POLVO EN LOS OJOS

Una isla sin mar, de César Silva Márquez

Juárez no permite que florezcan las rosas amarillas [...] y mientras los aviones de guerra hacen su cortina de humo en el aire y parten el cielo en dos con su cuchillo de ruido… Críticos y reseñistas insisten en ver en la llamada “literatura fronteriza” un auge comercial. Todavía suponen que por el mero hecho de ubicarse geográficamente en la frontera con Estados Unidos sus autores abordarán temas llamémosles “taquilleros” y que de tan manidos ni vale la pena enumerar.

Me pregunto si ésa será la razón por la que Una isla sin mar, la más reciente novela del escritor chihuahuense César Silva Márquez, su segunda novela para ser precisos, publicada en España por Literatura Mondadori (2009), no ha sido —o no será, como todo parece indicar— publicada en México. En lo absoluto se trata de un asunto de censura, sino que los lectores que interesan a las casas editoriales, aquellos aferrados a los estereotipos de lo que debe ser una novela escrita por una mujer o por un norteño —incluidos los inefables críticos— y por lo mismo fáciles de complacer, no encontrarán en esta novela lo que buscan.

Me explico: Una isla sin mar está ambientada, como pudiera denunciar su título, en Ciudad Juárez, donde suelen suceder muchas, muchas cosas terribles. En esta novela, en efecto, suceden cosas, muchas, la mayoría, más que terribles, tremendas, inquietantes, angustiantes… pero el “problema” es que ocurren al interior de los personajes, lo cual no significa que la problemática externa no se refleje fidedignamente en sus actos, obsesiones… y omisiones. Contrario a lo que suele suceder en las novelas de temática “fronteriza”, la acción no transcurre ante nuestros ojos sino que es interpretada por los protagonistas, dos buenos amigos de nombre Martín y Fabio. El impacto pasa a través de los cuerpos, es filtrada por las emociones de los narradores y exponen la sociedad que les tocó vivir: la isla sin mar. Tierra de nadie cuyos límites implacablemente fijados no dejan más remedio que repetir y repetirse, llegando a extremos peligrosos con tal de darle una voltereta a la existencia. Martín, un ingeniero que nunca pierde la esperanza de ser destinado a otro lugar, entre más remoto mejor, y Fabio, escritor en ciernes que escribe, sí, por vocación pero sobre todo para reinventarse, sienten cómo se les escurren de las manos oportunidades de todo tipo, potenciales aventuras amorosas –amor genuino, raras veces—, aunada la frustración a la fuerza misteriosa que los ancla a un lugar que no describen —cosa que considero meritoria— pero que el lector percibe sofocante, traicionero, acechante, remoto… mortal. Basta, por ejemplo, la visión de una mujer sangrante deambulando por la carretera, de la que nadie se compadece –Martín experimenta miedo, más que nada— para meternos de lleno en ese ámbito retratado hasta la náusea en los diversos medios de comunicación, sin palabras que salgan sobrando.

El temperamento de César Silva me remite inevitablemente al de Federico Campbell, un autor para quien la frontera tiene todo que ver con la nostalgia y la identidad, más que con eventos de la nota roja. Por supuesto, a la edad de Silva, nacido en Ciudad Juárez en 1974, Campbell no había resentido una Tijuana o una Sonora agobiadas por luchas intestinas entre el crimen organizado y el Ejército mexicano, de los que resulta prácticamente imposible discernir quiénes son los malos —porque “buenos-buenos” sabemos que no existen— pero acaso esa circunstancia justifique la cerrazón de los personajes ante la realidad… ese, llamémosle, nihilismo que no les impide cuestionarse su papel en el mundo, particularmente al borgeano Fabio, que vive obsesionado con la idea de no ser único e irrepetible: en su camino encuentra a otros tantos Fabios que, como él, se plantean la posibilidad de huir de la isla sin mar. Cuántos Fabios, se pregunta, habrán cruzado hasta gastarlo el Cuatro Siglos, malecón por donde corre la parte seca del río Bravo, y que en algún momento significó la diferencia entre vida y muerte… entre consumirse de frustración con el polvo atacándonos los ojos o luchar por alcanzar el llamado sueño americano, tan próximo, casi tangible… y sin embargo cruelmente esquivo.

Pero lo más digno de resaltar, me parece, es la relación de los protagonistas con el sexo opuesto. En su mayoría mujeres muy lejos de la vulnerabilidad propia de quien vive amenazada por el simple hecho de ser mujer, destacando los personajes de Yolanda y Perla, amigas incondicionales de Martín, muy distintas entre sí, que tienen en común ejercer sobre éste un dominio particular, la primera a la manera de una madre o hermana mayor; la segunda como una amante inalcanzable que sin embargo tiende sutiles trampas para sugerir que se le puede poseer. Muchachitas que piden ser desfloradas antes de casarse con otras. Casi niñas que esperan a ser mujeres para confesarse al objeto de su pasión secreta mientras empinan una cerveza. A fin de cuentas, éstas alcanzarán el anhelado objetivo de marcharse de la isla de mar mientras Martín y Fabio intercambian miradas de ¿y ahora?

Autor de una primera novela ganadora del Premio Binacional de Novela Joven 2005, Los cuervos, y de poemarios de temperamento muy similar a su novelística, César Silva Márquez se nos revela como un narrador maduro, con mucho más por decir. Por cierto, y a diferencia del personaje que sufre incidentes ¿inexplicables? cada que está a punto de abordar el avión que lo llevará lejos, como extraviar el satinado boleto blanco o encontrarlo hecho pedacitos dentro de un cajón, César Silva Márquez radica actualmente en Xalapa, desde donde su voz se dejará escuchar, ni duda cabe, con mayor ímpetu. ®

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