Punk, vanguardia y espacio

Por qué el punk dejó de serlo

De cómo el punk y otras manifestaciones contraculturales acaban por ser asimiladas y convertidas en productos masivos de mercado, desvinculadas de las comunidades que les dieron origen.

Cuestionar la conformidad involucra también un cuestionamiento a la autoridad.
—Craig O’Hara, The Philosophy of Punk, 1999

Lou Reed, exvocalista y guitarrista de The Velvet Underground, alguna vez dijo que para hacer una buena rola lo único que se necesita son tres acordes y una mala actitud. Parece ser que muchos le tomaron la palabra, salvo por un pequeñísimo detalle: olvidaron la mala actitud.

Tener una actitud nefasta o patética, o peor aún, emularla por la prisa de alimentar un narcisismo desenfrenado con aplausos zombis es parte del paradigma que una mala actitud busca desintegrar. Hay un fenómeno recurrente en el mundo de la música, uno que a través de la historia de los movimientos musicales aparece tarde que temprano; es algo que llamamos asimilación o cooptación. En la historia del punk esto ocurre una y otra vez. El punk es asimilado y regurgitado como new wave, para luego regresar con el hardcore a mediados de los ochenta y ser inscrito dentro de un parámetro social moderado como grunge. Pasa repetido en cualquier instancia de contracultura o oposición que un elemento problemático, algo que cuestiona las normas de comportamiento en una cultura, es depurado de su ética y catafixiado por una estética hueca ideológicamente. Así es como acabamos creyendo que el punk no es más que pelos parados o pulseritas de cuero con picos y piercings; productos que lejos de parodiar y criticar la alienación no hacen más que promover y perpetuarla. Es como decir que para ser punk necesitas dinero para comprar tinte de pelo, playeras de Los Ramones y un tatuaje.

El corazón de la filosofía punk es un repudio casi innato a cualquier forma de autoridad, jerarquía u opresión. La música es minimalista no por estupidez, sino por convicción; es así para que no sólo los virtuosos que pueden pagar ir al conservatorio puedan tocar y expresarse. El sonido es veloz y a alto volumen para descentrar al individuo y abrirlo al presente, y lo más importante es que se toca en espacios pequeños sin distancia entre el público y la banda, para que la banda no se vuelva una autoridad —como las grandes y distantes bandas de estadios— sino que sean parte de un desacuerdo colectivo, como un carnaval pagano. La vestimenta es en parte parodia del circo de la formalidad; deviene de la ideología del Hazlo Tú Mismo, separarse de la producción de masas y manifestar la individualidad como algo poderoso. Pero otro aspecto de la vestimenta es un aliarse con quienes están marginados, además de retorcer los estándares de belleza. Otra cosa que suele olvidarse es que el punk desde sus inicios fue una propuesta en la que se practica la equidad entre los géneros (biológicos y eróticos). Y todo esto con mucho sentido del humor…

Así es como acabamos creyendo que el punk no es más que pelos parados o pulseritas de cuero con picos y piercings; productos que lejos de parodiar y criticar la alienación no hacen más que promover y perpetuarla. Es como decir que para ser punk necesitas dinero para comprar tinte de pelo, playeras de Los Ramones y un tatuaje.

¿Quién no ha escuchado las irritantes conmiseraciones del ahora llamado “happy punk” en el cual no se canta más que de derrotas amorosas y fiestillas con los cuates? Se emula el estilo musical pero se despolitiza el movimiento. Esto es similar al RAC, música neonazi, en la cual se utiliza un sonido minimalista y veloz para inspirar racismo, odio y violencia. En una instancia no considera siquiera el retar a la autoridad y en la otra se centraliza. El punk no es una forma estética, es una forma de vida. Lo terrible es que dentro de la escena punk se repiten patrones que se buscaban invalidar: a ver quién es más “punk”, quién trae más picos más pintado en el pelo, quien es el más “loco”, quiénes llevan más tocadas, quiénes conocen a los Misfits en persona. En fin, mientras el ideal punk es generar espacios que operen bajo un paradigma libre de jerarquías, las mismas prácticas del punk pueden llegar a convertirse en una especie de código elitista.

Esto es algo que ocurre una y otra vez en la historia de las contraculturas, donde un movimiento se ve obligado a convertirse en una especie de vanguardia constante, defendiéndose de ser re-significado constantemente como una novedad por un mercado acelerado e indiferente; pero irónicamente al seguir siendo vanguardia se le sigue viendo como innovación de un mercado. El punk surge de una comunidad para esa comunidad, expresando su estado y desacuerdo. Mas, como sucede con tantos movimientos musicales, llega a ser adoptado por intereses corporativos y luego vendido a una comunidad, desligado de las vivencias de esa comunidad. Simulacro. Se disocia, pierde su contacto, y quienes lo escuchan también se desconectan unos de otros: alienación y ventas —el individuo por debajo del producto.

Nuestro escepticismo interfiere con nuestra ingenuidad; no es una pose, es una aspiración. Pero qué fácil nos resulta irnos con la finta de la imagen y se nos escurre entre los dedos la vitalidad de la música y la filosofía de la cual se alimenta. No queremos ídolos, no queremos una moda, no queremos juzgar, comparar y competir unos contra otros, queremos música, queremos bailar, protestar y brincar. Queremos un espacio alterno donde podemos operar e interactuar sin las jerarquías y reglas explícitas e implícitas de un mundo hostil, alienante, violento y apático; o como lo pone Hakim Bey: una Zona Autónoma Temporal… para empezar. ®

Texto publicado en Inmanencia viral (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2009).

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Publicado en: Contracultura, Destacados, Noviembre 2011

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