¿Qué hay en un álbum?

La capacidad expansiva de un conjunto de canciones

Un álbum musical es capaz de sostenerse a sí mismo como una entidad narrativa sólida que refleja la subjetividad espacial del artista y, simultáneamente, deja entrever diferentes rasgos ideológicos de una generación.

Marilyn escucha mambo en un elepé.

Marilyn escucha mambo en un elepé.

Hace algunas semanas entré en una pequeña tienda de música en la que nunca había estado. Bajé al sótano y me encontré con cajas atiborradas de viniles. El olor a plástico y cartón avejentado era inconfundible, pero lo que más llamó mi atención fueron las etiquetas de las cajas: “Icelandic”, “80’s African”, “Asian Metal”. El exotismo de la clasificación me atrapó de inmediato, así que saqué algunos discos aleatoriamente y puse uno de ellos en la tornamesa. Me senté a escuchar. Se trataba de una banda islandesa llamada My Summer as a Salvation Soldier. El sol se asomaba por una ventanilla del sótano y proyectaba algunas sombras geométricas entre todo ese caos de vinil. Continué con el ritual durante toda la tarde: poner, voltear, quitar, sentarme y escuchar. Me sentí transportado. Escribí en mi libreta el verso de una canción: “I don’t have the guts to question myself”. Absorber los pensamientos, las melodías y los deseos de mis misteriosos nuevos amigos resultó en una catarsis. En la medida en que fui dejando atrás el ruido blanco que inundaba mi cerebro antes de entrar en aquel calabozo comencé a encontrar consuelo en mi extravío.

Mi propósito aquí no es rendir pleitesía al disco de vinil, tampoco criticar la diversidad de medios, formatos y plataformas que existen para escuchar y compartir música, ni mucho menos declarar que el arte ha muerto. No, no quiero declarar la muerte de absolutamente nada. De hecho, es quizá lo opuesto lo que más me interesa. El disco de larga duración, también llamado álbum, es sagrado. Escuchar un disco de principio a fin es un proceso que demanda paciencia, percepción y, sobre todo, empatía. Las canciones aisladas pueden aportar pensamientos, pero dispuestas en un conjunto narrativo pueden ser profundamente transformadoras.

Los álbumes como artefactos

Los artefactos son objetos —generalmente mecánicos— modificados por los humanos. Algunos tienen una intención artística. Existen artefactos de índoles muy variadas, muchos de ellos son antiquísimos, pero gozan de buena vigencia. Las cualidades ancestrales que hoy otorgamos a estos objetos son, en esencia, una proyección más bien moderna de nuestro imaginario: una fracción de fantasía y otra de historiografía. El vestido de novia hecho de seda que usó la tatarabuela, las fotografías color ocre de los bisabuelos o la colección de pistolas de balines del abuelo; en fin, todas esas reliquias que huelen a óxido, a humedad y a polvo de otra época son un viaje en el tiempo. Mediante la interacción con las antigüedades, éstas adquieren de pronto cierta vitalidad que, dicho sea de paso, es generalmente efímera. Entonces los objetos comienzan a contar historias, a generar memorias y sensaciones que bien podrían ser considerados los verdaderos fantasmas en nuestras vidas. Es tal la cantidad de información guardada en unos platos de cerámica que se usaron hace mil años que ahora se les preserva celosamente en cajas de vidrio en los museos.

Como todo artefacto, los álbumes tienen una función, un valor y una memoria que son, igualmente, fugaces y cambiantes. La calidad de artefacto se cultiva a través de la reanimación del objeto. En otras palabras, al escuchar un álbum en su totalidad uno lo dota de un significado renovado. Así como los platos de cerámica que alguna vez tuvieron sólo un uso doméstico tangible y que ahora son objetos valiosos y protegidos, la intangibilidad de la música de un álbum permite el renacimiento cíclico de su significado.

Vitalogy, The Eminem Show o Tattoo You, el álbum que sea, no significan lo mismo para ti, ni siquiera significan lo mismo para mí si lo comparo con lo que significaba hace tres años. En este sentido, los álbumes, cuando se les experimenta en su totalidad, se convierten en una especie de geología musical. Si bien las canciones aisladas pueden generar cierta transformación, es el elepé completo el que es capaz de provocar una metamorfosis mayor. Esta geología está basada en el compromiso. Cada capa geológica se construye mediante la experiencia de escucharlo.

Al escuchar un álbum en su totalidad uno lo dota de un significado renovado. Así como los platos de cerámica que alguna vez tuvieron sólo un uso doméstico tangible y que ahora son objetos valiosos y protegidos, la intangibilidad de la música de un álbum permite el renacimiento cíclico de su significado.

Los álbumes se convierten en artefactos cuando se les reanima con voluntad. Al escucharlos entran en juego diferentes universos e implicaciones que se van revelando a medida que las historias se van contando. El primer y único álbum de estudio de los Sex Pistols, Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols, no se reduce a una serie de diatribas lanzadas por un puñado de inadaptados. La congruencia del álbum remite a un tiempo en el pasado puesto en contexto mediante el matiz emocional de sus letras: “We like noise, it’s our choice/ It’s what we wanna do/ We don’t care about long hairs/ I don’t wear flares”.

Toma tiempo confrontar una realidad en la que mucho de lo que queda es retazos intangibles de memoria. Los álbumes permiten una conexión con una vida que nunca viviré. Sin embargo, siguiendo la frase de Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Cuando yo absorbo un álbum detalladamente y lo dejo nadar por mi piel, me conecto con mundos antiguos y probablemente imaginarios que, mediante este proceso, cobran vida.

Los álbumes y el artista

Una canción puede ser una declaración, expresar un estado de ánimo o un sentimiento. El elepé devela las diversas formas en que las canciones que contiene pueden ser interpretadas. El álbum de Kendrick Lamar To Pimp A Butterfly es una exploración de diferentes temas que van desde el refugio que representa un cuarto de hotel en plena gira, hasta la violencia intrarracial entre comunidades negras estadounidenses, la historia de la música africana y la esclavitud. A lo largo del disco se escuchan interludios en los que Lamar narra cómo su vida se ha ido llenando de demonios y la forma en la que los ha ido evadiendo. “The evils of Lucy was all around” se convierte en una frase reiterativa. Su historia personal se entrelaza con temáticas socioculturales, al tiempo que los géneros musicales van mutando sobre la superficie de todo el trabajo.

La música y la memoria.

La música y la memoria.

La capacidad expansiva de un conjunto de canciones es un campo fértil en el que los músicos desarrollan la complejidad de sus experiencias. Un álbum, al igual que un libro de cuentos, es capaz de sostenerse a sí mismo como una entidad narrativa sólida que refleja la subjetividad espacial del artista y, simultáneamente, deja entrever diferentes rasgos ideológicos de una generación.

Josh Tillman ha utilizado la caracterización de Father John Misty para relatar experiencias, por decir lo menos, pintorescas. En su segundo disco, I love you, Honeybear, FJM encarna a un personaje abominable que se detesta a sí mismo, pero que apenas ha encontrado el amor. Mediante un romanticismo más bien estrafalario el personaje intenta encontrar algo de valor en su decadencia personal: “I barely know how long a moment is, unless we’re naked getting high on the mattress, while the global market crashes”.

El proceso de escuchar un álbum en su totalidad no sólo revela imaginarios artísticos, también funciona como detonante de una miríada de intuiciones subjetivas.

Un álbum también facilita que el artista haga comentarios políticos. Volviendo al caso de Kendrick Lamar, To Pimp A Butterfly es probablemente uno de los mejores ejemplos de esto actualmente. No voy a escribir aquí sobre la importancia de escuchar este disco pues eso es algo que tú debes descubrir por ti mismo (¡y ahora mismo!). Las canciones, una por una, son obras maestras, pero al agruparlas Lamar ha creado una narrativa compleja que confronta y desafía las variadas formas de racismo incrustadas en la sociedad estadounidense contemporánea. Sus canciones expresan, de diversas formas, la necesidad que tienen las comunidades negras de valorarse a sí mismas, al tiempo que libran una batalla permanente contra los prejuicios de una sociedad que no termina por aceptarlos.

Recientemente, en la marcha Justice or Else, llevada a cabo en Washington, D.C. el 10 de octubre, miles de personas corearon “We gonna be alright” de la canción “Alright” de Kendrick Lamar. Evidentemente, ese canto debe su peso específico al resto de consignas diseminadas en el álbum. En “The Blacker the Berry” se escucha: “I mean, it’s evident that I’m irrelevant to society/ That’s what you’re telling me, penitentiary would only hire me”. Asimismo, en “i” se lee: “It shouldn’t be shit for us to come out here and appreciate the little bit of life we got left”. De esta forma Lamar subraya la paradoja que hay entre celebrar la vida y, simultáneamente, temerle. Yo no conozco a fondo sus experiencias, pero escucharlo con cuidado me permite, en buena medida, comprender mejor sus intenciones discursivas, mirar de cerca su idiosincrasia.

Los álbumes y la memoria

En la película High Fidelity el protagonista Rob Gordon (John Cusack) no ordena su colección de viniles alfabéticamente ni cronológicamente, sino autobiográficamente, de acuerdo con el orden en que los ha ido descubriendo y escuchando. Los álbumes son regeneradores permanentes de la memoria. Nuestros recuerdos, tan difusos y desconfiables, cambian convenientemente cada vez que interactuamos con ellos. Pretendo haberme adelantado al final de una relación amorosa que me dejó destrozado. Me imagino haber sido indiferente ante algo que me apasionaba y que, finalmente, provocó una enorme frustración. Me gustaría pensar que mis ideas eran tan concretas cuando tenía dieciocho años como lo son ahora. Es decir, tengo la capacidad para, de manera narcisista, recrear mi pasado, porque soy el único dueño de mis experiencias y esto me permite darle color a mi memoria. Sin embargo, aunque puedo racionalizar mis pensamientos y mis acciones, no puedo mentirle a mis sentimientos más viscerales. Eso lo sé, entre otras cosas, gracias a que cada elepé que ha significado algo importante en mi vida me arroja justo enfrente de esa verdad, a veces triunfante, otras veces desagradable, es decir, a una versión honesta de mi pasado.

Escuchar la misma canción, volver a vivirla.

Escuchar la misma canción, volver a vivirla.

Ahora mismo mi mente me lleva inevitablemente a The Rise and Fall of Ziggy Stardust, la pieza maestra de David Bowie. En este álbum están las primeras canciones que recuerdo en mi vida. Mi madre solía poner el disco y cantarme “Soul Love” casi como arrullándome. El recuerdo que tengo es de una melancolía excepcional. Me pone feliz saber que existió ese momento, pero me entristece que nunca más podré volver a vivirlo. A la fecha lo sigo escuchando para recrear esas batallas emocionales que emanan de él. Luego está el Amigos de Carlos Santana, que me remite directamente al olor a mariguana, tabaco y alcohol tan característico de las fiestas en casa de aquel entonces. Y la lista continúa paralela a mi existencia: Dark Side of the Moon de Pink Floyd, el álbum homónimo de Skid Row, Ten de Pearl Jam, Ænima de Tool, y así hasta llegar a tiempos más recientes como Sun Structures de Temples o Midnight Sun de The Ghost of a Saber Tooth Tiger, que me conducen a historias tan trágicas como fascinantes de mi pasado más reciente. La lista es enorme y, por supuesto, continuará mientras viva. Los discos se reproducen y yo aún puedo sentir ese dolor o ese placer en mi corazón infantil, en mi mente adolescente o en mi cuerpo adulto con el que ya he comenzado a enfrentar la decadencia. Me sorprende cómo cada álbum todavía puede cimbrar mis emociones tan profundamente.

¿Cómo serán esas historias íntimas de todos aquellos que se han regocijado o han llorado o tenido extrañas revelaciones a través de estos mismos álbumes?

Los álbumes y el descubrimiento

En teoría, el ritmo informático actual nos permite renovar el vocabulario que usamos diariamente. Por otro lado, las plataformas de las redes sociales virtuales están diseñadas para que sus contenidos se acerquen lo más posible a nuestros gustos e intereses. En este sentido, existe una paradoja en el hecho de que tengamos acceso a una cantidad inmedible de medios donde lo que se nos muestra es cada vez más limitado debido a algoritmos que tienen como objetivo mostrarnos sólo lo que nos parece más familiar.

¿Cuándo fue la última vez que te arriesgaste en lo desconocido?

Entra en un álbum, da unos pasos y deja que el cuerpo se aligere. Mira hacia arriba y tírate de espaldas. Siente cómo te hundes y sal de nuevo. Respira. Ésta es una experiencia en la que nadie te puede decir cómo debes sentirte. “[…] cuanto más se perdía en barrios desconocidos de ciudades lejanas, más entendía las otras ciudades que había atravesado para llegar hasta ahí…”, escribe Italo Calvino en Las ciudades invisibles.

Después de todo, alejarte del ruido blanco de la cotidianeidad puede concederte la entrada a los sonidos más francos de tu propio interior. Se siente bien estar ahí. ®

Publicado en: Música

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