalda y que, ironías de esta pinche vida, le gustaban las películas de balazos, y que a él lo enterraron en la finca que encontraron en las calles de Mario Almada y Valentín Trujillo […]

Cuando el forense baje rebotando al que fue sicario y se lo lleve para bañarlo en formol, la jaqueca ya me habrá orillado al vómito. Tendré que irme, pero el olor se me quedará en la ropa y el pelo. No recordaré el nombre de los muertos, pero sí el zumbido de las moscas. Y cuando tome carretera comprenderé que si el infierno existe, el estacionamiento de la fiscalía de Durango ha de ser una de sus estaciones.*

cuatro

Juan esperaba en la cantina Imperio, a un costado de catedral, con un caballito de tequila y una Victoria. Llevaba ahí una media hora, ya le había avisado al mesero que esperaba a un amigo de anteojos y de barba de chivo. Ya le había desairado una orden de tacos y una taza de caldo de camarón al mozo, que aprovechó el viaje con los limones y la sal para ofrecerle el menú del mediodía. El propio mesero le dijo al otro que no tenían, por el día de hoy, tacos de moronga. Juan prefería esperar a José para comer juntos, antes de conocer la opinión de sus manuscritos. Mientras aparecía su amigo, de regreso de Santiago Papasquiaro, concentró su atención en los corridos que interpretaba el ciego Melquiades, que ya había cantado “El corrido de Clara Aparicio”, que narraba la historia de una adolescente asediada a la salida del colegio por un burócrata de medio pelo y corbata de murciélago, quien frecuentemente la seguía hasta la parada del camión. Escuchar al invidente no requería de mucha ciencia pues las letras eran expresivas como una cámara de cine on record, por la fuerza plástica de los versos y las estrofas, por la cadencia del fraseo, etcétera.

—Juan —escuchó que alguien le hablaba, había llegado Pepe. Quizá, sólo quizá, irían juntos a echar un vistazo a las narcofosas recién descubiertas en el perímetro urbano.

cinco

Ella te contó que en uno de esos lugares a un habitante se le fue la camioneta al fondo de una presa, que tuvo que recurrir a buzos para tratar de rescatarla. Durante las maniobras de rescate el personal contratado encontró hombres atados y amordazados con una piedra sujeta a los pies para prevenir que emergiesen a la superficie, ya sin vida.

La señora viajaba a tu pueblo, acompañaba a su hijo de 46 años, sin el sentido del oído pues en una ocasión recibió una descarga eléctrica al coger un cable de alta tensión. Ella lo esperaría mientras el sordo viajaba a la población cercana y distante sesenta kilómetros, donde recogería a primera hora de la mañana un documento para volver de inmediato a la central de autobuses, donde ella permanecería hasta su retorno.

La charla comenzó cuando le avisaste que quedaba una butaca disponible a tu lado, en la central camionera del norte, donde estaban el martes pasado, mientras se llegaba la hora de abordar el Ómnibus de México que te traería de vuelta a casa. Fue inevitable enterarte de su vida vivida durante 76 años y su itinerario vital entre Durango, Jalisco y Zacatecas, escuchar nombres de poblados sólo conocidos por referencias: Nochistlán, Zapopan, Ramón Corona, Sombrerete, San Juan de los Lagos y cien más.

Ella te contó que en uno de esos lugares a un habitante se le fue la camioneta al fondo de una presa, que tuvo que recurrir a buzos para tratar de rescatarla. Durante las maniobras de rescate el personal contratado encontró hombres atados y amordazados con una piedra sujeta a los pies para prevenir que emergiesen a la superficie, ya sin vida; otros vehículos con cuerpos en el interior, sacrificados con violencia. Te viene a la memoria, de inmediato, el final de la novela El amante de Janis Joplin, de Élmer Mendoza; te llega también la reflexión de que las presas del país jamás se desazolvan, que en el lodo acumulado al fondo debe haber más cuerpos, según los años transcurridos desde que se edificó la presa o vaso contenedor.

Le recuerdas que la semana pasada las autoridades federales revelaron que en la “guerra personal” contra el crimen organizado se han contabilizado 28 mil víctimas, donde no se incluyeron a aquellos que abandonaron en tiros de minas horizontales y verticales, en barrancas, a los disueltos en ácido, a los cuerpos que reposan en fosas clandestinas, a los desaparecidos en la guerra sin cuartel entre las fuerzas oscuras del gobierno federal y ciudadanos inermes ahora llamados “ninis”, a los indocumentados que cruzan el río Suchiate procedentes de Centroamérica y que luego son sacrificados en forma salvaje en puñados de setenta y tantos en algún punto próximo a la frontera norte, como los encontrados ayer miércoles en el poblado San Fernando, Tamaulipas. Le recuerdas también que en esta “guerra ciega” todos hemos perdido a alguien, que todos hemos perdido el sueño, quizá también la capacidad de indignación.

Se acerca la hora de abordar el esperado camión: faltan veinte minutos para la salida. Le aviso a mi ocasional interlocutora que voy a comprar pastes, que si se le ofrece algo. Déjeme su maleta, me dice. En un instante calibro la posibilidad de que me eche a escondidas algún paquete o bolsa, ya que mi equipaje carece de candado. Le sonrío para decirle cuán innecesario es su favor pues la maleta tiene ruedas y es nueva, que en realidad no pesa el llevarla o traerla en un piso de mosaico.

—Pero qué desconfianza, si vamos a viajar juntos —le sonrío y me voy.***

seis

Déjame decirte que yo nada más obedecí órdenes. Que hay que levantar a éste, que hay que cortarle la cabeza a ese otro, que hay que despellejar a tal cabrón. ¿Sabes cómo se despelleja rápido? Pones a hervir aceite, se lo echas al bato, lo bañas de sal y, a los diez minutos, con una tarjeta de teléfono le raspas la piel y solita se cai. Haciendo cuentas, yo creo que de cada diez que levantábamos, nomás uno la libraba.* ®

Notas
* “Carta desde Durango”, Alejandro Almazán, revista Gatopardo on line, julio de 2011.
** Haruki Murakami, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, México: Tusquets, México, 2008, trad. Lourdes Porta y Junichi Maatsura.
*** Blog “Mi saliva todo locura”, 26 de agosto de 2010, “El país azolvado”.

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Publicado en: Agosto 2011, Apuntes y crónicas


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  • serteco3

    Impresionante relato., La falta de humanidad y sensibilidad de un gobierno inepto e involucrado para parar estas atrocidades que han lacerado profundamente a la sociedad civil de este pais, convirtiendolo en un panteon de norte a sur y, coptado por la delincuencia organizada sin tener a quien recurir para aminorar loa miedos que causan estas atricidades. Felicito a Uriel Martinez por este articulo donde dimenciona perfectamente bien el mayor problema que tiene este pais en la actualidad, la inseguridad en su mas alto nivel como hace muchos, muchos años no se veia en este pais.