Primavera a.m.

A Jorge Suárez Medellín, por el grato humor que me contagia.

I. Un martes de abril

A las 2:48 am, apenas hace unos segundos, despertó la pequeña Greta de un sueño profundo. Su madre se preocupa de que vaya a llorar sin forma de consolarla en medio de los demás pasajeros, pero la hermosa nena de dos años milagrosamente está tranquila y se conforta al ver a su madre despierta. Ella desea que recupere el sueño, pero los ojos enormes y abiertos de su hija le informan que debe pensar en otra cosa. El viaje más o menos dura siete horas y aún faltan cuatro.

“Hoy no es mi día”, se dijo la madre para sí por tercera vez, volteando a ver a aquella mujer dormida y desconocida que se sentó a su lado apenas en la primera parada que hizo el autobús, recordando amargamente que al inicio iba cómodamente con su hija en los dos asientos.
Se le ocurrió que era una buena idea ahorrarse un pasaje y sólo compró un boleto en el asiento del pasillo. Sin embargo, lo tacaña no le molestó tanto como la actitud que tuvo esa extraña cuando abordó y las vio a las dos del lado de su ventana. A la señora madre le cayó mal que viéndola en esa situación la mujer no mostrara ninguna señal de ceder por el lugar vacío, así que tuvo que decirle por favor que ocupara ese asiento, y sin contestarle nada, lo hizo de mala gana.
“Hoy no es mi día”, esa fue la segunda vez que lo pensó.
La primera ocasión que le pasó por la cabeza esta horrible frustración se remonta al pasado y es la más difícil de contar.

II. Greta

“It’s her name”, le respondió a su mujer cuando alguna vez ella dudó de aquel nombre que le había puesto a su hija antes de nacer, pues de momento la abordó el temor de que le fuera a arruinar la vida. Como en otras ocasiones, ella prefería que todas las decisiones importantes las tomara él y se sentía relajada simplemente con obedecer. No obstante, desde un principio habían acordado que si el producto de su relación era un niño, él elegiría el nombre, y que si era una niña, entonces ella. Cuando supieron que la suerte recaía en la mujer se sumó luego una nueva premisa de la cual dispuso el padre.

—Solamente te encargo que elijas uno de voz fuerte —le advirtió.
Esa situación incomodó un poco a la futura madre porque sin duda alguna esto era una especie de imposición tramposa, especialmente porque su esposo sabía que la predilección de ella eran aquellos de voz suave. “Vania”, “Zenia”, “Ilse”, contrastaban con voces sugeridas como “Lucrecia”, “Beatriz”, “Enriqueta”. Aunque tampoco había vuelta de hoja en estos casos considerando su personalidad atenida a los deseos de aquél. Para acabar pronto, aquella búsqueda culminó después de revisar listas y listas con nombres en Internet que la llevaron hasta encontrar el de “Greta”, con el cual congenió desde un principio porque significaba “Margarita”, tal como se llamaba su abuela materna fallecida pocos días antes de conocer a su marido.
Aquel martes en la madrugada el motivo de la discordia llevaba entonces el nombre de “Greta”. En eso va pensando precisamente su madre, en la discusión que tuvo lugar hace apenas unas horas, a las 11:23 pm, como lo registra su celular. Ya no tuvo manera de que se comunicara con su esposo de nuevo porque el teléfono quedó temporalmente suspendido justo a la medianoche por disposición de la compañía.
“Hoy no es mi día”, ésa fue la primera vez que lo dijo.
La niña ha volteado a mirarle, no tiene el sueño que debería tener. Su madre empieza a preguntarle cosas con la mirada, como por qué nunca pudiste dormir siempre la noche entera, por qué siempre tuviste que despertarte de madrugada para solicitar tu leche o para pedir calor de tus padres o porque la textura de la cobija te molestó o porque te echaste un pedo y ya no continuaste tu sueño. O ¿Por qué no dejaste todos estos meses que tu papá durmiera de corrido? Tú sabes que yo te hubiera permitido despertar dos, tres o las veces que fueran necesarias, lo sabes, tú siempre de bebé me despertaste y yo siempre estuve dispuesta a tenerte entre mis brazos para alimentarte sin que tu papá tuviera que escucharnos, pero ahora, ¿por qué sigues despertándote de madrugada?
Es inútil, ella sabe que sus reproches silenciosos son absurdos, que en todo caso la que se tiene que reprochar es ella a sí misma por no haber sido una buena madre que le enseñara a tener sus horarios como le reclamó varias veces el marido. Ella siempre acabó dándole la razón a él, siempre, y eso está claro que fue un error suyo, no de él, aunque intuitivamente ella le echara la culpa de todo, y así recíprocamente. Bastaba con el ejemplo que él le ponía de su prima, la psicopedagoga, que con sus conocimientos y grandes afectos por sus hijos supo imponerles un horario para dormir, despertar, comer, vivir.

Unas horas antes de irse de viaje, hace un rato pues, en la casa él le preguntó si ya sabía cómo le iba a hacer para que Greta durmiera a sus horas y estuviera menos mal educada. En eso va pensando ahora ella.

III. Mario

Mario acaba de despedirse de su esposa y de su hija de dos años en la central de autobuses, va de regreso a su casa y toma un taxi. Después de una breve conversación con el taxista le pide que lo baje en la tienda de la esquina. Compra cigarros y una botella de agua mineral. Por fin llega a casa.

Lo primero que hace es prender la computadora en lo que va al baño. El reloj de la pantalla marca 10:43 pm. Su skype queda conectado automáticamente con dos amigos en línea. Parecen ignorarse. Entra al Internet y empieza a teclear doble u, doble u… y el visor le marca sus páginas favoritas. Lo piensa dos segundos y entra a donde pensaba entrar, a las marañas de Facebook. Él no tiene cuenta en esa red social, pero su esposa sí. No tiene que poner su contraseña, pues ella la dejó guardada en la página. Esta vez no se detiene, y busca, él ya maneja muy bien la interfaz. Entra a su inbox y al fin encuentra lo que esperaba. Enciende el primer cigarro.
—¿Qué onda, puto, todavía vives? —aparece la pregunta de su amigo anunciada por el sonido del skype.
—No, y ni pedo estoy contigo ahora, cabrón.
—Uh, qué pinche humor, nomás acuérdate de no ponerle “disponible” a tu estado.

Silencio en la ventana abierta.

—Olvídalo, mejor te busco cuando hayas resucitado.
Ya no le contestó y lo ignoró en adelante. Aún quedaba un amigo en línea pero también lo ignoró. Inhaló un poco más de tabaco y comenzó a leer conversaciones de su mujer con un hombre que ya se venía figurando desde hace tiempo. Comenzó a copiar, pegar y lo guardó en un documento, después pensó que sería mejor tomarle impresiones de pantalla, pero no lo hizo y prefirió llamar a su esposa.
—¿Bueno?
—A ver, hija de puta, nomás quiero que escuches esto para que no vuelvas, porque óyeme bien, te voy a quitar a mi hija y no quiero que me sigas saliendo con la mamada de que quieres seguir conmigo y pendejadas así…
—No te entiendo —lo interrumpió—, no sé de qué me hablas.
—“Me gustaron tus besos, o los míos, para el caso… cierra los ojos para que sientas de nuevo mis besos y dime que no te gustó. Yo muero por otro.”
—¿Qué? —dijo ella sintiendo el frío de quien se sabe investigada—. Esas son pendejadas.
Colgó. Ya no quiso saber más de ella y luego cerró su skype.

IV. Mónica

Mónica se acaba de conectar. Sus cálculos no le fallan, ella ya está disponible y él también, ambos en el mismo lugar donde se transfiguran en letras y pixeles. El saludo, sin embargo, como otras tantas veces, depende de ella. Eso la hace dudar y prefiere dejarse llevar por la tiranía del reloj. Entonces espera pensando que esperar es una mierda, y mientras piensa que él sigue haciéndolo adrede sin que le importe que la esté haciendo perder su tiempo, todo se vuelve a suceder en círculos cada vez más pequeños, porque ella espera pensando que esperar… Mas no le parece justo darse cuenta de que posee una obsesión y que por eso a lo mejor hasta el saludo le suspende. La frustración crece poco a poco y va asociándose para crecer espontáneamente, porque allá fuera, a la vida que literalmente prefiere darle la espalda, sigue como siempre, sostenida de verdades que la encaran y que al mismo tiempo la arrastran de nuevo a esta desesperante espera. Ella se desploma cuando se encuentra aquí con su sueño realizado, se abstrae de un marido y de una hija que la quieren, del dinero que al sobrar no importa, del sexo conyugal igual a hastío, de relaciones muchas, pero incomprensibles todas. No hay nada que la satisfaga, nada salvo abstraerse de su vida para que sea la trenza de palabras que se dicen y se escriben, la que vaya trazando una nueva ruta feliz, libre, tan bienvenida. O por lo menos es esto lo más sano que se puede imaginar, cosa que Mario no cree, porque está seguro de que de cualquier manera todos los caminos llevan a Roma y que, por tanto, todos concluyen en el mismo desastre. Experimentar una nueva ruta de nuevo no es lo suyo, y siente que sabe que esto es cada vez más pesado e inevitable. Un planeta de infelices sólo es capaz de producir infelicidad a sus partes, retransmitiéndola para generar un radio más grande, de por sí transmisor de más radios que se reproducen entre sí mismos, perdiéndose el origen del final, origen endémico de cualquier ser humano y fin que pronto llegará. Mónica, en cambio, siente que tiene que ceder a sus deseos, que ya no le importa más, que debe confirmarle que irá a verlo, que esta vez está dispuesta a cruzar el océano, que ya no tiene él que volver a pensar que ella es un ente vacío, y que al contrario, bien debería disfrutar de su belleza.

Es muy tonto decirlo, pero cuando al fin ella se decide a saludarlo se da cuenta de que ya cerró su sesión. Esa fue su manera de despedirse de ella.

V. Primavera a.m.

El viaje está siendo demasiado largo para Brenda, su cabeza intenta no pensar pero algo se ha roto en el camino sin que pueda cambiarlo. Su teléfono simplemente ha muerto y tiene que resignarse a esperar para llegar a la casa y dormir. Tiene la esperanza de que las cosas se aclaren y se resuelvan. Cuando amanezca será otro día, uno más, o uno menos, como solía corregirle su marido. Su hija, mientras tanto, le pide sus nueve onzas de leche que tiene que preparar en medio de un espacio minúsculo, cosas como ésas que diariamente tiene que solucionar sin previo aviso. La niña está incómoda y comienza a llorar, lo que pone muy nerviosa a la mamá que se siente ajena de sí misma, en el lugar de las mujeres que no saben qué hacer para evitar que lloren sus hijos a la mitad de una madrugada templada y fragmentada, en un camión lleno de “Marios” que pueden exasperarse si los despiertan. Greta le da un tirón en las piernas como muestra contundente de que lo está haciendo mal, pero al fin logra meterle a la boca la mamila y las dos se tranquilizan.
/ Su esposo parece contemplar cada paso en su cabeza, Brenda se ha ido, ¡por fin se ha ido!, le exigirá que no vuelva cuando sirva de nuevo su celular; él moverá abogados y le quitará a su hija; Greta estará siempre con él, Mónica seguramente viajará de un continente a otro y después resolverán lo de su hija y su divorcio, él ya no estará dispuesto a volver jamás a su trabajo, sus amigos ya no tendrán que volver a ser los mismos, su familia lo tendrá que aceptar con o sin sus prejuicios morales, él, sin embargo, sabe que ni así será feliz.
La decisión está tomada un martes a las 2:48 am. Mario se acaba de colgar en la regadera de su casa. Apenas contados dos minutos sus signos vitales han cambiado. /
Greta y Brenda han llegado a la casa, han quedado profundamente dormidas tras un viaje largo. En su sueño Brenda aparece libre, y seguramente, como lo pensó al principio, cuando se levante habrá un mañana para superar el pasado. ®

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Publicado en: Narrativa, Octubre 2012

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