Príncipes, vampiros y dictadores

Cruzados, comunistas y satánicos en Rumania

La umbrosa región de Transilvania es cuna de vampiros humanos y fantásticos, entre los que se cuentan el sanguinario príncipe cristiano Vlad Tepes, cuya crueldad alcanza niveles legendarios, y del no menos célebre conde Drácula. También fue el lugar de nacimiento de uno de los más grandes escritores contemporáneos, Cioran, que alguna vez jugó al futbol con un cráneo humano, y del cruel dictador comunista Nicolás Ceausescu.

I. Vlad Tepes, viñetas del horror

Eliminar la miseria

Vlad Tepes

El grupo estaba conformado por tullidos y jorobados andrajosos. Ampollas, sarnas, apostemas y verrugas marcaban aquellos rostros apenas envueltos en ropones harapientos. Aquel cruel hacinamiento había sido convocado por el príncipe Vlad Tepes, quien ofrecía un festín a todos los miserables de la región. Estofados en salsas blancas y de judías, sopas de albóndigas, de setas, pan de maíz y el potente vino moldavo eran algunas de las golosinas, adivinamos, con que se regalaban los miserables en aquella juerga llevada a cabo en un elegante salón especialmente dispuesto. “¡Oh, generoso voivoda!”, “¡Gracias, buen voivoda!”, eran algunas de las locuciones que dejaba oír ese ávido mascar bestial y de eructos etílicos.

Una vez acabada la comilona apareció entre la muchedumbre, elegante y severo, el príncipe valaco de insoportable mirada. Con ferocidad elevó la voz entre los presentes. Habló a los mendigos. Habló de Mateo. Recordaba que los miserables tienen ganada la entrada al reino de los cielos, muy al contrario de los ricos. Profería palabras fraternas y piadosas, interrogaba a la gleba: ¿Quisieran, acaso, verse libres de preocupaciones, de privaciones? Satisfecho ante la respuesta unánime que asentía a su requerimiento ordenó prender fuego a la sala con todos los mendicantes al interior, poniendo fin, así, a aquella siniestra feria nocturna y a su miseria.

Paisaje bucólico

En los alrededores de la ciudad de Tirgoviste, sobre un extenso llano, se hallaba un particular bosquecillo.Se trataba de una floresta de maderos artificialmente colocados cuya extremidad superior terminaba en forma de ángulo. Gracias a las páginas del humanista griego Demetrio Calcocondilo se puede obtener una reseña del espectáculo que presenciaron las huestes del sultán Mehemed II, quien acechaba la zona en campaña militar y que padeció inauditos vómitos: “Estaban empalados veinte mil hombres. Entre esas víctimas del despotismo se hallaban lactantes que habían sido arrebatados del pecho de sus madres y en cuyos vientres anidaban pájaros”. La visión despertó horror y consternación incluso entre los salvajes turcos, escribe el cronista. Sin embargo, el sultán, entre arcadas y desistiendo de seguir adelante, distinguió en su enemigo el arte de la crueldad que reside en la capacidad de dominar mediante el terror sin verse abandonado por sus súbditos: los cadáveres empalados, enemigos de Tepes, permanecían expuestos con el fin de acobardar a eventuales opositores.

Un prior franciscano, cuando dirigió un sermón al soberano por no haber siquiera perdonado a los recién nacidos, obtuvo esta explicación: “Los niños de hoy son mis enemigos de mañana y no tardarán en vengar en mí a sus padres”. Esa insolencia le valió al asceta ser empalado por la cabeza, extremidad culpable de su mal razonamiento.

Insólito menú

Como es de sospecharse, ser invitado a comer por el voivoda valaco podía resultar sumamente inquietante. Así lo intuyó el grupo de gitanos que habitaba en la región cuando recibió esa llamada. Tepes mandó asar a tres de ellos para satisfacer el paladar del resto y luego los incitó a comerse unos a otros, de lo contrario serían enviados a luchar contra los turcos. Como es de esperarse, los gitanos se alistaron con optimismo al frente.

En otra ocasión, se dice, Vlad “el empalador” tomaba su desayuno acompañado por un grupo de boyardos especialmente invitados para la ocasión en medio del célebre bosque donde prudentemente había tenido lugar la carnicería, a la sombra que proyectaban los cadáveres a guisa de ramas. Estos cuerpos, aún expuestos, desprendían un hedor nauseabundo y este último detalle obligó a uno de los comensales a llevarse la mano a la nariz, cosa que no pasó inadvertida para su alteza quien, fiel a su generosidad, lo mandó empalar más alto aún para que pudiese respirar aire verdaderamente fresco y puro.

Draculea, ornamentar con infamia

A Vlad Tepes (1431-1476) se le achacan innumerables crímenes. Innecesarios, arbitrarios, elevados a tal nivel draconiano, que no es de extrañar que su figura haya dado a luz a la del vampírico Conde Drácula, tímido noble que se esconde para llevar a cabo sus fechorías en lugares apartados, a la sombra de la noche, nada más que jugarretas románticas si se compara con el original.

A Vlad Tepes (1431-1476) se le achacan innumerables crímenes. Innecesarios, arbitrarios, elevados a tal nivel draconiano, que no es de extrañar que su figura haya dado a luz a la del vampírico Conde Drácula, tímido noble que se esconde para llevar a cabo sus fechorías en lugares apartados, a la sombra de la noche, nada más que jugarretas románticas si se compara con el original.

El Drácula que conoce la tradición es aficionado a los cementerios, los sótanos sombríos y los castillos casi derruidos tanto en Transilvania como en Londres. Es simpatizante de criaturas de la noche como el murciélago o el lobo. Se mueve en la oscuridad, detesta la luz precisamente porque sería desenmascarado en ella. Gusta esconderse detrás de largas y pesadas cortinas carmesí al acecho de virginales cuellos —actividad nada reprochable, por cierto. De buen gusto, es también propietario de capas y caballos negros y tiene por concubinas voluptuosas damas que, a pesar de sus afilados colmillos, resultan más bien seductoras. Refinado, elegante, a este dandi se le puede, se le debe perdonar su afición por la sangre de sus víctimas: las infracciones que lleva a cabo son meros ejercicios estéticos que la moral no está capacitada para juzgar.

Tepes, en cambio, asesina ante la lánguida mirada del populacho y las ciudades y sus campos son el fresco donde proyecta su obra. En contraste con la elegancia de su homónimo letrado, su apariencia produce horror por su atroz vulgaridad. Los cronistas refieren el aspecto de Vlad con particularidades fisonómicas como “fosas nasales dilatadas”, “corpulento y musculoso”, “cejas negras y tupidas”, “pómulos sobresalientes”, “cerviz de toro”.

El voivoda de Valaquia, actual Transilvania, llevó a cabo verdaderas apologías del crimen y las publicitó para infundir terror. En Drácula, Vlad Tepes el Empalador y sus antepasados, Ralf-Peter Märtin ofrece un nutrido anecdotario de ésta singular figura.

En 1462, a manera de ejemplo, Tepes, en cruzada contra los turcos, envió un detallado informe a Matías “el Bueno” Corvino, rey de Hungría, en el que escribió: “He matado a hombres y mujeres, a viejos y jóvenes desde Oblucitza y Novoselo, donde el Danubio entra en el mar, hasta Samovit y Ghigen. Hemos matado a 23,884 turcos y búlgaros, sin contar a aquéllos a los que quemamos en sus casas, o cuyas cabezas no fueron cortadas por nuestros soldados”. Al escrito, con el fin de esclarecer cualquier duda sobre la veracidad del informe, “el empalador” adjuntó dos sacos llenos de orejas, narices y cabezas de esos infieles enemigos de la cruz.

El orden era imperante bajo su mandato, incluso en la vida sexual. De ahí que las adúlteras y las prostitutas, junto a gitanos, ladrones y miserables, constituyeran otro de sus blancos predilectos para descargar su descomunal ferocidad. Su moral puritana le llevó a mutilar cientos de órganos sexuales de impúdicas viudas, doncellas desfloradas y mujeres que buscaban placer fuera del matrimonio. Es conocido el empalamiento sufrido por una campesina que llevaba una camiseta corta por mostrar demasiado su cuerpo al trabajar. También circula popularmente la historia que cuenta el examen uterino al que fue sometida la concubina predilecta de Tepes cuando le aseguró a éste encontrarse embarazada. En el momento que la matrona opinó que tal embarazo era inexistente, el castigo por el engaño fue ejemplarmente brutal: “Rajó a la chica de la pelvis a los pechos, gritando que deseaba ver dónde estaba el fruto de sus entrañas y que quería enseñar al mundo el lugar de su origen”.

Además de rendir homenaje al homicidio de manera orgiástica, Tepes sembraba terror mediante la tortura y su repertorio de iniquidades desafía los propios límites de la crueldad: mutila narices y labios, despelleja, asa, hierve, arroja a las fieras, obliga a comer carne humana, desmiembra, entierra vivo, clava. Arrojarse a una incontinente descripción del método mediante el cual se empalaba a una víctima, recreo favorito del soberano, implicaría satisfacer la avidez morbosa del cirujano, del carnicero. Baste decir que, una vez atadas manos y piernas del condenado a la espalda, se empujaba el palo por el reducto anal con la ayuda de un martillo para luego enderezar el madero y clavarlo en la tierra. El desafortunado, al no tener nada de dónde aferrarse, abandonado a sí mismo, no tenía más que esperar su muerte, lo que podía durar un par de días, cuando la punta del palo, expresamente poco incisiva, reaparecía a la altura del hombro, del estómago o del pecho.

La Grande Encyclopédie du XIX siècle, prudente, circunspecta y, como su nombre lo sugiere, sensata, registra al empalamiento como “uno de los más horribles suplicios que la crueldad humana haya inventado”.

Visita a una singular taberna

De las innumerables imágenes lúgubres que me oprimían mientras deambulaba por las calles de Sibiu, en el corazón de Transilvania, elijo para dar inicio al relato de un hecho admirable la visión de los purpúreos tejados portadores de ojos a manera de ventana. La arquitectura de Sibiu, ciudad con ojos, dotó a las casas y los edificios de unas caprichosas claraboyas en buhardillas que dan la impresión de estar siempre vigilando. En la negrura de la noche absoluta, esos hoyuelos apenas alumbrados en su interior por una fluctuante luz pálida, ejercen una percepción aún más espectral en quien recorre la ciudad. Después de varias horas de vagar solitario por las callejuelas intrincadas de esa ciudad medieval y asediado por los inquietantes atisbos de las casas, dirigí mis pasos hacia una taberna situada en un sombrío callejón del casco antiguo de la ciudad.

Después de varias horas de vagar solitario por las callejuelas intrincadas de esa ciudad medieval y asediado por los inquietantes atisbos de las casas, dirigí mis pasos hacia una taberna situada en un sombrío callejón del casco antiguo de la ciudad.

Me encontré ante un salón bien iluminado, una estrecha morada que parecía abrazar con brazo rígido al visitante. Un par de mesas en el fondo del salón estaban ocupadas por cierto número de autóctonos de aspecto lobuno en el que se podía leer cierta hostilidad hacia el tímido forastero. Pronto olvidé su presencia y su natural incomodidad hacia mí gracias a que me procuré una copa de un buen vino regional. El norte de Sibiu, bañado por el río Tirnave, fresco y húmedo debido a la altura, provee vinos blancos frescos y con buena acidez. Ideal para acompañar un plato de sarmale, especialidad de carne picada envuelta en hojas de col acompañado con una porción de mamaliga, suerte de versión rumana de la polenta. Discurría en tales pensamientos de voluptuosidad cuando el chef, que era a su vez propietario y único empleado del lugar, se acercó con el menú y una segunda copa de vino. Se llamaba Minski y era de origen ucraniano: los éxodos y las múltiples persecuciones soviéticas lo habían llevado a ese buen lugar donde había alcanzado cierta paz y desahogo. Hablaba, mientras yo echaba un vistazo a los platillos sugeridos, de las hambrunas en aquella nefasta época que llevó a miles al canibalismo. A lo lejos escuchaba el parloteo que venía del fondo del salón mientras trataba de seguir el intrincado discurso de Minski, entonces miré fijamente su rostro. Si hubo rasgos humanos que pregonaban vicios de la clase más dañina, ésos eran, sin duda, los suyos. Entonces comprendí que el “Brazo de gitano en salsa de tomate” que se ofrecía como especialidad podía resultar interesante. Recordé los dulces sicilianos llamados “Nalgas de canciller” o los pastelillos turcos “Pechos de virgen”, pero esto sin duda se trataba de algo diferente y portentoso.

Una noche antes había llegado a Sibiu desde Brasov, a donde me había dirigido inútilmente siguiendo los pasos de un Tepes que nada tiene que ver con el Drácula de la tradición literaria y, donde unos osos que se habían instalado cómodamente en el jardín de mi pensión, seducidos por el aromático basurero, me habían hecho tomar la prudente decisión de huir. Recordé que, en tren, había recorrido solitarios parajes entre las cumbres nivosas de los montes Cárpatos, montes que nada tienen en común con las civilizadas montañas de Europa occidental: todo cuanto la naturaleza tiene de extraño y terrorífico se presenta ahí de la manera más grandiosa. Entre alguna estación y otra, recordaba haber visto campamentos gitanos en las afueras de olvidados pueblos donde el realismo socialista, con su habitual originalidad, había dejado esa singular huella de cansancio depresivo en los rostros de los pobladores. Insoportable sensación que empeoraba gracias al pálido y frío sol de primavera.

Reflexionaba sobre cómo el mal gusto lleva al crimen cuando las carcajadas aguardentosas y los modales tabernarios con que vociferaban los hombres en el fondo del salón me recordaban que tenía que decidir mi cena ante la apremiante presencia de Minski y el hambre que comenzaba a trabajarme las entrañas. Sin más, pedí “Brazo de gitano en salsa de tomate” y rocié mi propuesta con una copa más de vino, elección que sin duda agradó a mi huésped, quien soltó un chillido alegre. El platillo efectivamente era bueno, algo que no conocía mi paladar siempre ávido de nuevos sabores y texturas. ¡Te saludo, maestro del exceso! Gracias a la amabilidad y la afinidad de ideas que compartí con el propietario de aquel lugar maldito, obtuve la receta y la escribo a continuación:

Tome un gitano de 75 kilogramos aproximadamente y corte cuidadosamente el brazo a la altura del hombro hasta la muñeca (¡no hay que olvidar que no sólo existe una manera de hacerlo!). Reservar la mano, desechar el resto del cuerpo. Prepare un adobo con una taza de vinagre, ramas de tomillo y dos dientes de ajo picados. Lavar bien el brazo y deshuesar. A continuación trocearlo y meterlo en el adobo, dentro de una olla. Reservar en frío durante una noche.

Al día siguiente, añadir un kilo de tomates cortados, una cucharada de pimienta roja molida, dos manzanas cortadas por la mitad, media cebolla picada y una taza de aceite. Llevar a ebullición, bajar el calor y guisar a fuego lento hasta que la carne esté blanda. Colar el líquido y devolver a la olla. Hervir brevemente y servir. Use la mano como decoración con un ramillete de perejil fresco.

Si no le apetece la carne humana, puede sustituirla por un gato previamente despellejado y sin entrañas, o una rata. Comer es, a final de cuentas, una toma de posición filosófica y el canibalismo era recomendado por Diógenes. Bierce decía del adepto a la carne humana que simplemente se trataba de un “gastrónomo de la vieja escuela que conserva el gusto por los sabores sencillos y sigue la dieta natural del periodo preporcino”. Sin afán de discutir y entrar en más detalles, salí de aquel cubil de desenfreno y me abandoné en mi lecho a los retortijones y ventosidades que destruían lentamente mi estómago.

II. La misantropía como oficio

Los hombres me producen horror, pero no soy misántropo. Si yo fuera todopoderoso —Dios o Diablo—, eliminaría al hombre.
—Emil Cioran

Rasinari, la embriaguez y el Diablo

La superstición, recopilada por Bram Stoker entre otros, testifica que Sibiu es el lugar “donde el demonio reclama su derecho a un discípulo de cada diez”. Sibiu, Hermannstadt en alemán, es la capital del distrito que lleva el mismo nombre, importante centro cultural de Transilvania. Escasos seis kilómetros, y un campamento gitano, separan Sibiu de Rasinari, pequeño pueblo apostado en medio de los Cárpatos donde, para fortuna de Belcebú, nació Emil Cioran (1911-1955) y a donde nunca regresaría tras su partida a París. Acaso no es de extrañar que el rumano haya rubricado que “todo lo que emana del demonio tiene sentido, aunque sea negativo, un fin, aunque sea destructivo”.

“No hay una persona a la que, en un momento u otro, no haya deseado la muerte”. Quien, de entre aquellos que todavía frecuentan el acto de cogitar, no le haya venido a la mente lo mismo al menos una vez en su vida, es un hipócrita o un lunático. Ahí reside la grandeza de Emil Cioran, verdadero aristócrata de la duda: nos reconocemos en sus aforismos. Auténticos estados de ánimo fugaces u obsesivos, siempre perturbadores, de una dulce familiaridad.

Todo lo que el hombre emprende acaba en lo opuesto de lo que había concebido, por eso Cioran cree que “el hombre tan sólo existe cuando no hace nada. En cuanto actúa, en cuanto se prepara para hacer algo, se vuelve una criatura lamentable”. Incluso confesó repetidas veces que detestaba escribir y se jactaba de ser el hombre más ocioso de París: “Creo que sólo una puta sin clientes está menos activa que yo”. Siempre consideró que había que hacer lo mínimo posible, evidentemente “no multiplicar los libros”.

El autor de Ese maldito yo consideró que la universidad liquidó la filosofía, donde se paga a los filósofos por ser impersonales, por hablar de “ontología” o de “problemática de la totalidad”, conceptos que al ser humano corriente, desesperado y con los dientes rotos, de poco le valen. El filósofo es un dictador, un tirano que crea un sistema que no admite contradicciones cuando es la idea del fracaso, en realidad, la única vía posible para llegar al progreso espiritual.

Posturas semejantes, seguidas de aforismos como “Cuando se sale a la calle, a la vista de la gente, exterminación es la primera palabra que viene al espíritu” o “¡Interrogarse sobre el hombre durante tantos años! Imposible exagerar más el gusto por lo malsano”, le granjearon la adversidad de no pocos de sus contemporáneos.

Extravagante Drácula del pensamiento, que gustaba tanto del exceso al punto que inclusive se hubiera adherido a “una secta religiosa depravada”, Cioran azotaba tanto a sus lectores como a sus interlocutores. Su obsesión con Hamlet, a quien consideró su alter ego y ulteriormente acusaría de plagio, lo llevó durante una época de su vida en Sibiu a negarse a hablar con nadie que no fuera Shakespeare. Escandalizado, el escritor francés Henri Thomas lo censuró por reaccionario y le endosó: “Usted está contra todo lo ocurrido desde 1920”, a lo que Cioran respondió: “¡No, desde Adán!” En 1949, unos años después de El ser y la nada (“ilegible por culpa del estilo”), cuando apareció su primer libro en francés Précis de décomposition, traducido como Breviario de podredumbre, el crítico de Le Monde recomendó a su autor por medio de una carta que se antoja lacrimógena: “¡Usted no se da cuenta, ese libro podría caer en manos de jóvenes!”

Años antes de ser ridículamente premiado por ser el autor de un libro que lleva por nombre Del inconveniente de haber nacido, mucho antes de denostar a Sartre y sus contemporáneos (“cualquier montañés me parece preferible a un intelectual parisino”), antes de convertirse en ese Drácula parisino arrastrando dudas tras de sí, elegante, depresivo (“visitas, visitas. Me devoran, me vampirizan. Habría que suprimir el teléfono o abandonar París), Cioran vivió una extraña juventud, calle por calle, rincón por rincón, en ese maldito, ese espléndido Rasinari, del que describe pasajes extraordinarios que lo acompañarían hasta su fría tumba en el cementerio de Montparnasse: “Me persiguen fantasmas, mal exorcizados, de mis primeros años”, escribió poco antes de su muerte.

La juventud que el escéptico pensador pasó en Rumania, en su recuerdo a veces feliz, a veces exasperante, “era la época ideal, el ancien régime de los trastornados”, dice, y añade que en aquel entonces todo se explicaba “invariablemente” con la masturbación o la sífilis: el insomnio, el genio, la melancolía, el talento o la locura. No obstante amaba su pueblo y, para escapar de sus responsabilidades, se refugiaba en la lectura: “En mi primera juventud nada me seducía como las bibliotecas y los burdeles”.

La juventud que el escéptico pensador pasó en Rumania, en su recuerdo a veces feliz, a veces exasperante, “era la época ideal, el ancien régime de los trastornados”, dice, y añade que en aquel entonces todo se explicaba “invariablemente” con la masturbación o la sífilis: el insomnio, el genio, la melancolía, el talento o la locura. No obstante amaba su pueblo y, para escapar de sus responsabilidades, se refugiaba en la lectura: “En mi primera juventud nada me seducía como las bibliotecas y los burdeles”.

La embriaguez consistía, entonces, otro tema fascinante para Cioran. Aunque tiempo después escribiría que “la embriaguez es sufrimiento, por eso un borracho comprende más”, en Rasinari se sentía fascinado por los borrachos clásicos, aquellos que beben todos los días con aire festivo. Tanto amaba el estado de inconsciencia y “orgullo demente del borracho” que, confiesa, estaba casi persuadido de convertirse en uno de ellos. Recuerda un personaje que le seducía particularmente, “siempre escoltado por un violinista, que silbaba y cantaba a lo largo del día. He ahí el único tipo interesante del pueblo, me decía, el único que sabe mantenerse en forma, que ha comprendido algo de la vida”. Aquel buen hombre había heredado una pequeña fortuna y en sólo dos años la había dilapidado. No le quedaba un solo kópek en el bolsillo: “afortunadamente tuvo la suerte de morir”.

El pueblo rumano, “lleno de superstición y agüerías”, en palabras del historiador Peter Märtin, tenía como costumbre desenterrar cadáveres en determinados periodos para comprobar si se habían convertido en vampiros. “A los niños se les desenterraba tres años después de su muerte, a los jóvenes cinco años después y a los demás a los siete años”. Una vez comprobado que el cuerpo se había descompuesto por completo, los huesos eran lavados en agua y vino para volver a enterrarse. En caso contrario, se consideraba que el muerto se había convertido en un vampiro. En esos casos se proseguía de la siguiente manera, según describe Agnes Murgoci: “Se atraviesa el ombligo del vampiro con una estaca, o se le arranca el corazón. El corazón debe quemarse en fuego de carbón vegetal, también puede hervirse o cortarse en trozos con una hoz. En el caso de que se queme, deben juntarse las cenizas. A veces se las arroja a un río, pero lo más habitual es mezclarlas con agua y dárselas a beber a los enfermos. También se emplean como ungüento para proteger del mal a niños y animales”.

Acaso Cioran encontró aquellas patrañas como algo estrafalario y así, en Itinéraires d´une vie: E.M. Cioran, el filósofo rumano Gabriel Liiceanu entrevista y recoge una singular confesión del ya senil pensador, quien relata lo beneficiosa que era su amistad con el sepulturero de Rasinari cuando él contaba ocho años de edad: “Un hombre bastante simpático y sabía que mi mayor placer consistía en recibir cráneos. Apenas enterraba a alguien, yo corría inmediatamente para ver si no podría darme uno”. Cioran sentía, según sus propias palabras, familiaridad hacia la muerte y su universo, los cementerios, los entierros. Y gustaba ver al sepulturero desenterrar cráneos, su debilidad preferida. “Lo que me gustaba, era… jugar con ellos. […] me gustaba jugar al futbol. Recuerdo cuando seguía con la mirada el cráneo que se arremolinaba en el aire y me precipitaba para atraparlo… era sobre todo un deporte ingenuo. Sabía que no estaba permitido jugar fut con cráneos”.

El balompié según Cioran

Transilvania

El deseo de conocer el lugar de nacimiento del autor de frases como “Si no existiera un placer secreto en la desdicha llevaríamos a las mujeres a parir al matadero” o “Es muy probable que los hombres hayan adorado a Dios por celos al diablo”, me llevó recorrer a pie los seis kilómetros hasta Rasinari desde Sibiu acompañado de unas cuantas botellas de Ursus, cerveza regional.

El pequeño pueblo, infernal como mi propio deseo por llegar a él, me pareció, con justicia, un pueblo hostil. Rasinari: el terrible papel tapiz de los Cárpatos adornado con un puñado de casas derruidas, un par de graves iglesias ortodoxas, un vasto cementerio y una modesta taberna, suficiente para concebir el nihilismo como algo natural. Dirigí mis pasos entre las callejas desiertas en búsqueda del domicilio del célebre pensador. Sin duda mi figura debía parecer extraña y desconcertante a los pocos habitantes que encontré por ahí y que me miraban con aire vanidoso y de burla. Y yo respondía de la misma manera a sus miradas irritantes. Malhumorado al encontrar aquella casa desvencijada y que ya no tenía ganas de ver, habitada entonces por una vieja sorda, preferí entrar en la taberna y abandonarme sensatamente a reflexiones de tipo misantrópico.

El rumano es una lengua intransmisible, pensaba Cioran. Un país entero confinado a su propia lengua y su naturaleza salvaje. Eso me parecía evidente mientras observaba a un grupo de campesinos borrachos del otro lado de la taberna y que, sin lugar a dudas, hablaban del forastero entre risotadas. En un lugar como aquél cobraban sentido, y una lucidez monumental, muchos de los pensamientos célebres y perturbadores de Cioran. Como cuando dice que “La timidez es el desprecio instintivo de la vida; el cinismo uno racional”, o cuando sugiere que la Historia no es otra cosa que una “manufactura de ideales”, una “mitología lunática, frenesí de hordas y solitarios”. Los humanos están poseídos por creencias, obsesivas creencias de salvación que “hacen la vida irrespirable”. “Miren a su alrededor”, dice Cioran, “dondequiera hay larvas que exhortan; cada institución traduce una misión […]. Las banquetas del mundo y los hospitales rebozan de reformadores”. Uno puede decir con toda tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido y nadie se enfadará, pero si afirmamos lo mismo “de un sujeto cualquiera, éste protestará e incluso hará todo lo posible para que quien hizo esa afirmación no quede impune”. Y el afectado pensador se estremece con la idea de que hay muy pocos hombres que “han sabido algo de verdad, qué pocas existencias completas han aparecido hasta ahora”. ¿Y qué significa todo esto? “Conservar sed de vida en los ocasos”. Estar a la altura de la tragedia. Mantenerse, digno y elegante, ante la inevitable caída: “Me gustaría poder intervenir en la historia del espíritu humano con la brutalidad de un carnicero, revestido con el más refinado diogenismo”.

Mientras ese revoltijo de ideas aturdía mi atormentado espíritu, el infernal disfrute de los campesinos borrachos que inflamaban la taberna con bocanadas de tabaco malo y gruñidos indescifrables me llevó de vuelta a la sórdida realidad de la taberna. Luego, uno de ellos, barbudo, mal oliente, de mirada brillante y aire desenvuelto, se acercó a mí y mandó silenciar a la canalla que obedeció con una prontitud rayana en el terror. Se dirigió a mí en lengua alemana requiriendo información sobre los motivos que me habían llevado hasta ahí y su naturaleza. Le respondí, en la misma lengua y evidentemente malhumorado, que me interesaba en la historia de aquel país, notablemente en el pensamiento de un tal Cioran que había vivido sus primeros años en aquel antro terrorífico y que no entendía ni un carajo de rumano. El cronista es incapaz de describir el cacareo de júbilo que explotó de aquel extraño personaje. Entonces, animado y visiblemente alcoholizado, me refirió este singular relato que reproduzco de memoria y sin haber alterado una sola palabra:

Luego, uno de ellos, barbudo, mal oliente, de mirada brillante y aire desenvuelto, se acercó a mí y mandó silenciar a la canalla que obedeció con una prontitud rayana en el terror. Se dirigió a mí en lengua alemana requiriendo información sobre los motivos que me habían llevado hasta ahí y su naturaleza. Le respondí, en la misma lengua y evidentemente malhumorado, que me interesaba en la historia de aquel país, notablemente en el pensamiento de un tal Cioran que había vivido sus primeros años en aquel antro terrorífico y que no entendía ni un carajo de rumano.

En otros tiempos esta taberna era una gran edificación compuesta de cámaras y salas diversas. En uno de esos salones solía emborracharse solitariamente Cioran, irascible y lo más moderado que le era posible dada su misantropía. Cierto día funesto se presentó ante él un hombre muy pequeño que decía ser francés. Se paró ante él y, lo recuerdo bien, comenzó con sus carcajadas y sus horribles muecas, aquellas carcajadas y muecas nefastas. Cioran miraba al francés con semblante agradablemente majestuoso. El pequeño francés continuaba con sus chillidos y contorsiones. Entonces uno de sus ojos cobró un aspecto terrible y, tomándolo por un cráneo con los que gustaba divertirse y jugar balompié, de un puntapié lo arrojó al suelo, persiguiéndole y golpeándole con tal rapidez, que incitó a toda la taberna a imitarle. Todos los pies se hallaban prestos y cada golpe era un incentivo para el siguiente. El francés seguía la jugarreta y, como era bajo, se hizo bola y rodaba bajo los golpes de sus asaltantes, que le seguían por todas partes con inusitado empecinamiento. Rodando de tal suerte, de sala en sala, y de cámara en cámara, la bola atraía tras de sí, a manera de esférico futbolístico, a toda la taberna y a todo ser que se topara. De aquel lugar, en medio de tal confusión, salía un ruido tremendo. Y las campesinas miraban a través de sus celosías y en cuanto la bola alcanzó la calle y apareció ante ellas, ya no pudieron contenerse y en vano trataron de detenerlas sus maridos que, corriendo tras ellas, inevitablemente mordieron el anzuelo a su vez. Nadie pudo evitar seguirle la pista a la fatal bola. Cioran, más empecinado que el resto, le seguía de cerca, propinándole tantos puntapiés como le era posible: su celo fue la causa de que él mismo recibiera algunos embates dirigidos a la bola. Bastaba con ver a aquella infernal bola para que todo mundo se sintiera atraído por ella. Al poco tiempo la muchedumbre tras ella era tal que el pueblo de Rasinari parecía un lugar tomada por asalto y entregada al saqueo y al pillaje. Con excepción de los lactantes y los ancianos moribundos, todo habitante del lugar corría tras la bola. Finalmente, el maldito francés, después de haber recorrido calles y plazas públicas acabó por abandonar el pueblo para refugiarse en los Cárpatos. Hasta ahora nadie recuerda cómo la muchedumbre enardecida no continuó su correría hasta llevarla a las montañas y, si se pudiera, a otras ciudades para incitar al resto del país y del continente a procurar el mayor número de puntapiés posibles a aquella asquerosa bola que sin lugar a dudas todavía se esconde en algún meandro de esas montañas.

Impresionado por aquel fabuloso relato, avivado por las ráfagas de alcohol malo del lugar y discretamente temeroso de correr una suerte similar a la del infausto enano francés, abandoné aquel lugar lo más rápido que me fue posible y me juré nunca más regresar ahí. Promesa que pienso cumplir cabalmente.

III. El experimento de Pitești

La atroz reputación de la ciudad de Pitești, trazada en la historia con originales pinceladas de crueldad, se remonta a la década de los cincuenta cuando se convirtió en sede de los primeros métodos de “reeducación” comunista. Forjar la identidad del “hombre nuevo” constituyó, mediante un complicado sistema de tortura estructurada en fases, la finalidad del desaforado proyecto. Se debe al encarnizado Eugen Turcanu (1925–1954), ex prisionero político y ulterior colaborador del aparato rumano de represión comunista, la puesta en marcha y el perfeccionamiento de tal experimento que consistía básicamente en incitar a los prisioneros a cometer actos violentos unos contra otros. Mediante la fatal mezcla de tortura con el estudio de textos de doctrina comunista se buscaba que los prisioneros políticos vituperaran contra aquello que les era más caro: según el relato del filósofo Virgil Ierunca, el prisionero se veía obligado a delatar y torturar a sus cercanos convirtiéndose en verdugo él mismo. Tal plan de aprendizaje, que se extendió alrededor de tres años, fomentó las clásicas variaciones de suplicio como palizas, suspensión y quemaduras, hasta algunas más sofisticadas como la ingesta sistemática y forzada de excrementos y vómito.

Los prisioneros creyentes que se negaban a renunciar a su fe constituían el objetivo ideal para desencadenar el delirio cruel de Turcanu quien, según Le livre noir du communisme, los hacía bautizar cada día de la siguiente manera: “Les hundía la cabeza en un barril lleno de orina y materias fecales mientras los otros detenidos salmodiaban alrededor la fórmula del bautizo. Uno de ésos —bautizados—, que había sido sistemáticamente torturado de aquella suerte, había adquirido un automatismo que duró alrededor de dos meses: todas las mañanas iba, por su propia voluntad, a sumergir la cabeza en la cubeta para la gran alegría de sus reeducadores”.

Sin embargo, era en las misas negras que Turcanu obligaba a oficiar a los seminaristas donde se reconoce su inexorable inclinación por la blasfemia. Cada uno de ellos era llamado a desempeñar un papel, sea el de padre o el de niño cantor y el texto litúrgico era adaptado de manera pornográfica especialmente para la sesión. El que llevaba el rol de sacerdote llevaba sobre el cuerpo desnudo una sábana remojada en inmundicias y se le colgaba al cuello “un falo confeccionado con jabón y miga de pan salpimentado con DDT” (Le livre noir du communisme): los estudiantes en cursos de reeducación debían pasar delante repitiendo la clásica fórmula “Cristo ha resucitado” después de haber besado el falo.

Ante un juez que era capaz de escuchar sin pestañear los detalles más monstruosos, Turcanu fue condenado a muerte por aquel reprobable lado criminal que desarrolló.

IV. Recuerdo de abominables magisterios

Budapest

Conservo de aquella escena un terror engastado en la carne que lleva al alma con una correa. Se lo debo todo a la fatal Aurelia Dobre, inquietante dama a quien mi amigo Jaques Durtal me había enviado desde París para indagar sobre el estado del satanismo en la Rumania contemporánea y escribir una crónica.

Los ciento diez kilómetros que separan Pitești de Bucarest parecían inalcanzables debido al frenesí que me había despertado la historia de las misas negras de Turcanu y la breve charla que había sostenido con la Dobre. Los dos coincidíamos en que el culto del demonio no es más demente que el de Dios. “Uno pulula y el otro resplandece”, decía aquella mujer apenas bella pero infalible, “¡todos los que imploran a una divinidad cualquiera están enajenados!” Recordábamos el desenfreno medieval que llevaba a los satánicos a oficiar sobre un par de nalgas y a aquellos que comulgaban con rodajas de zapatilla y se las daban a masticar a sus fieles. La lujuria es la primera gota del demonismo, decíamos avivados por el vino moldavo. Los fieles del satanismo son místicos de una orden inmunda, pero son místicos. Nos invadía la nostalgia de aquellos invencibles torturadores de los viejos tiempos, aquellos que te envolvían la pierna en una media de pergamino mojado que se encogía al fuego y te aplastaba suavemente las carnes, o te clavaban cuñas en los muslos y quebrantaban huesos, te fracturaban los pulgares con tornillos, te cortaban tiras de epidermis de la curcusilla, te recogían como un delantal la piel del vientre; te descuartizaban, te estrapadaban, te asaban, te rociaban con brandivino en llamas, con el rostro impasible, los nervios tranquilos, que ningún grito, ninguna queja rompían. Aunque aquellos ejercicios les cansaban, después de la operación sólo tenían una sed enorme y mucha hambre. “¡Eran sanguinarios equilibrados, y ahora!”, decía aquella inquietante mujer, “¡el verdugo trabaja con la timidez del que está a punto de desmayarse, que tiene mal los nervios cuando decapita a un hombre… ¡Qué miseria!” Hablamos de Gilles des Reis, el más artista y el más exquisito, el más cruel y el más criminal de los satanistas. Al final de la noche me prometió llevarme a una celebración de índole satánica y me hizo poner mi nombre al calce de una leyenda que, más o menos, iba en esta dirección: “Confieso que todo lo que he dicho y escrito sobre la Misa Negra, sobre el sacerdote que la celebra, sobre el lugar donde he dicho haber asistido a ella es pura invención. Afirmo que he imaginado todos mis relatos, que por consiguiente todo lo que he contado es falso”.

El vivo entusiasmo que me había producido volver a ver a esa mujer, más por pasar la noche a su lado que por las patrañas que habíamos glosado sobre el satanismo, disminuyó con el paso de los días sin obtener alguna noticia de su parte. Mi regreso a París era inminente y estaba listo para partir cuando el portero de mi morada me entregó un papel donde la Dobre me aseguraba que vendría a buscarme al anochecer para asistir a la cita acordada. Movido por la curiosidad y la expectativa de ver otra vez más a aquella misteriosa mujer, esperé y a continuación relato todo lo que vi aquella fatal noche de desenfreno.

Los dos coincidíamos en que el culto del demonio no es más demente que el de Dios. “Uno pulula y el otro resplandece”, decía aquella mujer apenas bella pero infalible, “¡todos los que imploran a una divinidad cualquiera están enajenados!” Recordábamos el desenfreno medieval que llevaba a los satánicos a oficiar sobre un par de nalgas y a aquellos que comulgaban con rodajas de zapatilla y se las daban a masticar a sus fieles. La lujuria es la primera gota del demonismo, decíamos avivados por el vino moldavo.

Bucarest, prodigio de fealdad y tristeza, de noche se convierte en un infame cubil al que se le da el nombre de ciudad. Recorriendo las polvorientas callejas, sacudidos por un carro de alquiler con mi inquietante iniciadora en las artes de la adoración del Intendente de los suntuosos pecados y los grandes vicios, llegamos finalmente a una extraña morada que se escondía a la sombra del megalómano Palacio del Pueblo concebido por el atroz Ceausescu. De pronto nos vimos en un patio interior donde un enano ataviado como pajecillo y con las mejillas maquilladas nos guió a una cámara de abominable olor a humedad y moho exasperado por un tufo irritante a resinas y hierbas quemadas. Inevitable experimentar opresión en las sienes y picor en la garganta. A la luz de velas negras apareció una suerte de capilla y mi compañera me hizo sentar en una esquina desde donde pude atisbar siluetas instaladas en divanes. A pesar de la oscuridad y la imposibilidad de distinguir rasgos, pude distinguir a varias mujeres y un par de hombres. La conversación parecía miedosa, grave, sin risas ni voces, sólo murmullos furtivos y dubitativos, desprovistos de gestos. Me pareció que Satán, el decano astuto, no favorecía el humor de sus feligreses. Ante una hilera de cirios apareció de pronto, precedido por dos niños de coro, tocado con un gorro carmesí adornado por dos cuernos, el canónigo de la juerga. Sus hábitos rojos recubrían unas carnes recogidas apenas por unas ligas dejando por debajo una obscena desnudez. La decoración alrededor del altar presentaba una vegetación rica en súcubos, íncubos y cabríos negros erguidos. Sin mayor ceremonia, el preste realizó genuflexiones profundas seguidas por respuestas cristalinas que emitían los niños arrodillados. Entonces de múltiples pebeteros apostados en toda la cámara corrió el humo en el que se envolvieron todas las mujeres aspirando febrilmente el olor para, acto seguido, desfallecer abriendo el aroma y lanzando suspiros cavernosos. El clérigo malvado se dirigió entonces a Satán, el “Maestro de los Escándalos, Dispensador de los dones del crimen, Dios lógico, Dios justo. Sostén del pobre exasperado, Cordial de los vencidos, Soberano de los desdenes, Contable de las humillaciones”. Le suplicaron que asegurara la alegría de los deleitosos crímenes que la justicia ignora, pidieron su intercesión ante los maleficios cuyos desconocidos rastros confunden la razón del hombre. “Te suplicamos”, decía el oficiante, “que nos escuches cuando deseamos la tortura de todos aquellos que los quieren y los sirven”. Enseguida se dirigió vociferando al “Artesano de las supercherías”, “Ladrón de homenajes, Jesucristo, en mi calidad de sacerdote, te obligo, quieras o no, a descender a esta hostia, a encarnarte en este pan, tú, que siempre has faltado a tus compromisos, mentido en tus promesas; haciendo a tus fieles sollozar siglos, esperándote. Dios huidizo, Dios mudo, ¡Impostor!”

Escuché aquel torrente de blasfemias e insultos que de tal suerte se desarrollaba y que aquí abrevio para no fatigar más el corazón del lector, asombrado por la inmundicia del sacerdote. Un silencio horroroso inundó la sala y el humo de los incensarios pareció alentar a las mujeres que, hasta entonces taciturnas, se agitaron y comenzaron a gritar cuando el sacerdote les lanzó un amplio gesto con la mano izquierda al tiempo que los niños del coro agitaban unas campanillas. Entonces las mujeres, caídas sobre las alfombras, comenzaron a retorcerse, como movidas por resortes. Unas, echadas sobre el vientre, remaban el aire con los pies. Otras, súbitamente estrábicas, cloqueaban hasta quedarse afónicas con la mandíbula abierta y la lengua recogida en el paladar. Otras, lívidas y con pupilas dilatadas, doblaban la cabeza sobre sus hombros y se labraban la garganta con las uñas, resoplando. La infame juerga llegó a su punto de paroxismo cuando el pontífice, que no cesaba en sus ultrajes terroríficos, incensado por los niños del coro, mostró su vientre desnudo mientras levantaba la hostia y la lanzaba por los escalones, herida y manchada. Entonces un viento de locura sacudió la sala y me puse a temblar al ver cómo las mujeres se tiraban sobre el pan falsamente eucarístico, arañándolo, arrancando trocitos húmedos, comiendo de aquella inmundicia. Algunas, en cuclillas sobre un crucifijo, gritaban y babeaban agua gaseosa entre convulsiones. Otras escupían llorando horribles anatemas y vi cómo, a través del humo, bajo los cuernos rojos del sacerdote espumaba rabia al tiempo que masticaba panes ácimos, los escupía y se limpiaba con ellos, se los repartía a las mujeres y ellas los metían bramando o se tiraban unas sobre otras para violarlos. La pequeña orgía continuó rica en detalles asquerosos y, cuando quise escapar excedido de asco y medio asfixiado, mi compañera ya no estaba ahí y fortuitamente encontré la salida de aquel manicomio de prostitutas y monstruos.

Una vez fuera de aquel tugurio encontré una bodega con mesas y bancos de madera y un pequeño mostrador de zinc. Dos obreros y un patrón rieron al verme y este último, escupiendo, me dirigió a un cuarto rico en imágenes de periódicos y baldosas destrozadas donde Aurelia Dobre esperaba con una garrafa de aguardiente. Una vez solos, se desnudó, tiró al suelo el vestido, la falda y abrió por completo la abominable cama, recogiéndose la camisa sobre la espalda extasiada y frotándose lúbricamente sobre el lecho. No necesitó mucho para obligarme a desearla. Entonces, horrorizado por la visión de algunos fragmentos de la hostia entre las sábanas, descubrí en ella modales e infamias insospechables.

Recordé al bueno de Vorágine, aquel mártir que cuando jovencísimo fue extendido sobre una cama con los pies y las manos atados, luego le mandaron una criatura soberbia en belleza y vicio que quiso forzarlo. Como ardía y quería pecar, se cortó la lengua con los dientes y la escupió a la cara de aquella mujer. ¡Oh, idiota e infeliz mártir! Yo no aspiro, en lo más mínimo, a esa suerte de heroísmo estúpido y necio. ¡Te saludo, Dios lógico! ®

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Publicado en: Destacados, El mal, Octubre 2011


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  • Pedro Trujillo

    Efectivamente la Mămăligă, especialidad rumana a base de maíz, equivalente de la polenta italiana, no pudo haber existido tal cual antes de la introducción de ese cereal en Europa. Sin embargo se hacía desde tiempo de los romanos con harina de cebada y otros granos.

    Efectivamente se trata de un error en la traducción del texto original en francés. Una disculpa por ello a todos los puristas que ya no podrán disfrutar más de esta pieza de ficción.

  • Enrique Avelleira

    Un excelente texto el de estos y otros vampiros, sin embargo me dejó un mal sabor de bocael pan de maíz que muy difilmente pudo haber ofrecido Vlad a sus comensales antes de 1492.
    ¿Mala traducción?, exceso de lirismo, en fin me hizo no disfrutar el resto del artículo.