PASOLINI EN LA CANCHA

Saber descifrar el código del futbol

Para gozar el futbol hay que hacer a un lado eso de que si es el opio de los pueblos o si es otra vena abierta de América Latina. Que si somos tan estúpidos como el capitalismo quiere o que si es brutalidad bárbara innecesaria. ¿Es el futbol una metáfora de la vida?

Pier Paolo Pasolini

El futbol es de los temas que nos permiten hablar en primera persona. A mí me gusta, y me emociona ver a prueba las excepcionales habilidades de algunos jugadores y la inteligencia colectiva para echar a andar una estrategia exitosa. Como esas virtudes no se ven en cualquier juego no me pego a la tele, como los fans, para sufrir cualquier parrafada, sino sólo cuando se ofrece el mejor del muestrario del deporte: en las finales internacionales. Y lo mejor, en esas lides, es un Brasil-Italia, y sólo apuesto a la acción desplegada por ambas escuadras.

¿Y el Tri? Pues… es sólo un equipo nacional, y para nada un exponente del deporte. Ha dado tantas muestras de lo que entienden por futbol que merecerían que sus seguidores los mandaran al diablo. Seamos sinceros: todos sabemos que la mayor parte de los equipos nacionales son comparsa del gran show mundialista que comienza con los resultados de cuartos de final. Es cuando gran parte de los aficionados seguimos las evoluciones de Italia y Brasil, porque la alta probabilidad de que lleguen a la final nos reportaría un espectáculo de primer nivel por el enorme despliegue de recursos futbolísticos: inteligencia, exquisiteces y fuerza.

Sí, ya sabemos que hay intereses cruzados, corrupción y dinero lavado. ¿Pero, en dónde no? Para gozar el futbol yo dejo esas cosas fuera de casa, y también las más ideológicas: de que si es el opio de los pueblos o que si es otra vena abierta de América Latina. Que si somos tan estúpidos como el capitalismo quiere o que si es brutalidad bárbara innecesaria. Cada quien. Pero tampoco pongo el balón en un altar porque no soporto sacerdotes, templos y mandamientos.

Para mí es algo más simple y, para saborearlo mejor, me preocupo por saber algo, no mucho, de ingredientes y técnicas. En el instante de 90 minutos, si juegan Brasil e Italia busco hallar lo que veía Passolini, la perfección de la prosa o la excelencia poética. Y a ratos prosa poética o poesía en prosa. Composiciones largamente alimentadas por la cultura y la disciplina en Italia y en Brasil, y que por los años setenta decantaron como verdaderas formaciones tácticas contrapuestas.

Gracias al actual libre flujo de jugadores y entrenadores, esas cualidades se entreveran en los grandes equipos del mundo volviendo el juego aún más competitivo (y más jugoso comercialmente). Las etiquetas “futbol europeo” o “sudamericano” ya no son tan visibles en los campeonatos de clubes, aunque en la cancha a veces sí ve de que lado cojea el entrenador.

Ronaldinho

El invento italiano del catenaccio, que impregnó el juego en su continente, se explicaba en el pizarrón con triángulos en movimiento en la media cancha. Se dibujaba una poderosa barrera defensiva, con marca cerradísma, y un “líbero” atrás buscando el balón perdido quizás para dar vida a un furioso contragolpe vertical que el puntero debía refinar con el gol. Y en los mundiales hemos visto una que otra caballada italiana de 90 metros que ha volteado el estadio de cabeza. Los brasileños, de su lado, pintaron una “diagonal” en el sistema para armar un cuadro en rombo, cuyas puntas salientes en la media eran carrileros laterales que podían ser atacantes para reforzar el tridente ofensivo. La estrategia brilló desde los años cincuenta y a su éxito contribuyó el extraordinario dribbling individual, de medios y delanteros, que la gente vio como samba donde había gambeteo. Ese baile del que alardea Ronaldinho y que presumió Pelé. Y no habría que decirlo, porque es visible, pero ambas escuadras se tomaron muy en serio la formación de artilleros de alta precisión.

Son esquemitas de pizarrón que no se ven así en la cancha, pero a veces sí se percibe la marca genética cuando Italia se contrae en su terreno, antes de saltar al ataque, o cuando el colectivo brasileño le da bola a sus divos, para exaltar el juego por el juego.

Yo no puedo decir cuál es mejor porque me atengo a las pruebas en cada partido, y lo decido con el silbatazo final. A priori nada, y otra cosa sería nacionalismo añejo. La Champions es distinta, y abre las opciones, pero siempre espero el juego del gran Milán con el muy narcisista Barça…

Los Azzurri

De nuevo con el ambiente mundialista los intelectuales italianos reproponen su eterna duda: ¿La vida es una metáfora del futbol o viceversa? A quién le importa, dicen los cronistas. La gente quiere que el técnico Lippi enliste a Cassano, Balotelli o incluso a Totti. ¿Acaso el comisario no se da cuenta de que los brasileños jugarán de locales en Sudáfrica, como nos ocurrió en México 70? ¿Qué quiere, resolver todo con el viejo Cannavaro? De este conjunto conservador no hay mucho que esperar, por Dios. Quién sabe cuándo se repetirá la paseada que Paolo Rossi les dio a los brasileños en el 82. Y este año que nadie espere gran cosa de los azules.

Y al otro lado del Atlántico Lula hace esfuerzos para que la gente se ponga las pilas para la campaña electoral en puerta. ¡Que Lula diga misa, primero es lo primero! Si le importara de veras el país habría obligado a Dunga a alinear a Ronaldinho Gaucho. ¿En dónde está la supuesta fuerza ofensiva de Brasil si Dunga sólo se ha reforzado la zaga? Atrás están bien Julio César de portero, y Maicon, Lucio y Dani Alves en la defensa. Pero sólo con Kaka y Robinho al frente los italianos nos van a apalear. Sin un Romario que defina el juego desde la media, el conjunto es conservador y este año nadie debe esperar mucho de Brasil. Como se ve, italianos y brasileños son como uno, pesimistas a morir… mientras no se oiga el silbatazo de arranque.

Pasolini en el llano

Yo espero el enfrentamiento que viene siguiendo los consejos de Pasolini. Para entender el futbol nos recomienda descifrar su código, conocer su alfabeto, aprender a apreciar la buena sintaxis, y aplaudir las frases excelsas. Gabriel Zaid decía que nadie va a leer por gusto hasta que no le de el “toque” a la lectura. Si no se entiende el sentido del conjunto de palabras, párrafos y páginas, la lectura será puro sufrimiento y aburrición. Pero cuando se logra leer de corrido y se entiende el mensaje, comienza a formarse un vicio por puro placer. Se halla esa emoción que es toda personal. ¡Ergo! No son once estúpidos que corren detrás de una pelota para entretener a otros millones de estúpidos, como decía Borges.

Hay que conocer el lenguaje de las patadas para hallarle sentido. En vez de fonemas, Pasolini decía “podemas”: signos que se encadenan en la cancha y transmiten una emoción. Una personal e íntima, provocada por el desarrollo de la acción en un mar de imprevistos, y donde la causa de la casualidad es la maestría de los contrarios. Esa lectura intransferible yo la encuentro en un Brasil-Italia, y yo mismo la reduciría si le apuesto a uno, porque esa composición requiere 22. ®

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Publicado en: Destacados, El lado oscuro del balón, Junio 2010

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