PASIÓN, POESÍA Y POLÍTICA

Octavio Paz a dos sexenios de su muerte

A estas alturas hablar de Paz —y lo aseguro sin comprometer el honrado y necesario compromiso de la crítica— implica enfrentarse a una figura que ha devenido leyenda; un mito carnal al que no puedo enfrentarme sin arrebato: Paz es una pasión que despierta otras pasiones.

Para un escritor no puede existir peor destino que no recibir el desprecio de una sociedad corrupta.
—Nadine Gordimer

Múltiples aristas y diversas tipologías podrían sugerirse para intentar definir la naturaleza de lo que somos, lo que hemos sido y de lo que seremos. Entre los rasgos esenciales que conforman el rostro de un hombre, un país o una civilización ninguno me parece tan certero como la (re)construcción de su pasado. Es palpable y verdadero: nuestra memoria, bien mirada, se torna mitología. Mirar hacia atrás, para bien y para mal, es instaurar un credo y también una sospecha.

La obra de Octavio Paz, como la de ningún otro autor mexicano en la historia, no es sólo la amalgama de la historia con el mito: la obra de Paz es la historización del mito y una mitologización de la historia, ofrecidas como un continuum que, pese a lo que pueda pensarse no sin acierto (véase La divina pareja), no son términos excluyentes sino complementarios: ni águila ni sol sino todo lo contrario.

A estas alturas hablar de Paz —y lo aseguro sin comprometer el honrado y necesario compromiso de la crítica— implica enfrentarse a una figura que ha devenido leyenda; un mito carnal al que no puedo enfrentarme sin arrebato: Paz es una pasión que despierta otras pasiones. Y si la galaxia en expansión que se engloba bajo su nombre es una tradición viva ello se debe —amén de la estructura política, simbólica, económica y a la tremenda corte que supo construir en torno suyo— a que su obra es una catarata de preguntas abiertas al tiempo, una literatura verdadera, seductora y de una lucidez apabullante: una poesía y una poética contemporáneas de todos los hombres. Paz, más que efeméride, está llamado a ser una tradición o, para decirlo con él, “no creemos en los aniversarios sino en la medida en que dejan de serlo y de simple recuerdo escolar se convierten en tradición; tradición, es decir, cosa viva, combatida y combatiente”.1 Paz conjunta la reflexión a mano armada con un estilo, por decir lo menos, esplendoroso y alucinante. Leer su obra, ya sea discrepando o asintiendo con sus opiniones, es un aprendizaje y también un acicate.

Octavio Paz, a dos sexenios de muerto,2 más que un fantasma es una presencia que nos recuerda, con sus poéticas y sus políticas, que México, entre otros variados tópicos, es un texto infinito que puede interpretarse de alguna manera en la vastedad de su obra.

Entre la poesía y el arrebato

En un ensayo tan maravilloso como inteligente (Émula de la llama, 1942) Paz ubicaba a ciertos poetas que lo precedían dentro de un momento del día con la finalidad de esclarecer y posicionar un canon poético nacional, ensanchando de alguna manera, pero sin intención de combatirla, la noción de la poesía mexicana como una estancia exclusivamente crepuscular, opinión sostenida por Pedro Henríquez Ureña, Xavier Villaurrutia e incluso por él mismo: “Poesía de crepúsculo: angustia, lucidez, resplandor velado, suspiro. Todo eso es la poesía mexicana: Othón y Díaz Mirón, López Velarde y Urbina, González Martínez y Pellicer, Gorostiza y Villaurrutia… Cada poesía se instala en una porción del día, en un instante irrepetible y pleno que, si no es infinito, sí puede ser eterno”.3 En ese momento, cuando el ensayista cuenta apenas con 28 años, resulta difícil (mas no imposible) pensar que la intención del poeta no sea otra que la de establecer, de manera crítica y elegante, el lugar de los poetas dentro de las 24 horas de la poesía nacional. Sin embargo, es un hecho que toda clasificación obedece siempre a intereses muy precisos que suelen rebasar la esfera de lo estrictamente literario y suelen estar animados, por lo general veladamente, por intereses políticos. Negarlo o hacernos los desentendidos más que candidez o distracción me parecería una desvergüenza. Si Paz trazó una climatología y una temporalidad de la poesía nacional fue también para construir su propio nicho, para potencializar su instante; hecho que por otra parte no me parece reprobable en lo absoluto pero que constituye un factor determinante de análisis para entender el inmenso poder político y caciquil que habría de desarrollar ulteriormente. Al respecto valga una cita de incuestionable vigencia de Jorge Aguilar Mora: “Si Paz es una figura capital de los últimos años, en gran medida se debe a que parte de su labor ha consistido en dar pautas para la interpretación y la comprensión de esta misma cultura”.4

Es evidente que al ser juez y parte del hecho poético Octavio Paz tuvo la oportunidad —es justo mencionar que la responsabilidad no es sólo suya— de erigirse como la figura principal y el caudillo por excelencia de nuestra república letrada. Su influencia dentro del gremio de los escritores y de ciertos ámbitos culturales de gran capital simbólico sólo me parece comparable, por su relevancia y magnitud y guardando las debidas distancias, a la de Emiliano Zapata en la revolución, Plutarco Elías Calles en la construcción del PRI, Fidel Velázquez en la CTM y la infame Elba Esther Gordillo al frente del SNTE.

Octavio Paz fue, por voluntad propia y por sus circunstancias históricas, el primer y el último emperador de la cultura mexicana.

Hablar de la construcción de México en el siglo XX, en buena medida, es hablar de su heredad.

Derivas poético-políticas

Habrá que decirlo de frente y sin angustias: el planteamiento de una poética, a pesar de lo que sostengan sus autores, es siempre un acto político. Ya sea de manera evidente (realismo socialista), velada (el caso de Paz) o “inconsciente” (escoja la vanguardia que le parezca pertinente), una poética establece simpatías, intereses y diferencias en un campo más amplio que el estrictamente literario. Al respecto sostiene Agustín Pastén, de la Universidad de Nebraska: “Elaborar una poética supone imponer juicios estéticos concretos en la esfera cultural. Quien propone una poética impone a su vez un canon literario acorde con tales juicios estéticos; de ahí que se acepten algunos autores y se rechacen otros. En último término, cuando se quiere implantar una poética determinada se persigue cierto poder dentro de la esfera literaria”.5

Baste ubicar al vuelo algunas etapas de su creación poética a través de poemas o libros específicos para ilustrar.

—Periodo socialista (denominado por el poeta Alí Calderón como la etapa cardenista de Paz): “¡No pasarán! (1936). Participación en el mítico Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia en 1937.

—Surrealista: ¿Águila o sol? (1951). Primeros viajes a Francia. Contactos con las luminarias del momento.

—Fenomenológica-existencialista, especificad del fenómeno poético y temporalidad: El arco y la lira (1956).

—“Tántrica-esotérica”: Blanco (1967).

—Estructuralista: El mono gramático (1974).

Desde luego, estas clasificaciones arbitrarias no agotan ni limitan el caudal de interpretaciones que es posible desprender de sus textos, pero las utilizo como coordenadas para ejemplificar mi argumento: Paz, por diversas razones —y para riqueza de su obra— fue un habitante plenísimo de su tiempo pero no sólo como una abstracción metafísica sino como una práctica política muy concreta. Visionario como pocos, tuvo claro que los atributos del ingenio literario no están peleados en lo absoluto con las relaciones públicas. Octavio Paz siempre supo adaptarse a las circunstancias y comprendió una de las grandes paradojas que distinguen a México en el mundo entero: entre nosotros el príncipe y el poeta están juntos y revueltos y resulta imposible entender al uno sin el otro;6 pero lo que vuelve al país un caso verdaderamente extravagante es el hecho de que el padre permite los rezongos en voz alta (el celebérrimo ogro filantrópico). Uno de nuestros deportes favoritos es el de patear el pesebre por un lado y estirar la mano por el otro. Como los futbolistas nacionales o los adolescentes de 35 años, los escritores mexicanos difícilmente nos vamos de casa porque las condiciones económicas, para bien y para mal, lo permiten.

En ese sentido la figura de Octavio Paz reviste una importancia fundamental y sería una infamia desconocerle su infinita aportación al desarrollo literario nacional. Crecido con el siglo que le tocó testimoniar, el Nobel nos enseñó que es posible aspirar a la vida de un Poeta Revolucionario Institucional, es decir, a ser una voz crítica sustentada por el Estado. En ese sentido conviene recordar su estimulante discurso inaugural del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes pronunciado el 2 de marzo de 1989 y publicado posteriormente por el Fondo de Cultura Económica en el libro Pequeña crónica de grandes días.

Debo aclarar, para evitar confusiones, que no pienso que esas políticas culturales sean una característica negativa. Por el contrario, considero que la intención de democratizar el mecenazgo es una vanguardia y un acierto en cuanto a gestión cultural se refiere en el ámbito latinoamericano. Y si actualmente ningún país de América Latina ofrece tantos apoyos a la creación artística como el gobierno de la República Mexicana es a razón, en gran medida, de las gestiones, la trayectoria y los intereses de Paz, que con su acontecer político ayudó a conseguir una proeza digna de celebrarse: la profesionalización de la vida artística en el país.

Paz en Nueva York

Lo que objeto es la pretensión de asumirse como ejemplo de libertad y moralidad cuando, en realidad, las cosas operan de manera diferente. Sólo en ese contexto de falaz autonomía frente al Estado es posible leer frases como las siguientes:

—“Como escritor mi deber es preservar mi marginalidad frente al Estado, los partidos, las ideologías y la sociedad misma. Contra el poder y sus abusos, contra la seducción de la autoridad” (1972).

—“La palabra del escritor tiene fuerza porque brota de una situación de no-fuerza. No habla desde el Palacio Nacional, la tribuna popular o las oficinas del comité central: habla desde su cuarto” (1972).

—“El escritor no es el hombre del poder ni del partido: es el hombre de conciencia” (1977).

—“Los premios domestican al escritor independiente, cortan las alas al inspirado y castran al rebelde” (1986).7

Queda claro que semejante deontología literaria, además de idealista, es mentirosa. Paz no estuvo completamente al margen del Estado, y en algún momento de su vida tampoco de Televisa. El poder que ejercía —y que ejercen todavía algunos de sus herederos— era grandísimo. (Al respecto recuerdo de memoria el punzante “Epitafio de Octavio” de Héctor Carreto: “Ha muerto Octavio, Señor de esta casa./ Le sobreviven sus gatos./ ¿A quién le corresponde beber el vaso de leche?”)

Por otro lado la palabra del escritor no es una palabra desprovista de poder si no que, por el contrario, dependiendo del emisor y su contexto, se encuentra recubierta por una coraza que la engrandece o legitima según sea el caso.

A su vez los escritores, nos guste o no, tienen preferencias políticas, prejuicios estéticos y en ocasiones vicios tan arraigados como cualquier ser humano: envidia, vileza, soberbia, mezquindad, cretinismo.

Y finalmente si lo que dice Paz respecto de los premios puede ser cierto (enlistar la lista de sus galardones ocuparía varias cuartillas) también es cierto que permiten la publicación de materiales, ayudan a pagar la renta, confortan emocionalmente y, en resumidas cuentas, llaman la atención sobre un tema y un autor determinados.

Sus distintos enfoques románticos al respecto de la figura del escritor y su trabajo parecieran más bien una justificación y un blanqueador de sus propias prácticas que un credo literario.

Evidentemente no es mi intención culpar a Paz por haber dirigido su carrera literaria como mejor lo consideró prudente (el hecho es un tema que ni me compete ni estoy en condiciones de abordar); lo que mueve a indignación es la doble moral y el carácter dictatorial de quien señala y ajusticia la paja en el ojo ajeno, cuando hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan… porque su pantano es de ésos.

La cuestión del apoyo a la creación, como lo puede atestiguar un porcentaje considerable de los creadores artísticos, ocasiona distintas problemáticas que, por otro lado, no son en lo absoluto recientes. Libros fundamentales de nuestra tradición han sido escritos al amparo de distintas instituciones (Pedro Páramo fue escrita con una beca del Centro Mexicano de escritores y El arco y la lira, como bien documenta Anthony Stanton en un ensayo formidable,8 se escribió con la ayuda que recibió Paz del Colegio de México a partir de diciembre de 1953 y hasta noviembre de 1958).

Obviamente existen diferencias de fondo entre los apoyos otorgados por el Estado y los facilitados por la iniciativa privada. Analizar los contrastes entre unos y otros sería tema de otro ensayo. Sin embargo, cabe mencionar que instituciones como la Fundación para las Letras Mexicanas, referente obligado en el mecenazgo de la literatura joven de México a partir de 2003, surge a partir de la disolución de la Fundación Octavio Paz aunque auspiciada por varios de los integrantes del patronato anterior.

No obstante es un hecho insoslayable que si México cuenta actualmente con una industria de escritores es debido, en buena medida, al sistema de becas que lo ha distinguido desde hace años  —pese a lo que temperamentos críticos, resentidos, lúcidos, ociosos o despistados puedan sugerir.

Al respecto quisiera mencionar al vuelo el caso protagonizado por Emmanuel Carballo hace algún tiempo.

En alguna ocasión9 el crítico jalisciense apuntó con suficiencia que el sistema de becas de México no había redundado en la creación de un gran escritor. Al margen de que la provocadora afirmación, pese a su grandilocuencia temeraria, es perfectamente rebatible (en todo caso lo exigible sería la creación de una “gran obra” y no de un “gran personaje”), lo que Carballo ignora, o pretende ignorar, es que la industria de las becas artísticas en el área de literatura ha contribuido a la creación de una sociedad lectora altamente crítica que, para fortuna del sentido común y la desmitificación, puede desarticular afirmaciones como las suyas y recordarle que incluso la concepción “magistral” de una obra literaria es un hecho debatible y, por qué no decirlo, hasta impertinente. Lo interesante en la construcción de una literatura no es el carácter “genial” de sus autores sino la capacidad de la obra de seducir a los lectores, innovar o afirmar la técnica, romper o perpetuar esquemas, obligar a sentir y a pensar de distintas maneras, sugerir nuevas ideas o interpretaciones, fundar discursos o traer a debate algunos otros olvidados.

El sistema de becas mexicano es la evidencia de dos hechos fundamentales: a) Poiesis y política son las distintas caras que conforman un mismo fenómeno que más que una satanización absoluta merece un análisis minucioso, y b) Octavio Paz es el ideólogo de nuestra tradición cultural “rupturista” emanada de la gestación y el desarrollo del Partido Revolucionario Institucional.

Por otra parte, conviene señalar que, si bien no lo hacía de forma explícita (en mi opinión el gobierno tenía un ralo interés “fidedigno” en los resultados ocasionados por las distintas promociones de becas), hablando estrictamente en el caso de Paz y su relación con el PRI, y sobre todo con la estructura simbólica que el partido desempeñaba hasta el año 2000, era de mutua conveniencia e incluso de camaradería; de allí que la censura fuera, en cierto sentido, un ejercicio de discreción.

Al respeto cito unas palabras elocuentes de Mario Vargas Llosa (“La dictadura perfecta”, El País, 1 de junio de 1992) a sabiendas de que, si bien sus opiniones políticas suelen ser una catarata de infamias y villanías y no es ni de lejos el más indicado para establecer una indistinción entre la literatura y el poder, en ocasiones también es sagazmente ilustrativo —para bien, para mal y para peor. En este caso alude a Paz y al funcionamiento marcial del Revolucionario Institucional:

Por haber llamado “una dictadura perfecta” al sistema político del PRI —en el encuentro de intelectuales que organizó la revista Vuelta, en México, en septiembre de 1990— recibí numerosos jalones de oreja, incluido el de alguien que yo admiro y quiero mucho como Octavio Paz […] A favor del sistema priista suele señalarse la política del régimen con los intelectuales, a los que siempre ha sabido reclutar y poner a su servicio, sin exigirles a cambio la cortesanía o el servilismo abyectos que un Fidel Castro o un Kim il Sung piden a los suyos. Por el contrario, dentro del exquisito maquiavelismo del sistema, al intelectual le compete un rol que, a la vez que sirve para eternizar el embauque de que México es una democracia pluralista y de que reina en ella la libertad, a aquél lo libera de escrúpulos y le da buena conciencia: el de criticar al PRI. ¿Alguien ha conocido a un intelectual mexicano que defienda al Partido Revolucionario Institucional? Yo, nunca. Todos lo critican, y, sobre todo, los que viven de él, como diplomáticos, funcionarios, editores, periodistas, académicos, o usufructuando cargos fantasmas creados por el régimen para subsidiarlos. Sólo en casos de díscolos extremos, como el de un José Revueltas, se resigna a mandarlos a la cárcel. Generalmente, los soborna, incorporándolos a su magnánimo y flexible despotismo de tal manera que, sin tener ellos que degradarse demasiado y a veces sin darse cuenta, contribuyan al objetivo esencial de perpetuar el sistema.

En este contexto resulta particularmente penoso —y ejemplifica a su vez plenamente la ausencia paternal que representa su muerte— el hecho de que Paz no pudiera atestiguar la alternancia política que sufrió el país (en el más amplio sentido de la expresión) con la llegada del Partido Acción Nacional al poder en el año 2000. Su postura, más que interesante, hubiera sido, por decir lo menos, históricamente necesaria.

El alto sentido moral del debatible epígrafe de Gordimer que abre este ensayo y que, casi podría asegurar, animaba al Paz juvenil y romántico y al hombre de ideas claras, seductoras y distintas que fue gran parte de su vida, queda suspendido en alegórico volado al cotejarlo con el Paz maduro e imperial dueño de todos tiempos contenidos en una moneda de veinte pesos que se debate, todavía, entre la presencia del sentido y el sentido de la prisencia. ®

Notas
1 Octavio Paz, Generaciones y semblanzas: dominio mexicano, Obras completas, Vol. IV, México: FCE-Círculo de Lectores, 1994.
2 Tomo este lapso para enfatizar la relación del poder institucional con la figura política del poeta.
3 Ibid.
4 La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz, México: ERA, 1978.
5 “Elaboración de una poética en los ensayos tempranos de Octavio Paz”, en  http://digitalcommons.unl.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1006&context=modlangspanish. Dirección electrónica cotejada el 4 de septiembre de 2008.
6 De hecho, en la historia de nuestra literatura el príncipe suele ser el poeta. Basta cotejar las carreras diplomáticas de un considerable porcentaje de nuestros escritores, Paz incluido.
7 Las cuatro citas están tomadas de distintos ensayos contenidos en la antología de escritos políticos Sueño en libertad publicados por Seix Barral en 2001. El título cursi no es de Paz.
8 “Octavio Paz, Alfonso Reyes y el análisis del fenómeno poético”, en Hispanic Review 3 (1993), pp. 363-378. En este mismo ensayo Stanton nos enterará de otros becarios ilustres del Colmex: Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Luis Cernuda, Luis Cardoza y Aragón, Alí Chumacero, Rulfo y Tomás Segovia, entre otros.
9 Mónica Mateos-Vega, “Las becas no han producido un solo gran escritor”, La Jornada, 18 de septiembre de 2006.
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Publicado en: Ensayo, Julio 2010


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  • E. H. Sarao

    Al empezar a leer este ensayo noté claramente dejarme llevar por una espiral didactica y concisa sobre el Paz artista y el Paz homo politicus. La “política de los políticos” es una cosa, y las posturas políticas de los artistas es otra. Política, Poder y Sociedad suelen ir juntos a tomar unos tragos al cantabar pero casi siempre amanecen satisfechos, desnudos, tendidos y abrazados en la cama; ¿pelearse?, jamás, para eso está el discurso oculto de la seducción. El hilo del cual penden las relaciones sociales es ese: el intercambio de intereses; lo único que puede romper con esto y tomar una postura radical es que el “otro” rebase los límites establecidos en el trato. No se justifica nada, la obra allí está y permanece, se multiplica en cada lector, el sesgo político que Paz encarnó no será la navaja que raje la piel. Ahora bien, me entero claramente con este ensayo, de la diferencia e incongruencia que hubo en Paz entre el decir (en términos políticos y de compromiso del escritor) y el hacer (auspicio y protección). Muy bien, no se le juzga pero tampoco se le glorifica ciega e ingenuamente.

    Saludo

    P.D: Me agrada que el autor de este ensayo use la palabra “catarata” para expresar “fluido, dinámica, corriente inquieta” de las ideas o cualquier otro artefacto que a la creatividad humana le venga en gana.