Perversión y subversión

¿Existe la perversión hoy?

Lo perverso el día de hoy no es tener sexo con desconocidos, en público, en grupos, en lodo (o en un jacuzzi lleno de curado de apio, como anhelaba Maurice, un antiguo compañero de trabajo), en la calle, con gallinas, lechones o hamsters; espiar, ser espiado, disfrazarse, latiguearse, orinarse, masturbarse…

Carlos Carrera

Carlos Carrera

Mucha gente en México no ve cine mexicano. Tal vez porque lo consideran mal hecho (todavía en los ochenta el sonido era del nabo, eso que ni qué); porque no hay súper guapos ni súper buenas; porque los productores no se gastan un megavaro en explosiones; incendios, choques, aludes, maremotos, etcétera, o vaya usted a saber por qué. Yo soy afecta al cine nacional desde las clásicas de Jorge y Pedro, pasando por las de Arturo de Córdova y Libertad Lamarque, las de los hermanos Soler y los Almada, las de ficheras, poquianchis y corcholatas, hasta llegar al Nuevo Cine Mexicano, ése que en los ochenta no se oía y, de unos años para acá, ha creado toda clase de monstruos (antes de que alguien se ofenda aclaro que el significado de esta palabra es amplio y puede implicar “lo extraordinario”).

En mi primer intento por ver la película mexicana Sexo, amor y otras perversiones (Carlos Carrera, 2006) fui a una sala de cine acompañada por mi hija, de entonces dieciocho años, a quien no le permitieron la entrada a la función por no llevar una credencial de elector, lo cual no obstó para que nos vendieran su boleto. Esto me pareció una redonda gandallez, porque no nos cambiaron el boleto para otra función y tampoco nos devolvieron el dinero. Si desde la taquilla nos dicen que había que mostrar un documento de identidad —como si una credencial del IFE le diera el criterio para asimilar escenas de adultos—, no perdemos el tiempo y nos vamos directo por las entradas de Bambi.

Cuando días después vi la película —la cual volví a ver recientemente—, no me pareció que tuviera algo lo bastante nocivo, “fuerte” o censurable como para impedirle el acceso a una jovencita que ha visto —y tal vez hecho— cosas peores. La verdad, me parece más perjudicial para la estructura moral, emocional y mental de una persona en proceso formativo (o en cualquier clase de proceso) leer los libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez que ver a Arcelia Ramírez en pelotas o a Patricia Llaca besándose con otra chava.

Salí del cine satisfecha y relajada después de experimentar en la penumbra de la sala y la soledad de mi butaca uno de mis más grandes placeres: reírme a carcajadas, porque la película no sé si sea buena —me declaro incompetente para emitir una opinión calificada— pero me divirtió mucho… y también me hizo pensar.

Mi reflexión se detonó con el título: Sexo, amor y otras perversiones, pues la palabra “otras” da al amor y al sexo la misma calidad de perversión. Este vocablo, que se identifica con actos abominables y abyectos, impropios de gente decente y de todo aquel que aspire a ser considerado una finísima persona, es en esencia subversivo, es decir, refiere algo que tiende a romper, a cambiar, a modificar. En su primera acepción, perversión es la “acción de pervertir o pervertirse”, y pervertir es “alterar el orden o el estado de las cosas”. En este sentido, una perversión es una acción que busca la renovación, el cambio, la transformación. Es un camino alternativo en la búsqueda legítima de la libertad.

Visto así, las perversiones son equiparables con las revoluciones que, como es sabido, son bienvistas preconizadoras de la emancipación y el cambio, y la diferencia entre el subcomandante Marcos y mi amigo Salomón, quien gusta de fornicar con su máscara de Blue Demon puesta, es el orden que pretenden alterar —uno el social y otro el sexual— y, por supuesto, lo que les cubre la cara.

Hoy día, lo verdaderamente perverso, lo que casi nadie hace, lo marginal frente a las conductas colectivas, lo alternativo, riesgoso y mega border es, simplemente, amar y tener orgasmos con ese(a) a quien se ama.

El que hace la revolución es un revolucionario y el que hace la perversión es un perverso. ¿Y quién es este último? Según la Enciclopedia del idioma, de Martín Alonso, es alguien “sumamente malo, depravado [que vicia, adultera y corrompe] en las costumbres u obligaciones de su estado” o simple y llanamente un “anormal”. La primera acepción de perverso puede embonarle perfectamente a figuras de la talla de mis generales Villa y Zapata, quienes en sus afanes libertarios cometieron con sus huestes revolucionarias cualquier cantidad de transgresiones y excesos.

Para no confundir revolucionarios con perversos, a estos últimos hay que llamarlos sencillamente anormales. Y que nadie se me sienta freak y le empiece a dar el síndrome del hombre elefante o a preguntarse frente al espejo si su estado actual es por desobedecer a sus padres. Permítanme dar una explicación sustentada no en el diccionario sino en conocimientos científicos adquiridos en el aula universitaria. (¿Qué pensarían mis maestros de epistemología si me vieran utilizar la teoría sociológica para explicar parafilias?).

El científico francés Emile Durkheim definía como normales aquellos hechos “generales que si no se encuentran en todos los individuos se manifiestan por lo menos en la mayoría, y si no se repiten idénticamente en todos los casos, sus variaciones quedan encerradas en límites muy restrictivos. Por el contrario, existen otras formas que son excepcionales, no sólo por presentarse en una minoría, sino porque no se mantienen muchas veces por toda la vida del individuo”.

En apego a lo citado, lo normal es aquello que, a fuerza de ser realizado por la mayoría dentro de una colectividad, en un lugar y tiempo determinados, se establece como norma, es decir, se vuelve normal. En contraparte, las excepciones o variantes en relación con esta normalidad se consideran fuera de la norma, o sea, anormales. Durkheim les llama también patologías (término fisiológico que alude a un orden alterado) o anomias (ausencia de normas).

En este enfoque, una perversión es una conducta o acción que no atañe a la mayoría y, por ello, se considera fuera de lo normal. Ahora volvamos al principio: ¿son el sexo y el amor perversiones de los tiempos actuales?

Yo respondería que sí. Lo perverso el día de hoy no es tener sexo con desconocidos, en público, en grupos, en lodo (o en un jacuzzi lleno de curado de apio, como anhelaba Maurice, un antiguo compañero de trabajo), en la calle, con gallinas, lechones o hamsters; espiar, ser espiado, disfrazarse, latiguearse, orinarse, masturbarse… porque la búsqueda por el camino de la ruptura de límites, por la exploración dentro de nuestros personales dark-rooms, nos llevó a alejarnos radicalmente del origen. Así, lo anormal —lo patológico o anómico— a fuerza de generalizarse empezó a convertirse en la nueva norma, en lo normal.

Hoy día, lo verdaderamente perverso, lo que casi nadie hace, lo marginal frente a las conductas colectivas, lo alternativo, riesgoso y mega border es, simplemente, amar y tener orgasmos con ese(a) a quien se ama. Porque para la mayoría resulta más fácil y seguro enseñar las pubescencias y dejarse junjunear los rinconcitos que atreverse a mostrar (y a dejarse tocar) el corazón.

Ésta es mi fantasía, mi revolución privada, mi más profunda perversión. ®

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Publicado en: agosto 2013, Apuntes y crónicas


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