Payasada nacional

El país sin humor

¿Cuántos payasos andan por ahí, impunes al reproche tuitero y feisbuquero, incluyendo en sus monólogos algunas de nuestras penosas fechas del almanaque de linduras y mocedades? (¿Y desde cuando Facebook y Twitter se convirtieron en censores y críticos infalibles de los acontecimientos nacionales?)

En un país donde los políticos ostentan —se supone— la gravedad de lo serio, el rostro adusto, la firmeza pétrea e inexpresiva de un busto grecorromano y, sobre todo, la decencia de lo políticamente correcto, el que los payasos se hayan postulado para reventar todo aquello entre comentarios incorrectos o, dirían los más escandalizados del twitter, desafortunados e inmorales, debería sugerirnos una nueva perspectiva o interpretación del humor nacional.

Algunos dirán que dos payasos diciendo o haciendo babosadas no establecen parámetros, pero ¿no son el Platanito y Cepillín payasos emblemáticos de nuesta patria blasonada? Si reflexionamos, salvo los payasos involuntarios y la andanada de galanes de televisión, más los mirreyes que pululan de esquina a esquina en México, no hay mucho auge ya para la industria de la payasada. Y que un par de ellos hayan tenido el tino de incluir en sus actos e histrionismos dos temas fundamentales de la vergüenza nacional debería movernos de la reflexión a la imaginación: ¿Cuántos payasos andan por ahí, impunes al reproche tuitero y feisbuquero, incluyendo en sus monólogos algunas de nuestras penosas fechas del almanaque de linduras y mocedades?

(¿Y desde cuando Facebook y Twitter se convirtieron en censores y críticos infalibles de los acontecimientos nacionales?)

Puedo imaginarme a un payaso arriba del atrio declamando bembadas en algún pueblo decimonónico de Sinaloa, de donde es la gente más irreverente e iconoclasta que conozco. Un ingrato payaso que además traslada cocaína en su función itinerante, previo al show principal, la banda de pasito duranguense. Me gusta imaginar a ese probable payaso soltar chascarrillos sobre lo desafortunado que debe ser morirse en esta nuestra guerra contra el narco.

Por supuesto, ese payaso existe. Hay, de facto, algún mozo metido en algún atuendo ridículo, un híbrido heterodoxo, cruza de payaso clásico y luchador de pancracio mexicano. Y el muy ingenioso seguramente mezcla chistes de matones, encobijados y tipos que usan una de esas botas de puntas larguiruchas. Y todos ríen. Porque si algo no puedo imaginarme es un público ofendido. Me resulta inconcebible la indignación en esos escenarios. En realidad creo que la indignación verdadera, en México, sólo existe en internet.

Sin embargo, un grueso de la población supone que la falta de sensibilidad en el gremio payasil surge cuando al bruto del payaso Platanito se le ocurre bromear con algo tan delicado como la muerte de 49 chiquillos en la guardería ABC, en Hermosillo, Sonora. Hay videos al respecto en YouTube. El proemio del escándalo subsiste. Cualquiera con una computadora e internet puede darse cuenta de cuán insensibles son los payasos nacionales. De ahí a la comidilla informática es cuestión de horas. Un reportero informa que don Platanito tuvo el tino de incluir las víctimas de un incendio que todavía llevamos sobre la espalda colectiva, y enseguida el ocio y la práctica de un smart phone eleva la cosa a indignación. La nación entera está encabronada con un payaso. ¿No suena eso ya a humor involuntario?

Personalmente detesto la ironía. Siento que, junto con el cinismo y el sarcasmo, son los tropiezos retóricos más lamentables que arrastramos la mayoría de los tinterillos a paga y escribanos que deambulamos por el internet. Antes de pasar al siguiente payaso, quiero disculparme. Aunque la interpretación es como un huevo sumergido en aceite hirviendo: se fríe sin remedio y el resultado es todos esos recursos que el posmodernismo nos dejó. Todos esos sentimientos, toda esa ironía y cinismo que ahora reunimos para batallar con una realidad que no hemos podido ni podremos cambiar al escribir. Luego de la disculpa (porque si los payasos se disculpan, los escritores también), prosigo.

El último día de abril de este año un periódico invitó al legendario Cepillín a un centro Nueva Alianza, en la Ciudad de México (bastión de lo que debe ser políticamente correcto y de la nueva indignación a la carte). El sitio, como quizá muchos de los que leen esto ya saben, se encarga de atender a menores y niños que, de alguna forma, han sido víctimas de la explotación, en especial la sexual y la trata de personas. Pues bien, al hombre y payaso se le ocurrió, en medio de la oportunísima coyuntura de la fecha, el día del niño, poner a bailar ritmos que muchos de aquí hemos visto reproducidos en pelódromos, congales y bares con mujeres muy buenas que hacen cosas malas. La consecuencia fue peripatética: fotos del payaso veterano desalojado del lugar por los directivos del sitio, que consideraron su número ofensivo e inadecuado. ¿Quién pone a bailar el tubo a niñas y mujeres víctimas de explotación sexual? El twitter, recuerdo muy bien, estaba a todo lo que daba con quien fuera el famoso payasito de la televisión.

(Encierro en paréntesis esta pausa disfrazada de pregunta: Recuerdo haber visto a Xavier López Chabelo en una película pícara de los ochenta, o quizá de los setenta tardíos, farfullando groserías en su voz natural. ¿Algún lector podría decirme el nombre de esa película? No, no se trata de la película Autopsia de un fantasma, de Ismael Rodriguez, rodada en 1968, donde él también actuó…)

Un payaso con buen gusto es al final también una tomadura de pelo. La historia en sí, lo cómico, vaya, es una sociedad dispuesta a lincharlos por representar en sus trabajos dos asuntos que como sociedad hemos sido incapaces de resolver, y que por impunes permanecen ahí, en al aire, para que cualquiera los interprete y toquetee a su antojo.

Como si fuera candidato presidencial mal asesorado, Cepillín aludió que no conocía el público con quien trabajaba. Igualito que Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro, o los diversos traspiés de la panista Vázquez Mota, intentó justificarse diciendo que poco sabía sobre el pasado negro y trágico de los espectadores. Cepillín no es el payaso imaginario de Sinaloa, y entonces se enfrenta al censor criticastro de un México que intenta empujar su vergüenza con timidez e ira contenida. El censor mexicano parece decir: desquitémonos con el payaso, no con el responsable de la tragedia.

Y como si fuera trabajo o traspié kafkiano, el mexicano crucifica al payaso y deja libre a Barrabás. Que hermosa locura. A nuestra biblia nacional sólo le falta el apocalipsis.

Es muy probable que la infamia de ambos payasos sea más bien una cuestión de timing. Completamente desfasados, o probablemente demasiado sincronizados con las tragedias que utilizaron para enriquecer su repertorio de chistes, se convirtieron en un burdo recordatorio de que con ciertos tesoros nacionales no se realizan payasadas. Platanito y Cepillín hubieron de compartir el escarnio que debería estar reservado para la clase política, burocrática y social responsable de los incendios en Hermosillo y de la prostitución infantil en México.

Y que los payasos, los políticos y la sociedad compartan responsabilidad debería significar agravio para cualquiera de los tres gremios. Es imposible dilucidar si el gremio de los que se pintarrajean el rostro resultó desprestigiado, o si los talegones que cuentan las horas en sus cargos públicos deberían lamentar compartir tanta responsabilidad con los payasos más famosos del país, o si nosotros, los que tan fácilmente nos indignamos, somos también una marabunta de ridículos que ha decidido descargar su frustración, precisamente, donde debería desahogarla: el humor. Y es que en México, si después de la desgracia, la cargamos contra los que se dedican a provocar risa, es hora de reconsiderar muy seriamente —¿y quién en sus cinco desea reconsiderar nada con seriedad?— nuestra identidad nacional.

Digo lo anterior mientras termino de leer una antología de poetas y ensayistas rusos, entre los que figuran Dmitry Vodennikov y su tocayo de apellido Prigov. Todos ellos de la Novaya Iskrennost, o New Sincerity, en donde también ha figurado Foster Wallace, quien en lo personal me parece soporífero. Pienso también en uno de los prologuistas de la antología, Jesse Thorn, quien comenta lo lamentable que suele ser nuestro lenguaje y nuestras representaciones e interpretaciones frente a la desgracia colectiva. El otro prologuista, pero ruso, Mikhail Epstein, repite lo que hace casi treinta años sulfuró sobre los cambios por donde transitó la Unión Soviética durante los ochenta: (algunos escritores) parecemos oradores de un discurso que pretende ser cotidiano, quizá para empatarse con la cotidianeidad de la desgracia, y entonces, para aspirar a la dignificación de la inteligencia, la posmodernidad y la vanguardia ha permitido todo menos nuestra visceralidad más brutal y sincera.

No hay algo que justifique los actos desafortunados e histriónicos —porque al final eso son: histriones— de ambos clowns. Los muy brutos tropezaron, uno en la parodia burda y lamentable y el otro en el cenicero de lo anacrónico y el mal gusto. Ambos carecen de cualquier buen gusto, en todo caso. Pues es que un payaso con buen gusto es al final también una tomadura de pelo. La historia en sí, lo cómico, vaya, es una sociedad dispuesta a lincharlos por representar en sus trabajos dos asuntos que como sociedad hemos sido incapaces de resolver, y que por impunes permanecen ahí, en al aire, para que cualquiera los interprete y toquetee a su antojo.

Y porque somos una sociedad incapaz de castigar a los responsables del incendio de la guardería ABC o de encarcelar a gobernadores que solapan la prostitución infantil o la trata de blancas, o empresarios que se enriquecen y se sirven de ella, nos hemos dispuesto a echar el guante a dos personajes. De dos seres que, sin maquillaje y vestimenta, son en realidad dos fulanos más intentando llevar agua a su molino, ¿no es así como acaban los temas que escandalizan y revientan al país? En temas que aprovecha el que sabe escupir saliva en debates presidenciales o en la tribuna de la cámara de diputados.

Que quede claro que en este país las desgracias y canalladas no se persiguen: se ventilan en tribunas políticas, en noticieros y periódicos y en el chisme habitual de vecinos, pero sobre todo en los escenarios donde los payasos necesitan reinventarse todo el tiempo para hacer reír a un país que parece estar perdiendo su sentido del humor. ®

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