Imaginé una lucidez aguda, penetrante, al estilo de Chamfort o Lichtenberg, pero ya adaptada a un nuevo régimen. En resumen, cometí el gran pecado de los pesimistas: tuve expectativas. No conté con un elemento tan drástico como el destiempo. El delirio monotemático de Cioran pertenecía a otra época.
Ante la imposibilidad del aparato cinematográfico de recuperar el tiempo perdido, tal vez el cine —como nos muestra Fellini— ofrezca otra posibilidad no menos asombrosa y fantástica: la posibilidad de inventarlo, reinventarlo.
¿Cómo una artista ve a distancia lo que se nos vino encima? ¿Cómo describe lo que tiene en mente? La síntesis de sus últimos días está trazada con apenas unas líneas, el abstraccionismo de su próxima ausencia prescinde de trazos figurativos.
¿Cómo reproducir en el cine la mirada de uno de los grandes pintores de la historia? Carlos Saura supo hacerlo con su filme dedicado a Goya, un junto homenaje que da vida al genio y a su espíritu torturado.
Desde los griegos, pasando por el Siglo de Oro y aterrizando en la narrativa del siglo XX, la parodia literaria cuenta con una rica tradición. Su empresa hipertextual es ambiciosa: resignificar y revalorar estéticas y discursos.
Argudín permanece igual a sí mismo. ¿Acaso nada hay susceptible de hacerlo cambiar de rumbo narrativo o de valores estilísticos? El andamiaje de su lenguaje está ya sólidamente armado en repertorios iconográficos y en panoplias simbólicas que han ido ensamblando una manera que no podría pertenecer a otro autor.