Pink Floyd en La Petatera

Diario de un espectador, XV

La Cura, La División del Júbilo, Quevedo, Stevenson, Cervantes, Gide, Kerouac, Lizalde, el tigre en la casa, las musas arteras y hospitalarias, los amigos en llamas, el humo sagrado de tabacos y mariguanas, el tren que transporta al vigía del tequila…

A Mayra Ríos, in memoriam

Atmosféricas. Tormenta de invierno. Con un íntimo gozo, el que pasa agradece los días de aires helados y lluvias errabundas que arrebujan brevemente a la ciudad. Acordación de ánimos, temple renovado para distinguir las estaciones y encontrarle más evidente y hondo sentido al tránsito de los días. Porque cuando las jornadas, a fuerza de nuestra benevolente meteorología, se parecen tanto unas a otras, la vida tiende a perder su relieve, a achatarse y ser más insabora. El viejo jardinero da otra lección de cómo vestirse con exacta elegancia para los climas cambiantes, acuerda el ritmo de sus trabajos a lo que el aire le pide, y mira con cuidado los virajes que el jardín toma rumbo a la primavera todavía distante.

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Pink Floyd live at la Petatera. El antecedente se remonta a cuando la superbanda tocó Live at Pompeii, hace casi medio siglo… Por alguna razón Gilmour y Waters no supieron resistir a la potencia de ese circo inmemorial que cada año Colima levanta para la fiesta, la sangre y el gozo. Reconciliados, llegaron con reverencia al lugar donde un círculo universal formado de nobles maderos y petates dorados rodea a un invisible laberinto de trayectorias y lances y convoca a la augusta majestad de los volcanes a la ceremonia con el toro que Teseo cumplió hace mucho y muy lejos pero que es aquí y ahora: hic et nunc. Pueden ser el Vesubio terrible o el Nevado y el Volcán de Colima potentísimos. Puede ser el noble anfiteatro de piedra o el ruedo de palmas y maderos. La llamada es la misma. Sólo los escenarios cambian, los personajes son los mismos: un toro, un hombre caminando al filo de la muerte, una arquitectura que alberga el ritual, los poetas y los músicos que entienden, reverencian y celebran.

La Petatera, fotografía © Rafael Pérez Fernández.

Es por eso que ahora, ante el graderío vacío de la Villa de Álvarez, poco a poco la banda encuentra su lugar, termina de ajustar los instrumentos y ataca con la pieza justa que termina de anudar a Pompeya con Colima: “Ecos”. Los sonidos se van alzando, el sintetizador marca las pautas, la guitarra puntúa la progresión, la Petatera se vuelve más dorada y los lugareños, azorados, oyen los ecos que crecen y que se enredan ahora con la voz de Juan Rulfo cuando pronunciaba el nombre magnético de Comala. Hasta que la plaza liviana comienza a elevarse, girando muy lentamente. Es ahora una nave a la que propulsa una música imposible, y que flota rumbo al volcán tan cercano. Los músicos ejecutan sus acordes y pisan sobre un ruedo de aire. Extrañamente, los sonidos no se alejan, como si pudieran invadir toda la vasta ladera en un imposible juego acústico. La Petatera se vuelve más pequeña mientras se aleja rumbo a la cresta del volcán por ahora quieto; hasta que el platillo de oro levita al centro mismo del cráter.

Y los ecos siguen. Bajan a Tonaya y Tolimán, a Tuxcacuesco y San Marcos o Tecomán, a San Gabriel y hasta Tapalpa, a Sayula y Uxmajac, a Atoyac, a Zacoalco y Santa Ana Acatlán, a una casa que se levanta en una loma de la Oscurana… y hay quien dice haber oído una tonada extraña en lo alto de las calles de Guadalajara o sobre las playas de Santiago. Tal es el poderío de unas arquitecturas, tal es la facultad del juglar, y tal es la resonancia cósmica de una ceremonia que se cumple desde el inicio de los tiempos: los hombres que se reúnen en torno a una lumbrada hecha de signos y sonidos y, por unos momentos, se saben inmortales.

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La fiesta languidece. La música es inane y las conversaciones tienden, amenazadoras, rumbo al tedio. Las musas aéreas y peligrosísimas vagan por los rincones sorbiendo distraídamente sus tequilas. Hasta que alguien se apodera al fin de los controles y pone la pieza que recompone la desvelada. “Love will tear us apart”. Es una canción a la vez prendida y profundamente desconsoladora, pero guiada por una música infecciosa, por un beat arrollador. Se trata de La Cura tocando una versión de la definitiva composición de Joy Division. Los teclados parecen todo hacerlo, pero la banda respalda con solvencia oscura el himno que supo enunciar, para nuestros tiempos, una verdad intemporal: el amor habrá de destrozarnos, una y otra vez. Los acordes, el poema seco y despiadado que Robert Smith escande y que transmite la inmemorial certeza de que solamente la pasión hace vivir al hombre, y que esa misma pasión habrá de destruirnos, hacer gloriosamente arder las médulas hasta que nada quede de nuestra presencia en la tierra más que un puñado de cenizas, tal vez enamoradas. Las musas danzan ahora, su sonrisa letal y fija devasta el escenario.

Cuando la rutina da sus zarpazos y el aliento languidece y el reconcomio cabalga por todo lo alto pero la emoción no se alza y mudamos nuestros afectos y tomamos caminos diferentes entonces el amor, el amor habrá de destrozarnos otra vez/ ¿Por qué este cuarto tan frío y tornas a tu lado del lecho? ¿Es mi demora ahora un fracaso y nuestro cariño se volvió piedra? Pero persiste este deseo que nuestras vidas ha levantado y el amor habrá de destrozarnos otra vez/ Gritas en el sueño y mis miserias así expones llega a la boca ese sabor a cenizas mientras la desesperanza marca el rumbo: es que esto tan precioso llega a su final cuando el amor, el amor habrá de destrozarnos.

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Robert Louis Stevenson afirma en alguna parte que la única manera de que la pasión prevalezca sobre la zafia rutina es saber dejar entrar al león a la casa y atenerse a una vida de zozobras sangrientas y vértigos de gozo, alternados como el león sabe alternar sus zarpazos con la majestad de su quieta presencia. Heridas que se alternan, decía el vate Francisco Cervantes. Y el tigre en la casa, ese de Eduardo Lizalde, bien supo leer a Stevenson, el excelso poeta de las islas remotas. La Cura, La División del Júbilo, Quevedo, Stevenson, Cervantes, Gide, Kerouac, Lizalde, el tigre en la casa, las musas arteras y hospitalarias, los amigos en llamas, el humo sagrado de tabacos y mariguanas, el tren que transporta al vigía del tequila: resumen del combustible con el que la fiesta ardió y se volvió, de alguna manera, el alimento terrestre de los futuros días.

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Otra vuelta de tuerca: un standard del espléndido barítono griego Mario Frangoulis: “Vincirò, Perderò”. La orquesta es impresionante y el escenario anuncia fulgores y claroscuros. La canción comienza en pianísimo. Al ir descifrando lo que el cantante dice en italiano, las resonancias son alucinantes.

Venceré y perderé: y acude el viejo León de Greiff y declara: Juego mi vida, cambio mi vida/ de todos modos la llevo perdida… y, giratorio y obsesivo, regresa Kipling con su divisa que todos los incendiados de la tierra llevan tatuada en la frente: el triunfo y la derrota/ esos dos impostores. Y un señor que ya no está, sonríe levemente, lejano e inmediato, y hace un guiño para decir: ves, viejo, de eso se trata esta vida…

En los sueños de cuando niño
Viví mi vida como un rey
Tuve días de sol
Y el dolor era lejano

Ganaré perderé
esta vida habré de vivir
Tendré que caminar solo
Ganaré perderé

Mi fario en cualquier calle
En esta vida me jugaré
Breves momentos de alegría
Instantes de tedio interminable

He tenido días de sol
Sé lo que es el dolor
Ganaré perderé
Viviré según esta veleta

Solo sabré continuar
Ganaré perderé
Ahora bien sé que es mi camino
Y solo me voy a jugar la partida de mi vida. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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