Plagio en España

Entre el surrealismo y la picaresca

“Yo sólo pido algo sencillo a los plagiarios: plagien bien, diviértanse engañándonos, pero si van a hacer una chapuza, mejor citen la fuente. De este tipo de escándalos suelen salir artículos horrendos. Casi nunca buenas novelas o ensayos”.

Una de las numerosas escenas hilarantes de Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1988) se refiere a un plagio a Faulkner. “¿No podía usted haber plagiado a otro?”, increpa el protagonista al escritor pillado in fraganti. Yo no sé a ustedes, pero a mí el plagio, más que indignación, me provoca risa. Igual que cuando descubres a un niño con una travesura divertida y éste, todo serio, te pregunta qué ocurre. Como cuando te sorprenden copiando en un examen y notas las risitas irónicas de tus compañeros. A las editoriales implicadas no les hace tanta gracia, y menos a los escritores —también escritoras— señalados con el dedo, antes en revistas especializadas y periódicos, ahora en blogs. En España la historia del plagio tiene una muy larga tradición, pero no les voy a abrumar con el Quijote de Avellaneda ni voy a cuestionar si el Quijote auténtico, el de Cervantes, no es una copia desternillante de un lector de libros de caballerías harto del género, igual que muchos lo estamos ahora de la estomagante novela histórica. Me referiré a casos más o menos recientes, que tienen como protagonistas a todo un Premio Nobel, Camilo José Cela, paisano mío, y a una periodista, Ana Rosa Quintana, a la cual el plagio en el que fue cazada no le afectó lo más mínimo a su trayectoria profesional en el mundo de la tan cotizada telebasura.

“Las ideas pueden mejorarse. El sentido de las palabras participa de esa mejora. El plagio es necesario. Está implícito en el progreso. Se ciñe estrictamente a la frase de un autor, se sirve de sus expresiones, borra una idea falsa y la sustituye por otra adecuada” dijo Guy Debord en La sociedad del espectáculo [Parágrafo 207].

El caso Cela y “La cruz de San Andrés”

Camilo José Cela

Los periodistas no tenemos demasiada autoridad moral para hablar sobre plagios. En muchos de nuestros artículos y reportajes nos dedicamos a buscar títulos llamativos que suelen tener como fuente frases hechas y muy manoseadas, de refranes o los títulos de películas muy conocidas. Este parágrafo, por ejemplo, sería posiblemente titulado: “La cruz de Cela”.

El autor, célebre y consagrado ya en España por sus siempre recomendables La familia de Pascual Duarte y La colmena, recibió en 1994 el premio Planeta, uno de los muchos amañados en el panorama cultural español y el mejor dotado económicamente, por escribir una novela que no era suya. Era de una paisana, Carmen Formoso, y él sólo la pulió para que pareciera salida de su pluma. El caso fue llevado a los tribunales y, a pesar de la diferencia de medios económicos y del poderío de los abogados de la editorial, la jueza estimó la demanda de la autora plagiada, aunque dos tribunales archivaron la querella, la última vez en 2002. Unos años después, ante el recurso de la demandante, el Tribunal Constitucional reabrió el caso. Como tenemos una justicia en España tan “rápida” —para lo que le place a sus señorías, cada vez menos independientes del poder político— esto aún queda por juzgar. Cela murió en 2002, así que ahora el que tendrá que comparecer es el responsable de esta estafa editorial, tantas veces denunciada por el libelo La Fiera Literaria (lafieraliteraria.com), quizás el único lugar donde aún hay auténtica crítica literaria en España.

“Las ideas pueden mejorarse. El sentido de las palabras participa de esa mejora. El plagio es necesario. Está implícito en el progreso. Se ciñe estrictamente a la frase de un autor, se sirve de sus expresiones, borra una idea falsa y la sustituye por otra adecuada” dijo Guy Debord

Según las últimas declaraciones de Jesús Díaz, hijo de la plagiada, en la trama estaba, además del propio Cela, cuyo elevado tren de vida tras cambiar de mujer —a la de toda la vida la sustituyó una joven periodista, Marina Castaño— precisaba de los 300 mil euros del premio, la directora de ediciones del Grupo Planeta entonces, Ymelda Navajo; la agente literaria ya retirada —en 2000— Carmen Balcells (especialista en premios Nobel en español, ya que representaba a García Márquez y al reciente premiado Vargas Llosa); el editor José Manuel Lara Bosch, hijo del fundador de este premio y la misma esposa de Cela, la hoy viuda y ex presidenta de la Fundación Cela, a la que llevó a la bancarrota en poco tiempo.

Jesús Díaz apunta incluso un párrafo al inicio de la novela donde el Nobel pudo haber dejado confesión del plagio:

Aquí, en estos rollos de papel de retrete marca La Condesita, escribiendo con bolígrafo no se corre la tinta verde, ni la azul, ni la roja, no se corre la tinta, aquí en este soporte humildísimo se va a narrar la crónica de un derrumbamiento, ni la mansedumbre ni la fiebre hacen temblar la silueta ni el trasluz de nada, yo aguanto mucho, lo único que pido a Dios es que no me mande todo lo que puedo aguantar, yo soy capaz de aguantar más que un eunuco turco bien alimentado con carne de toro de Karabuk, las patronas de las pensiones de estudiantes dicen papel higiénico, yo sé que nadie es culpable de que nada ni nadie se derrumbe silenciosamente o con estrépito, eso es lo mismo; el gladiador que va a morir saluda al César con un corte de mangas porque también él juega y juzga y se ríe a carcajadas del César y de quienes van a escupir sobre su cadáver, sería espantoso imaginarnos a la humanidad demasiado sumisa, suenan los clarines porque ya empieza la misa negra de la confusión, el solemne acto académico de la más turbia de todas las confusiones, los sacerdotes se visten con muy austeros uniformes militares ribeteados de oro, las sacerdotisas cubren sus escuálidas y ajadas carnes o sus opulentas y tersas carnes con túnicas de terciopelo verdeceledón o rojo sangre bordadas en oro y con botones de oro, y los unos y las otras comulgan con hebras de carne de sucio cerdo infamante, en cada toalla aparece la cara de un muerto teñida de amarillo y sin afeitar y las campanas tañen albricias o doblan a muerto según las fases de la luna: se trata de contar un cuento al amor de la lumbre, la farsa debe representarse con sencillez para que el gran público se deleite, a las hienas hay que echarles vísceras podridas, bofe, corazón, mondongo, para que no se ensañen con las colegialas púberes y tristes, amargas, pálidas y desilusionadas.

—¿Por qué te ciñes tanto al pie de la letra?

—Lo ignoro.

No lo ignoraba, no. Cela podía prestarse al amaño, pues el dinero era muy goloso, pero sabía de sobra que no estaba bien y que no lo dejaría en buen lugar si se descubriera. Una cosa es hacer un homenaje a un autor clásico, como ya había hecho (suya también es Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes) y otra copiar todo el hilo argumental y párrafos enteros de la novela de otra escritora, por desconocida que ésta fuese. Como sostiene uno de los personajes de Obabakoak, una novela del vasco Bernardo Atxaga, “es plagio todo lo que se ha escrito desde el siglo XIX”, aunque, si nos ponemos estupendos, todo, absolutamente todo, es plagio. Lo malo es que los plagiadores conocían nuestra corta memoria y se dedicaron a hacernos creer que ellos lo habían inventado. Si los que escribieron la Biblia (uno de los libros peor escritos pero más leídos, como ocurrió hace nada con El Código Da Vinci, a cuyo autor, Dan Brown, también llevaron a juicio en Londres Leigh y Baigent, por copiarles la idea y la arquitectura de este bestseller), hubieran aclarado que copiaron todos sus mitos y fantasías de las viejas religiones de Medio Oriente, la Humanidad se habría ahorrado muchos sufrimientos, sentimientos de culpa y muertes. Si todos los plagiadores fueran tan honrados como los Antiguos Romanos, que no tuvieron empacho en rebautizar los dioses de los mitos griegos y hacérnoslo saber, los investigadores que hasta ahora en el mundo han sido se habrían librado de una buena carga de trabajo.

Método para plagiar bien. Plagiado por mí de Obabakoak

Vuelvo a Obabakoak:

“A mi entender, el plagio tiene muchas ventajas si lo comparamos con el trabajo de creación. Es más fácil de realizar y menos trabajoso. Se pueden terminar veinte plagios en el tiempo que lleva hacer una sola obra de creación. Y a menudo se logran resultados muy buenos, cosa que no sucede con los textos de creación, porque las cualidades del ejemplo que se toma sirven de guía y de ayuda. De verdad te digo que esa consideración de latrocinio es perjudicial”, espeta uno de los personajes. Y encargan al protagonista un método para hacer “buenos plagios”, cuyas reglas considero muy sabias:

1. Seleccionar textos de argumento claro. Deje de lado todo tipo de libros raros.

2. Ha de elegir sus modelos entre los autores que andan en boca de todo el mundo. Y que no se preocupe. No lo descubrirán jamás. Porque los clásicos —igual que sucede con los arcángeles— sólo son conocidos por sus nombres y por las estampas.

3. Debe tomar la historia en su conjunto, pero trasladándola al mundo actual. Eso le hará planear muchos cambios, lo cual hará irreconocible la historia nueva.

4. Algo que se le pasó por alto a Cela (d.e.p.) y a Lara: Preparar una buena defensa es de suma importancia para el plagiario.

En esta defensa está, por supuesto, la manida excusa de que la obra pillada en plagio es en realidad un homenaje al autor plagiado. También pueden tener más cara, cara de hormigón o cemento armado, y decir, como dijo en su día Luis Racionero, que fue director de la Biblioteca Nacional de España, que lo suyo había sido “intertextualidad”. A Racionero, que hoy aún anda zascandileando de tertuliano en alguna radio, donde ocupa puesto de “todólogo” (hablo de todo aunque sepa sólo de algo), fue pillado copiando —sin citarlo, claro— pasajes enteros de El legado de Grecia, de Gilbert Murray, para su libro Atenas de Pericles.

Ya puestos, la ultimísima polémica en España, y también sin salir de premios Planeta: el penúltimo en plagiarse a sí mismo ha sido Fernando Sánchez Dragó, que saltó a la fama (la buena) en su día por Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España. Hay puntillosos que hasta en esta primera obra famosa de Dragó quieren ver plagio de otra que pasó más inadvertida, quizás porque su autor no atinó a usar los milagros del marketing literario. Se trata de Historia de los heterodoxos españoles, de Marcelino Menéndez y Pelayo. Mas no venía a hablar de esta obra, sino de la que acaba de firmar junto a un enfant terrible del teatro, Albert Boadella, titulada Dios los cría… y ellos hablan de sexo, drogas, España y corrupción. Dragó acaba de ser fijado en todas las picotas mediáticas por un párrafo en el que cuenta que se acostó con dos japonesas de trece años. Una anécdota que ya había explicado en 1984 con todo lujo de detalles en una biografía suya, escrita por Joaquín Arnáiz y titulada Fernando Sánchez Dragó: una vida mágica. Para no ser cierta, repite demasiado —con afán de notoriedad, que no podrá negar— la misma fantasía. Dragó se llevó dos premios de la casa Lara: el Planeta de 1992 y el Fernando Lara de novela en 2006. A tenor de este sucedido en Japón que contó, sigue vigente aquella frase de Ortega y Gasset: “Si quieres guardar un secreto en España, cuéntalo en un libro”.

Luego los medios de comunicación nos preguntamos por qué perdemos audiencia, lectores y público. ¡Es que nos repetimos como la cebolla! Plagiémonos con algo de estilo, por favor.

Otra escritora que fue puesta varias veces en el ojo huracanado del plagio es Lucía Etxebarría, que debió leer poco a su paisano Atxaga, o no la cazarían tantas veces. En 2001 la acusaron de plagiar a un poeta que fue Premio Nacional de Literatura, Antonio Colinas. Cinco años después, un psicólogo, Jorge Castelló, se enteró por un amigo de que en el nuevo libro de Etxebarría, Ya no sufro por amor, estaba entero un artículo que había hecho para una revista sobre dependencia emocional. Con este último llegó a acuerdo extrajudicial y la broma le salió barata: 3 mil eurillos de nada. Su libro ya iba por la sexta edición cuando detectaron la reproducción casi literal del trabajo del psicólogo. Curiosamente, Lucía Etxebarría también es premio Planeta. Y colabora en el mismo programa (Julia en la Onda, de la cadena de radio Onda 0) que Luis Racionero y que Sánchez Dragó. Pero no hagan caso: son simples casualidades. Estadísticas fáciles, ya que el cotarro literario, así como el televisivo y mediático, está copado desde hace años por las mismas personas, voces y caras. Luego los medios de comunicación nos preguntamos por qué perdemos audiencia, lectores y público. ¡Es que nos repetimos como la cebolla! Plagiémonos con algo de estilo, por favor. A mí lo que me interesa —y sigo en esta etapa— es el plagio creativo, la copia mejorada, el facsímil que redondea las imperfecciones que esperaba del primer texto. Primeros textos que nunca son originales, pues los humanos somos simples imitadores de otros, sucesivos, sucedáneos de viejos falsificadores que se creían inventores.

El estilo plagiario de Ana Rosa Quintana: Negros y fallos informáticos

Ana Rosa Quintana

Este capítulo bochornoso de la industria editorial española lo cuenta muy bien Sergio Vila-Sanjuán, que pasó por muchas editoriales, en su libro Pasando página, de 2004. Él le llama “el síndrome del famoso”: el mercadeo que las editoriales hacen con los personajes que triunfan en cualquier medio —preferentemente la televisión, aunque ahora va perdiendo fuerza ante el poder de Internet— para hacerles firmar un libro. Una obra que nunca escriben ellos: para eso hay negros editoriales, pero en la que ponen su nombre y, casi siempre, su cara en la portada.

En el año 2000 (¿recuerdan, aquel del cambio del milenio, en que nos engañaron a todos con el fallo informático apocalíptico que nunca sucedió?) Plaza & Janés publicó Sabor a hiel, una obra de encargo firmada por Ana Rosa Quintana para denunciar los malos tratos a las mujeres, un asunto que sigue siendo clave en la agenda política española. Quintana no lo había escrito, sino un periodista y escritor en ciernes, David Rojo, hermano, ¡oh casualidades!, del ex marido de Ana Rosa, que se documentó en varios sitios pero exprimió a gusto una novela de Danielle Steel, Álbum de familia, curiosamente también publicada por Plaza & Janés. Sabor a hiel prometía y fue un bestseller en pocos meses: como si de Oprah Winfrey se tratase, Ana Rosa Quintana usaba su cara para promocionarlo y vendía a espuertas. Pero a alguien le regalaron ese libro y Álbum de familia al mismo tiempo y llamó a la editorial. La revista Interviú se enteró y el escándalo fue intentado tapar alegando un fallo informático. El ridículo aún fue más grande. Los editores de Steel no emprendieron acciones legales porque se jugaban otros negocios jugosos, el libro fue retirado y aquí paz y después gloria. ¡Y tanta gloria! Ana Rosa Quintana sigue siendo una estrella mediática y presta su imagen para una revista —cansina revista— que lleva su nombre y cada mes muestra su figura.

Metaliteratura

“¿Y la metaliteratura?

—Pues eso, que los escritores no creamos nada nuevo, que todos escribimos las mismas historias. Como se suele decir, todas las historias buenas ya están escritas, y si no están escritas, señal de que son malas. El mundo, ahora, no es sino una enorme Alejandría, y los que vivimos en ella nos dedicamos a hacer comentarios acerca de lo que ya ha sido creado, y nada más. Hace mucho tiempo que se disipó el sueño romántico.

—¿Para qué escribir entonces? Si todas las historias buenas ya están escritas…

—Porque, como dice alguien que no recuerdo, a la gente se le olvidan. Y nosotros, los escritores nuevos, se las recordamos. Y eso es todo”.

El mundo, ahora, no es sino una enorme Alejandría, y los que vivimos en ella nos dedicamos a hacer comentarios acerca de lo que ya ha sido creado, y nada más. Hace mucho tiempo que se disipó el sueño romántico.

El párrafo, también de Obabakoak, no puede ser más revelador. Quizás el mejor metaliterato de la actualidad en España sea el catalán Enrique Vila-Matas. “Puede parecer paradójico, pero he buscado siempre mi originalidad de escritor en la asimilación de otras voces. Las ideas o frases adquieren otro sentido al ser glosadas, levemente retocadas, situadas en un contexto insólito”, dijo en una alocución en Monterrey. ¿No les suena a la cita de Guy Debord con que abro este artículo? Vila-Matas es célebre por inventar citas a personajes famosos y mezclarlas con citas ciertas. Es un creador literario, en el terreno de las citas, de “factoides” (les hablé de este género en un artículo sobre Chuck Palahniuk en esta revista).

Hay escritores éticos y geniales, como Juan Rulfo, que tuvo claro que sólo iba a escribir su escasa obra porque “faltaba en su biblioteca”. Otros demasiado escrupulosos, a los que podemos leer gracias a la traición de un amigo que no quiso quemar sus obras, como pasó con Kafka. Otros misteriosos, como Salinger, Pynchon o Trevisan, que no quieren figurar, en un extraño complejo inverso de Eróstrato —aquel griego que incendió el templo de Artemisa para hacerse famoso. Pero la mayoría buscan, buscamos, que nos lean, que nos quieran, que compren nuestra obra y tener, si se tercia, aquellos quince minutos de fama que preveía Andy Warhol en el futuro para cada persona. Yo sólo pido algo sencillo a los plagiarios: plagien bien, diviértanse engañándonos, pero si van a hacer una chapuza, mejor citen la fuente. De este tipo de escándalos suelen salir artículos horrendos. Casi nunca buenas novelas o ensayos. Y, para más inri, se acordarán siempre de ustedes si los pillan. Nunca de los plagiados. ®

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Publicado en: Destacados, El pasado reciclado, Noviembre 2010


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  • Hola,soy artista de Las Palma de Gran Canaria,quiero compartir lo va a ser la historia de plagio a nivel nacional para dentro de unos meses.
    El pintor Rafael Canogar me ha plagiado,mutilado y copiado,por ahora solo me ha amenazado por escrito por denunciarlo y contar la verdad públicamente en algunos organismos y redes sociales en interne:thttps://www.facebook.com/artspace.tv
    alvarodehados.com
    Gracias

  • Andrés López

    Muy interesente lo de los escritores -o diletantes- pero los periodistas tampoco os libráis:
    http://federiconogueraperiodista.blogspot.com/2010/05/ponele-la-firma.html

  • Es fascinante el mundo del plagio, en especial cuando pillan a los “consagrados”: http://www.publico.es/culturas/349654/houellebecq-queda-libre-en-internet

    Todo un premio Goncourt. Entre los escritores franceses más leídos en su país y en el extranjero.

    En mi blog tenía anotado un plagio a Wikipedia (entrada de 22 de noviembre de 2008):

    En aquel artículo me apoyé –siempre uso muletas en forma de citas- en una frase de Vázquez Montalbán que, entre otras lindezas, decía que “hay dos clases de escritores: los que colaboran en la enciclopedia Salvat y los que no”. Montalbán murió cuando ya existía la Wikipedia, aunque eso lo escribió en 1969, dos años antes de mi nacimiento. La última noticia, de apenas una semana, que tengo de esta enciclopedia colaborativa es que han pillado a Espasa, que tiene otra enciclopedia on line, copiándole una referencia –la de Baltasar Gracián- al usuario de Wikipedia que ayudó a crear la entrada “Baltasar Gracián”.

    Seguiremos informando…