Por una cabeza

Una novela breve de Alejandro Badillo

La violencia que ahoga regiones del país como la expresión de una furia caótica y demencial. Así, ¿cómo contar esta locura? ¿Cómo abordarla?

Fue Umberto Eco quien describió a la novela como una máquina de interpretaciones. Imagen que me viene de inmediato al leer el libro ganador del Premio Nacional de Novela Breve “Amado Nervo” 2016, editado por Ficticia en este 2017. Quizá porque la obra de este narrador mexicano es un texto omnidireccional como lo son pocos.

Antes que nada, ¿cómo contar al narco desde la literatura y sus esquivas —pero a la vez reiterativas— mitologías desde una realidad como la nuestra?

¿Cómo erguir un discurso narrativo que no derive en caricatura o celebración?

Badillo no es el primero en tomar este reto, ya antes autores como Yuri Herrera (Trabajos del reino), Álbaro Sandoval (Lodo en tierra santa) o Federico Vite (Bajo el cielo de Akpulco) han remontado con solvencia este riesgo.

Y la referencia ineludible: Sergio González Rodríguez en su inmenso ¿reportaje? ¿ensayo? El hombre sin cabeza propuso no sólo la dimensión histórica de la violencia vía la decapitación, sino que exploró la vertiente simbólica de esta barbarie. Desde el tzompantli azteca, pasando por el horror revolucionario, hasta aquellas cinco cabezas arrojadas a una pista de baile en el antro michoacano “Sol y Sombra” que inauguraron esta terrible hermenéutica, el también autor de Campo de guerra concluyó el descabezamiento como símbolo de la pérdida de la razón.

La violencia que ahoga regiones del país como la expresión de una furia caótica y demencial. Así, ¿cómo contar esta locura? ¿Cómo abordarla?

Ante un tema tan complejo, tan proteico, el oficio de este narrador se ha decantado por diversos asedios. Porque aun desde su intensa brevedad, la novela de este fecundo narrador opta por la dispersión.

Conjeturo que ante un tema tan complejo, tan proteico, el oficio de este narrador se ha decantado por diversos asedios. Porque aun desde su intensa brevedad, la novela de este fecundo narrador —Vidas volátiles (BUAP, 2009), Ella sigue dormida (FETA, 2010), Tolvaneras (SEC Puebla, 2009), La mujer de los macacos (Magenta, 2012) y El clan de los estetas (UV, 2017)— opta por la dispersión.

Así, intentaré enumerar qué es, entre muchas otras cosas, Por una cabeza.

Es un potente y fluido monólogo y a la vez una novela de cárcel. Ya que una tercera parte de su trama se demora en el censo de penurias físicas y psicológicas, esa forma de híper lucidez del tormento que ya contaron antes portentosas obras con las cuales dialoga este libro: obviamente el Kafka de El Proceso, el Papillon de Charrièrre, el primer Revueltas, El reparador de Bernard Malamud y quizá la más cercana en el detalle de su opresiva claustrofilia, que linda con la misma abolición de la cordura, la magistral El cero y el infinito o Darkest at noon, del narrador húngaro Arthur Koestler.

Por una cabeza…

Un arsenal retórico mediante el cual su autor configura, desenvuelve y dibuja un discurso conjetural: ya que su narrador en primera persona —como el Tristram Shandy de Sterne— rodea, evade, ramifica, amplía, evade, esconde, pero a la vez revela y dosifica.

Badillo maneja de manera magistral la digresión retórica, la adjetivación a la vez precisa y extraña: “Mirábamos el techo, y sobre las mesas, destacaba el baile de las moscas. Ellas eran lo único activo en la escena: su negro merodeo y su paciencia”. “Los segundos eran ovejas lerdas, gotas perezosas, latidos condenados en el estío.” “Como mandobles sus alegatos sin filo.”

Una suerte de narrativa enmarcada, cuasi infinita mise en abyme, y a la vez desviación y conjetura heurística: “¿Usted qué haría? Porque los eventos pasados son de juicio fácil, incluso transparentes, como si viéramos nuestra vida desde las alturas”. “Como puede ver, tengo muchas teorías: me gusta explorarlas, ponerlas a prueba como si examinara una esfera.”

Bartleby meets el narco: “Por eso es mejor ser predecible, buscar la inmovilidad”.

Es aquí, en esta lírica, donde el autor trasciende las probables intenciones sociológicas y abre su discurso a la riqueza de la interpretación: “La celda era un desierto reducido, un mar vertical, congelado y gris. La celda era un lugar pródigo en reflejos inútiles: la cuenca vacía de un ojo”.

Como Sada, Badillo ensaya una novela profundamente centrada en el oído: “Imagina un sonido que nunca acaba, que se desarrolla como una espiral ardiente que horada, abre huecos, rompe palabras”. Y ensaya una retórica surrealista de la corrupción, en la que la escritura pareciera observarse a sí misma: “El asco era un árbol elevando sus ramas en silencio”. “El ardiente baile de las moscas. Las moscas que van y vienen, como los dedos sobre las teclas sobre la máquina de escribir. El secretario añade un detalle macabro, una dirección usada en el anterior caso, una anécdota que hace más verosímil la historia.”

La narrativa también como acto sacramental, exorcismo, radiografía. La devastación del paisaje moral y mental: “Todo es homogeneizado por la mentira. La mentira se multiplica con la velocidad de una célula maligna que crea versiones distintas, algunas muy alejadas del invento original. La gente repite esas ficciones en las calles, en las cantinas, seguros de pertenecer a una masa uniforme que basa su fuerza en lo no real, en las cosas flexibles, líquidas, dichas a conveniencia de todos”.

La materialidad poética como un acercamiento al delirio, con guiños shakespearianos: “Ya sentía el olorcillo a chamuscado. Le hablaría toda la noche a la cabeza con el temor de que, en cualquier momento, me respondería con palabras hechas de espeso humo, borbotones negros, cuervos macilentos expulsados de entre los dientes herrumbrados”.

Finalmente, una novela como una oscura metáfora de nuestra realidad, con un centro secreto que abre su enigma justo al final, al revelar la identidad del narratario, mudo interlocutor con quien la voz narrativa especula, delira, resume, conversa: “Imagine un universo que se contrae paulatinamente, que aniquila cosas, que avanza irremediable hasta que, por último, se devora a sí mismo, se canibaliza”. “Mire: justo antes del amanecer la oscuridad es más plena, como si estuviéramos adentro de un puño cerrado, un puño que aprieta con furia los dedos hasta acabar con la luz que se filtra entre las uñas, entre las grietas de los nudillos. Es el puño de Dios que nos machaca.” ®

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Publicado en: Libros y autores


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