RIMBAUD, SABATO Y LO MODERNO

Dos grandes de la literatura resistieron a la modernidad a través de su obra

El arte no ha muerto, pero tampoco salva ni emancipa. El mundo del arte —la literatura va incluida— es uno de paradojas y contradicciones.

1. En plena discusión posmoderna del siglo XX, según su propuesta en todos los órdenes del arte, el artista concibe su obra como un producto inconcluso, inacabable, una obra que revela y no termina por mostrar su sentido final. Ésta es la señal, el leit motiv de todas las vanguardias artísticas de esa centuria: lo inacabado. Cada propuesta nace de una voluntad de superar o anular la que le  precede. Dadá, cubismo, surrealismo, futurismo, minimalismo, hiperrealismo, etc., son movimientos inconclusos, relativos, nunca absolutos. Ruptura y tradición le llamó Octavio Paz a estos devaneos artísticos.

El artista, apenas intuye la verdad a través de la materialidad del espíritu, se apresura a destruir lo innombrable. Lo que conocemos es apenas un resquicio del arte, una obra inabordable.

En El túnel, la novela metafísica y psicológica de Sabato, Juan Pablo Castel se propone destruir la obra que apenas ha esbozado en su fuero interno. La ignota mujer que le ha revelado la verdad de su pintura es presa de una persecución del artista, quien no se conforma con la mera opinión que origina su obra, sino quiere la posesión absoluta de esa verdad, y quiere algo más que eso: que sucumba, pues es la poseedora del secreto de su obra.

2. A muy temprana edad Arthur Rimbaud abandonó la poesía porque para él la alquimia del verbo no transformaba la vida. Este abandono se repetirá a lo largo del siglo XX. Numerosos artistas prosiguen el camino de Rimbaud. María Iribarne, en El túnel, simboliza el arte moderno, y Castel será, como Rimbaud, el instrumento que pondrá fin a la obra apócrifa, que no redime ni purifica, que no trastoca la verdadera vida. El siglo XX es la historia del arte parricida.

La muerte de Iribarne es la muerte del arte, su imposibilidad de ser y de no poder transformar la vida, ni siquiera acompañada del sentimiento amoroso.

Rimbaud buscaba regresar a un estado bárbaro que jamás encontró en la lejanía, en África: Sabato, a través de su personaje mítico, regresa a ese estado bárbaro con cuchillo en mano: todavía en pleno siglo XXI permanece fresca la sangre, por no decir la herida.

Sabato imita, se presiente en su obra de El túnel, la acción violenta de Rimbaud; es tan moderna su actitud como la de Rimbaud. Acabar el arte, transformar la vida, vociferaba el poeta francés.

El túnel representa el destino del arte moderno. El simbolismo que encarnan sus personajes no se puede entender sin las diversas manifestaciones que revelan la crisis del arte. Rimbaud poeta arroja a la basura de la historia literaria sus poemas; Kafka confía a su amigo Max Brod que arroje al fogón sus obras; Musil deja inconclusa su obra maestra; Marcel Duchamp, otro artista como Sabato y Castel, ensayará con diferentes posturas sin concluir en ninguna, no sin antes elevar a categoría de lo bello a un ordinario mingitorio.

Ernesto Sabato deja constancia de su rechazo a lo moderno en esta novela de factura rimbaudiana. El artista de la novela sabe que pertenece a una casta extraña, incomprendida, que apenas se desliza sobre la superficie de lo cotidiano, que subyace en ese túnel interno (el simbolismo del túnel no podía ser más exacto). El túnel, dijo Sabato, es lo oscuro del alma, lo que el hombre pretende conocer como a la verdad.

Pero apenas María Iribarne intuye los mecanismos internos de su pintura, perturba la existencia de Castel. Acaso su acción homicida lleve ese mensaje que tiene que ver con aquello que Walter Benjamin nos revelaba: No hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie.

3. Aquí cabe la reflexión de esta paradoja: ¿puede el arte convivir con dos sentimientos, amor-odio, tan confrontados? ¿Es posible la comunicación entre los hombres? A George Steiner nunca dejó de causarle perplejidad cómo era posible que en una noche los oficiales nazis disfrutaran escuchando a Wagner o a Beethoven, y al otro día muy tranquilamente se fueran a trabajar a los hornos crematorios.

Paradojas del arte, paradojas de la historia. El arte, por lo demás, no salva ni emancipa, como se ve en la novela pesimista de El túnel, pero sí crea los espacios que abren a la reflexión infinita, aunque algunos literatos (Saramago) no dejen de insistir en que somos islas desiertas. ®

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Publicado en: Abril 2010, Ensayo


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  • “Je parvins à faire s’évanouir dans mon esprit toute l’espérance humaine…”