Poco para llevar a casa

Black Swan, de Darren Aronofsky

Darren Aronofsky se propuso hacer una gran película. ¿Lo consiguió? Nuestro colaborador cree que fracasó rotundamente.

Si con su más reciente película, Black Swan, Darren Aronofsky se propuso vencer antes que convencer al espectador, puede darse por satisfecho. Pero si su propósito era hacer gran cine, entonces ha quedado a deber, pues aun cuando se trata de un filme apabullante, que no da respiro a quien la ve y escucha, una vez pasada la catarata de imágenes tremendistas queda en evidencia que hay más artificio que arte en su película. El mundo del ballet es presentado como un ambiente sórdido, en el que las intrigas y un malsano espíritu de competencia aplastan el compañerismo y envenenan la amistad y los vínculos afectivos; un ámbito donde se mueve —y no siempre con estilo— una galería de personajes neuróticos y mezquinos, capaces de hacer casi cualquier vileza para sobresalir, para obtener un papel o para que el “compañero(a)” no lo consiga.

Es innegable que el ballet —como el arte en general— conlleva para quien lo practica una buena dosis de privaciones y sacrificios, también una rivalidad artística —tanto con sus compañeros como consigo mismo—, aparte de dedicación, un trabajo exhaustivo y disciplinado. Pero también ofrece satisfacciones a quien participa en él, y para los bailarines de Black Swan, comenzando por el personaje que hace Natalie Portman, esa recompensa básica que significaría poder realizar una vocación, o que alguien se le presente la oportunidad de dedicarse de tiempo completo a aquello que más le gusta, no aparece por ningún lado.

Lo que Aronofsky y su libretista inventan es un ambiente balletístico más tóxico que artístico, cerrado, suficiente en sí mismo, con pocos referentes reales que, para colmo, aparecen deformados o son ostensiblemente precarios. Por principio de cuentas, en la película se postula una tesis artísticamente arbitraria e inaceptable: que los bailarines no deben actuar (léase representar debidamente, con un fingimiento creíble o verosímil) a un personaje ficticio como el del Cisne Negro de El lago de los cisnes, de Piotr Ilitch Chaikovsky y Marius Petipa, sino igualar la ficción con la vida real. Así, el coreógrafo de la película (Vincent Cassell) le dice a su prima ballerina que no podrá llegar a ser el Cisne Negro, al cual él concibe como perturbadoramente cachondo, si en la vida real ella es una mujer frígida. Falso.

Primera lección de lo que es la mimesis (imitación, en griego), según Aristóteles y también Stanislavsky: una buena interpretación no depende de que quien actúa deba ser en la vida real como el personaje que representa. El actor Juan Cuerdas puede ser un hombre nada celoso y, sin embargo, convertirse en el escenario en el mejor Otelo. Y para caracterizar a un personaje gay tampoco es prerrequisito que el actor tenga que ser igualmente gay. La buena representación depende esencialmente de una cosa que se llama histrionismo o talento actoral. El griego Tespis, precursor del teatro hacia la segunda mitad del siglo VI a.C., creó la idea del actor (hypocrites) como la de una persona que sabe fingir ser otro, hasta el extremo que los demás (los espectadores) lo puedan tomar por ese otro mientras dure la representación. Este principio básico de la actuación (a los personajes del ballet, como los del teatro, también hay que representarlos) se pasa por alto en Black Swan.

Primera lección de lo que es la mimesis (imitación, en griego), según Aristóteles y también Stanislavsky: una buena interpretación no depende de que quien actúa deba ser en la vida real como el personaje que representa.

Varios de los personajes de la película son más malignos que inteligentes. El de la Portman, aunque tampoco brilla por sus luces, es más bien autodestructivo. Sus desajustes emocionales, incluidas las alucinaciones y varios achaques físicos parecen ser atribuidos al estresante tren de vida al que se ve sometida, a la precaria alimentación, a la mala influencia de su marchita y frustrada madre, a la arbitraria neurosis de su coreógrafo, a la paranoia que le provoca la maquiavélica bailarina que está a punto de quitarle el codiciado papel del Cisne Negro, lo que termina por llevarla a la locura y finalmente a la inmolación.

En el aspecto formal, en la película se abusa de los primeros planos: en ocasiones para disimular el amateurismo dancístico de varios de los actores, comenzando por el de la protagonista, en otras para impresionar al espectador (por ejemplo, cuando el personaje de Natalie Portman es tomado en súper close-up en el momento en que se jala un padrastro de la uña hasta lastimarse tontamente) y en otros de forma más o menos gratuita.

¿Imágenes impactantes? Sí. ¿Regodeo en la sordidez? Igualmente. ¿Película desasosegadora? Mientras se la está viendo, también. ¿Y fuera de eso, qué otra cosa? Más arte que artificioso y poco para llevar a casa. ®

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Publicado en: Cine, marzo 2011


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