Rita Guerrero, in memoriam

Canciones de amor y muerte

¿Quién de nosotros será el próximo en morir? De mi niñez a la juventud sólo se morían los viejos. Ahora se mueren nuestros padres y nuestros amigos. Hacía largo tiempo que no veía a Rita Guerrero y me apenó su muerte.

¿Cómo podré encontrar
algo para el malestar,
algo que me dé placer
sin tener que padecer?
—Rita Guerrero

I.

Rita Guerrero y Adriana Díaz Enciso con Rogelio Villarreal en El Nueve

Rita Guerrero, fundadora y cantante del grupo de rock Santa Sabina, murió el viernes 11 de marzo a los 47 años, de cáncer de mama, la misma terrible enfermedad de la que murió mi madre hace unos meses. Aunque compartió los escenarios con la entonces nueva camada del rock mexicano, los integrantes de Santa Sabina tuvieron la prudencia de abstenerse de gritar consignas patrioteras al son que les indicaba la mercadotecnia discográfica y la agreste promoción televisiva. Lo suyo era la música y ofrecer composiciones que se alejaban de los viejos nuevos clichés que ya avasallaban la producción de la mayoría de las bandas mexicanas surgidas a mediados de los ochenta. Con la colaboración de la poeta Adriana Díaz Enciso, Rita y Santa Sabina lograron una síntesis original entre la poesía, la canción y una estética que podríamos llamar gótica. Me permito reproducir enseguida unas notas que escribí en 1991, cuando el grupo tenía apenas unos años de haber irrumpido en la nueva escena del rock mexicano:

En la primera tocada de Santa Sabina el 2 de febrero de 1988, en el Salón de los Aztecas, la expectación del público se convirtió en una sorpresa excepcional: hacía ya mucho tiempo que no aparecía nada tan sensual y contundente en el horizonte roquero capitalino. El parto de Santa Sabina, en el mero corazón de la Ciudad de México —en la calle República de Cuba—, hizo recordar a algunos la memorable voz de Ula y su malogrado Casino Shanghai. Se habló entonces de una sucesora, de una continuación de aquellos gestos teatrales y provocadores. No faltaron tampoco los detractores y los criticones primarios: es una copia de Nina Hagen; eso ya está hecho… Sea como sea, el nuevo grupo se hizo rápidamente de numerosos adeptos y afinó poco a poco, pero con tesón y sensibilidad, su sonido y su presencia.

En menos de un año Santa Sabina era ya uno de los grupos de rock más populares del Distrito Federal. Su afortunada mezcla de funk bailable y ciertas reminiscencias del dark y la melodiosa y operística voz de Rita le movían el centro a cientos de jóvenes cada vez que subían al escenario. La presencia adusta de Jacobo (quien salió para dar paso a Santiago) detrás de sus teclados, el autismo draculesco de Patricio al centro de su batería, Pablo y las figuras ágiles y limpias de su guitarra, la gracia socarrona de Poncho aunada a la contundencia de su bajo y la cadencia de la coquetería teatral de Rita Guerrero —tan cerca de Betty Boop como de Nina Hagen—, han hecho de este quinteto una referencia imprescindible entre nosotros para entender y gozar de una música contemporánea que se nutre lo mismo de los aires nostálgicos de los desiertos árabes que de ciertos ritmos afroantillanos.

Mientras los veo —en mi tele, claro— pienso que son de los poquísimos grupos que saben conservar la dignidad frente a locutores imbéciles, playbacks obligatorios y públicos prefabricados.

Hasta aquí la nota que escribí hace ya veinte años. Descansa en paz, Rita. Gracias por todo.

II.

¿Quién de nosotros será el próximo en morir? De mi niñez a la juventud sólo se morían los viejos. Ahora se mueren nuestros padres y nuestros amigos. Hacía largo tiempo que no veía a Rita Guerrero y me apenó su muerte. Sobre todo porque recuerdo su vitalidad y esos ojos enormes y vivarachos cuando cantaba, gritaba y bailaba a finales de la ya lejana década de los ochenta en los contados antros capitalinos donde se escuchaba música nueva en vivo. Quizá fue la primera tapatía que conocí y en Guadalajara, precisamente, fui a uno de sus mejores conciertos hace unos años. Santa Sabina era ya un grupo de músicos maduros y su repertorio era más bien melancólico, cadencioso, una ola de lamentos, melismas y jadeos arrastrados por el simún norafricano a tierras mexicanas. Poco que ver con las exaltadas canciones juguetonas y new wave que tocaron en la obra América, en la que Rita actuó y donde conoció al resto de la futura Santa Sabina, que entonces se hacía llamar Los Psicotrópicos.

Santa Sabina era ya un grupo de músicos maduros y su repertorio era más bien melancólico, cadencioso, una ola de lamentos, melismas y jadeos arrastrados por el simún norafricano a tierras mexicanas.

Rita Guerrero murió de la misma enfermedad que torturó y mató a mi madre. Las dos se rebelaron decididamente contra el cáncer pero a las dos, que parecían invencibles, las derrotó después de duras batallas. Imposible adivinarlo. Tanta vitalidad consumida en unos meses. Recuerdo también cómo Naief Yehya y otros amigos reíamos tratando de imitar el estilo de Rita cuando bailaba juntando y separando las piernas, una escena que era a un tiempo sexy y cómica, tan parecida a la pícara Betty Boop y sus tremendos ojazos redondos. La vez que la conocí fue una noche tibia en la que Alfonso André, Claudio Martínez, Armando Martín “el Pecas” y yo arribamos, después de haber pasado unas horas en el Bar Nueve, a un galerón enorme, detrás del Palacio de Bellas Artes, poblado solamente por cuatro viejas sinfonolas. Una conversación interminable, cervezas y bromas entre éxitos populares del pasado que rebotaban en las cascadas paredes de Las Tecatas.

A principios de 1991 entrevisté a Santa Sabina para La Pus moderna. El grupo habló de productores voraces y mentirosos, de las letras de sus canciones, de los mediocres programas de la televisión nacional y de su independencia de la industria discográfica. A mi pregunta sobre su peculiar manera de cantar Rita respondió: “Creo que mis letras son fuertes porque se refieren a una época difícil y no nos podemos hacer tontos. Hay mucha gente que lo reconoce y por eso se identifica con nuestro trabajo. Cuando uno le escribe una canción a alguien, en principio puede ser nomás para ese alguien, pero siempre acaba siendo más universal, más abstracta, y predomina el sentimiento. Dice Tarkovsky que la función de los artistas es exponer los conflictos humanos, que cuando no los haya los artistas ya no serán necesarios, pero como siempre va a haber conflictos siempre va a haber artistas”.

En otra respuesta me decía: “Yo sé que no siempre se entiende lo que digo, por deficiencias en el sonido, aunque tratamos de que se oiga lo mejor posible. Tratamos de montar un espectáculo, no un simple concierto: cuidamos la escenografía, la iluminación, nuestra apariencia. No es algo precisamente teatral, son más bien montajes a propósito de las canciones. Queremos crear otra realidad en el escenario, que es un espacio sagrado: ahí siempre va a suceder algo, y si es necesario, tenemos que morir ahí, tenemos que dar todo”. Rita Guerrero hablaba en serio, y hubiera deseado morir cantando a la vida, al amor y a la muerte. ®

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Publicado en: Insolencia, marzo 2011

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  • Buscando alguna publicación sobre la conmemoración de XXV años del primer concierto de Santa Sabina llegué a tu escrito. Me ha motivado una vez más a seguir difundiendo el trabajo honesto que nos legó el canto de Rita arropado por grandes músicos, poesía contundente y una atmósfera irrepetible.

  • Jonathan

    Rogelio, me ha provocado unas ganas inmensas de conocer el trabajo del grupo que he evitado por años… prejuicios, no se puede vivir con ellos ni sin ellos