Payasos en el encuentro de intelectuales del sureste

De poetas castristas y otros especímenes extraños

No era secreto para ningún intelectual (o cualquier persona que se preciaba de serlo) que yo no era un escritor de verdad. Aunque los intelectuales, en un arrebato de magnanimidad o estupidez o quizás por venganza, se empeñaban en invitarme a los encuentros de intelectuales, mejor conocidos como encuentros de personas que aman escucharse a sí mismos en un micrófono.

El autor (primero a la izquierda) junto con otros escritores del Sureste

El horror comenzó días antes del encuentro en el que finalmente coincidiría con Eutimio Estrella.

—Buenos días, licenciado —dije, entrando a una de las oficinas del Instituto de Cultura.

El licenciado Cara de Sapo (bautizado con ese nombre por mí, precisamente por tener cara de sapo) me miró de arriba a abajo como quien mira una pila de basura, frunció el ceño y dijo:

—¿Qué desea?

Le expliqué al licenciado Cara de Sapo (cuya obligación era la de apoyar económicamente a los intelectuales de la ciudad) que ciertos intelectuales de un estado vecino del sur me habían invitado a un encuentro de escritores.

—¿Cómo dijo que se llama? —preguntó el licenciado Cara de Sapo, utilizando sus mejores dotes histriónicas, fingiendo no conocerme, dándose aires de santo o de ser un enfermo de Alzheimer pues el señor Cara de Sapo (no nos engañemos, Campeche es un pueblo donde todo se sabe) confesó abiertamente que mientras la cultura recayera en sus manos, no importaba que fuera el segundo al mando, se encargaría de no darme un solo peso para subsidiar mi subversivo estilo de vida, pues según él iba en contra de los intereses económicos, políticos y culturales de Campeche.

Dije mi nombre y volví a explicar con lujo de detalles el motivo de mi visita:

—Yo y otros tres escritores hemos sido invitados a un encuentro de intelectuales.

El licenciado Cara de Sapo dijo no conocerme a mí ni a los otros tres escritores que mencioné.

—¿Seguro que ustedes son escritores? —preguntó.

Respondí que sí. Que había venido a solicitar un apoyo económico para poder realizar el viaje. El licenciado Cara de Sapo sacó su batracia lengua, se relamió los cachetes. “Finalmente te tengo donde quería, insecto, rogándome por unas migajas”, decían sus ojos de sapo engreído.

—Mañana tienes el dinero —dijo, conteniendo una sonrisa—. Regresa a esta misma hora.

Ingenuo, abandoné la oficina. Llegué a casa y confirmé vía mail la asistencia de la delegación campechana al encuentro de intelectuales del sureste.

* * *

A la mañana siguiente llegué a la oficina del licenciado Cara de Sapo.

—Buenos días, licenciado —dije.

—¿Qué desea?

—Vengo por el apoyo para el encuentro de intelectuales.

—¿Quién es usted?

Este mismo diálogo se repitió día tras día hasta que un día, mi paciencia al límite, pregunté:

—Licenciado Cara de Sapo, ¿nos va a apoyar, sí o no?

—¿Cómo dijo?

—Que si nos va a apoyar.

—No, no, repita lo primero que dijo.

—¿Qué cosa?

—Olvídelo. Vuelva mañana a esta misma hora.

Le di las gracias al licenciado Cara de Sapo por hacerme perder el tiempo y fui directamente a la oficina de su jefe, el director de Cultura. Dos minutos más tarde un contador me hizo entrega oficial de un sobre color manila con el dinero para comprar los boletos de camión para el encuentro de intelectuales.

—El director es un imbécil, un grandísimo imbécil —dijo el licenciado Cara de Sapo cortándome el paso de la puerta de salida del Instituto, dejando entrever en sus ojos hinchados que soñaba ser la máxima autoridad de Cultura en Campeche; luego agregó, con ojos pantanosos—: Si yo fuera el Director de Cultura jamás enviaría a unos payasos a representar la literatura del estado.

* * *

—Aquí les tengo un breve poemario inédito —dijo el intelectual de la bufanda enroscada en el pescuezo, levantando sobre sus hombros una pila de unas doscientas hojas—, pero no sé si están cansados.

San Cristóbal de las Casas se había convertido en el epicentro de la cultura y sede del encuentro de los intelectuales del sureste. Quería morirme. En la mesa inaugural un par de señores, uno con una bufanda enrollada al cuello en un nudo al estilo de los modelos italianos, el otro con un sombrero de ala ancha, se declararon mutuamente su amor, sin el menor pudor y compasión de los presentes que llevábamos más de tres horas escuchándoles recitar poemas, leer reseñas literarias a sus libros hechas por grandes intelectuales como José Emilio Pacheco, e historias melosas de su juventud.

—Aquí les tengo un breve poemario inédito —dijo el intelectual de la bufanda enroscada en el pescuezo, levantando sobre sus hombros una pila de unas doscientas hojas—, pero no sé si están cansados.

—Para nada maestro, para nada —dijo el intelectual del sombrero de ala ancha anticipándose a todo el público, que en unísono y soporífero lamento se resignó a pasar otras tres horas degustando las empalagosas mieles de la cultura del sureste.

De madrugada, ateridos de frío, nos reunimos en una posada para convivir todos los intelectuales. Es decir, emborracharnos e intercambiar puntos de vista culturales.

—Cuba y Fidel Castro son un ejemplo de soberanía y respetabilidad en América Latina —dijo el intelectual del sombrero de ala ancha, mirándonos a la delegación campechana con ojos atravesados, inyectados de alcohol, arrinconándonos en una pared con su tufo de borracho incorregible.

Asentimos. No queríamos problemas. Como alumnos descerebrados y obedientes dijimos que sí, que Fidel era un santo, un ejemplo a seguir. El intelectual del sombrero de ala ancha, orgulloso de su perorata socialista, nos relató la realidad de Chiapas y de México.

—El subcomandante Marcos es un prócer, carajo —dijo, y luego nos contó sus aventuras por la selva lacandona junto a su ídolo, por tres gélidas, largas e interminables horas más.

* * *

Más escritores del Sureste

Naturalmente no todos los intelectuales del sureste son poetas socialistas y revolucionarios disfrazados con bufandas y sombreros de ala ancha que aman escucharse a sí mismos. En el segundo día de lecturas un jovencito de mirada apática, patibularia, un tanto atormentada, mesándose los cabellos de un modo feroz, balanceaba su cuerpo encorvado sobre una silla cual enfermo mental al tiempo que explicó a la concurrencia que para él la literatura era una cosa extraña, paranormal, fantasmagórica, que llegaba a su cabeza sin ninguna explicación o razón y tenía la necesidad de expulsarla, exorcizarla, pues entre otras cosas odiaba su vida, tanto o más que la vida de todos quienes lo rodeaban. Luego se soltó a leer una historia oscura, llena de alegorías y simbolismos. No entendí una sola palabra. Tampoco el resto de los presentes. En especial Hermenegildo, poeta tzotzil, que para matar el tiempo, sabio y astuto como un zorro, retrató en su cámara digital las partes íntimas de las estudiantes de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, que, infatigables y estoicas, permanecieron de pie como estatuas soportando las lecturas de los intelectuales y ayudando a servir bocadillos y bebidas, y (sin sospecharlo) siendo un distractor más que efectivo para el público.

Tocó el turno de William (y de su infalible camiseta pirata de la selección holandesa). El primer representante de Campeche. Los intelectuales del sureste deseaban saber cuál era el tipo de literatura que se hacía en esa ciudad pequeñita y costeña, ubicada en la península sur de la república.

Menuda sorpresa. Se escucharon murmullos. Aparecieron algunos rostros azorados. Risas contenidas. William leyó un cuento pornográfico dedicado a su mejor amiga. La historia iba de un pasante de medicina que un día se vio en la encrucijada de no cargar con un condón en la cartera justo el día en que una apetecible jovencita deseaba ser poseída en un cuarto de hospital al vertiginoso ritmo del baile de caderas de Shakira. Nuestro héroe, para sorpresa del auditorio, resolvió la faena (al menos en ese momento) improvisando un preservativo: cortó el dedo más largo de un guante de látex que encontró en un cajón.

—Es imposible engañar a una mujer de ese modo —dijo un intelectual al terminar de escuchar la historia.

—Sí, es la historia más inverosímil y estúpida que he escuchado en mi vida —lo secundó otro intelectual bastante indignado.

En la posada, al calor de las cervezas, William fue acorralado en un rincón por un intelectual que lo interrogó con toda suerte de preguntas calenturientas (entre ellas las medidas anatómicas, aficiones, perversiones y tipo de lencería que le gustaba utilizar a la chica que se dejó poseer en el cuarto de hospital) al tiempo que empuñó, frotó y masajeó sus partes nobles escondiendo ambas manos en los bolsillos del pantalón.

* * *

Naturalmente no todos los intelectuales del sureste son poetas socialistas y revolucionarios disfrazados con bufandas y sombreros de ala ancha que aman escucharse a sí mismos.

Juanito fue el segundo representante de Campeche en entrar en acción. Su historia fue de un poeta que nació con un pene microscópico. Diminuta verruga que le acarreó toda suerte de infortunios amatorios, entre ellos el abandono de su esposa. Por ello, sediento de venganza, decidió someterse a una peligrosa operación experimental que le daría una sana y briosa banana entre las piernas. Por desgracia, el resultado de la operación resultó literalmente monstruoso.

—Qué vergüenza que la literatura del sureste haya caído en la vulgaridad de la risa fácil —dijo en su conferencia magistral Lombardo, el intelectual que huyó a la selva oaxaqueña para evitar convivir con los seres humanos, mirando con ojos amenazantes de Chanoc a la delegación campechana.

Minutos más tarde, en un rincón del salón de conferencias la mujer del intelectual que huyó a la selva para no convivir con seres humanos (salvo con ella) le dijo en secreto:

—Pero bien que te reíste de la historia.

En la posada, al calor de los tragos de Comiteco, un intelectual con bufanda y un gorrito como los que usaba Justin Timberlake en el 2004, le confesó a Juanito que él también tenía un secreto.

—Más que la poesía, lo mío lo mío es la salsa —le dijo el intelectual salsero al oído y se soltó a cantarle casi en un susurro “Los versos más tristes” de Pablo Neruda en una versión tropical—. Anda chaparrito, agárrame de la cintura, duro, con confianza, que no muerdo.

* * *

El tercer representante de Campeche fue Eutimio Estrella. Eutimio leyó un ensayo sobre cómo ganar premios literarios, específicamente los premios Jaime Sabines y José Gorostiza. Algunos intelectuales, paisanos de los poetas muertos, se indignaron al ver asociados los nombres de sus maestros en un escrito que generó risas en la concurrencia, aunque en el fondo un poco decepcionados de que no se hubiera mencionado en la lectura la longitud de los penes de sus ídolos literarios.

—Maestro, ya en confianza —le dijo un intelectual a Eutimio, cerveza en mano, en un oscuro rincón de la posada, la mirada braguetera— ¿quién cree que la tenga más grandota, Gorostiza o Sabines?

* * *

Como era de esperarse, mi lectura fue un fiasco. Desangelada. Llena de errores. La lengua se me enredó. Trastabillé. Tartamudeé. Sudé frío. Mis intestinos aullaron. Tuve unos súbitos retortijones. Me brinqué palabras, líneas, párrafos enteros. Un desastre colosal que culminó con mi escape del salón de conferencias dejando mi lectura a medias para beneplácito del auditorio que me vio salir huyendo como un demente.

Horas más tarde, en el Bar Revolución, las estudiantes de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, infatigables, estoicas y un poco ebrias, decidieron abrir sus corazones y revelarnos un secreto:

—Desde la primera lectura de su delegación el coordinador del evento nos ordenó envenenar sus alimentos.

—Tranquilos —intervino otra estudiante—, palabra que sólo les pusimos la mitad de la dosis.

—Eso sí —dijo una estudiante de cabellos morados—, deben prometernos que no dirán nada, ustedes calladitos, y de preferencia no se aparezcan esta noche ni ninguna otra en la posada, oficialmente están muertos.

—Ahora, si nos disculpan —las estudiantes se levantaron de la mesa—, nosotras nos pasamos retirar, justo ahora están reinaugurando en la posada “El Segundo Encuentro de Intelectuales de casi todo el Sureste”.

Horrorizados, cada uno de los integrantes de la delegación campechana tomamos de las manos a la respectiva estudiante que nos había prometido dormir con nosotros esa noche.

—Discúlpennos —dijo la estudiante que parecía ser la cabecilla del grupo—, honestamente no nos gusta mezclarnos con payasos. ®

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Publicado en: Abril 2011, Apuntes y crónicas


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