(Réquiem por la) Belleza propia y ajena

Desde Montevideo, tierra de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

“En la juventud no hay nada peor que decirle a una mujer bella e inteligente que es bella. Sus constantes rugidos, su impotencia por verse obligada una vez más a demostrar quién es y de lo que es capaz más allá de las artes decorativas que todos le atribuyen le hacen la vida dolorosa y la llenan de rabia.”

Desde Montevideo, tierra de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont.

María Tarriba

“A un paso de la tumba ya no tienes nada que demostrar”, mi amiga María había dicho ‒con gran tino‒ en su comentario a un post de mi blog que nos pintaba de jóvenes. O, mejor dicho, en ese preciso punto de inflexión que tiene la juventud de las mujeres allá por los treinta años. Para la identidad femenina, ese momento es como haber llegado a lo alto de una montaña sólo para constatar que una apenas subió la primera de las tantísimas escalas de una agotadora cordillera. Como les pasó a los sobrevivientes de los Andes, compatriotas míos, cuando trataron de encontrar un camino que los sacara con vida desde el medio de la nada hasta Chile. Cuando una mujer que fue bella en su juventud empieza a envejecer, a menudo se siente igual de extraviada y sin fe: la tarea de salvarse a sí misma parece ser titánica, amenazadora, agobiante. Pero quedarse quietecita al lado de un avión inservible que ya el mundo dio por perdido (por lo que nadie lo seguirá buscando), congelada entre la nieve y manteniéndose viva a fuerza de cadáveres como alimento, tampoco parece ser una opción menos arriesgada. Si la bella no es necia, si se da cuenta, ahí andará la pobre dando tumbos por un tiempo en pos de su casi hercúlea aspiración a sobrevivir y dejar atrás los hielos, la muerte. De descubrir un brote verde aquí, una hierbecita allá que le den la pauta, acaso, de una minúscula esperanza de poder algún día empezar una nueva vida. No importa si en ese momento se ve a sí misma flaca, famélica, trastornada por las pérdidas y la incisiva convivencia con los duelos; sólo cuenta ‒contaría‒ la posibilidad de empezar una nueva vida, como digo. De concebirse a sí misma bajo otra identidad.

Una vez, en mi deseado y temido pueblo de Tepoztlán, me encontraba sumergida en una densa plática de “cosas importantes” con mis amigas Marisol y María. Estábamos ‒precisamente‒ a un paso de la treintena, por lo que los temas nos arrastraban a las profundidades de ciertas alternativas peligrosas, de esas, quizás, para toda la vida: necesarias definiciones vocacionales, el discreto encanto de las potencialidades aún no plenamente realizadas, los Escila y Caribdis de formar pareja o tener hijos, los proyectos personales. Todo eso, más sus correspondientes sabotajes.

Y envejecer, por supuesto. Las tres habíamos sido, en la juventud, realmente llamativas, bellas, requeridas por el sexo opuesto (y a veces por el propio), y si bien a los veintinueve seguramente conservábamos algo ‒difuso, desdibujado, apenas una huella, pero algo al fin‒ de aquel primer resplandor, sin duda ya no era lo mismo que a los dieciocho, a los veinte.

Y envejecer, por supuesto. Las tres habíamos sido, en la juventud, realmente llamativas, bellas, requeridas por el sexo opuesto (y a veces por el propio), y si bien a los veintinueve seguramente conservábamos algo ‒difuso, desdibujado, apenas una huella, pero algo al fin‒ de aquel primer resplandor, sin duda ya no era lo mismo que a los dieciocho, a los veinte. Así que por la mengua paulatina de nuestras acciones en el Wall Street de las ferohormonas ya podíamos anticipar que la belleza física no sería una condición inherente a nuestras identidades como seres humanos. Era existencia, no esencia; era accidente, no sustancia.
‒A nosotras nos quedarán unos diez años de estar guapas ‒dijo de pronto María. Lo pensé y estuve de acuerdo. De hecho, me resultó un buen negocio aceptarlo: en aquel entonces, de no haber tenido amores y pretendientes una década menores que yo, hubiera pensado que el martillo del remate ya había sido bajado. Pero no. Y diez años hacia el futuro era, todavía, muchísimo tiempo.
Esta escena ocurrió hace mucho más de quince.
Siempre pensé que, justamente, por ese “poder” que me daba la belleza, ese llamar la atención sin tener que hacer nada, ese carácter amazónico y castigador con el que me permitía rechazar a los hombres sin la menor piedad (sobre todo a los que se sentían ganadores, galanes dueños del mundo y niños ricos acostumbrados al beneplácito ajeno), iba a sufrir como loca al envejecer, al pasar de la juventud a la edad madura. A medida que transcurrían los años me obsesionaba saber cuál sería el momento exacto en que el Galleguito Camaño ‒el mesero malhumorado, bruto y adorable del café al que concurría‒ dejaría de decirme “Joven…”, como cada día cuando tomaba mi pedido desde los veinte años, para pasar a decirme “Señora…”. ¿Seguiría siendo “Joven…” a los cincuenta, sesenta, setenta, simplemente porque el Galleguito Camaño también habría envejecido, o terminaría un día con la farsa al mirarme a la cara con más atención? Lástima que el café Sorocabana cerró allá por mis treinta y cinco: nunca lo supe.

Gabriela Onetto

Contra todo pronóstico, envejecer me resultó una liberación, un alivio. Me permitió mostrarle al mundo sin miedo quién era yo en verdad; seducir a los demás ‒en otro sentido‒ desde la mirada existencial, no desde mis otrora bellos ojos. Ahora puedo mirar sin ser vista, como quizás hagan las almas desencarnadas después de la muerte: moverse por ese mismo universo en el que dejaron su cuerpo a la raudísima velocidad de la mente y las emociones; sin límites, sin impedimentos, con libertad absoluta. Dirigirme a un grupo de gente sin temor a la mirada de Medusa sobre mi cara y mi cuerpo; hasta me puedo dar el lujo de ser amable y simpática con quienes se cruzan en mi camino, no arrogante como antes. Porque ningún hombre va a querer arrebatarme nada, porque ninguna mujer va a tener miedo de que le arrebate algo. Soy percibida y escuchada sin los intereses ni los prejuicios de nadie, y ‒lo mejor de todo‒ ya no tengo nada que demostrar. Poca gente imagina la carga que tienen sobre sí las mujeres atractivas y, además, inteligentes: se pasan la vida aliándose con el Padre; rechazando sus aspectos femeninos, como Atalanta, o descollando por su agudeza intelectual y brillantez casi agresiva, como una Atenea que jamás suelta ni espada ni yelmo. Tienen terror de que los otros nada más vean que son bonitas, no que piensan.
O quizás esas hayan sido mis cargas personales; quizás otras mujeres hermosas e inteligentes logren, además, asociarse de corazón con Afrodita y sus promesas. Yo no: yo era como una sirena que embrujaba a los hombres con su canto para hacerlos naufragar, y cuando alguno me importaba mi Artemisa se encargaba de amenazarlo con arco y flecha. O simplemente ponía los pies en polvorosa, aterrada de que me viera “sólo como una mujer”.

Contra todo pronóstico, envejecer me resultó una liberación, un alivio. Me permitió mostrarle al mundo sin miedo quién era yo en verdad; seducir a los demás ‒en otro sentido‒ desde la mirada existencial, no desde mis otrora bellos ojos.

Bueno: ahora me ven “sólo como una persona”. Y me encanta: paso entre los hombres apenas como una brisa, me conecto con las mujeres sin generar desconfianza. Por supuesto que me resultaría placentero ser tan hermosa como antes, pero no cambio lo que gané por nada de este mundo. Soy mucho más “yo” que entonces; soy esa que estaba adentro, asustada. Y mi mayor sorpresa es descubrirme ahora admirando la belleza de las mujeres jóvenes. Porque de los muchachos, tonto sería no hacerlo, pero cuando aparece una chica realmente hermosa la siento como parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Me gusta mirar su belleza física; me siento espónsor, hada madrina, tía bruja. Yo, a diferencia de ella, sé que eso no durará, que es como un suspiro de Dios, pero me alegra que exista, que nos recree y fascine la vista.
Y ya sé que decir que hay una belleza que no se ve con los ojos es un tremendo lugar común, pero ¿qué otra nos queda? Pobres escritores, siempre embretados en tocar lo imposible. Cuando Levrero, mi maestro literario, decía que yo era “la mujer más bella del mundo”, seguramente no se refería a Helena de Troya: hablaba de alguien cuya voz podía representarlo, alguien cuyos misterios podían acercarle un reflejo de sí mismo. Veía más allá. En ese sentido tan sutil, de cuando en cuando me topo con gente que todavía me ve bella; eso, lejos de movilizar aquel esclavizante lado mío de amazona, es como un raro y estimulante regalo. Una guiñada cómplice de mi otrora incomprendida Afrodita, un lejano eco de su voz sensual.

María terminó aquel sabio comentario en mi blog escribiendo que, cuando una se da cuenta de que no vale de nada aparentar lo que ya no va a ser (simplemente por el factor tiempo), entonces se posiciona de otra manera. Baja la máscara, o se pone otra, seguramente más adecuada. Ella, con una hermosura juvenil que realmente paraba el tránsito, comparada repetidas veces (físicamente) con Ingrid Bergman y Nastassia Kinski, redondeó su certera intervención diciendo así:

De cualquier manera pienso que la edad nos empareja, en el mejor de los casos nos exige una actitud humilde. Y ya cuando estás a un pie de la tumba, en serio que no hay nada que demostrar. ¿A quién? Tomas tu verdadera dimensión, que ya no da lugar para gran vanidad. Y la juventud es dolorosa porque es sumamente vanidosa y demandante.

Un año (más una semana) después de escribir esto, sus palabras se hicieron profecía y mi bella amiga María murió. Porque uno nunca sabe cuándo está realmente a un paso, dos pasos, un metro, dos metros de su propia tumba. Uno nunca sabe cuándo su acto más reciente, su necio empecinamiento en demostrar o demostrarse algo, habrá sido, tristemente, el desperdicio de las últimas y preciosas horas de su vida. Será difícil que olvide las lecciones de María, su lúcido “A nosotras nos quedarán unos diez años de estar guapas”, hace tanto tiempo; su también lúcido “Tomas tu verdadera dimensión, que ya no da lugar para gran vanidad”, hace tan poco…

Marisol Pons

Sí, en la juventud no hay nada peor que decirle a una mujer bella e inteligente que es bella. Sus constantes rugidos, su impotencia por verse obligada una vez más a demostrar quién es y de lo que es capaz ‒más allá de las artes decorativas que todos le atribuyen‒ le hacen la vida dolorosa y la llenan de rabia. Por suerte, en este sentido la edad pone todo en su lugar.

Parece que Casanova decía que el secreto de la seducción consiste en decirle a una mujer bonita que es inteligente y a una mujer inteligente que es bonita. Por algo el tipo era el maestro. No queda claro, sin embargo, cómo hubiera lidiado el irresistible Giacomo con la coexistencia de ambos factores en una misma mujer (joven, pues la bella e inteligente pasa, al envejecer, a engrosar el patrimonio psicológico de las simplemente inteligentes y cae en las mismas trampas). Que quede abierto el tema, pues, como desafío de investigación empírica para sus valientes sucesores. Y que ‒se los ruego‒ se dignen hacerme saber sus conclusiones oportunamente. ®

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Publicado en: El otro monte, Mayo 2011

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