Para la mayor gloria de Dios

Cristiada, de Dean Wright

For Greater Glory, traducido como Cristiada que, de hecho, era el título original. Un trabajo que se aleja poco de los trillados caminos del cine de Hollywood cuando se metía a escudriñar la historia de la América hispánica.

Es poco lo que un hombre solo puede lograr. En mi caso personal, todo queda resumido en una serie de viajes, desplazamientos reales e imaginarios, traslados en el espacio e intentos por manipular el tiempo. No por medio de una máquina portentosa como la ideada por H. G. Wells, sino a través de la lectura y el estudio de ciertos textos, algunos de ellos conocidos en el original. Realizar una lectura a fondo lleva por necesidad —a la persona que la emprende— a colocarse en la situación del autor, recomponiendo una cadena de eventos y circunstancias. Hablar con los viejos también ayuda porque en ellos está viva la voz de la tribu, los ecos de un pasado que se cree extinto por completo y de pronto se encuentra un testigo ocular. Alguien que ya desde el tono de la voz transmite las reverberaciones de otros días. Mi abuela paterna fue quizá la primera persona de edad avanzada que traté con profundidad. Sobreviviente no de las guerras mundiales en Europa sino de las luchas intestinas en México, desde el levantamiento de 1910 hasta tiempos de la persecución religiosa y la Cristiada (1926-1929), había vivido todo lo que viene aparejado con la guerra: escasez general de productos, carestía, hambruna, devaluación de la moneda, incluso evacuación en masa en ciertos lugares. Había pasado por todo eso e incluso había logrado alcanzar una edad avanzada.

Ayer había podido ver en Cinépolis La Nogalera un filme estrenado en Roma días antes de la visita de Benedicto XVI, For Greater Glory (Dean Wright, 2012), traducido como Cristiada que, de hecho, era el título original. Un trabajo que se alejaba poco de los trillados caminos del cine de Hollywood cuando se metía a escudriñar la historia de la América hispánica, poco importaba si los viajes de Cristóbal Colón, la independencia de diversas naciones, la Revolución mexicana o la cubana, el asesinato de monseñor Romero, el trabajo con actores de lengua inglesa y de lengua española, que recitan sus parlamentos siempre en la primera con pequeños deslices hacia la segunda en nombres propios de personas o lugares, confiere esa artificialidad que sin más discrimen absorbe el espectador de cine comercial. Como se sabe, es una práctica socorrida en el cine, conservar la lengua de los productores y del mercado principal al que se dirige la película. Para un mexicano oír al presidente Plutarco Elías Calles chapurrear el inglés no resulta precisamente música en los oídos. Por otro lado, admitir que Peter O’Toole, nacido en Irlanda pero criado en Leeds, perteneciente a cierta élite intelectual británica, o bien Andy García, con un fuerte acento yanqui, sean figuras que tienen que ver con México representa todo un desafío, sin importar que el actor británico haga el papel de un sacerdote extranjero, si bien español, y el actor estadounidense de origen cubano el de un general, Enrique Gorostieta Velarde, antiguo militar huertista, metido a comandante en jefe de la guerrilla. Hecho este reparo, habría que reconocer también el anacronismo, que resulta de un gusto involuntariamente surrealista, de ver en una película ambientada en México a Peter O’Toole, quien ha hecho en su carrera muchos papeles de extranjero, de griego, de romano, ¿por qué no de sacerdote español? Casi un holograma de lo que fue alguna vez, suerte de momia viviente, O’Toole se desempeña con gallardía en las pocas escenas iniciales que le corresponden, antes de acabar ante el paredón fusilado por el ejército por celebrar una misa clandestina. Algunas de las atrocidades de la soldadesca quedan pintadas en la cinta como aparecen en la memoria histórica, tales como profanar los templos entrando a caballo, cercenar las imágenes sagradas en las hornacinas a tiros de pistola afinando la puntería, hacer fogatas con crucifijos y bancas, ahorcar curas dentro de las iglesias y exterminar pueblos enteros que se supone protegían a los cristeros, incluyendo mujeres y niños.

Las líneas argumentales son varias en la cinta. La primera es la del general Gorostieta, responsable padre de familia y marido dedicado, quien consiente que sus hijos vayan a la iglesia aunque él sea ateo, por dinero aceptará —de la Liga católica— ser el caudillo de un movimiento que, sin un comando central, un estratega y entrenamiento militar adecuado, estaba condenado a la derrota. Otra línea es la del niño José Luis Sánchez del Río (Mauricio Kuri), quien primero comienza haciendo escarnio del anciano padre español, luego es testigo de su ajusticiamiento, entonces sufre un cambio interior y decide unirse al movimiento cristero, donde entra en contacto con Gorostieta, sirviéndole de benjamín y de valet, hasta el momento en que, por ofrecerle su caballo a un general herido, es capturado en batalla y torturado de una manera atroz. Todo lo que tiene que hacer para salvarse, por ser ahijado del presidente municipal, es pronunciar unas palabras abjurando de su fe pero él no lo hace. Él mismo, el padre español y casi medio centenar más de víctimas serán beatificados —en dos tandas— por Juan Pablo I y Benedicto XVI. Hay otras líneas secundarias como la del forajido vengador de los pobres, Victoriano El Catorce Ramírez (Óscar Isaac), quien al principio desdeña a Gorostieta, pone en entredicho su liderazgo, si bien el otro acaba ganándoselo porque lo salva de una celada, de la cual ya lo había prevenido, al final muere apoderándose de una ametralladora, un invento en aquella época de difícil adquisición para los cristeros, precisamente por salvarlo cogen al niño José Luis. Otra línea argumental es la de un sacerdote católico que anda de cartuchera cruzada al pecho y fusil al hombro, el padre Vega (Santiago Cabrera), imagen premonitoria de la teología de la liberación, es otro de los generales cristeros que acabará en la emboscada final que le tienden a Gorostieta.

Las líneas argumentales son varias en la cinta. La primera es la del general Gorostieta, responsable padre de familia y marido dedicado, quien consiente que sus hijos vayan a la iglesia aunque él sea ateo, por dinero aceptará —de la Liga católica— ser el caudillo de un movimiento que, sin un comando central, un estratega y entrenamiento militar adecuado, estaba condenado a la derrota.

Interesante que en el filme salgan a relucir ciertos puntos históricos. Se mencionan de paso los Tratados de Bucareli, que la élite política estadounidense pretende refrendar con el gobierno de Calles por otros cincuenta años, inquietos por el petróleo. Se hace necesario nombrar otro embajador, porque el anterior no tenía el menor tacto. El nuevo, Dwight Morrow (Bruce Greenwood), se interesa por los conflictos internos del país pero, ante la gravedad del asunto, los cristeros van cobrando más arraigo popular, se los ve como un movimiento de guerrilla independiente, difícil de cooptar, decide que es mejor pararlos a tiempo, antes de tomar más fuerza. El nuevo embajador se mete de oficioso a mediar entre el gobierno mexicano y la Santa Sede. Llegan a un arreglo, perdón universal para los cristeros, incluidos los dirigentes, a cambio se reanudará el culto en los templos, suspendido desde la promulgación de las leyes antirreligiosas. Es patente que los grandes poderes pactan y dejan en el aire la misión reivindicadora de libertad que existía en el movimiento cristero. Como es sabido, ellos continúan solos por un tiempo más hasta que los acribillan, claro, con escaso apoyo popular y nulos recursos pecuniarios.

Uno de los últimos ardides del embajador estadounidense es ofrecerle aviones a Calles a cambio de un gesto de buena voluntad respecto de los Tratados. En la película éste es el pretexto ideal para escenificar el encuentro entre Calles y Gorostieta, a quien pretende comprar. El precio del general es muy sencillo, consiste en la libertad, no sólo de creencia sino la libertad del pueblo, un precio virtualmente inalcanzable para cualquier estadista. El movimiento cristero se extinguió pronto, extendiéndose por el centro del país, más hacia Occidente, en estados como Jalisco, Aguascalientes, Colima, Nayarit, aunque también por el Bajío, con Zacatecas, Guanajuato, Querétaro y Michoacán. No prendió más hacia el norte ni hacia el sur, de otro modo habría dado origen a una revolución auténticamente popular, no propiciada por intereses intervencionistas, que hubiera podido cambiar el destino de México y quizá servir de inspiración al resto de Hispanoamérica. La mediación de Estados Unidos y el entreguismo de Roma hicieron el resto.

Buena ocasión, la visita de Benedicto XVI a México para exhibir la película en Roma. En casi todo el mundo se desconoce la existencia de un movimiento similar. Los grandes reflectores los atrae en México la Revolución. El mensaje que alguien quiso lanzar, con cierta anuencia internacional, entre los productores de cine extranjeros por lo menos, es claro. Es tiempo quizá de sacudirse el yugo del gobierno en connivencia con grupos delictivos. Por otro lado, el negocio de Estados Unidos es propiciar guerras, suministrar el armamento, apoderarse de la deuda pública del país en un estado semejante, asegurar el control de las reservas de crudo más extensas y próximas a su territorio. No es, por tanto, ninguna maravilla que una película de Hollywood venga a atizar más el fuego y el descontento social. Por otra parte, la confesión del actual partido en el poder crea el clima propicio para exaltar los valores de un México unido por la religión católica. Podría interpretarse como su tarjeta de despedida, en vistas de un cambio inminente de rumbo; satanizar a Calles es hasta cierto punto arrastrar en su condenación al partido político, o el germen primigenio de éste, instaurado por él. Por éstas y tantas otras razones, Cristiada es una película que todo mexicano, especialmente si es joven, no debería dejar de ver. Hace reflexionar, recuerda que la crueldad y los abusos contra los más vulnerables han sido una constante en la historia del México independiente, un periodo de inestabilidad que se pensaba superado y que ahora regresa bajo nuevas insignias o quizá las mismas. Los cristeros (Raúl de Anda, 1947), La guerra santa (Carlos Enrique Taboada, 1979), A paso de cojo (Luis Alcoriza, 1980) y Los últimos cristeros (Matías Meyer, 2011) son algunas de las cintas nacionales que han tratado el tema —con algo más de dramatismo y quizá también con mayor apego histórico— de lo que es capaz un técnico en efectos visuales como es el caso de Dean Wright. ®

Archivado en Cine, Junio 2012

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