PIÑATA DE SUPERMAN

¿Cómo configurar la heroicidad?

Mi hijo está obsesionado con todo lo que rodea al Día de los Muertos en México y está loco por venir y ver las procesiones.
—Hugh “Wolverine” Jackman, en abril de 2009

Estados Unidos es el país que marca la pauta sobre el camino que el resto del mundo debe tomar. En cuanto a la cultura popular, el resto del mundo sigue los pasos de los estadounidenses. Esto influye en la identidad de los demás países a veces de manera poco perceptible, pero imponiendo una influencia que todos, con tal de sobrevivir, deben seguir. Un ejemplo: la industria de las artesanías. Si el gringo quiere ver calaveritas le haremos calaveritas. Si lo que busca es bolsas del mandado con la cara de Frida, eso les vendemos, cómo no. Esa influencia es difícil de aceptar, porque los mexicanos seguimos insistiendo en que nosotros poseemos una identidad propia, como si nosotros marcáramos la agenda. Pero montar ofrendas ha dejado de ser una tradición mexicana para convertirse en una neo-tradición de la nación springbreaker. El modelo que hemos asimilado es el del vecino del norte, y a continuación, un ejemplo.

En el mercado de los cómics poco trasciende si no es validado primero por el mercado de Estados Unidos. No sólo en cuanto a que prácticamente el único género que se lee en México es el de los superhéroes, sino también en que lo poco, muy poco que se edita aquí proveniente de otros países ha pasado primero por el filtro del mercado ya mencionado: un manga (cómic japonés) no será editado en estas tierras si su éxito no ha sido comprobado en otros lugares. Por lo menos en este momento resulta impensable que se llegue a editar la obra del oscuro mangaka Yoshihiro Tatsumi (acreditado como el creador del género gekiga, el manga alternativo de Japón). Si a Maus le llevó tantos años llegar al mercado mexicano —y, para acabarla de fastidiar, en una edición muy inferior a la original de Pantheon Books—, y eso solamente por la fama que acumuló a través de los años, los obreros y perdedores de Tatsumi se antojan como para no ser conocidos por el lector mexicano de aquí a veinte años.

Editoriales como Vid o Televisa, que publican acá títulos que ya han sido exitosos en otros lugares, no van a arriesgar su audiencia con un título atípico. Guarida del terror, los relatos de Edgar Allan Poe y Howard Phillips Lovecraft adaptados al cómic por Richard Corben fueron editados en México porque los dos escritores malditos son una garantía de éxito comercial. Si la zoofilia dibujada garantizara grandes ventas, Editorial Televisa y hasta Iglesia Católica Publishing House publicarían material de esa naturaleza sin pensárselo dos veces. En México no tenemos nuestras Norma Editorial, La Cúpula o Glénat. No existe un contrapeso.

Con un tiraje de 80 mil copias Vid lanzó recientemente Chiva Fighter, un cómic dirigido a los seguidores del club Guadalajara. Dibujado por Roberto Castro, artista a quien se presenta como alguien que “ha trabajado para importantes consorcios como Marvel donde ha dibujado al Hombre Araña”, se trata de las aventuras futuristas (dos mil años después de nuestra era) de “Caprino”, un personaje (un cabrón, o macho cabrío) que se encargará de luchar contra el mal. El diseño es el de aquellos seres de musculatura y anatomía imposibles, con habilidades y poderes que los elevan por encima del ciudadano promedio y que, justamente, poseen los mismos ideales de justicia que los terrestres. Igual que sucede con los superhéroes de Estados Unidos los autores deciden que es en su país en donde se librará la batalla épica por el control de la Tierra. Es decir, el mismo concepto que se ha venido reutilizando desde que Superman llegó a los comic books. Nada nuevo, solamente el mismo cliché.

La búsqueda por igualar el estereotipo de la cultura de masas ha llevado a los dibujantes de cómics a devanarse los sesos con tal de encontrar la fórmula perfecta, el ingrediente X que dote de vida al máximo superhéroe mexicano, aquel que, no importa los poderes que posea ni su misión en nuestro planeta, sí produzca dinero y éxito. Si para eso se necesitan más mallas de látex que cubran músculos hipertrofiados, que así sea. Y empieza el debate: ¿cuáles de los personajes de cómics mexicanos del pasado pueden calificar como tales? La innecesaria y tierna discusión lleva siempre al mismo lado: enumerarlos, analizarlos y darse cuenta de que estamos muy lejos de Marvel, DC, Image o la editorial de superhéroes que ustedes gusten y manden. Eso sí, tenemos a Kalimán, El Santo, El Pantera y, mucho después, a Ultrapato, El Cerdotado, El Bulbo, Meteorix. Pero, ¿cuál de éstos fue conceptualizado desde el principio como superhéroe dentro de los parámetros que conocemos? Realmente, ni uno de ellos. Hay quien en sus listas llega incluso al despropósito de incluir al Chapulín Colorado. Así están las cosas.

Entre los jóvenes dibujantes la tendencia es la aspiración a igualar el estilo de los cómics que admiran. En este caso, el de los superhéroes. La costumbre dicta que las convenciones de cómics son el lugar ideal para mostrar el trabajo. Con su portafolios bajo el brazo, dibujantes de todas partes hacen fila para que su trabajo sea revisado y, con algo de suerte, lograr entrar a las ligas mayores (no, las ligas mayores no son ni serán las editoriales independientes, así que ya podemos adivinar el estilo que domina en esas carpetas de trabajo). Es el caso de, por ejemplo, Humberto Ramos, quien dibuja a Spider-Man para Marvel haciendo lo que le gusta. Humildemente declara: “Ojalá supiera lo que hace falta para llegar a ser un artista”. En mi opinión tiene mucho más mérito su caso: dibuja lo que le gusta, trabaja haciendo lo que conoce en el mercado que conoce y no trata de introducir un nuevo héroe azteca con músculos y superpoderes.

Charros contra gángsters
Chochemán manda un mensaje
a esos gringos tan ingratos:
ese muro que construyen
para taparnos el paso
más vale que ya lo paren
no les va a durar ni un rato
Chochemán piensa tumbarlo
solamente de un panzazo
—Bronco

En el post de Daniel A. Durán  Las 100 razones por las que no existen superhéroes mexicanos se puede ver una colección de viñetas dibujadas de manera muy precaria, para ser sinceros, pero que poseen toda la idiosincrasia nacional y que dan una pista de las grandísimas diferencias culturales que existen entre Estados Unidos y México. ¿Necesitan una razón? Darkseid ataca la torre de Pemex y Flash ni se mueve para ir a defender el edificio, pues queda fuera de su demarcación. Mejor quedarse a ver Ventaneando por la tele.

México, en todo caso, ha cultivado una tradición paródica y humorística que ha trascendido muchísimo más: El Santos de Jis y Trino o El Cerdotado de Polo Jasso son ejemplos de ello. Lo mismo el surreal Superbarrio Gómez o Fray Tormenta (es muy revelador que los personajes salidos de la lucha libre sean constantes en la imaginería popular). En los años maravillosos de la dupla conformada por Víctor Trujillo y Ausencio Cruz apareció un churro fílmico más, llamado Barman y Droguin, muy en el estilo de revistas como VideoRisa, en donde el batimóvil porta el logotipo de Bacardí. El mexicano se ha burlado de los superhéroes y de sus propias caraterísticas —físicas, culturales— que lo alejan del ideal del cómic mainstream: si un Superman mexicano buscara una caseta telefónica se llevaría un fiasco: ni hay y si hubiera una, antes habría una fila interminable o alguien habría arrancado ya el teléfono.

Roger Bartra, en Letras Libres, analiza el caso de un capítulo en alguna de las sagas de Superman en donde se presenta a tres superhéroes mexicanos: El Muerto (claro, ¿cómo no?) Acrata e Iman —los últimos dos nombres sin acento—. Bartra comenta: “A muchos les parecerán chocantes y alarmantes las nuevas formas que adopta la mitología postnacionalista, que no respetan los usos tradicionales de los símbolos patrios: en una auténtica mescolanza kitsch, los superhéroes mexicanos no vacilan en convocar en un mismo escenario las leyendas místico-mexicanistas al estilo de los concheros, el pensamiento whig inglés del conde William Pitt, unos terroristas ecológicos con cara de apache, el feminismo azteca en su variante punk, la ciencia astronáutica mexicana, el terremoto de 1985, los fantasmas rulfianos, el escudo nacional y las aglomeraciones de tránsito frente al Palacio de Bellas Artes. Este amasijo absurdo es una muestra —sin duda grotesca— de nuevas expresiones de la cultura de masas”. Éstas son características comunes de los intentos por desarrollar superhéroes mexicanos: un pastiche sincrético que toma lo mejor de los más conocidos lugares comunes y lo pone un poco al día. Héroes aztecas que vuelan, colorido, fiesta, tradición. A mí no me ofende la falta de respeto a los símbolos patrios, sino la falta de respeto al lector, quien resulta poco exigente. Como cuando algún rockero inglés o estadounidense grita “¡Viva México!” y el público llora y se emociona porque pronunció la palabra México.

Si se echa un vistazo rápido a los foros de discusión o los blogs en los que se toca el tema de los superhéroes y México se descubrirá que para un sector cuentan como héroes personajes como Memín Pingüín o Hermelinda Linda. Es decir, de alguna manera, héroes de la clase trabajadora. Hay cuentas sin resolver y un resentimiento que parece más urgente que otras nimiedades. Parecen gritar: “¿para qué necesitamos un héroe de capa que vuele por el cielo cuando tenemos hambre?” Esta postura sigue viendo a Superman como un agente del imperialismo yanqui, en donde Para leer al Pato Donald es el libro de cabecera y los únicos dibujantes con autoridad son los caricaturistas de la militancia izquierdista. Esto ha causado que se ignore quién es Carl Barks o que existe una historia como Red Son, en donde Superman lucha para el régimen socialista ruso. Para este segmento ideológico protestatario lo ideal parece ser que el Capitán América dejara de llamarse así para ser conocido como Subcomandante Mexicalpan, tal y como propone el mencionado Ariel A. Durán. El desvarío provoca que en la lista de héroes se encuentren lo mismo Fantomas que El Mil Chistes o, de plano, los actores mexicanos de cintas de acción y aventuras. Las necesidades del mexicano son más inmediatas. Suberbarrio explicaba: “Hay una enorme diferencia entre Superman y yo” […] “El Hombre de Acero es un policía al servicio de las clases dominantes. Y todo lo resuelve con su fuerza física y sus superpoderes. Yo soy exactamente lo contrario. Soy una parte de la sociedad que lucha junto al pueblo con medios pacíficos. No tengo la capacidad de detener un tren en marcha o un avión que cae. Pero sí puedo ir en ayuda de una familia que va a ser desalojada de su hogar”. “El Clasemediero Vengador”, personaje de Bachan, resume lo anterior. Un meteorito destruye su casa, él entra en trance, los espíritus de la venganza hacen contacto con él y le encomiendan defender a los desprotegidos y “la fuerza de los antiguos entró en mí… Sería la encarnación de la venganza en México moderno (sic)… en medio de las llamas de lo que era mi vida anterior… ¡yo era Clamat-Vidunaguatli-Popócatl! ¡El protector de las tinieblas! ¡El Watchman darketo!”

(Como complemento, léase el artículo “Los superhéroes que nos dieron patria”, del mismo autor, publicado en Milenio Semanal el 28 de marzo de 2010®

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Publicado en: Cómic, Mayo 2010

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  • Pecha Misfit

    Vid seguira publicando todo lo que venda de DC, yo compre la muerte de Batman y aparte si se trata de un titulo diferente y vendible lo haran, como lo hicieron con Watchmen cuando salio la pelicula.
    Ahora que estuve en curso de cine, el profesor comento que en mexico no habia una cultura del comic, creo qque tiene razon, o nuestros comics populares son el libro vaquero y publicaciones similares?