Populismo, ¿espejo de la democracia?

En el nombre del pueblo

Las dificultades para definir el populismo son de naturaleza social, histórica y lingüística. Se trata de un concepto en disputa en un momento en que la academia vive una euforia por trazar una ruta coherente al respecto, dada la urgencia por hacer una evaluación precisa del papel que desempeñaron los liderazgos del denominado “giro a la izquierda”.

Populismo a la Trump.

Durante una conferencia que se llevó a cabo en la Cumbre de Líderes de América del Norte en 2016, en la que participaron el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y los presidentes de México y Estados Unidos, Enrique Peña Nieto y Barack Obama, el presidente mexicano consideró momento oportuno para lanzar una crítica a su mayor adversario político, Andrés Manuel López Obrador. “En este mundo hoy se presentan en distintas partes actores políticos que asumen posiciones populistas y demagógicas, pretendiendo eliminar o destruir lo que se ha construido […] para revertir problemas del pasado”, dijo.

Aparentemente, contrario a lo que Peña Nieto hubiera imaginado, el presidente estadounidense reviró inmediatamente diciendo “Yo soy populista […] porque me preocupo por la gente”, articulando sucesivamente una tímida defensa del populismo, que a su entender era algo positivo dado que promueve las oportunidades sociales de las personas, entre otras cuestiones. Sin embargo, Peña Nieto no supo qué responder. Al final, más allá de tratar de hacer una sincera crítica al populismo, su intención no fue más que la de aprovechar un espacio mediático de gran calado para lanzar una diatriba al líder de Morena, muy bien posicionado de cara a las próximas elecciones de 2018.

Más allá del valor noticioso o anecdótico de la escena, sirve para ilustrar distintas cuestiones. Primero, el desconocimiento que existe incluso en las más altas esferas políticas del fenómeno del populismo. Días después, NYMag publicó un artículo titulado, “Sorry, Obama: Donald Trump is a Populist, and you’re not”, en el que se analiza qué es lo que Obama entiende por populismo y se explica por qué los supuestos desde los cuales parte son erróneos. Respecto de Peña Nieto, aquella escena sirve para ilustrar que aunque resulta difícil saber con certeza cuál es el significado preciso del populismo, muchos lo asumen desde el desconocimiento como un término peyorativo, asociado con demagogia e irresponsabilidad política y económica. De ahí que resulte útil para granjear puntos al adversario y obtener rédito político al usarlo como arma arrojadiza.

No resulta sorprendente que en aquel momento haya existido tal desconocimiento sobre el fenómeno del populismo. De hecho, incluso en los centros de producción académica y las publicaciones especializadas, empezar a escribir sobre populismo lamentando la falta de precisión en torno al concepto se ha convertido casi en un cliché. No obstante, contrario a lo que podría pensarse, se trata de un término que parece casi omnipresente en el discurso político y la coyuntura mediática en la actualidad. Desde hace ya algunos años resulta fácil encontrar en periódicos y publicaciones tanto de Europa como de Norteamérica y América Latina el concepto populismo y su adjetivación.

Aunque no se trata de un fenómeno nuevo, en algunas latitudes, como en Europa o Norteamérica, lo es gran medida, por lo que se presenta con distintas caras. Así, históricamente el populismo ha estado vinculado con los países latinoamericanos y se asocia sobre todo a la etapa populista de Getulio Vargas, Juan Domingo Perón o Lázaro Cárdenas en América Latina, pero hoy está presente en el imaginario político europeo y norteamericano de forma cada vez más frecuente, lo cual lo vuelve más complejo de desentrañar. Hay incluso autores como Chantal Mouffe que hablan de un “momento populista” vinculado a la democracia en Europa, “cuyo futuro depende de la respuesta que se dé a ese reto”. De ahí que no resulte sorprendente que en los medios internacionales desde México y España hasta Francia Italia o Grecia resulte cada vez es más cotidiano escuchar cómo partidos y líderes políticos de cualquier parte del espectro ideológico son tildados de populistas. ¿Qué explica que tanto Syriza como Amanecer Dorado en Grecia, el Movimiento Cinco Estrellas, la Liga Nord o Berlusconi en Italia, Bernie Sanders y Donald Trump en Estados Unidos, Pablo Iglesias, los Kirchner y Andrés Manuel López Obrador sean metidos en el mismo saco populista?

Aunque no se trata de un fenómeno nuevo, en algunas latitudes, como en Europa o Norteamérica, lo es gran medida, por lo que se presenta con distintas caras. Así, históricamente el populismo ha estado vinculado con los países latinoamericanos y se asocia sobre todo a la etapa populista de Getulio Vargas, Juan Domingo Perón o Lázaro Cárdenas en América Latina, pero hoy está presente en el imaginario político europeo y norteamericano de forma cada vez más frecuente.

Se ha escrito mucho sobre el tema, así que solamente haré una breve revisión del concepto así como de las principales aportaciones de la bibliografía especializada, a partir de la obra canónica de Francisco Panizza El populismo como espejo de la democracia (México: Fondo de Cultura Económica, 2010). Como afirma el propio Panizza, “a no ser que realicemos un gesto bretchiano y suprimamos al pueblo, el populismo forma parte del paisaje político moderno y seguirá siendo así en el futuro”.

Podemos partir de que el populismo fue inicialmente un concepto utilizado por académicos, que posteriormente se incorporó al lenguaje político generalizado. Históricamente, el populismo se remonta al siglo XIX, cuando en la Rusia zarista se buscaba dar nombre a una fase del desarrollo del socialismo que presentaba una alternativa al marxismo. Se trataba de un movimiento fundamentalmente antiintelectual que surgió a partir de los marxistas rusos que creían que los campesinos eran los principales sujetos activos de la revolución, y las tradiciones rurales la base del socialismo futuro. Así, se trataba de un movimiento socialista con componentes tradicionalistas y nacionalistas.

Por otro lado, aunque los historiadores no han podido trazar una relación consistente, el término populismo surgió paralelamente a finales del siglo XIX en Estados Unidos. El denominado Partido del Pueblo fue un movimiento de ideas igualmente progresistas, antiintelectuales y antielitistas, compuesto por granjeros pobres. En este sentido, tanto en Rusia como en Estados Unidos el término adquirió una connotación peyorativa: “Como mostró Tim Houwen, el ‘populismo’ permaneció como un vocablo poco utilizado hasta la década de 1950 […] adoptado por la academia entre otros por el sociólogo Edward Shils, quien le dio un sentido completamente novedoso”.

A partir de ese momento podría decirse que el concepto comenzó a hacerse presente como lo conocemos en la actualidad, ya no asociado a un movimiento político en particular sino a “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente, que se supone posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”, y que contrario lo que se creía en el siglo XIX, se asumía que podía surgir en cualquier contexto, tanto rural como urbano.

No obstante, al tratarse de un “sentimiento”, siguiendo a Shils, y al mismo tiempo de un fenómeno que busca movilizar a las masas menos aventajadas excluidas por la democracia liberal, definir el populismo se ha vuelto cada vez más complejo en la actualidad, principalmente porque de manera recurrente se le asocia con lo que no es, añadiendo poco a poco elementos relacionados con cualquier liderazgo que cuestione o invalide la hegemonía de la democracia liberal. Volviendo a las figuras con las cuales tradicionalmente se ha relacionado el concepto, si bien durante el siglo XX estos líderes tenían características y proyectos tan distintos, en una zona tan compleja y heterogénea como América Latina el que se les identifique con rasgos comunes se debe a que todos representan un liderazgo más personal que institucional, un proyecto más emotivo que racional, así como un discurso que sitúa a la colectividad por encima de la individualidad. En consecuencia, dado que en el caso de América Latina la democracia se erigió bajo el estándar y la vara de medir de las democracias liberales del primer Mundo, el populismo surgió como un proyecto heterodoxo que cuestionaba el modelo tradicional, posicionándose como un proyecto con una mirada distinta y propia para América Latina.

Las dificultades para definir el populismo son de naturaleza social, histórica y lingüística. Se trata de un concepto en disputa en un momento en que la academia vive una euforia por trazar una ruta coherente al respecto, dada la urgencia por hacer una evaluación precisa del papel que desempeñaron los liderazgos del denominado “giro a la izquierda”.

En este sentido, el populismo es complejo de definir pues se trata de un concepto polisémico; al tratar analizarlo surgen tres elementos principales: un modo de identificación, un proceso de nominación y una dimensión política. Además, en ocasiones se le vincula con acontecimientos históricos buscando similitudes con la actualidad, y se parte del supuesto de que el “pueblo” es un actor político a partir del cual se genera antagonismo: un discurso que busca romper con el status quo, provocando una división de la sociedad en dos partes.

Este antagonismo es muy efectivo para ubicar al otro tanto en términos políticos como económicos e incluso culturales. Esto explica que se hable incluso de “populismo económico”, “populismo cultural” y “populismo punitivo”. En todos los casos, se parte del supuesto de que existe un antagonismo que se convierte en un proceso de nominación e identificación, articulando una identidad a partir del otro.

Para ilustrarlo de forma sencilla, Francisco Panizza utiliza el ejemplo de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, lo cual resulta interesante si se toma en cuenta que no es muy común identificar a líderes estadounidenses previos a las últimas elecciones como populistas. En este sentido, a pesar de la fuerte fragmentación que provocó la cuestionada elección de George W. Bush, los ataques terroristas a las Torres Gemelas fueron un detonante que acabó con las diferencias raciales, étnicas, de género y otras en un momento en que todos los estadounidenses se identificaron como un “pueblo” asediado por un enemigo exterior. Más allá de las características particulares del atentado, traerlo a colación resulta relevante para ejemplificar cómo funciona la identificación y nominación de la cual habla Panizza, articulando el discurso del “nosotros” como colectivo contra el “otro”, independientemente de que el colectivo esté compuesto por una diversidad muy ambigua y previamente polarizada. Por consiguiente, el populismo se refiere generalmente a modos de identificación y no a individuos o partidos políticos, lo cual explica por qué líderes tan distintos como Pablo Iglesias, Donald Trump, Bernie Sanders o López Obrador puedan ser igualmente tachados de populistas.

Otro aspecto importante para entender el populismo es que, más que ser una ideología o un conjunto de objetivos claros, se trata de una estrategia de persuasión que politiza al redefinir elementos que estaban ausentes en el panorama político de un país. El “pueblo”, bajo esta lógica, es un significante “vacío y sin ningún significado fijo” pero no carente de contenido, por lo que identifica a un conjunto de personas o grupos en contraposición con lo establecido.

De ahí que otro elemento sumado al anterior es que dado que genera antagonismo, el populismo tiende a hiperpolitizar o, por el contrario, a despolitizar las relaciones sociales existentes. Esto explica que generalmente los líderes populistas hayan tratado de ubicarse como outsiders —sin experiencia política previa—, con el argumento de que eso los hace diferentes a “los de siempre”. Al final, es el mismo mecanismo que utilizan los candidatos independientes en México, pues aunque muchos de ellos cuentan con una carrera política tradicional previa, buscan capitalizar esa figura para refrescar su imagen y tratar de diferenciarse. Así, hay líderes que irónicamente se presentan como distintos, muchas veces sin importar su posición política, al ofrecer una salida con la cual se identifiquen distintas clases sociales, no importa si se trata de alguien de origen humilde como Hugo Chávez, de clase media como Alberto Fujimori o un de multimillonario como Donald Trump. Lo que importa, al menos simbólicamente, es que el líder esté fuera de la lógica del juego político, a lo cual se le atribuye independencia y credibilidad para cambiarlo.

Finalmente, aunque se suele decir que el populismo llama la atención respecto de las debilidades de la democracia liberal tradicional, éste demuestra además que no hay un consenso sobre su hegemonía ni sobre su centralidad en todo proyecto democrático. Por consiguiente, si la discusión sobre qué es el populismo, como afirma Chantal Mouffe, es un punto de inflexión para las democracias contemporáneas, resulta urgente ubicar al fenómeno en su debida dimensión.

Como ha sido puesto en evidencia por acontecimientos como el Brexit en Reino Unido, los Acuerdos de Paz en Colombia o la victoria de Trump en Estados Unidos, no hacerlo puede resultar inviable e incluso contraproducente. De ahí que estos ejemplos puedan ser de utilidad para el momento que vive México de cara las elecciones de 2018. Quienes niegan y demonizan a sus adversarios, tildándolos de populistas, por un lado se invalidan a sí mismos pero al mismo tiempo refuerzan la postura de los primeros. Al final, como apunta Panizza, el populismo es un espejo de la democracia, que aunque a muchos pueda no gustar, funciona inevitablemente como un potente reflejo de ésta. ®

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Publicado en: Política y sociedad


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