Santo Varón

El doctor de Radio Clarín

Pasan los años y la tanda de Clarín, clásica radio uruguaya, siempre se ve bendecida con auténticas perlas de doctores que prometen curar “los trastornos sexuales del varón”. Tango, lunfardo, machismo herido. Publicidad montevideana entre vintage y vanguardista.

Es ladino el corazón,
pero la lengua no ayuda.

Tangueros

Cuando era niña y vivía en México no podía entender esa manía de mis padres de poner discos de tango. Me parecía una música soberanamente aburrida, incluso triste; el bandoneón contaminándolo todo, nostalgia a plazo fijo, amores tan absurdos como rotos, corrosivos fracasos. Sin embargo, en la adolescencia una minúscula chispa empezó a hacerse espacio desde mi ADN rioplatense: me interesé por atender lo que decían las letras. Y, si bien muchas veces me era necesario un diccionario de lunfardo —“gil” por pendejo, “vento” por lana, “papusa” por cuerazo, “chorro” por ratero—, empecé a disfrutar el ingenio de los tangos; sobre todo, ese carácter tan exagerado y melodramático que a menudo rozaba involuntariamente lo humorístico.

Luego vine a Uruguay. La vida con otros jóvenes de los años ochenta me impuso un curso acelerado de tango, pues me percaté de que cuando ellos se embriagaban no cantaban rancheras, como yo estaba acostumbrada: siempre murgas y tangos clásicos. A mí siempre me gustó beber en situaciones sociales, así que no tuve otra que adherir (si bien un poco artificialmente al principio). Fue muchos años después, cuando el tango realmente me empezó a gustar —mi hijo se llama Astor—, que descubrí una joya local llamada Clarín, estación de radio que trasmite hace más de medio siglo. “Donde comienza el dial: música típica y folklórica, las 24 horas del día, todo el año. ¡Qué lindo ser oriental!”1 Antes, cuando no había internet, solía mandarle de regalo a los uruguayos en el exterior un simple casete de una hora con la trasmisión de Clarín; era muy apreciado. La música, claro —Gardel, por ejemplo, pasa en todas las horas pares—, pero muy especialmente la tanda publicitaria. Es única, indescriptible. Entre ingenua y cáustica, original y ridícula, vintage y vanguardista.

¿A causa del tango, quizás, y esa melancolía amarga que podría llegar a afectar la performance en espíritus sensibles? ¿Por la extracción social, acaso? ¿Por la franja etaria, quizás? (ahora que me empecé a fijar, es cierto que también abundan los avisos de residenciales geriátricos, prótesis dentales y audífonos) Nebulosos borradores para sociólogos de café.

Seguramente sus creativos del rubro —sean profesionales o, más que probablemente, empíricos— tengan bien estudiada su eficacia, a estas alturas: rara sería su insistencia de no ser así. Porque pasan los años y la tanda de Radio Clarín siempre se ve bendecida con auténticas perlas de doctores que prometen curar “los trastornos sexuales del varón”. El esquema es siempre igual: una voz masculina que habla en respetuosa segunda persona de “usted”, y se presenta como el Dr. Fulano de Tal; a continuación, intenta propiciar un clima de confianza con el menguado candidato (en la tónica de “Lo escucharé atentamente” y “¡Hombre, pero si a todo el mundo le pasa!”). Y luego, como para rematar, detalla la enorme lista de los males que podrían estar aquejando al susodicho oyente, para así disipar cualquier posible duda acerca de la utilidad de una hipotética consulta: impotencia, eyaculación precoz, bajo deseo sexual, todo el catálogo… Como en los anuncios radiales no es posible incluir títulos sobreimpresos, el número telefónico se repite varias veces, a modo de “¡Llame ya, nuestras operadoras están atendiendo las solicitudes!” El asunto debe funcionar así, supongo: luego de haber escuchado la lista de sus propios síntomas, sumado a la nada velada promesa de una solución misteriosa, el candidato debería correr desesperado hacia el teléfono, tierra prometida de su felicidad sexual futura.

* * *

Me pregunto si la persistencia de esta curiosa tanda —por más que le doy vueltas no puedo imaginarme la escena real de un cristiano en apuros llamando para atenderse con un doctor al que escuchó anunciándose en Radio Clarín, pero insisto: si no diera resultado ya la hubieran dado de baja hace rato— tiene o no relación con el prototipo del macho tanguero, varón de arrabal, para quien —y muy especialmente— las herramientas de la honra masculina deberían ser portadas siempre en alto. ¿Sería una hipótesis razonable suponer que el público de Radio Clarín es, en particular, el segmento más rentable para este tipo de anuncio? ¿A causa del tango, quizás, y esa melancolía amarga que podría llegar a afectar la performance en espíritus sensibles? ¿Por la extracción social, acaso? ¿Por la franja etaria, quizás? (ahora que me empecé a fijar, es cierto que también abundan los avisos de residenciales geriátricos, prótesis dentales y audífonos) Nebulosos borradores para sociólogos de café.

* * *

Hay un aviso que escucho hace años y que en particular siempre me hizo gracia; sobre todo porque me siento una intrusa involuntaria de las intimidades del apesadumbrado destinatario, futuro paciente del Dr. Fulano de Tal. Pero ahora el asunto se ha puesto mucho más encantador, pues a ese primer doctor se ha agregado un segundo doctor, en competencia por el mercado de estos tangueros amedrentados. El doctor más nuevo en Clarín también ha instalado su escaparate sexual entre anuncios de casas de cambio, marcas de yerba mate y control de plagas; me parece más campechano que su acartonado rival:

Escuchemé (sic): soy el Dr. Carlos Russo…
… venga a verme, que sabré escucharlo!

Al rato se escucha la voz del primer doctor, el primigenio, delimitando su duramente ganado territorio, y dándole un tan inesperado como original nombre a su clínica:

Le habla el Dr. Moreira, diecisiete años de experiencia avalan…
… consultorio sexológico “Hombres”…

Por lo general, entre uno y otro, como para matizar, se intercalan un sinnúmero de folklóricos anuncios que —no sé si me estoy sugestionando— parecen aludir subliminalmente a la misma temática:

El carburador que el andar destruye
Carbudis lo reconstruye

¡Qué no daría por escuchar la conversación telefónica de un interesado cualquiera con uno de estos doctores o sus secretarias, si las hay! ¿Cómo le explicará lo que le pasa? ¿O pedirá una cita sin más, simplemente mencionando que es oyente de Clarín y lo demás se supone, tal como si se tratara de una contraseña masónica? ¿Y si el doctor resultara no ser tal cosa, pero sí un médico brujo o chamán que le quiera hacer fumar sospechosas hierbitas? ¿Podría negarse el paciente, teniendo el Cielo casi asegurado? ¿Cómo estar seguro de que, una vez con los datos clínicos en su poder, no lo chantajeará con la amenaza de revelarlos frente a sus cuates?

Es todo muy, muy misterioso. Si yo fuera hombre ya estaría agarrando el teléfono para sacarme tal curiosidad. Llamaría y empezaría así la conversación: “Doctor, tengo un amigo que…” ®

CLARIN AM580, con mástil irradiante en 56º12’50” Longitud W., 34º47’50” Latitud S., trasmite las 24 horas al día, todo el año, en 580kc/s, desde la ciudad de Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay.

Nota
1 El otro gentilicio de “uruguayo” es increíblemente “oriental”.

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Publicado en: El otro monte, Mayo 2012


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