PERIODISMO GRÁFICO

Los cómics y los acontecimientos del mundo

Los cómics y la gráfica no se podían quedar aislados de los acontecimientos mundiales. Mientras aún hay quien se debate entre si los monitos deben ser considerados arte o no, éstos han llegado ya a otro nivel, en el que se ha dado un entrecruzamiento con el periodismo. Dibujantes como cronistas, comiqueros como reporteros de guerra, artistas gráficos como analistas políticos e intérpretes de la realidad.

El siguiente texto se compone de ensayos publicados con anterioridad en medios impresos y que ahora se reúnen corregidos y aumentados para ofrecer al lector un panorama del fenómeno de los dibujantes gráficos y su incidencia en la prensa.

1. La literatura gráfica post-9/11

Luego de la mañana del 11 de septiembre de 2001 el panorama cambió subrepticiamente no sólo en la política exterior de Estados Unidos. Y no sólo en los medios tradicionales, como la televisión. La ola expansiva del derribo de las Torres Gemelas alcanzó rincones aparentemente insospechados como los cómics. De hecho, el efecto fue inmediato. Se sabe de cómics en beneficio de las víctimas y las asociaciones médicas y humanitarias que fueron mandados a imprenta ¡cinco días después de ocurrida la tragedia! Hablemos de oportunismo y oportunidad.

¡El desastre es mi musa!, Art Spiegelman

Los títulos que afloraron son heterogéneos y son una muestra de la amplitud del mercado estadounidense. Editoriales del mainstream y casas pequeñas por igual lanzaron ediciones especiales. Los métodos de edición variaron. En el caso de 9-11, una de las recopilaciones más conocidas, el primer tomo fue coeditado por Chaos!, Image y Dark Horse, mientras que el segundo por DC, en conjunción con sus filiales, como Vertigo, WildStorm y la revista MAD. The Comics Journal reportó en 2002 que la derrama económica derivada de 9-11 fue de 230,000 dólares. Marvel, por su parte, donó un cheque de un millón de dólares al Twin Towers Fund, dinero proveniente de sus dos ediciones especiales, Heroes y A Moment of Silence. También comenta la diferencia entre las ediciones de estas editoriales grandes y las independientes: en la presentación de las primeras hubo cobertura televisiva y radiofónica, en la de las pequeñas, no. Y es que la tragedia ha sido un pretexto perfecto para la especulación, el morbo y la voracidad. Un ejemplo es el nivel de culto al que se elevó el tráiler de la primera película de Spider-Man en la que aparecían las Torres Gemelas y que hubo de ser reemplazado por uno más apegado a la realidad (la realidad: las Torres ya no están ahí).

Esa realidad es la que le da nombre al segundo libro sobre una guerra que publica Art Spiegelman: In the Shadow of No Towers. El primero, Maus, le llevó trece años en completarlo. Por esa razón, explica que nunca le interesó volverse caricaturista político, pues presume parcamente ser “un artista que se encuentra Dos Segundos Adelantado a Su Tiempo” y se declara incapacitado para hacer un comentario inmediato a lo que está pasando. Su timing para interpretar la realidad le lleva muchas más horas que, al parecer, a todos los artistas que se lanzaron a dibujar algo al respecto apenas habían caído las Torres. Me recuerda a “Action Painting II”, el óleo de Mark Tansey en donde un grupo de pintores retrata el despegue de un cohete espacial en el momento mismo del despegue —y lo terminan. Tal parece que los dibujantes trabajaban mientras las desesperadas víctimas preferían dejarse caer de cabeza antes que morir en el derrumbe, o mientras la densa nube de humo correteaba transeúntes en la calle. ¿Capacidad de reacción u olfato para los negocios?

La calamidad sacó a flote uno de los cuestionamientos más antiguos en contra de los cómics de superhéroes: si Superman, Spider-Man o quien se les ocurra han combatido misteriosas fuerzas cósmicas, monstruos descomunales, amenazas a la democracia y la estabilidad de la Tierra (recordemos que el Capitán América derrotó a Hitler en una imaginaria aventura aparecida en el número 1 del héroe), es decir, si han podido con eso, ¿por qué no pudieron prever esto, que no fue poca cosa? Si Spidey posee un sentido arácnido que le alerta del peligro inminente, ¿por qué no le avisó de los aviones que se estrellarían en dos de los edificios más emblemáticos de la ciudad en la que vive? (Recordemos también que Peter Parker no habita en una ciudad imaginaria como la Gotham de Batman o la Metropolis de Superman.) Para Robert Wilonsky, la frase “¡Miren en el cielo! ¡Es un ave! ¡Es un avión!” suena diferente. La verdad es que diferente suena a eufemismo. Suena ridículo. Si el avión se estrella en Estados Unidos suena terrible, pero si es en otro país, se puede hacer un gag en Saturday Night Live y David Letterman y Jay Leno harán mofa de la villa en la que cayó, cosa que no pasó en sus programas posteriormente al acontecimiento.

El punto central es que la Democracia y el American Way of Life fueron cuestionados severamente con el atentado. Sucede que los editores de cómics de superhéroes se dieron cuenta de que estaban poniendo demasiada atención en aventuras supranormales, fuera de la realidad, y se estaban olvidando de los seres humanos. Un acontecimiento de tal magnitud suele despertar sentimientos que parecían enterrados o intensificar dramáticamente los ya existentes. El patriotismo es el más evidente. Los cómics, cartones políticos, pósters, tarjetas coleccionables e incluso, en otro espectro artístico, la música, producidos inmediatamente después del 9-11 estaban henchidos de rabia, orgullo, patrioterismo, sed de venganza, melancolía, desolación o tristeza. Los viejos símbolos se re-erigen: la Estatua de la Libertad, El Tío Sam, el Águila Calva, las mismas Torres refuerzan su valor icónico. Sirven igualmente para arrancar lágrimas que para desacralizar. Todo depende. Incluso se rumoró que grupos de patrióticas mujeres corrieron a la zona de desastre para asistir a los voluntarios que levantaban escombros —y a los que en Marvel y DC dibujan musculosos, anatómicamente correctos y atractivos— en terapia de sexo gratuito. Una Joy Division de ésta, la guerra de nuestra generación.

La caricatura política editorial también recibió la radiación que emanaba del Ground Zero. Dos catedráticas estadounidenses encuentran similitudes entre el cartón político posterior al asesinato de Kennedy y el atentado a las Torres Gemelas en este renacimiento de valores tradicionales del país del norte. Ese renacimiento, por lo menos en el lado republicano de las cosas, ha provocado que la situación se asemeje a los tiempos reaganianos.

Hay dos artistas gráficos por lo menos que han fungido como reporteros y que, con una mirada y una postura que sólo da la experiencia directa, han desmenuzado la situación pre y post 9-11. Uno es Ted Rall, quien desde años antes de que sucedieran los hechos realizó viajes a Afganistán, recabando datos y observaciones que muchos editorialistas no poseen. “Cuando la atención se volcó sobre Afganistán yo, definitivamente, tenía una ventaja”, concede. Ha convivido con gente de Turkmenistán, invitado en septiembre del año 2000 al desierto de Asia Central por el embajador de Estados Unidos para hablar del cartón político estadounidense y ha dibujado y escrito feroces piezas sobre su gobierno y su política invasora y algunas medidas que ha tildado de estúpidas.

Joe Sacco es el otro dibujante del que hablo. Verso ha reeditado un cómic-reportaje suyo que Harper’s publicó en 2007 sobre el entrenamiento de iraquíes disidentes en campos de adiestramiento en que marines los enseñan a defender soldados estadounidenses. “Tenemos que hacer trizas a los reclutas para fortalecerlos”, exclama el sargento Weaver mientras un atribulado Sacco toma las notas que darán forma a sus crónicas. Lo que atestigua lo lleva a las mismas conclusiones que las de Rall —por otro lado, nada difíciles de dilucidar—: los mandos militares actúan igual que el país al que sirven: son bullys, abusadores que aprovechan sus superioridad física, una que ni sus aliados ni sus enemigos poseen y que les permite seguir siendo una potencia (La Potencia).

Ted Rall y Gary Groth, editor de Fantagraphics Books, sostuvieron una interesante disertación sobre este hecho. La conclusión es que los estadounidenses han vivido muy bien bajo el Modo de Vida Americano (que es a su vez el American Dream de los inmigrantes que han construido la nación) y saben que se ha llegado a este punto luego de las incursiones militares de sus gobiernos, las presiones económicas que imponen a las demás naciones, el colonialismo sistémico de la Casa Blanca, las reglas económicas puestas desde ese país. Rall pone como ejemplo los países antes pertenecientes a la URSS, que ha visitado, para expresar lo indeseable que sería para los ciudadanos de Estados Unidos dejar de vivir en sus condiciones actuales. Lo que vio ahí es algo que le atemorizaría vivir en su propia nación: la decadencia de un imperio. “Estoy muy conflictuado por esto. En serio, moralmente, sé que la política exterior estadounidense es inmensamente inmoral y está equivocada”. Se trata de un periodista gráfico que disiente, al que ni siquiera se le puede considerar liberal en un sentido convencional. Ni el más liberal aceptaría vivir otro tipo de realidad, ni siquiera los hippies. Tomando esto en cuenta: ¿cambiará algo que un negro gobierne a la SuperPotencia del Planeta Tierra? Yo mejor me voy a hojear cómics.

2. Nuevo periodismo gráfico

En este momento es difícil concluir si se trata de un nuevo género periodístico o de una moda pasajera. Lo cierto es que en todos lados están brotando ejemplos de periodismo en una (plata)forma poco tradicional: el cómic. Narrativa gráfica periodística, como le llama el crítico Ernesto Priego. Ficción y reportaje, realidad e invención, periodismo y literatura gráfica.

En tiempos de la guerra del Golfo Pérsico el periodista inglés Robert Fisk explicaba cómo la guerra parecía haber trasladado su sede a un campo de batalla inédito, uno propio del siglo XX y el auge de la revolución audiovisual y, sobre todo en esos años, el de la realidad virtual. Decía:

En una guerra por tierra, el sonido y la visión no coinciden más; para un soldado en su primera batalla en tierra la realidad está separada en segmentos como una película cuya pista sonora se encuentra fuera de sincronía. Las bombas explotan en silencio; las explosiones carecen de origen. Un caza bombardero atacará un blanco distante, bañará el terreno en fuego y cambiará de dirección, alejándose en el cielo sin el menor sonido. Sólo más tarde, conforme el humo se disipa, los sentidos se reconstituyen con los decibeles adecuados.

Los reportes de los soldados parecían indicar una tendencia: la guerra se disfrutaría desde la comodidad de un sofá, frente a una pantalla (en esos años la gente no portaba laptops como ahora ni se encontraba conectada a la red de manera continua, así que la pantalla sería la del televisor). Los reportes neuróticos de cadenas como CNN parecen confirmar esa manera que tenemos ahora de enterarnos de los acontecimientos. El problema, parecía ser, era que la guerra se estaba despersonalizando. Las pantallas provocan que la matanza parezca un videojuego. ¿Quién estaba peleando las guerras? ¿Nadie? ¿Habría que prescindir de los soldados?

Esa despersonalización de la batalla parace haberse confirmado en abril de este año, cuando Wikileaks hizo público un video de 2007 que muestra el momento en que un helicóptero Apache de las fuerzas de ocupación del ejército de Estados Unidos dispara a la población civil en Bagdad, asesinando a una docena de personas, entre ellas, al periodista de Reuters Namir Noor-Eldeen y su chofer, Saeed Chmagh.

Aún existe una barrera tecnológica que no nos permite apreciar de manera total la forma en que se desarrolla la guerra. Hasta que no se lance un Google Maps con street view en tiempo real aún veremos las escenas como a través de un cristal verde. La pregunta sería si en verdad algún día queremos observar las escenas de guerra de una forma hiperrealista, en 3D y con sonido THX. El video de Wikileaks le da la razón a Fisk, pero lo cierto es que la tecnología nos está acercando a ese temido momento en que la guerra no sólo se vuelva más real, sino absolutamente banal.

La única manera de saber cómo es la guerra es vivir una o preguntarle a alguien que ha estado en una. Tal vez sea terrible, quizá los síndromes posguerra sean inevitables… o a la mejor son absolutamente aburridas y tediosas. Yo qué sé. En Lo que hay que tener, la crónica de Tom Wolfe sobre la carrera espacial, se narra un episodio en el que un piloto abunda sobre esto de lo que hablamos:

En la película del curso de instrucción la cubierta era un gran sector de  geometría gris, peligroso, desde luego, pero una forma asombrosamente  abstracta si se contempla en una pantalla. […] Decir que un F4 volvía del cielo a aquella barbacoa oscilante a una velocidad de unos 135 nudos… eso podría haber sido la verdad en la clase de instrucción, pero no empezaba siquiera a transmitir la idea de lo que veía el recién llegado desde la cubierta […] uno experimentaba una alarma neurológica para la que no podía haberle preparado ninguna clase: esto no es un avión que viene hacia mí, es un ladrillo con un pobre hijo de puta a los mandos (¡alguien muy parecido a mí!).

Cómics y guerra

Dejando aparte los cómics de acción y aventura pura y dura, existe una tradición de autores de cómic que han hecho incursiones en el género de la guerra de diversas maneras: de los crudos y hermosos cómics de Harvey Kurtzman para EC Comics a la multicitada novela gráfica Maus, de manera directa o indirecta, algunos dibujantes y guionistas de cómics se han vuelto en cronistas del conflicto bélico. El enfoque en estos trabajos a veces es personal, a veces más periodístico. A continuación algunos casos en los que narrativa, gráfica y periodismo se entrecruzan. Se trata de una lista heterogénea, pues no parece haber una corriente que conjunte a artistas, sino, parece ser, se trata de una necesidad periodística y artística la que ha motivado a que existan.

Minas y arte

Precisamente es un soldado que partició en la operación Tormenta del Desierto el que abre nuestra selección. Glenn Fitzpatrick es un soldado británico que formó parte de las filas de su país durante seis meses. El horror que atestiguó lo llevó a plasmar gráficamente sus experiencias, montado en un tanque. No se trata de un dibujante “profesional”. Sus dibujos son crudos y simplemente retratan de manera directa lo que vio con sus propios ojos. Culminar este trabajo le llevó muchos años. Primero, para decidirse a escupir la bola de fuego que tenía en sus entrañas. Luego, para ponerse a dibujar lo que recordaba de una guerra que no era suya. Sus dibujos ahora forman parte de Arts and Mines. Hell and beyond: a personal odyssey (Aerocomm, 2010), un libro recopilatorio al que llama “una retrospectiva de un caos organizado. Un viaje de emociones encontradas”.

Antes de Twitter

Nacido en Bosnia Herzegovina, Ervin Rustemagic es un empresario dedicado a producir y distribuir cómics en Sarajevo. Durante el asedio serbio a Bosnia tras su intento independentista (conflicto bélico conocido como La guerra de los Balcanes o Guerra de Bosnia), el hogar de Rustemagic en Dobrinja es destruido, orillándolo a él y a su esposa Edina a guarecerse en un edificio derruido en Sarajevo. El lugar les sirvió de escondite durante dieciocho meses, de febrero de 1992 a septiembre del año siguiente, y su único medio de comunicación con el exterior fue un fax. Desde allí mantuvo contacto, básicamente, con sus clientes, entre los que se encuentra Joe Kubert, un artista veterano de DC Comics.

Los faxes, dirigidos a Joe y su esposa Muriel, dan cuenta del desarrollo del conflicto desde la llegada de los serbios, quienes cierran las carreteras para que los “perros musulmanes” no puedan salir, mientras que toman como rehenes a las mujeres para violarlas sistemáticamente, en un terrible caso de odio y asco selectivos. “Los francotiradores encuentran mucho placer en matar niños. Tal vez lo hacen para alcanzar a los adultos que salen corriendo a auxiliar a los niños heridos”, explica en un fax, y Joe Kubert traslada la crónica a dibujos: un niño y su perro caen abatidos bajo el fuego acaso de la Avenida de los Francotiradores; aquellos mercenarios que cobraban por disparar y que recibían un bono de 300 dólares por cada ciudadano muerto. Los faxes entre editor y creador y su forma final (Fax from Sarajevo, Dark Horse, 1996) son una suerte de red social que ahora nos parece primitiva, aunque seguramente posee mucho más rigor periodístico que los tuits de estos días.

La franja que sangra

El terrorismo es la leche con que se crían los palestinos.
—Joe Sacco

Joe Sacco es el comic-reportero más reconocido en esta tendencia periodística. Su trabajo incluye varias incursiones en territorios de guerra. Libreta en mano, toma notas para después vaciarlas en paneles que dan cuenta de esos recorridos entre tanques de guerra abandonados, clubes underground para beber y bailar, asentamientos judíos, taxistas palestinos, niños con el gen terrorista a flor de piel. Para Sacco, la experiencia le deja más dudas que certezas. Explica que “las simpatías pueden ser un montón de nada”, y también sabe que, en el mejor de los casos, él solamente es una especie de turista. Un cómic, la forma final de sus reportajes, el formato en el que será vendido, no llegará a los palestinos ni les interesará. Una novela gráfica en estos avatares resulta, sencillamente, frívola. Con su característico autoescarnio, hace mofa de su “misión” —la cual se pausa un momento cuando hay que voltear a ver a una linda chica israelí con un fusil en el hombro—, y de paso hace mofa del trabajo del reportero: ¿qué tanto puede un extraño llegar a adentrarse en un conflicto bélico?, después de asistir a una manifestación por la democracia, ¿qué? Es difícil marcar distancia, tomar partido o comprender los entresijos del conflicto, de cualquier conflicto. Los seres humanos no son planos y poseen muchos matices, una escala de grises que no hace más que causar confusión. Los reportajes de Sacco se pueden leer en Palestine (Fantagraphics, 2001), Safe Area Gorazde. The war in Eastern Bosnia 1992-1995 (Fantagraphics, 2001) y más recientemente en Footnotes in Gaza (Johnatan Cape, 2009), entre otros libros y reportajes publicados en revistas.

Fotógrafo sin fronteras

El francés Didier Lefèvre, de profesión fotoperiodista, tuvo la oportunidad de participar en una misión en Afganistán durante la invasión soviética de 1985, como parte del equipo de Médicos Sin Fronteras. El objetivo es documentar la labor de la organización en esos hostiles tiempos, en esa hostil geografía, con una guerra civil en plano desarrollo y tantos otros acontecimientos bélicos sucediendo al mismo tiempo.

En esta obra (The Photographer: Into War-Torn Afghanistan with Doctors Without Borders, McMillan, 2009), integrada lo mismo por fotografías —coloreadas y no— que por dibujos, se rebasa la línea que el mismo reportero intenta marcar entre él y los acontecimientos. La distancia periodística se rompe ya que lo que el fotógrafo va recabando, en un momento dado, es demasiado abrumador. Esta combinación de dos tipos de imagen —foto y dibujo— ha resultado muy atractiva para el público lector. Mientras que el dibujo aleja, la fotografía acerca. Con la fotografía no quedan dudas; los dibujos son metáforas. Ambos son interpretaciones de la realidad, y mezcladas —o, mejor dicho, yuxtapuestas— crean una atmósfera inédita. La guerra es explicada con imágenes, unas que son prácticamente instantáneas (las fotografías de Lefèvre) y otras que requieren la labor y paciencia de un dibujante(los dibujos de Emmanuel Guibert).

En la zona desmilitarizada

Los reporteros de guerra suelen encontrarse en medio de la acción a veces por cuestiones laborales, otras por un convencimiento porsonal que va más allá de la profesión y, definitivamente, también porque no les queda de otra. Es el caso de Matt Roth, el único personaje de ficción de esta selección. Es resultado de la conjunción de los talentos del escritor estadounidense Brian Wood y el dibujante italiano Riccardo Burchielli.

Roth es un fotoperiodista como el que aparece en The photographer, pero en su caso termina en el campo de batalla luego de que un prestigioso periodista, ganador del Pulitzer, a quien iba a servir como aprendiz (es decir, como gato) muere cuando su helicóptero es derribado. La guerra se desarrolla en una mítica Nueva York del futuro derruida, en la que de Times Square sólo queda el recuerdo y con una guerra civil que ha enfrentado al gobierno con los integrantes de los “Estados Libres”, una entidad ideológica sesecionista. Una especie de segunda guerra civil estadounidense, como ha explicado el autor, Wood. Las aventuras de esta serie publicada por Vertigo, la filial alternativa de DC Comics, contiene tantos rasgos holywoodenses como muchos de los títulos que se publican allí. Pero también posee elementos de realidad de lo que significa y significará que explote una guerra: el periodismo se vuelve salvaje, es difícil identificar al verdadero enemigo y una nación estará dispuesta a traicionar a su propia gente si sus intereses así lo requieren. El protagonista, quien reporta por medio de un teléfono celular, volviéndose la única fuente de información in situ, bien puede representar la reconfiguración que las redes sociales darán al periodismo: pronto será reportero quien posea los medios mínimos para registrar acontecimientos, y quien se encuentre en el lugar de los hechos. No importarán las vacas sagradas ni los medios tradicionales. No pesará tanto el nombre de un medio, sino que haya alguien allí para reportar. ®

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Publicado en: Julio 2010, Periodistas


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