Prisiones reales y virtuales

El escritor fantasma de Roman Polanski

A despecho del arresto domiciliario que pesa sobre Roman Polanski, en la remota Suiza, donde las autoridades estadounidenses reclaman su extradición a California, a raíz de un estupro cometido hace más de tres décadas en la persona de una menor de trece años, el director judío polaco, nacido en París en 1933 y registrado con el nombre de Rajmund Roman Liebling, pudo completar su última cinta, The Ghost Writer (2010).

Ghost writer es una expresión en inglés que en castellano vale tanto como negro, en el sentido de ghosting o servir de negro a un buen postor que paga las excelsitudes de la pluma de alguien que presta su nombre. El filme se basa en la novela, un thriller de trama política, de Robert Harris, escritor inglés de otras cintas de éxito como Fatherland (1994), Enigma (2001) y Archangel (2005). La vida y los milagros de esa oscura pareja integrada por Tony Blair y Cherie Booth, apadrinados desde el poder de facto por George W. Bush y Dick Cheney, constituyen el telón de fondo para sostener las acusaciones de crímenes contra la humanidad cometidos en los arrestos a resultas del 11 de septiembre y las detenciones ilegales y tortura perpetrados contra ciudadanos británicos de confesión musulmana en la base militar de Guantánamo en Cuba. Rory Kennedy, la valerosa cineasta, hija de Robert F. Kennedy y sobrina de John F. Kennedy, en su cinta Ghosts of Ali Ghraib (2007), presentada en el Festival de Sundance, dirigió una certera crítica contra los carceleros y torturadores. Robert Harris y Roman Polanski, escudándose en la ficción, se lanzaron contra algunos peces gordos denunciando algo que cualquier observador neutral conoce de antemano, la Gran Bretaña es el aliado principal en Europa de Estados Unidos y se halla siempre a la vanguardia en las iniciativas para engrosar las filas de sus tropas y volverse cómplices en el intervencionismo más carnicero en naciones en vías de desarrollo pero con amplios recursos energéticos. En la película se retrata el juego de una corporación criminal (su negocio es la muerte), dedicada a la fabricación de armas, llamada Hatherton. Ésta es la que presta sus aviones para que en cómodos vuelos privados viajen los big shots de la política, que son quienes hacen posible las grandes operaciones financieras. En realidad esta compañía está inspirada en Halliburton que, en lugar de encaminar sus esfuerzos a la construcción de armas, se dedica al petróleo y la industria energética (un consorcio con el cual Dick Cheney tuvo estrechos vínculos). La verdad está ahí para quien quiera verla. Es cosa sólo de mirar bien en las entretelas.

Extraña coincidencia que cuando se hallaba en posproducción El escritor fantasma (como se empeñaron en verterla en forma literal al español) se detuviera al realizador por crímenes que no habían prescrito. Resulta curioso y cínico el modo en que las autoridades estadounidenses se muestran severas con un anciano quien, por otra parte se ha declarado culpable de los crímenes imputados y enviado a sus abogados incluso con Osama a la Casa Blanca para llegar a algún arreglo, y se hagan de la vista gorda ante otros reclamos de extradición, esta vez en su propio territorio, emitidos por una autoridad europea, en relación con el secuestro de Abu Omar, un clérigo egipcio, durante 2003, por parte de agentes de la CIA. El gobierno de Obama, como hizo el de Bush, se niega de forma terminante a poner a disposición del juez de Milán, que así lo solicita, a los nacionales estadounidenses implicados. En el contexto de esa extraña doble moral, en el plano de la política entre las naciones, la realidad histórica se va pareciendo cada día más de manera alarmante a la realidad ficticia, plagada de persecuciones, amenazas indefinibles, tantas veces de índole psicológica, que caracterizan algunas de las realizaciones fílmicas de Roman Polanski, donde tantos han querido descubrir la impronta de Hitchcock. Desde Nóz w wodzie (1962), esa cinta en blanco y negro que gira sobre un puñal con el que se amenaza a los tripulantes de un yate, rodado en la nativa lengua polaca del director, actor bajo el gran Andrzej Wajda, egresado de la prestigiosa Escuela Cinematográfica de Łódź, al igual que Krzysztof Kieślowski, Andrzej Munk, Krzysztof Zanussi, entre otros. Varias cintas abordan temas inquietantes como Cul-de-sac (1962), también en honroso blanco y negro, donde el legendario actor británico Donald Pleasence hace el papel de un escritor que vive retirado en un ruinoso castillo en compañía de su joven y apetitosa mujer, quienes de repente se ven asolados por una pareja de ladrones que se hallan en plena fuga. Repulsion (1965) deja los tintes cómicos y los lances de aventuras para sumergirse en el drama de una joven francesa esquizoide, a quien durante un fin de semana dejan sola en un apartamento de Londres, donde comete una serie de asesinatos. Una actuación soberbia de la joven Cathérine Deneuve.

Extraña coincidencia que cuando se hallaba en posproducción El escritor fantasma (como se empeñaron en verterla en forma literal al español) se detuviera al realizador por crímenes que no habían prescrito.

Más tarde la incursión en Hollywood reportará a Polanski algunos de los éxitos más memorables de su carrera. En Rose Mary’s Baby (1968) Mia Farrow es víctima de una secta satánica, semejante a la que acabaría con la vida de Sharon Tate, la actriz estadounidense, entonces esposa de Polanski, quien cayó bajo la perniciosa influencia de Charles Manson y sus seguidores. Una virtud casi premonitoria poseen los filmes de Polanski. Chinatown (1974) con Jack Nicholson, Faye Dunaway y John Huston representa su consagración oficial. El guión es de Robert Towne y pasa por ser uno de los más redondos en la historia del cine. Ahí también se denuncia una conspiración y las negras ambiciones de quienes tienen en sus manos el destino económico de la necesitada mayoría. Los grandes nombres en las letras tampoco han quedado excluidos en la producción de Polanski, como Shakespeare en The Tragedy of Macbeth (1971), Thomas Hardy en Tess (1979), Charles Dickens en Oliver Twist (2005) o bien otros más modestos como el español Pérez-Reverte en The Ninth Gate (1994), basado en la novela El Club Dumas (1993), donde comparten los papeles principales Johnny Depp y Emmanuelle Seigner, actual esposa del director, quien también aparece en Bitter Moon (1992) al lado de Peter Coyote, Kristin Scott Thomas y Hugh Grant.

Volviendo a The Ghost Writer, la película arranca con una escena en un desolado paisaje marítimo en algún punto al norte del Atlántico, con los colores sombríos de las nubes y en medio de un horizonte desolador, se alcanza a ver un vehículo suburbano de lujo BMW, abandonado en un ferry. El ritmo de la música de Alexandre Desplat de inmediato evoca el tono del thriller. Desde el principio el espectador tiene dificultades con las locaciones, a pesar de los letreros en inglés y las matrículas estadounidenses de los autos, uno tiene la vaga idea de que se trata de un paraje de la costa danesa. En efecto, la película se rodó en locaciones de la isla de Sylt al norte de Alemania, aunque en la ficción es la isla de Martha’s Vineyard, desde donde es posible tomar un ferry hasta Long Island. Ciertos detalles acusan el ojo crítico, siempre atento del director, como en la escena a continuación, en que en una editorial londinense se cita a un incauto, dotado de cierto talento para la escritura, como lo ha probado escribiendo biografías de éxito para las masas. Ese negro o escritor fantasma permanecerá sin nombre (el papel lo hace Ewan McGregor) como para dejar en claro cuán prescindibles son los débiles para los encumbrados. Durante una reunión con editores y ejecutivos de la editorial lo sondean para ver si es la persona indicada. El editor es un inglés entrado en años, puntilloso, acérrimo defensor de su lengua quien, no obstante, tiene que limpiarle las botas a una serie de obesos, insulsos y autoritarios yankies, quienes son los que mueven los hilos (curioso reflejo de lo que pasará en la cinta con la política internacional). La misión que se pretende encomendar al joven escritor anónimo es completar la redacción de las memorias de Adam Lang (Pierce Brosnan), ex primer ministro británico, quien ahora vive en Nueva Inglaterra, en compañía de su esposa Ruth (Olivia Williams) y todo su equipo de trabajo y seguridad, que incluye a su querida y asistente en jefe, Amelia Bly (Kim Cattrall). Ciertos detalles con el pretendido acento de Cambridge por parte de Brosnan y Cattrall, actores británicos de nacimiento pero con demasiado tiempo de permanencia en Estados Unidos, simplemente no resultan convincentes. El trabajo de Olivia Williams, en este sentido, es algo más aceptable. Esta suerte de pormenores pudo surgir a causa del terrible acoso bajo el cual debió terminar el filme el director, primero en arresto en una cárcel y más tarde en una residencia. De nuevo —como en el caso de El bebé de Rose Mary— las premoniciones se hacen patentes y la vida del propio director se ve reflejada en la situación concreta que deben atravesar sus personajes.

Pronto se hará claro que Lang debe mantenerse a buen recaudo en Estados Unidos, pues ya circulan rumores de una acusación por crímenes de guerra —por colaboración y omisión— ante la Corte Internacional de La Haya. De hecho, encontraron al incauto para que concluyera el trabajo que su predecesor dejó bastante avanzado. Este otro joven, Mike McAra —quien nunca aparece en escena— muere ahogado, quedándose su vehículo sin reclamar a bordo del ferry. Por cierto el manuscrito, bastante voluminoso, es tan bueno y atractivo que el nuevo se queda dormido durante la primera lectura. Evidentemente requiere de una reescritura y mucho trabajo. En esas circunstancias el nuevo opta por comenzar da capo con entrevistas grabadas. Lang se muestra reticente ante las fechas y los pormenores más elementales de sus primeros tiempos en Cambridge. Es manifiesto que Ruth ha ejercido una influencia mayor que la que él parece estar dispuesto a reconocer. Al nuevo lo hospedan, no en la casa de seguridad que ocupan, propiedad por cierto del editor que desea publicar las memorias, sino en una modesta posada, donde tiene un ríspido encuentro con un inglés que le pregunta por Lang. Más tarde este hombre entrado en años resulta ser el padre de uno de los soldados caídos en combate que exige justicia ante una guerra —la de Irak— que, a todas luces, fue un despropósito.

El filme contiene varios distractores y pistas falsas. Lang debe entrevistarse de forma exprés con una mujer de color que luce casi idéntica a Condi Rice (aquí las alusiones al gobierno de Bush y sus secuaces se vuelven diáfanas). Ruth, quien tiene más clase y más cerebro que su marido, se le insinúa y logra seducir al nuevo escritor. Debido al acoso de los paparazzi se permite ocupar al nuevo el cuarto de su predecesor. Ahí descubre un sobre, escondido en un cajón, con unas viejas fotografías de Cambridge y un número telefónico. Llama una sola vez y luego se arrepiente. Prefiere salir a explorar la isla en bicicleta con un mapa en la mano. Le ofrecen el vehículo para huéspedes pero se rehúsa. En una sencilla cabaña de madera, bajo cuyo porche se guarece de la lluvia, tiene un encuentro con un viejo (Eli Wallach), quien le da entender que a McAra, por el lugar donde lo hallaron, lo habían dejado ahí. La corriente sigue otro cauce. Durante otra de sus pesquisas individuales, esta vez decide tomar el vehículo suburbano, éste incluye un navegador con una trayectoria trazada. Como sabe que McAra era quien utilizaba el vehículo, decide seguir la ruta programada. Ésta lo lleva al embarcadero, aborda el ferry y luego sigue en tierra firme por un camino que se interna entre los bosques, por ahí llega hasta una casa aislada. En las fotografías que lleva consigo hay escrito un nombre, el del profesor Paul Emmett. Se supone que fue compañero de estudios de Adam y Ruth. El escritor se dirige a visitarlo. Éste al principio niega la relación pero ante las fotografías no le queda otra sino admitir que conoce —aunque bastante de lejos— a Lang. Más bien parece sentir cierto desprecio por él. Lang nunca fue un político nato, sino una especie de oportunista que aterrizó en la arena pública. Nunca sabía cómo comportarse, cómo actuar. (Cualquier parecido con Blair es pura coincidencia.) Cuando se marcha de la casa hay alguien que lo sigue de cerca. En una maniobra arriesgada, bajándose del auto, se desembaraza de sus perseguidores en el embarcadero. Él se queda y ellos se van. Decide marcar de nuevo el teléfono. El suspenso va en aumento. Es claro que se juega el pellejo. Espera en un cuarto de hotel junto al muelle a su anónimo interlocutor. Resulta ser Richard Rycart (Robert Pugh), ex ministro de relaciones exteriores bajo Lang y ahora uno de sus detractores. Mientras están hablando telefonea Lang. Hará una escala con su jet, de camino a la isla, para recogerlo. Al nuevo no le queda otra que aceptar. Rycart le dice que es lo que más conviene a todos. Ya a bordo de la aeronave encara a Lang y le recrimina sus relaciones con Emmett, agente secreto de la CIA según la información hallada en Internet, el ex político, entre indignado y burlón, se altera y admite que fue Ruth quien lo metió en la política. Cuando bajan a tierra alguien, probablemente el viejo patriota, padre del soldado caído, desde lo alto de un tejado le da a Lang un certero disparo en la cabeza con un rifle. Al momento acribillan al terrorista, sin dar oportunidad a interrogarlo e intentar averiguar en realidad quién se halla detrás.

La última escena vuelve a tener lugar en Londres, en calles victorianas sacudidas por el viento de otoño. Es la presentación póstuma de las memorias de ex primer ministro en una gran librería. El escritor comienza a alarmarse cuando ve a Emmett y Ruth en íntimo coloquio. Amelia le informa que Emmett fue el tutor de Ruth en Harvard cuando gozó de la beca Fullbright. Él lleva el inservible manuscrito bajo el brazo. Ella le dice que la final ese montón de papeles no valía nada, pero los estadounidenses los habían prevenido acerca de que en las primeras páginas se hallaba una revelación fatal, cosa que antes había salido a relucir en la película. El escritor se aparta del ruido, se mete en un despacho y comienza a revisar las primeras páginas. Después de varias tentativas y leyendo en forma vertical y sólo las primeras letras de cada párrafo, se forma una oración, “A Ruth la reclutó la CIA a través del profesor Paul Emmett”. En un alarde inútil el escritor hace que le pasen de mano en mano un recado a Ruth, quien se halla en la tribuna, él ha copiado la frase y quiere que ella sepa que él lo sabe. Al leerlo a la mujer se le demuda el rostro. La susurra algo a Emmett al oído, quien ni siquiera se inmuta. En la calle se ve correr al escritor en franca huida con el manuscrito bajo el brazo. Se ve pasar un taxi pero no se detiene, luego aparece un vehículo particular que se mueve a toda velocidad. Sólo se alcanza a oír cómo en la bocacalle el vehículo acelera y lo arrolla a propósito. Las páginas quedan sobre el pavimento, revoloteando por el viento. Curiosa tentativa, hasta cierto grado metafórica, de explicar hoy la mecánica de la Realpolitik, The Ghost Writer es la prueba fehaciente de que Roman Polanski es todavía —muy pronto octogenario— el cineasta solvente de sus mejores días. La verdad o parte de ella, la que cada quien desee creer, queda ahí expuesta. Los grandes realizadores (Werner Herzog, Bernd Eichinger, Tom Tykwer, Martin Scorsese, entre otros) no se cansan de decir la verdad de la única manera que les es dado hacerlo —por medio de imágenes, alegorías y tramas en ocasiones llenas de preocupación y angustia por el futuro que se avecina, cada vez más cerca del presente. ®

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Publicado en: Cine, Noviembre 2010


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