Réquiem por un país

Versión trágico-mexicana de la comedia humana

La política como teatro universal, el discurso político como actuación, la propuesta programática suplantada por la publicidad y la mercadotecnia, la desfachatez como norma de conducta, la insensibilidad como catecismo moral y el pueblo elector reducido a la función de suelo nutricio y tarima de la forma de vida de “sus representantes”.

Pero en las edades precedentes como en la nuestra (…), todos los que tuvieron en su mano el poder se ocuparon más de su interés personal que del interés público; y no encontraban un poderoso freno en una opinión ilustrada.
—Jeremy Bentham

Bentham

No verán los nietos sino lo que vieron los padres, decía Manilio, y según Lucrecio siempre giramos en el círculo que nos rodea. Es la idea que en el Eclesiastés bíblico se plantea como nihil sub sole novi (o nihil novi sub sole, o sub sole nihil novi, o nihil novum sub sole, que sobre esto no hay acuerdo entre los doctos). La popularidad del aserto, por supuesto, no equivale a su certeza absoluta, si bien existen siempre acontecimientos y construcciones societales que constatan la persistencia en gran medida inmodificada de situaciones de hecho, comportamientos, verdades adquiridas, valoraciones morales y pautas elementales de razonamiento.

En 1824 Bentham publicó The Book of Fallacies, reeditado en 1952 como Bentham’s Handbook of Political Fallacies, aunque ya en 1838 dos tempranas ediciones en castellano lo publicaban como Tratado de los sofismas políticos. Se trata de uno de esos libros cuyo título indica sin lugar a dudas y sin eufemismos lo que se encontrará en el contenido: un “tratado sobre las estratagemas de los fulleros” políticos, un recuento organizado de la forma de operar de un estrato institucional que, casi doscientos años después, continúa gozando de excelente salud: sus verdades a medias, sus tácticas dilatorias o confusionistas, su apelación al prejuicio, sus argumentaciones circulares y, en fin, su discurso hueco, falso, carente de sustancia pero con objetivos muy precisos.

Bentham no se engañaba con respecto a la solidez casi inamovible de esta vertiente trágica de la comedia humana. “Sería ya mucho” apuntaba, “el que se llegara a vilipendiar algunos sofismas hasta el punto de que ya no osaran mostrarse o que, al mostrarse, no produjeran otros sentimientos que los de la indignación o el ridículo”. Cauto, preveía un plazo de “un siglo o dos” para que llegase el tiempo en el cual algún orador, creyendo equivocar e ilusionar a su audiencia, se encontraría “con veinte voces [que] se elevarán de concierto, no para refutarlo en forma aburrida, sino para enviarlo a la escuela o al teatro”.

La cautela de Bentham iba aún más allá. “Un tratado sobre las estratagemas de los fulleros puede contribuir al refinamiento del arte que se trata de destruir”, y esos sofistas sempiternos podrían estudiar su tratado “como un libro de retórica para aprender a manejar las armas de su Estado”. Pero a este respecto Bentham podría haber dormido tranquilo. El sofisma pervivió y se consolidó como característica definitoria de “los políticos”, muchos de ellos iletrados, sin necesidad de que estudiasen en los libros: lo aprendían y lo siguen aprendiendo “en la escuela de la vida”, en la cortesanía y el arribismo de la carrera política. La obsecuencia hacia los de arriba y la indiferencia hacia los de abajo, lo mismo que los discursos compuestos de frases hechas, lindantes con la cursilería, buenas para toda ocasión y repetidas hasta la náusea, parecen haberse incorporado al código genético de este género en cualquiera de sus especies: diputados, senadores, gobernadores, presidentes, funcionarios de partido y quienes aspiran a ser una cosa o la otra, y ello con absoluta independencia del disfraz ideológico que adopten.

Un somero y parcial recuento de la prolija clasificación hecha por Bentham la hace inmediatamente reconocible y familiar a la mirada contemporánea. Entre error y sofisma, dice aquél estableciendo sus bases, existe una diferencia: el primero designa una opinión falsa, mientras que el segundo, encarnando también una opinión falsa, hace de ella un medio para obtener un fin. Es, entonces, más que un error, un instrumento de error. De ese modo el sofisma denota, para quien lo emplea, una falta de sinceridad, y para quien se lo traga, una falta de inteligencia. Precisamente en atención al determinado fin que con el sofisma el sofista pretende conseguir, Bentham los divide (téngase en cuenta que el autor habla de los sofismas políticos) en aquellos cuyo propósito es eliminar una cuestión sin examinarla, aquellos otros que intentan diferirla para ganar tiempo, y unos terceros encaminados a difuminarla tras cortinas de humo cuando es imposible para ellos no tratarla.

Un somero y parcial recuento de la prolija clasificación hecha por Bentham la hace inmediatamente reconocible y familiar a la mirada contemporánea. Entre error y sofisma, dice aquél estableciendo sus bases, existe una diferencia: el primero designa una opinión falsa, mientras que el segundo, encarnando también una opinión falsa, hace de ella un medio para obtener un fin.

Tenemos también el sofisma del panegirista de sí mismo, bajo el cual Bentham agrupa las pretensiones de quienes reclaman deferencia para sus opiniones y confianza en su conducta, en razón tan sólo de la valoración que ellos tienen de sus propias personas. “Sus asertos son pruebas y sus virtudes son garantías”, y sustentados en la opinión que de sí mismos mantienen, oponen a las objeciones “el panegírico de su probidad, de su desinterés, de su entrega al bien público”.

Con el “sofisma que protege a los prevaricadores oficiales”, el autor designa la recurrente costumbre de considerar toda censura de los funcionarios individuales y toda denuncia de los abusos como un ataque dirigido contra el gobierno mismo. Si esa costumbre se convierte en ley establecida los abusos lo serán también, de modo que “la impunidad será para el que hace el mal, y la pena para el que lo revela”.

Según las normas éticas elementales, “está mal que un miembro de la oposición combata una medida ministerial que le parezca buena, o sostenga una medida de su propio partido que le parezca mala”. Sin embargo eso que se llama “fidelidad al partido” se convierte en virtud, de modo tal que un individuo no es juzgado ya por su conducta, por su sinceridad, por la independencia de su opinión sino precisamente por aquella “fidelidad”. “La indiferencia acerca de los medios, la dependencia en las opiniones, el hábito de hablar contra lo que se piensa, el empleo constante del sofisma” son, entonces, los que definen al hombre y a la mujer “de partido”.

La conclusión de Bentham, más por venir de quien viene, es apabullante. En una formulación casi kelseniana indica que “los miembros [de una asamblea deliberante, de un parlamento] se sienten verdaderamente independientes del pueblo; que la mayoría de las elecciones se reducen a vanas formalidades; que las plazas, amovibles en apariencia, no lo son realmente; […] que confieren un poder sin responsabilidad, y por consiguiente sin obligación; y que esos mismos representantes que tan poco tienen que temer por parte de los electores, tienen mucho que esperar por parte del gobierno”.

Es imposible no reconocer estos temas de Bentham, superados y profundizados, en el retrato gris y a la vez multicolor de la realidad mexicana, y por supuesto no sólo de ella. La política como teatro universal, el discurso político como actuación, la propuesta programática suplantada por la publicidad y la mercadotecnia, la desfachatez como norma de conducta, la insensibilidad como catecismo moral y el pueblo elector reducido a la función de suelo nutricio y tarima de la forma de vida de “sus representantes”. El trasvase osmótico interpartidario de individuos proteicos, cuyo único signo permanente de identidad es la búsqueda del mexicanísimo hueso y cuyos pecados son lavados apenas traspasan el umbral del partido que antes los llenaba de anatemas. Gobiernos y organismos gubernamentales que delatan su calidad ya no pública sino comercial gastando a manos llenas el dinero ajeno en la autopromoción y el autoelogio. La corrupción y la prevaricación convertidas en monedas de curso corriente. El enriquecimiento “inexplicable”, aceptado a fuerza de repetición como anecdótica parte del folclore nacional. La relegación de la cultura y la inteligencia a rincones cada vez más reducidos. La consolidada desagregación, en fin, de la política y los políticos como cuerpo independizado de una ciudadanía que sólo cuenta, temporalmente, cuando es convocada a votar.

Las consecuencias de todo ello, que subrepticiamente escapó de la sociedad política e infestó a los órganos de la sociedad civil, nos han explotado en la cara. Un país que al mismo tiempo alberga y genera altas y sostenidas tasas de desempleo y cotas irreducibles de miseria, al hombre con más millones de dólares en el mundo y ahora también la insania de individuos que —todos los días e indistinguibles en muchos casos de aquellos que se supone debieran combatirlos— supera ya los horrores que no hace muchos años nos espantaban en África, no puede denotar una salud democrática sino una enfermedad ética terminal. Es ya —y aún hay que esperar lo que falta— más que una crisis institucional y económica, una crisis de humanidad.

Ello no obstante, bien resguardados la rueda de la política y el circo de los políticos siguen girando, como si en un universo paralelo se encontrasen. Quizá así sea. Y quizá, también, el destino nos haya alcanzado ya. ®

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Publicado en: Días del futuro pasado, Marzo 2012


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