SANGRE Y POLVO

Momentos sanguinarios en la historia lagunera

La Comarca Lagunera hace poco tiempo se convirtió en uno de los principales temas de los medios masivos nacionales, en especial por las masacres de jóvenes en dos distintos bares y en una quinta y además por el secuestro y posterior liberación de cuatro periodistas. Pero su historia de violencia es más antigua.

Torreón a principios del siglo XX.

En las calles lanzaron varios pedazos de cadáveres. Les habían disparado y después los cortaron con cuchillos y hachas. Algunas cabezas rodaban entre la multitud asesina. También había brazos y manos, piernas y trozos irreconocibles. Los rebeldes amarraban los restos de aquellos cuerpos a sus caballos y los arrastraban hasta que sólo quedaba una masa de carne, piel y huesos. Otros remolcaban cuerpos completos hasta que se aburrían abandonándolos en medio de la calle. A quienes habían sobrevivido los perseguían y amarraban, para dispararles a quemarropa, y a aquellos que vivían en uno de los edificios más importantes de la ciudad, después de acribillarlos los lanzaban desde el tercer piso y desde el techo hacia la calle. A algunos sobrevivientes los habían amarrado de las piernas y brazos a dos caballos que azuzaban para que al correr las víctimas quedaran desmembradas. La sangre corría y se mezclaba con la tierra, aquella tierra que parecía talco, tan ligera que se levantaba con apenas el paso de los caballos. Varios cuerpos estaban desnudos, acuchillados, con las tripas de fuera, les habían robado todas sus pertenencias, hasta la ropa. Se ensañaban con los cadáveres, los pateaban en la cabeza, les destrozaban el cráneo. Se burlaban y les escupían. La mayoría de los cadáveres estaban descalzos, los asesinos creían que en los zapatos guardaban su dinero, pero eso no era lo importante, aunque hubiera dinero o no les habían prometido rapiña y el robo de todo lo que encontraran. Incluso atacaron e incendiaron el Palacio Municipal después de soltar a los presos. Ahí encontraron cajas de coñac adulterado que días antes la policía había confiscado; ese bebida era tan mala e infecta que quienes la tomaron murieron envenenados.

Al día siguiente por fin se había detenido la masacre, alrededor de doscientos sobrevivientes fueron encarcelados dos días sin agua ni comida para protegerlos de la turba asesina. Las cifras oficiales hablan de 224 muertos, en realidad la cantidad se eleva a 303. La razón probable de tan tremenda matanza: odio racial.

El escenario

Orestes Pereyra

El suceso anterior pertenece a la violenta historia de Torreón, Coahuila, ciudad integrante de la Comarca Lagunera que hace tan poco tiempo se convirtió en uno de los principales temas en las agendas de los medios masivos nacionales, en especial por las masacres de jóvenes en dos distintos bares y en una quinta y además por el secuestro y posterior liberación de cuatro periodistas que pertenecían a dos de las más importantes empresas de medios masivos del país.

Todo lo narrado arriba ocurrió entre las cinco y seis de la mañana del día 15 de mayo de 1911 hasta la noche del mismo día. Las víctimas: la colonia china de Torreón. Los victimarios: maderistas que tomaban la ciudad por primera y única vez, entre ellos se encontraban Benjamín Argumedo, Orestes Pereyra, Sixto Ugalde, José Agustín Castro y Jesús Flores, quienes dirigían a la turba asesina y que fue apaciguada hasta que Emilio Madero, hermano de Francisco, entró por la noche a la ciudad y ordenó el fin del saqueo.

La ciudad de Torreón y la zona en que se ubica, la Comarca Lagunera, no son ajenas a los hechos violentos, incluso se pueden rastrear hasta finales del siglo XVII y principios del XVIII, cuando los indios nómadas y salvajes atacaban las pocas y alejadas pequeñas comunidades urbanizadas fundadas principalmente por indios tlaxcaltecas y unos cuantos españoles. Esos ataques eran extremadamente crueles y la población civilizada a veces era completamente diezmada a tal grado que en algunas ocasiones se tenía que abandonar el lugar esperando repoblarlo en el futuro.

El traidor Benjamín Argumedo.

Si la violencia parece ser tan cercana, si incluso hay datos que confirman la muerte de cinco mil hombres en una de las tomas de la ciudad durante la revolución constitucionalista, ¿por qué la violencia reciente ha conmocionado tanto a la sociedad lagunera? ¿Acaso se olvidó con rapidez aquellos ataques en apenas unas cuantas generaciones, o tiene que ver con la comodidad que la vida moderna ha acostumbrado al ciudadano común lagunero? Esas preguntas tendrán sus respuestas profundizadas y concretas en otro trabajo, aquí solamente intentaremos retratar algunos momentos violentos que ha sufrido la zona desde el siglo XVIII hasta la actualidad. No estarán todos, pero tal vez son los más importantes y atractivos.

¿Por qué la violencia reciente ha conmocionado tanto a la sociedad lagunera? ¿Acaso se olvidó con rapidez aquellos ataques en apenas unas cuantas generaciones, o tiene que ver con la comodidad que la vida moderna ha acostumbrado al ciudadano común lagunero?

La Comarca Lagunera está conformada justo en donde se encuentra el sureste de Coahuila y el noroeste del Durango. Como afirma el doctor Sergio Antonio Corona Páez, la zona “comprende quince municipios, […] diez corresponden a Durango y cinco a Coahuila […] Esta amplia región es regada por dos ríos interiores: el Nazas y el Aguanaval. Las ciudades conurbadas de Torreón, Coahuila, y de Gómez Palacio y Lerdo, Durango, constituyen el corazón de esta comarca” (2005, 17-18).

Pero no hay que pensar que estas tres ciudades son el origen de la zona, en realidad la Comarca se remonta hasta alrededor del 1560, donce es posible encontrar indicios de la existencia del pueblo minero de Cuencamé, Durango, quizás la última ciudad hacia el sur que pertenece a la comarca. Para finales del siglo XVI ya se sabía de los dos ríos arriba mencionados y de la laguna que formaba lo que se llamará Laguna de Mayrán.

Hacia 1600 ya está establecido el pueblo de Parras, emplazado cerca de la laguna. A partir de ahí las poblaciones se irán desarrollando y reproduciéndose conforme la zona sea utilizada para la producción vitivinícola que sostendrá económicamente a la región hasta que el algodón supla esta forma de vida.

Desde entonces la población de la zona tuvo que sostener su estilo de vida rodeada de violencia, incluso para fundar Parras fue muy importante ubicar un terreno que fuera fácil de defender frente a los ataques de los pueblos indios salvajes. Estos ataques eran muy comunes y los pobladores veían en los indios nómadas al enemigo. Corona Páez lo explica de la siguiente forma:

La conciencia y al vivencia cotidianas de estas realidades en común aglutinaban a aquellos primeros “laguneros” con la misma fuerza con que rechazaban la alteridad cultural de los “indios bárbaros”. Percibían a los indios “gentiles” nómadas o seminómadas como “impúdicos” miembros de “naciones de paganos”, “infieles” o “renegados” al evangelio. En la “maldición” de su diversidad “babilónica”, estos “bellacos” se expresaban en multitud de lenguas y con sus hábitos sanguinarios acosaban sin piedad a los cristianos. Los laguneros se percibían a sí mismos como miembros y representantes del orden político y religioso virreinal y mundial, es decir, como humanidad estable creyente y civilizada de frente a la amenaza de la salvaje diversidad pagana y errabunda [2005, 38].

Esos hábitos sanguinarios consistían tanto en asesinar para robar ropa o monedas como para robar ganado. En la plaqueta Gerónimo Camargo, indio coahuileño, de la colección Lobo Rampante, se puede leer algunas de las formas favoritas para asesinar. El texto consiste en la declaración jurada del indio Camargo, que vivió en tierras laguneras en 1735 probablemente asesinando, violando y robando a los pobladores urbanizados de la zona. En una parte de la declaración el acusado relata cómo mató junto a sus compañeros a un pastor: “Y que luego que el difunto despertó, se hincava de rodillas pidiendo p(o)r amor de Dios que no lo matasen […] y que mataron al d(ic)ho a flechasos, y de un chusaso” (los chusos eran puntas de flecha o proyectiles de piedra tallados) [2001, 26]. Además de matar aunque la víctima rogara por su vida, los indios salvajes se dedicaban a saquear poblaciones y a secuestrar niños, mujeres adolescentes y en menor medida mujeres adultas. A los hombres los mataban porque no podían integrarlos a las tribus. Las mujeres eran hechas prisioneras y no es necesario explicitar aquí el destino que tenían.

Los indios salvajes eran tan sanguinarios que tanto los gobernadores representantes de la Corona Española en la Nueva Vizcaya, como era llamada la región norte del virreinato, como, incluso, algunos gobernadores del México independiente pagaban por cabellera de indio a aquellos que decidieran internarse en el desierto a cazar salvajes. La costumbre de arrancar la cabellera de los indios pieles rojas que aparece en las películas hollywoodenses fue en realidad aprendida de los soldados españoles, quienes contabilizaban de esa forma los muertos para recibir su pago.

La costumbre de arrancar la cabellera de los indios pieles rojas que aparece en las películas hollywoodenses fue en realidad aprendida de los soldados españoles, quienes contabilizaban de esa forma los muertos para recibir su pago.

Esta forma de vida fue sobrellevada por los pobladores de la comarca hasta que la civilización urbanizada exterminó por completo a los indios salvajes. La comarca se desarrolló no sólo gracias al cultivo de la vid y a la comercialización del vino, sino a que también la agricultura se transformó. Hacia 1830 la producción de algodón comenzó a crecer y aunque no era ninguna novedad porque desde el siglo XVII ya se producía un poco, es hasta entrado el siglo XIX cuando comienza a cambiar la faz de la región. Uno de esos cambios tienen que ver con el rancho y después hacienda llamada Torreón que ya existía a mediados del siglo XIX y que “en 1883 se convirtió en estación ferrocarrilera, luego en congregación y hacia 1893 en villa. Torreón adquirió el rango de ciudad el 15 de septiembre de 1907, con ocasión del cumpleaños del presidente de la república, el general Porfirio Díaz” [2005, 46].

El orgullo de Díaz, la ciudad que pudo visitar una sola vez en 1909, aquella que existe gracias a su ferrocarril, será una de las protagonistas de su caída y tendrá en su momento varios muertos que contar en sus cuatro tomas. El valor de esta ciudad sigue siendo la misma que entonces: es el punto de intersección rumbo a las ciudades importantes fronterizas de Estados Unidos.

¿Qué te tomas?

Pancho Villa en su paso por Torreón en 1913

En mayo de 1911 se da la primera toma de Torreón, con la ya narrada matanza de chinos, famosa por su crueldad. En ese entonces Torreón parecía una ciudad en constante progreso. Su población era grande para el momento: más de 40 mil habitantes y tenía un ostentoso mundo social pudiente dominado por algunos extranjeros que se enriquecieron gracias a las oportunidades que ofrecía la ciudad. A pesar de ser muy citados en varios libros de la historia local, los extranjeros apenas eran 5% de la población.

La segunda toma de Torreón será en 1913 realizada por el bandolero Francisco Villa, que en ese momento pertenecía al ejército rebelde que enfrentaba a Victoriano Huerta. Según los datos que aporta Carlos Castañón en un reportaje publicado en el periódico El Siglo de Torreón, la ciudad, bajo las órdenes del gobierno federal, estaba “defendida por unos 5 mil hombres al mando del general Eutiquio Munguía, y apoyados en el terreno por el fiero lagunero Benjamín Argumedo. Para combatirlos, la División de Norte desplegó poco más de 4 mil hombres que tomaron Lerdo, Gómez Palacio, San Pedro y finalmente Torreón…” [2009].

La ofensiva que comenzó el 29 de septiembre y que duró tres días fue cruenta y violenta, pero “según el informe oficial de Villa a Venustiano Carranza, terminó con la vida de 467 federales y 38 rebeldes. Hubo 71 heridos. La cifra resulta increíble para la magnitud de la batalla, pero finalmente refleja el interés de la información oficial de un bando”. Incluso con la sorpresa de que la ciudad no fue saqueada habría que imaginar la destrucción y la muerte paseándose por las calles.

La tercera toma se dio porque los Federales recuperaron la plaza y, una vez más, la División del Norte tuvo que hacerse presente. La ciudad era considerada inexpugnable, la defendía el general huertista J. Refugio Velasco. La batalla fue encarnizada, por once días la población vivió el infierno de la revolución en carne propia. A pesar de que el general Felipe Ángeles por teléfono le había pedido la plaza a Velasco, la negociación se interrumpió cuando Villa quiso participar en el trato.

El resultado fue una batalla sangrienta y larga. Los cañonazos y proyectiles volaban desde los cerros de La Pila, Santa Rosa, La Cruz, Calabazas, Polvorera, Las Noas y el cañón del Huarache hacia Gómez Palacio, al igual que los cañones de la División del Norte atacaban las posiciones federales.

La batalla fue encarnizada, por once días la población vivió el infierno de la revolución en carne propia.

La batalla que comenzó el 24 de marzo terminó el día 3 de abril a las ocho de la mañana, después de una noche de tolvanera. Cuando el polvo amainó entraron triunfalmente “por el centro de Torreón los generales Maclovio Herrera, Orestes Pereyra y Eugenio Aguirre Benavides y el coronel Raúl Madero; por la izquierda Urbina y Rodríguez y los coroneles González y Almeida por la derecha” [Herrera, 1984, 75]. La victoria tenía como consecuencia casi 5 mil muertos y más de 5 mil heridos.

La última toma de Torreón fue en diciembre de 1916. Villa venía huyendo perseguido por las tropas de Carranza. En su camino de destrucción y sangre decidió atacar a la ciudad que estaba defendida por los generales Severino Talamante, Fortunato Maycotte, Luis Herrera y Francisco Martínez. La batalla principal se dio en la Alameda Zaragoza, límite oriente de la ciudad. La moral de las tropas carrancistas estaba destrozada, cada encuentro con Villa era desastroso. En parte por las armas que los villistas tenían y en parte por la muchedumbre que acompañaba al sanguinario bandolero. En esta batalla, el general Talamante abandonó la plaza dejando a la Brigada Juárez comprometida y defendiendo desigualmente a la plaza. Finalmente los villistas entraron a la ciudad y saquearon diferentes comercios “como El puerto de Veracruz, la Zapatería Francesa y El Modelo. Villa le impuso a la ciudad un préstamo forzoso de dos millones de pesos, que hubo de reducir a uno por falta de circulante en la ciudad. Cada colonia extranjera fue obligada a pagar parte de este préstamo” [2009, en línea].

Hasta allá fueron los villistas más tarde para arrastrar escaleras abajo el cuerpo, pasearlo por la ciudad y colgarlo de un poste de donde tuvo que ir a recogerlo la esposa del general después de que Villa había huido.

En esta toma murió el general Luis Herrera, quien junto a Maclovio Herrera primero formaron parte de la División del Norte y cuando Villa se enfrentó a Carranza prefirieron ser parte de los constitucionalistas. Por esa razón el sanguinario asesino juró que cazaría a todos y cada uno de los Herrera. En Torreón cumplió parte de su promesa. Caído en la batalla, el cuerpo del general Herrera fue rescatado por sus soldados y llevaron el cadáver a una habitación del céntrico hotel Francia. Hasta allá fueron los villistas más tarde para arrastrar escaleras abajo el cuerpo, pasearlo por la ciudad y colgarlo de un poste de donde tuvo que ir a recogerlo la esposa del general después de que Villa había huido.

Luis Herrera representa bien la desazón que sentían los carrancistas cuando platicando con su hermano un día antes de la toma le dijo: “Yo estoy completamente decepcionado; este bandolerismo no va a tener fin, tuve que reconcentrarme porque nunca recibí el armamento pedido en Parras; aquí están Maycotte y Talamante, pero ninguno inspira confianza… yo lo que deseo es que en este combate una bala me atraviese aquí” [Herrera, 1984, 242], dijo, señalándose el pecho.

Violencia organizada

Otro muerto en Torreón

Las más recientes y sonadas acciones extremadamente violentas se han dado en los últimos tres años dentro de una guerra intestina de diferentes bandas del crimen organizado que se dedican principalmente a la producción y distribución de drogas ilegales y el enfrentamiento con el gobierno federal de corte conservador. Comenzó con algunas muertes que no cuadraban en el contexto criminal estándar de la ciudad y terminó (hasta ahora) en la masacre de 17 jóvenes en una fiesta privada.

Además de cadáveres dentro de cobijas y en cajuelas de automóviles, balaceras espontáneas, persecuciones policiacas que nunca funcionan, cabezas en medio de las calles y mantas con mensajes del crimen organizado contra el gobierno federal, lo que más afectó a los laguneros fueron las tres matanzas dirigidas principalmente contra jóvenes. El 31 de enero de 2010 fue la primera. En el bar Ferrie murieron acribilladas diez personas. La segunda fue el 15 de mayo en otro bar llamado Las Juanas, ahí ocho personas murieron y 19 quedaron heridas. Finalmente, la que quizá más conmoción ha causado fue el 18 de julio, en medio de una fiesta privada un grupo irrumpió disparando al azar. Diecisiete personas murieron. Las cifras de muertos son las oficiales, aunque siempre se rumora más decesos.

Además de cadáveres dentro de cobijas y en cajuelas de automóviles, balaceras espontáneas, persecuciones policiacas que nunca funcionan, cabezas en medio de las calles y mantas con mensajes del crimen organizado contra el gobierno federal, lo que más afectó a los laguneros fueron las tres matanzas dirigidas principalmente contra jóvenes.

En todos los casos la mayoría de los muertos no rebasaban los cuarenta y esta violencia extrema que desde hacía mucho tiempo no se había experimentado en la comarca obligó a la población a cambiar sus hábitos tanto de entretenimiento hasta los laborales. La violencia engendró a sus hijos bastardos: el miedo y la psicosis. La ciudadanía ahora, a diferencia de los pobladores del Parras de 1700, se inclinó por el individualismo y por encerrarse en sus casas como último método para combatir la violencia.

Si la construcción cultural de la comarca proviene desde la fundación del pueblo de Parras, entonces la valentía de los primeros laguneros frente a los indios salvajes que los agredían y asesinaban también debería ser característica actual del lagunero. Incluso la unión de los pobladores parrenses frente al enemigo no urbanizado tendría que estar en el ADN del lagunero actual. Pero, a pesar de que la ciudad ha sufrido la violencia extrema, parece que aquellas características han desaparecido. ¿Por qué ahora el lagunero prefiere la individualidad? ¿Por qué no sale a combatir a los enemigos y prefiere culpar al gobierno federal y esperar, cenicientamente, a que lo rescaten?

Probablemente las respuestas tengan que ver con tres circunstancias que han sucedido desde entonces. La primera es la secularización de la sociedad occidental. Este proceso en donde la visión religiosa ha perdido poder frente a la modernidad ha creado individuos que ya no están tan seguros de la vida eterna después de la muerte. Los pobladores del siglo XVIII creían firmemente en que la eternidad les sería conferida por su sacrificio católico. Pero el poblador del siglo XXI no tiene tal certeza, es casi un ateo funcional.

Otra característica tiene que ver con la inclusión de la cultura extranjera que dominó a la sociedad lagunera a partir del siglo XIX. Los emigrantes europeos y estadounidenses que llegaron a la ciudad no tenían ninguna experiencia de la violencia contra los indios. Su visión capitalista donde el trabajo era mucho más importante que la defensa del territorio aculturó a la población original de la laguna.

Finalmente, la sociedad postrevolucionaria ha creado el mito del Estado paternal que resuelve todos los problemas. Y aunque la resolución del crimen organizado es algo que atañe precisamente al Estado, la realidad del país ha demostrado una y otra vez que ese Estado falla constantemente. Aun así los residentes de la laguna parecen confiar en que la situación violenta, la inseguridad y la incertidumbre tendrán una solución desde los gobiernos municipales, estatales y federales.

Por mientras la única característica que los laguneros heredaron de los indios tlaxcaltecas y de los vascos que poblaron la Nueva Vizcaya en los siglos XVII y XVIII se mantiene incólume: el trabajo como tabla de salvación ha hecho bien su labor y la Comarca Lagunera se sostiene apenas de caer en el caos y la parálisis. ®

Referencias bibliográficas
(2009) Carlos Castañón Cuadros, “Tomando Torreón”, El Siglo de Torreón, domingo 5 de abril del 2009 (en línea)  (fecha de consulta 3/oct/10).
(2005) Sergio Antonio Corona Páez, La Comarca Lagunera, constructo cultural. Economía y fe en al configuración de una mentalidad multicentenaria, Universidad Iberoamericana Torreón, Torreón.
(2009) ____________, 93 aniversario de la toma de Torreón en 1916 (en línea)  (fecha de consulta 3/oct/10).
(1984) Celia Herrera, Francisco Villa ante la historia, México: Costa-Amic Editores.
(2010) “Masacre en bar y 4 decapitados”, Milenio, 16 de mayo de 2010 (en línea) (fecha de consulta 3/oct/10).
(2010) “Masacre en fiesta en Torreón; 17 muertos”, Vanguardia, 18 de julio de 2010 (en línea)  (fecha de consulta 3/oct/10).
(2006) Pedro Salmerón Sanginés, “Benjamín Argumedo y los Colorados de La Laguna”, Estudios de historia moderna y contemporánea de México, vol. 28, documento 334 (en línea) (fecha de consulta 3/oct/10).
(2007) Macario Schettino, Cien años de confusión, México: Taurus.
(2010) “Sorprenden a balazos a los clientes del bar Ferrie, ubicado en Torreón”, La i Laguna, lunes 1 de febrero de 2010 (en línea)  (fecha de consulta 3/oct/10).
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Publicado en: Apuntes y crónicas, Octubre 2010

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